Un desastre perfecto 8
21%

8

Maika

La fiesta de bienvenida siempre encierra una dosis de locura minuciosamente coreografiada, y yo disfruto de ambas facetas por igual.

La cubierta principal resplandece bajo el despliegue lumínico del escenario exterior.

A nuestro alrededor, el Mediterráneo se extiende como un lienzo oscuro salpicado de destellos plateados, mientras la brisa nocturna arrastra esa vibración inequívoca de los estrenos.

Navegamos con rumbo fijo hacia nuestra primera escala, y el pasaje ya vibra con la electricidad de quien estrena vacaciones.

A mi alrededor se despliega el catálogo habitual de la primera noche: risas que compiten con los altavoces, el repiqueteo de los tacones, camisas demasiado abiertas, niños que desafían la gravedad cerca de la piscina y parejas que se inmortalizan contra el horizonte.

Movimiento puro y duro. Y nuestro trabajo consiste en lograr que todo este engranaje parezca fortuito y carente de esfuerzo.

Mi equipo ocupa sus posiciones estratégicas.

Los observo por el retrovisor de la cabina técnica mientras se ajustan los pinganillos.

Lara respira hondo antes de tomar el micro; Nico repasa sus líneas de diálogo moviendo los labios en silencio e Iván simula estar calmado mientras revisa la escaleta por quinta vez.

Los miro con una punzada de ternura; me recuerdan a mis propios inicios, a esa adicción a la adrenalina que te atenaza el estómago justo antes de que se enciendan los focos.

«Venga, vamos a por ello», me digo

Presiono el PTT de la radio.

—Posiciones definitivas, equipo. Que empiece el espectáculo.

Las confirmaciones entran en cascada, limpias y profesionales:

—Recepción en babor activa.

—Sector proa cubierto.

—Pasillo técnico despejado.

—Barra de popa operativa.

La cubierta se satura a una velocidad endiablada, superando las estimaciones de la aplicación de a bordo. Perfecto y alarmante a partes iguales.

—Ojo con los niños en la zona de la piscina, por favor —recojo por el canal interno—. Que no se ganen el centro de la pista todavía.

—Recibido, jefa —responde Lara.

La música incrementa los decibelios de manera progresiva. Las luces violetas y doradas barren las hileras de hamacas, encendiéndose en los cristales de las copas y perdiéndose en el mar.

Helen está en el flanco derecho del escenario, ligeramente apartada del flujo principal de pasajeros.

Escanea el espacio con la radio aferrada en la mano derecha, analizando el comportamiento de la masa como si pudiera predecir un cuello de botella antes de que se formalice.

Viste el uniforme de gala; la camisa oscura se entalla a su cuerpo de una forma que ya lo considero un peligro público para mi concentración.

Lleva el pelo recogido de forma estricta, despejándole las facciones y acentuando esa expresión severa que ya no soy capaz de etiquetar como simple frialdad.

Ahora distingo el peso de la responsabilidad, el rigor y esa necesidad casi patológica de blindar el entorno para que nadie sufra el menor rasguño.

Los focos del escenario la barren de forma intermitente, dibujando contrastes afilados sobre su piel.

Mi memoria física, que no atiende a rangos ni a pasados tormentosos, se encarga de evocar el calor de su cuerpo contra el mío hace apenas unas horas en el pasillo técnico.

Un escalofrío nítido me recorre el estómago.

«Concéntrate, Maika».

El DJ lanza la primera transición fuerte y el pasaje responde al unísono.

Los accesos respiran con desahogo y los flujos dinámicos demuestran que el diseño de seguridad que peleamos esta tarde en el comedor funciona.

Aunque Helen preferiría tragarse un cabo de amarre antes que admitir mi victoria en el diseño espacial.

Activo la frecuencia.

—Lara, corta la progresión en la escala de babor. Desvía el grupo hacia la barra.

—Entendido.

En un giro limpio, mi mirada se cruza con la de Helen.

Son solo unos metros de distancia, pero la conexión sigue ahí, sobreviviendo a los años.

Una pareja cruza entre nosotras interrumpiendo la línea visual.

«Mejor. Estamos de servicio y lo último que necesito es meter la pata frente a todo el departamento de seguridad».

La presentación oficial arranca. Lara domina la tarima con soltura y el equipo de animación se despliega abriendo el pasillo central según lo previsto. La masa se relaja, baja las defensas y se entrega al ritmo del barco.

—Maika —la voz de Iván entra por radio con un punto de urgencia—. Tenemos una baja en el sector central.

—¿Incidencia médica? —me alarmo, localizando su posición.

—No exactamente. Una crucerista con un vestido de lentejuelas rojas ha tomado a Leo como rehén en la pista de baile.

«Será posible…»

Enfoco la zona y la risa se me escapa. Allí está Leo, atrapado por una mujer diminuta de avanzada edad que se mueve con una agilidad sorprendente. La señora lo hace girar sobre la pista mientras mi animador intenta mantener el tipo con una expresión de absoluto desconcierto.

Lara suelta una carcajada por el canal interno y yo me llevo la mano a la boca.

—Cubre su puesto, Iván —ordeno entre dientes—. A Leo lo damos por perdido para esta ronda. El resto, manteneros en vuestro lugar.

Echo un vistazo hacia el flanco derecho y compruebo que Helen ha presenciado la escena.

Tiene los brazos cruzados sobre el pecho y las comisuras de los labios ligeramente arqueadas hacia arriba.

Una sonrisa sutil, casi imperceptible, pero suficiente para desmontar el rigor del uniforme.

Es un espectáculo visual que debería estar catalogado como riesgo laboral.

Porque Helen Müller es el mayor peligro que el universo haya podido crear.

Rompo las distancias y me planto a su lado antes de que la lógica me frene.

—¿Evaluando los riesgos de un posible infarto en la pista? —pregunto en voz baja.

Helen recupera la compostura de inmediato, aunque el brillo en sus ojos delata que no ha sido lo bastante rápida.

—Superviso el comportamiento del pasaje, nada más. El exceso de entusiasmo suele terminar en contusiones y haciendo trabajar a la enfermería.

—Admite que la señora tiene mejor juego de piernas que todo tu equipo, Müller.

Su mirada regresa a la pista, donde Leo acaba de sufrir una vuelta de tuerca definitiva.

—Justo en su orgullo… —murmura Helen.

Y me sorprende —solo un poco— que haya sido capaz de bromear.

Nos quedamos junto a la barandilla, compartiendo el espacio mientras el Capitán sube al estrado para el brindis protocolario.

El pasaje frena el ritmo, los teléfonos móviles se elevan para capturar el momento y la cubierta se apacigua durante unos minutos.

Los niños, sin embargo, continúan su propia yincana sorteando las mesas de servicio.

—Atención, damas y caballeros… —comienza el capitán, levantando una mano para llamar la atención.

Algunos aplauden, otros graban vídeos. Y Helen sigue a todo el mundo con la mirada.

—Todo va a pedir de boca —le digo, acercándome un poco más.

Ella asiente apenas.

—Por ahora.

—Venga Helen...

Me mira. Las luces doradas del escenario atraviesan sus ojos y, por un segundo, olvido por completo lo que iba a decir. Está preciosa.

—Disfruta un poco y relájate —termino diciendo.

Su ceja se arquea con ironía.

—¿Me estás dando instrucciones?

—Solo consejos amistosos —respondo con una sonrisa.

—Qué concepto tan inquietante —murmura, y esta vez no aparta la mirada.

El brindis concluye, el DJ recupera el control de la mesa y la música electrónica vuelve a elevar la temperatura. Los pasajeros se reorganizan y, en cuestión de minutos, un grupo especialmente animado inicia una conga que comienza a serpentear entre las mesas como una corriente incontrolable.

—Tienes que relajarte. Mira cómo la gente disfruta —insisto con cariño.

—Estoy relajada. No me gustan las formaciones en movimiento sin un guía de seguridad en la cabecera —protesta.

—Cómo no… Pero deberías relajar un poco esa mandíbula tan bonita.

Mierda, he hablado antes de pensar.

Y, por supuesto, ella tenía que reaccionar.

Por primera vez, detecto una vacilación real en sus facciones.

Se vuelve hacia mí y guarda silencio, una pausa prolongada donde la barrera reglamentaria parece ceder ante las dos.

Mi propia respiración se acompasa a la suya.

Sin embargo, el pragmatismo de Helen regresa rápido.

Parpadea, reajusta la tablet bajo el brazo y da un paso hacia el pasillo técnico.

—Voy a cómo van los accesos de la cubierta superior —anuncia.

Y antes de que pueda despedirme, se zambulle entre la multitud.

Me quedo con la palabra en la boca y la sensación frustrante de haber chocado contra un muro de hormigón justo cuando la puerta empezaba a ceder.

La sigo con la vista mientras corta el flujo de la conga con elegancia; el pantalón del uniforme subraya el movimiento decidido de sus caderas y…

«Concéntrate de una vez, Maika». Definitivamente, Helen debería venir con un aviso de riesgo para la salud.

Sostengo la mirada en su trayectoria mucho más tiempo del que dictaría la etiqueta profesional, hasta que la veo tomar posición junto al acceso de babor, idéntica a sí misma, como si esta breve pausa no hubiera existido.

—Jefa —Lara aparece a mi lado—. ¿Va todo bien?

Desvío la atención hacia mi asistente, tratando de recuperar el control de mi corazón desbocado.

—Sí. ¿Por qué lo dices?

Lara ensancha la sonrisa, cruzándose de brazos.

—Porque estabas analizando el perímetro de Helen con una intensidad que no viene en los manuales.

Suelto una carcajada.

—Müller es una anomalía constante en este barco, Lara. No te confundas.

—Ya, claro. Si tú lo dices… —alarga la frase mientras da media vuelta para regresar a la animación de la pista.

Regreso la vista a la cubierta. La fiesta está en su punto álgido: la conga ha duplicado su tamaño, los camareros se desplazan entre los grupos y la música unifica el ambiente bajo el cielo abierto. Ninguno de estos tres mil pasajeros imagina el diseño invisible que sostiene su noche perfecta.

Y Helen sigue en su esquina. Vigilante. Hermética. Distante. O tal vez no tanto como se esfuerza en demostrar.

Al menos, no delante de mí.

Respiro hondo y me doy ánimo mental. La situación se está volviendo compleja. Ya no es solo el magnetismo físico, ni la sombra del desastre de aquel último crucero, ni la culpa que arrastro. Es darme cuenta de que no sé cuánto voy a poder aguantar sin comerle la boca.