9
Helen
Cuando el grueso del pasaje se retira por fin a sus camarotes, el Marine IV parece liberar el aire que ha contenido durante la jornada.
Un buque de este tonelaje nunca guarda un silencio absoluto; cruje de manera casi imperceptible, vibra con un latido constante y respira con la vida propia de sus máquinas.
Fuera, el Mediterráneo castiga el casco con un oleaje dócil y rítmico.
Pero aquí, en las áreas confinadas para la tripulación, el personal exprime un respiro necesario antes de continuar con la travesía.
Estoy sentada en una de las banquetas del bar de tripulación, sosteniendo un combinado sin alcohol entre las manos.
Y estoy agotada. No hemos registrado incidencias graves en el informe diario, y esa lectura cuantitativa debería bastarme para acabar bien la jornada.
Sin embargo, mi mente analítica se obstina en repasar las primeras horas de un crucero que ya me ha traído demasiadas sorpresas.
Aunque la única sorpresa que realmente me mantiene aturdida y sin capacidad para pensar con claridad es Maika.
Remuevo los hielos con la pajita. En el extremo opuesto de la barra, dos oficiales de puente conversan en un susurro monótono; un técnico de máquinas bosteza frente a un tercio de cerveza y por la megafonía ambiental suena una pieza de jazz a tan bajo volumen que parece el eco residual de la fiesta de cubierta.
La puerta se abre y Gonzalo entra con los brazos en alto, como si hubiera ganado una batalla.
—¡Mi oficial favorita ha sobrevivido! —exclama a viva voz.
Lo miro con toda la poca energía que me queda y lo apunto con mi vaso.
—No hagas tanto ruido, por favor.
Gonzalo ignora mi advertencia con su habitual impertinencia, y me rodea los hombros con un abrazo excesivo que me obliga a encogerme.
—Estoy orgulloso de ti —afirma, apretujándome.
—Que me sueltes ya, joder —protesto.
—No reprimas el cariño. Deberías dejarte querer un poquito más.
—Estoy reprimiendo las ganas de lanzarte el cóctel por encima.
—Eso también computa como una forma de interacción humana, ¿no? —responde, regalándome una sonrisa.
Lo aparto con un leve empujón. Gonzalo se acomoda en la banqueta contigua, visiblemente satisfecho de haber roto mi rigidez, y le hace una señal al camarero para que le ponga una copa. Después, apoya los antebrazos sobre la madera y me mira con curiosidad.
—A ver, analicemos los hechos. ¿Qué tal el primer día en el caos? —pregunta mientras le sirven.
Bajo la vista hacia el fondo de mi vaso.
—He navegado en peores condiciones.
—Qué exagerada —comenta entre risas.
—Lo asumo con la exigencia de este uniforme.
Gonzalo recibe su copa y le da un trago generoso, saboreándola con parsimonia.
—Los rumores que circulan afirman que trabajas de maravilla con Maika —añade.
Levanto la mirada despacio y lo observo con atención. Él mueve las cejas dos veces seguidas, como un completo idiota.
—¿Tú también vas a empezar con eso? —pregunto, molesta—. Pensaba que estabas de mi lado.
—Me llevo bien con las dos, no es nada personal —dice, y se encoge de hombros.
Abro la boca para responder; la cierro de inmediato y vuelvo a abrirla, incrédula.
—Perdona, ¿qué clase de traición es esta? —exclamo.
—Una muy equilibrada y diplomática, diría yo —contesta Gonzalo sin perder la sonrisa.
—Pero tú eres mi mejor amigo, así que más vale que aquí no la menciones.
Gonzalo levanta ambas manos en señal de rendición.
—Vale, vale. No nombraré a la mujer que no debe ser nombrada.
—Gonzalo… —le advierto.
—Una coordinadora de animación que está bastante buena —insiste, divertido.
—Gonzalo.
—Sí, sí. Esa mujer de sonrisa peligrosa y una mirada que quita el hipo.
—Te estás excediendo.
Lo fulmino con la mirada, tensando la mandíbula. Él sostiene la sonrisa un segundo más antes de dar por finalizada la provocación.
—Está bien, haré voto de silencio —responde, aunque sus ojos siguen brillando con picardía.
Pasamos los siguientes minutos en un mutismo cómodo, y valoro que decida cambiar de tercio.
Gonzalo puede resultar exasperante en sus formas, pero posee una intuición innata para detectar cuándo necesito silencio, aunque su ironía siempre intervenga justo antes de que mis propios pensamientos colapsen.
—Ahora de verdad —habla, ya sin rastro de burla en la voz—. ¿Cómo te encuentras?
—Cansada —confieso con un suspiro profundo.
—Eso se nota a simple vista —afirma él.
—Gracias por confirmármelo —respondo con una media sonrisa.
—Me refiero al tema de las oficinas centrales. ¿Sientes que todo va por buen camino?
Trago saliva, confrontando la realidad. Ese es el verdadero motivo por el que sigo analizando protocolos cuando el sentido común me dice que debería estar durmiendo a pierna suelta.
La razón por la que no tolero desviaciones de la norma, ni roces imprevistos que reactiven una memoria emocional que debería estar extinta, ni atracciones absurdas —y sexis— que llevan el nombre de Maika Aranda.
—Te diría que sí —admito con honestidad—. Por eso no quería que las cosas se complicaran desde el principio.
Gonzalo no pregunta a qué cosas me refiero. Porque lo sabe perfectamente.
—El embarque fue de maravilla —señala para animarme—. Y la fiesta de bienvenida ha salido mejor de lo que esperábamos. Los equipos respondieron con profesionalidad y no hubo incidencias serias.
—¿Y con el resto de departamentos? ¿No ha habido ningún problema? —pregunto, buscando algo con lo que sentir que debo tener el control.
—Ninguno en absoluto —responde Gonzalo.
—Bien —murmuro, más para mí que para él.
—Helen, todo va a ir rodado —añade, y levanta su vaso en un brindis—. Estoy convencido de que seguirán así durante el resto del crucero.
Choco mi vaso con el suyo con cuidado.
—No digas eso. Es tentar demasiado a la suerte.
—Yo creo que las desgracias te tienen miedo —afirma poco después—. Así que debes de estar tranquila.
—Más vale que así sea —respondo, y por primera vez en muchas horas noto cómo mi cuerpo empieza a comprender que el día ha terminado.
Ya no necesito estar en todas partes al mismo tiempo. Puedo simplemente sentarme, disfrutar de algo frío y dejar de calcular rutas de evacuación durante unos minutos.
—Por cierto —continúa él—, cuando paremos en Marsella, te llevaré a un restaurante increíble que conozco. Vas a querer repetir seguro.
—Genial, porque si no me distraigo un poco, acabaré volviéndome loca —admito con una risa cansada.
—Ese es el espíritu. Comida deliciosa, un buen descanso, una copa tranquila y quizás una conversación en la que no aparezca ni una sola vez la palabra «protocolo».
—No prometo imposibles —respondo antes de esbozar una sonrisa.
—Y después podríamos acercarnos a la playa. Así cogemos algo de color.
Lo miro de arriba abajo con expresión escéptica.
—¿Lo dices en serio? Porque más bien deberías intentar no quemarte como una gamba al sol —le advierto.
—Qué poca fe tienes en mí —protesta entre risas.
—Realismo puro y duro.
Volvemos a brindar, y esta vez dejo que la sonrisa aflore sin contenerme en absoluto. La conversación se diluye de forma natural y Gonzalo se termina su bebida, me da un golpecito suave en el hombro y se pone en pie.
—Descansa, señorita protocolos. Te lo mereces.
—Tú también —respondo con afecto.
—Y no te pongas a trabajar más esta noche.
—No acepto órdenes tuyas —replico con sorna.
—Ya lo sé. Por eso las doy de todas formas. Buenas noches.
Lo observo mientras se marcha y, cuando la puerta se cierra tras él, el bar regresa a una tranquilidad casi excesiva.
Termino mi cóctel y dejo el vaso vacío sobre la barra.
Podría irme ya a mi camarote. Debería hacerlo, de hecho.
Mañana será otro día exigente, con los pasajeros ya instalados y el barco aproximándose a Marsella.
Pero no deseo encerrarme entre cuatro paredes.
Necesito aire fresco. Necesito conectar con el mar.
Subo hacia la cubierta principal empleando los pasillos de servicio, completamente desiertos a estas horas. La iluminación nocturna del Marine IV baña los mamparos con un tono dorado y atenuado.
Al cruzar el acceso hacia la cubierta de paseo, la brisa del Mediterráneo me impacta de frente, con una intensidad térmica que me despeja de golpe.
Cierro los ojos durante unos instantes y dejo que mis sentidos se vean arrastrados por el aroma a salitre del mar, por el rumor constante de los motores, por el vaivén del agua contra el casco y la inmensidad oscura que se extiende ante mí.
«Cómo me gustan estos momentos».
El mar se despliega vasto, bajo un cielo libre de nubosidad donde la luna traza una línea temblorosa sobre la superficie del agua. Disfruto de esa tregua durante un minuto, hasta que la realidad del barco decide situar el elemento de mayor riesgo de este contrato exactamente en mi trayectoria.
«No me jodas».
Maika está en el extremo de popa, apoyada sobre la barandilla, con la mirada fija en la estela del buque. El viento de la marcha desordena su pelo suelto, moviéndolo con total libertad por su rostro. Ahora parece tranquila, cansada y, sobre todo, más auténtica que nunca.
Mi cuerpo reacciona antes incluso de que mi mente pueda procesar la escena.
Esta jugarreta del destino —aunque no sé qué esperaba estando dentro de un barco, la verdad— provoca que mi corazón se acelere de forma traicionera, y el recuerdo de su cercanía en el pasillo regresa como un fogonazo de calor repentino.
Me quedo inmóvil donde estoy.
Ella todavía no me ha visto.
O eso creo.
Solo tengo claro que, de pronto, la noche ya no se siente tranquila en absoluto. Y que debería marcharme por donde he venido. Pero en cuanto me giro, su voz atraviesa la distancia que nos separa.
—¿Te apetece pasar un rato conmigo?