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Helen
Al día siguiente.
El embarque de los pasajeros va impecable. Demasiado impecable. Y aunque ese orden debería aliviarme, solo consigue mantener mi sistema de alerta encendido, a la espera de que el caos organizado de un crucero reclame su espacio Pero la verdad, es que no sucede nada.
El flujo de personas avanza de maravilla.
Las colas en el atrio se disuelven antes de consolidarse.
Los viajeros localizan las recepciones, los ascensores y sus respectivos camarotes sin esa fricción tensa que suele reinar durante las primeras horas a bordo.
Y yo, a mi pesar, sé exactamente a quién debo atribuirle el mérito.
Los puntos móviles de animación que sugerí ayer están funcionando.
Las rutas dinámicas que diseñó Maika son tan intuitivas que el pasaje avanza relajado, desahogando las arterias principales del barco.
No pienso admitir en voz alta que ha hecho un trabajo extraordinario, pero mientras observo desde la barandilla de la cubierta ocho cómo Lara redirige a una familia numerosa hacia los ascensores panorámicos de estribor antes de que colapsen el acceso central, tengo que aceptar que Maika tenía razón.
Otra vez.
Cuando el Marine IV larga amarras y pone rumbo a Marsella, por fin me permito liberar la tensión de los hombros. El puerto se reduce a una línea geométrica en el horizonte y el Mediterráneo se abre ante nosotras, inmenso y cobalto.
Los cruceristas empiezan a despojarse de la rigidez de la rutina en tierra. Las voces ganan volumen, las risas se vuelven más sueltas y esa prisa ansiosa del principio desaparece. Yo, en cambio, sigo escaneando el entorno en busca de algún riesgo. Alguien debe conservar la cabeza fría a bordo.
Estoy en el comedor de oficiales con una bandeja de comida intacta y el ordenador portátil abierto cuando Maika se deja caer —literalmente— en el asiento de enfrente. Trae un plato de pasta, una botella de agua y su energía característica.
—No me digas que estás redactando las órdenes de guardia mientras comes —comenta con una media sonrisa, mientras desenrosca el tapón de la botella sin apartar la vista de mí.
Levanto los ojos de la pantalla.
—Reviso las zonas de reunión y los flujos para la fiesta de esta noche.
—Claro. Qué ingenua he sido al pensar que estarías tomándote un descanso —ironiza.
Trato de concentrarme en el plano, pero la luz de la tarde que entra por el mamparo acristalado le da de lleno en la cara, dibujándole sombras perfectas. Lleva la camiseta sin mangas azul oscuro del uniforme de entretenimiento marcándole el cuerpo.
Aunque no debería estar fijándome en eso.
—El embarque ha sido un éxito rotundo —añade, enrollando los espaguetis con el tenedor—. Puedes bajar las revoluciones, Müller.
—Respiro a las revoluciones que exige mi cargo —replico.
—Helen, tienes que relajarte.
Maika sonríe, y el cruce de nuestras miradas ya no me produce la habitual descarga de irritación.
—¿Qué es lo que te preocupa exactamente? —pregunta, inclinándose hacia adelante de forma que su hombro casi invade mi espacio aéreo.
—Los accesos laterales al escenario principal de la cubierta nueve —respondo, y señalo la pantalla—. El DJ va a concentrar a la mayor parte del pasaje joven allí arriba.
—¿Demasiada gente según tus manuales de contingencia o según la realidad de una noche de verano?
La miro fijamente. Ella mastica despacio, sosteniéndome el pulso con esa fingida inocencia.
—Ambas variables suelen coincidir, Maika.
—Ya… —murmura, pasándose la punta de la lengua por el labio inferior.
Decido ignorar el movimiento y concentrarme en la pantalla; mi autoridad depende exclusivamente de simular que su proximidad no altera mi ritmo cardíaco.
Amplío el plano de seguridad del sector de popa.
—Justo aquí —indico, marcando el pasillo técnico de babor—. Este tramo me parece demasiado estrecho si necesitamos despejar la zona con rapidez.
Por eso odio ir de crucero en crucero. Siempre me toca trabajar el triple.
Maika deja el tenedor sobre el plato.
—Porque lo es.
—Vaya, gracias por el diagnóstico.
Ella arquea la ceja izquierda
—No me mires así.
—¿Cómo?
—Con esa expresión de «acabo de anotarme un tanto y voy a recrearme en ello el resto de la travesía».
Maika suelta una carcajada, y me descubro guardando ese sonido en la memoria.
—No necesito tanto tiempo —responde—. Tengo muy buena memoria para los aciertos.
Mi corazón da un vuelco absurdo antes de recuperar el compás. Me obligo a cerrar la pestaña del plano antes de que el rubor me delate.
—Después de la guardia quiero inspeccionar esa zona sobre el terreno —anuncio.
—Estupendo. Te acompaño.
No lo propone como una opción.
—Bien.
Terminamos de comer hablando de las normativas y algunas anécdotas. Supongo que ya podéis intuir quién propone cada tema.
Mientras tanto, me esfuerzo por mantener la rigidez reglamentaria mientras me detalla cómo una pasajera en su último crucero amenazó con denunciar al departamento de entretenimiento porque sostenía que el bingo estaba manipulado.
—¿Y lo estaba? —pregunto, sintiendo cómo cede la tensión de mi mandíbula.
—Helen, el premio era una visera de la compañía y una botella de vino espumoso que llevaba tres horas bajo el sol.
—Hay personas que han iniciado motines por mucho menos, créeme —respondo, y esta vez no puedo evitar que una sonrisa real altere mis facciones.
Maika se ríe con ganas, atrayendo las miradas de dos oficiales de máquinas de la mesa contigua. Y yo me obligo a continuar con mi seriedad habitual.
· · ·
Una hora más tarde, subimos por la escala interior hacia la cubierta nueve.
El Marine IV se desliza con un cabeceo noble.
Fuera, el sol empieza su declive, tiñendo el mar de un tono cobrizo y denso.
En la zona del escenario exterior, los técnicos de iluminación ajustan los focos robotizados mientras el DJ de a bordo testea los graves con una base de electrónica que reverbera contra las estructuras.
Comienzo la verificación de las distancias de seguridad con la cinta métrica digital, anotando las lecturas en la tablet . Maika me sigue de cerca. Demasiado cerca.
—Ahí vas a tener un punto ciego —indica, señalando la barra de cócteles de babor.
—Coincido. El radio de giro es insuficiente.
—Tal vez si colocamos una mesa alta de apoyo junto al acceso, la gente se detendrá antes de entrar al pasillo.
—No. Bloquearía la visual del personal de seguridad —rebato, midiendo el ancho de la vía—. No quiero obstáculos fijos.
—Entonces la otra opción es dejar personal de animación en el vértice para que desvíen la atención hacia el centro de la pista antes de que se sature el lateral.
La miro de reojo, sosteniendo la tablet contra el pecho.
—¿Todas tus soluciones tácticas consisten en utilizar a tus subordinados como escudos humanos?
—No son escudos, Müller. Es psicología aplicada al espacio —responde con una seguridad que me deja boquiabierta—. Y tú misma has visto que funciona.
No replico porque no tengo argumentos técnicos para rebatirla. Avanzamos por el flanco derecho del escenario y compruebo que la distancia real entre la barandilla y la carcasa del cableado es aún menor de lo que indicaba el plano original. Qué sorpresa.
—Vamos a tener que esforzarnos un poquito más —bromea ella.
Justo cuando voy a responder, Maika da un paso atrás para abrir paso a un marinero que arrastra una lona de protección.
En ese instante, el barco experimenta un sutil cambio corregir el rumbo. Pero Maika pierde el apoyo, su bota resbala y se cae hacia adelante.
Todo sucede en una fracción de segundo. Sus manos buscan un punto de sujeción seguro y se aferran a mis antebrazos. El impacto de su peso me desplaza hasta que mi espalda choca contra el mamparo de acero del puente. Y su cuerpo queda pegado al mío.
Lo primero que me invade es un golpe de calor, físico y desestabilizador. Luego llega su aroma, nítido y cercano, y la posición exacta de sus labios, situados a escasos centímetros de mi boca.
«Mierda. Joder. ¿Qué hago?»
El ruido ambiental se apaga, sustituido por el sonido rítmico de su respiración, que se ha vuelto tan acelerada como la mía.
Nos sostenemos la mirada en silencio, mis ojos descienden a su boca antes de obligarse a regresar a sus pupilas, que se han oscurecido por completo.
Siento la presión de sus dedos en mis brazos, y la certeza absoluta de que mis defensas se están desmoronando a una velocidad alarmante.
«Mierda. Mierda. Mierda .»
La aparto casi de un empujón y carraspeo. Por suerte, la tablet no ha sufrido consecuencias peores.
—¿Estás bien?
—Sí. Claro —respondo.
La observo, odiando mi incapacidad para ocultar el temblor de mis propias manos.
—Ha sido el movimiento del barco —dice.
—Lo sé. —Nos miramos durante unos segundos—. Será mejor que sigamos.
La atmósfera se enrarece. Mi mente, habitualmente metódica y eficiente, se niega a procesar las lecturas técnicas y se empeña en reproducir en bucle la textura de su piel y la proximidad de su boca.
—Si modificamos la barrera de paso hacia… —me interrumpo cuando Maika avanza por el pasillo estrecho.
—¿Helen?
—¿Qué? —respondo, demasiado rápido.
—Te preguntaba si prefieres situar los relevos de seguridad en los accesos de la discoteca o mantener el perímetro exterior libre.
Tardo un segundo más de lo debido en recuperar el hilo de la conversación, todavía atrapada en el recuerdo del brillo de sus labios bajo la luz del atardecer.
—Mantén el perímetro libre —consigo articular—. Pero con comunicación directa con el puente.
—Entendido.
Esto es un error táctico de consecuencias previsibles.
Conozco perfectamente el destino de este trayecto si me permito ceder ante Maika Aranda; la lección me costó. No voy a cometer el mismo error dos veces. Sin importar lo que pase a nuestro alrededor.
Maika cierra su carpeta en cuanto terminamos y me sonríe.
«No, por favor. No me sonrías».
—Creo que, si sigues analizando este sector, vas a terminar encontrando un fallo estructural en los remaches del casco.
—No tientes a la suerte.
—Al menos hemos conseguido cerrar el plan sin incidentes —comenta, reduciendo la distancia entre las dos.
La frase es simple. Hemos vuelto a ser el equipo que funcionaba sin necesidad de órdenes de unos superiores que, a saber por qué, han preferido dejar que sigamos trabajando juntas.
—Sí —me limito a contestar.
Nos quedamos un instante en silencio bajo la brisa nocturna, que empieza a refrescar la cubierta.
Maika es la primera en romper la inercia, dando un paso hacia la salida de la cubierta.
—Voy a reunir a los chicos para el briefing previo a la apertura.
—De acuerdo. Yo pasaré por el puente para validar las órdenes finales.
—No esperaba menos de ti, Müller.
Aunque emplea su habitual tono burlón, ya no me molesta tanto. Y eso no es bueno, nada bueno.
Maika se aleja hacia el acceso de la tripulación y yo permanezco unos segundos más junto a la barandilla, fija en el rastro de espuma blanca que el barco deja sobre el agua.
Intento aplicar la lógica para reordenar el caos interno que me ha dejado la tarde, pero el método científico no funciona.
Porque el rencor del pasado ya no es un aislante lo suficientemente grueso; ahora mismo, lo único que ocupa mi mente es el calor residual de su cuerpo contra el mío y el hecho intolerable de que he estado a punto de acortar la distancia para besarla.
—Estoy jodida…