Un desastre perfecto 6
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Maika

La noche cae sobre el Marine IV como una sábana de un azul oscuro bordada con luces dispersas. Desde la cubierta principal, el puerto se transforma en otro mundo. Como si el mar te suspirara en el oído.

Mañana a primera hora se abrirán las pasarelas de embarque, subirán los pasajeros y este gigante de acero dejará de pertenecernos solo a nosotros.

Pero esta noche todavía es nuestro. Y para dar fe de ello, tenemos el ensayo general de la gala de bienvenida con la iluminación de noche y la tripulación de soporte.

—Nico, si vuelves a saludar a la gente como si estuvieras vendiendo un seguro de vida, te reasigno directamente al club infantil —le advierto por el intercomunicador, aunque sin dejar de sonreír.

No quiero parecerme a Helen y amedrentar al personal. Ni mucho menos. El barco necesita vida, no un consejo de guerra.

Nico se lleva la mano al pecho con su habitual dramatismo shakespeariano.

A su lado, Lara suelta una risa limpia mientras se ajusta la petaca del micrófono inalámbrico.

Las luces robotizadas recorren la cubierta de paseo iluminando las mesas dispuestas para el pasaje; la tarima central, la pista de baile exterior y los accesos laterales se tiñen de destellos dorados y violetas que van y vienen, jugando con las sombras.

Este momento es mi debilidad. Ese instante suspendido antes de que el crucero comience, repleto de infinitas posibilidades. Y, cómo no, para poner la guinda al pastel de este escenario, está Helen.

Observa la escenografía desde la distancia, apoyada en la barandilla de la cubierta superior. Sus ojos siguen los movimientos de mis chicos al milímetro, como si su cerebro fuera un superordenador capaz de calcular cada posible colisión antes de que ocurra.

Me doy cuenta de que no busca el fallo para machacarnos en el informe.

Los busca para protegernos. Y esa sutil diferencia, aunque ella intente camuflarla con su fachada de hielo, es lo que me arranca una sonrisa involuntaria.

«Será mejor que dejes de mirar ese culo tan bien puesto dentro del pantalón de uniforme», me fustigo mentalmente.

Respiro hondo, me guardo el descaro en los bolsillos y me dirijo hacia ella.

—Si sigues perforando la cubierta con esa mirada, vas a conseguir que la madera se ruborice —comento en cuanto me planto a un par de pasos de su posición.

Ella no se asusta, pero sus hombros se tensan un milímetro bajo la camisa blanca de oficial.

—Ya sabes que no me puedo permitir improvisaciones en un evento de esta escala. Mañana tendremos a tres mil personas aquí arriba sedientas de alcohol y fiesta.

—Dale un respiro al protocolo, Müller. Por mucho que te empeñes en cuadrar los vectores… el mar siempre tiene sus propios planes.

En ese instante, por fin, levanta la vista y me clava esos ojos suyos.

—Espero que no estés diciendo eso en tu papel de coordinadora —suelta.

—Lo digo como alguien que sabe que los humanos no somos fichas de ajedrez.

Su boca se mueve apenas, un milímetro, casi esbozando una sonrisa. Casi.

Lo apunto en mi marcador como una pequeña victoria, ridícula y confidencial, pero victoria al fin y al cabo.

—He revisado tu propuesta de distribución —comenta, consultando su tablet de trabajo—.

De hecho, me he pasado la mitad de la guardia repasándola.

—¿Es cosa mía o hay un rastro de timidez en su voz?

—. Creo que el acceso central del atrio va a saturarse en cuanto se dispare el flash de las fotos de bienvenida. Hay que blindar esa zona.

—Tranquila, jefa. Ya lo tenemos mapeado.

Frunce el ceño, contrariada.

—Lo dices con demasiada ligereza.

—Porque conozco el ganado. —Sí, he dicho «ganado», y me encanta cómo Helen abre la boca por la sorpresa—.

La gente sube a bordo emocionada, con el móvil cargado y la absurda idea de que, si no inmortalizan los primeros treinta segundos de navegación, el barco entero desaparecerá como por arte de magia. Es inevitable.

—Entonces deberíamos acordonar ese flanco y redirigir el flujo —sugiere ella, buscando la solución más geométrica.

—Mala idea.

Su ceja izquierda se arquea con ese gesto tan jodidamente característico y… sexi.

—¿Por qué, según tu vasta experiencia? —me desafía.

—Porque si plantas una cuerda roja, conviertes el punto en una fruta prohibida.

La gente verá la barrera, se detendrá a mirar y pensará que se está perdiendo algo mejor.

Somos así, Helen, como abejas a la miel —le digo, encogiéndome de hombros—.

En cambio, si dejas el espacio abierto y colocas a dos personas estratégicamente aquí y aquí…

—Deslizo mi dedo sobre la pantalla de su tablet , cuidando muchísimo de no rozar sus dedos.

No vaya a ser que la Oficial de Seguridad se me derrita por combustión espontánea—.

Los guiaremos sin que se den cuenta hacia el sector de babor, donde el espectáculo visual ya está en marcha.

Cero retenciones, continuidad natural y los tienes metidos en el ambiente del viaje desde el minuto uno.

Helen baja la mirada hacia la trayectoria de mi dedo y después analiza el plano.

—¿Te refieres a colocar dos animadores?

—Mejor: uno de animación y otro de recepción. El de recepción te liquidará las típicas dudas de «dónde está mi camarote» o «a qué hora abre el buffet», y el mío los engatusará con el programa de la noche.

—¿Y el pasillo de la izquierda?

—Lo reservamos como una vía rápida. Para los oficiales, la tripulación que necesita cruzar y los repetidores que pasan de las fotos y solo tienen prisa por cazar una hamaca.

Esta vez sí que sonríe. Es un destello rápido, apenas un pestañeo, pero sucede.

Y yo, que debería estar atenta a las frecuencias de los micrófonos, y a los tripulantes que fingen ser turistas bailongos, me quedo completamente encallada mirando esa mínima curva de sus labios.

Como si alguien hubiera encendido la iluminación de gala solo para mí.

«Qué desastre de mujer soy».

—Tiene sentido —reconoce Helen.

Solo dos palabras. Pero me calientan la piel más que toda la brisa tropical del mar.

—Perdón, creo que tengo interferencias en radio. ¿Puedes repetirlo? —me burlo, entornando los ojos con picardía.

La rigidez reglamentaria regresa a su rostro de inmediato.

—No abuses de tu suerte, Maika.

—No, en serio. Debería grabar esto y reproducirlo por megafonía. «Tiene sentido», por la mismísima e infalible Helen Müller. Esto va directo al diario de bitácora del barco.

—Te recuerdo que puedo retirarte la acreditación de acceso a esta cubierta si me lo propongo —amenaza, pero sus ojos se entrecierran con diversión.

—Eso suena mucho más propio de ti —admito, soltando una carcajada.

Nos sostenemos la mirada durante unos segundos que se estiran más de la cuenta. La tensión flota entre nosotras, espesa, viva y peligrosamente magnética.

Helen rompe el magnetismo volviendo los ojos a la pantalla.

—¿Tienes controlado el arranque? Los primeros diez minutos del show de cubierta son críticos para la seguridad del pasillo exterior.

—Tengo claro que nadie se va a sentar en los primeros diez minutos, Helen.

La gente necesita reconocer el terreno, ubicarse, decidir si el ambiente les convence.

Empezamos con algo de percusión, transiciones de luz y una bienvenida visual que los invite a moverse.

El discurso formal del Capitán vendrá después, cuando ya estén colocados.

—Bien. Entonces el mensaje debe repetirse por los altavoces antes de que la coreografía principal termine.

—Exacto.

Me río por lo bajo, disfrutando de este toma y daca.

Ella no se ríe, pero sus ojos brillan con una intensidad que no le conocía.

De pronto, un eco del pasado me golpea el pecho.

Es esa misma complicidad de hace años. Como si, por debajo de los reproches, las armaduras y los galones, todavía existiera una frecuencia oculta en la que nos entendemos y nos complementamos a la perfección.

—¡Maika! —me llama Lara desde la tarima, sacándome del trance—. ¿Probamos la entrada con la iluminación?

Me giro hacia el escenario, carraspeando para recuperar el tono.

—¡Sí! ¡Voy abajo!

Nico me levanta el pulgar desde la mesa de mezclas. Helen observa el despliegue con esa atención felina que la caracteriza.

—Me quedo supervisando todo —me avisa—. Estoy en el canal tres de la radio si surge cualquier problema.

—Recibido, canal tres.

Me coloco el auricular en la oreja y bajo las escaleras hacia el escenario con una sensación extraña bailándome en el estómago.

La música del ensayo general empieza a atronar por los altavoces principales y las luces se deslizan sobre la cubierta, un mar de tonos violetas y dorados que rebotan en las barandillas y se pierden en el mar oscuro.

—¡Bienvenidos al Marine IV! —exclama Lara frente al micrófono con una energía arrolladora—. Esta noche da comienzo…

—Suelta un poco el aire, Lara —le indico a través de la línea interna—. Imagina que le estás hablando a alguien a quien te alegra de verdad tener en casa.

Lara asiente, respira hondo y repite la entrada.

Al otro lado de la piscina central, veo a Helen dar una orden breve e imperativa por su walkie-talkie. De inmediato, Gonzalo se desplaza hacia el acceso de popa, disolviendo un grupo de tripulantes de cocinas que empezaba a taponar la salida de emergencia.

Durante la siguiente media hora, el ensayo es un baile perfectamente ensayado.

Seguimos así. Veinte minutos. Cuarenta. Una hora entera.

La cubierta principal cobra vida. La música sube de revoluciones, los focos juegan con las siluetas y las risas del equipo se vuelven reales.

Aunque todos sabemos que es un maldito simulacro, algo en la atmósfera empieza a oler al verdadero viaje que arranca mañana.

Helen y yo casi no cruzamos palabra por las radios, pero trabajamos en una sincronía que me asusta.

Al cabo de una hora, el ensayo concluye y la tripulación estalla en aplausos. Helen baja de la cubierta superior con la tablet bajo el brazo. Siento la vibración de sus pasos antes incluso de tenerla al lado.

—El flujo ha mejorado notablemente con los cambios de posición —comenta, deteniéndose a una distancia prudencial—. Se evitarán por lo menos tres cuellos de botella.

—¿Eso significa que mañana no vamos a naufragar bajo una avalancha humana en la primera noche?

—Significa que el resultado es conforme a las expectativas —precisa ella.

—Vaya, otra frase entusiasta para enmarcar en mi oficina.

—No tenses la cuerda, Maika… —me reprende.

—Perdón. Es que cuando eres tan desprendida con los elogios, una se abruma —ironizo.

Helen entrecierra los ojos otra vez. Ahora distingo el cansancio de la guardia, el rigor del cargo y, tal vez, una sombra de humor oculta detrás de tantas directrices y leyes marítimas.

—Buen trabajo —añade un segundo después.

Esta vez me quedo sin una réplica ingeniosa. Porque lo dice en serio.

—Gracias —consigo responder, y tengo que obligarme carraspear.

Durante un instante, el bullicio de los técnicos recogiendo el cableado de la cubierta desaparece.

Solo quedamos ella y yo, con los reflejos dorados del puerto dibujándole el perfil, el mar en calma de fondo y esa mirada profunda que me hace sentir terriblemente viva.

Quiero decirle que ella también ha estado inmensa.

Quiero confesarle que lamento cómo terminaron las cosas y que no hay un solo día en que no me acuerde de lo que dejamos a medias.

Pero me muerdo la lengua. Estamos en mitad de una cubierta, hay oficiales alrededor y no tengo ningún derecho a reabrir esa herida solo porque esta noche hayamos sido capaces de trabajar juntas sin saltarnos a la yugular.

—Mañana saldrá bien —me limito a decir—. Todo el crucero irá rodado.

—Eso espero.

—Seguro que sí —insisto, recuperando el descaro—. Porque estarás tú vigilando.

Las comisuras de sus labios tiemblan, resistiéndose a ceder.

—Y tú estarás arrastrando a los pasajeros a tu terreno para que nadie tenga tiempo de pensar.

—Somos un equipo bastante peculiar, Müller.

—Eso no te lo voy a discutir, Maika.

No sé cuál de las dos empieza a sonreír primero. Quizá yo. Quizás ella. Quizá ninguna y solo es un efecto óptico provocado por las luces y mis propias ganas de que ocurra.

Helen baja la vista hacia la tablet , rompiendo el hechizo.

—Subiré las observaciones definitivas al sistema antes de medianoche.

—Haré lo mismo con mi informe —le aseguro.

Esta vez, Helen no se da la vuelta de inmediato para huir hacia el puente de mando.

Se demora un segundo más. Solo uno, mirándome en silencio.

Noto ese segundo como si el barco entero hubiera contenido la respiración.

Luego, asiente con un gesto breve y se aleja hacia donde la espera Gonzalo, que me clava una sonrisa burlona desde la distancia.

«Algún día de estos lo tiro por la borda, lo juro».

Me quedo sola en mitad de la pista exterior mientras mi equipo termina de recoger los micrófonos.

Estoy agotada, empapada de sudor por la adrenalina, con los pies destrozados por los zapatos y varios mechones rebeldes escapándose de la coleta.

Pero tengo un calor extraño en el pecho. Mañana todo irá bien.

Me digo que las mariposas no tienen nada que ver con la forma en que Helen ha pronunciado ese «buen trabajo».

Nada que ver con haber sentido que, durante un par de horas, nuestros mundos no eran incompatibles, sino que encajaban a la perfección.

Nada que ver con el deseo absurdo de que se hubiera girado una última vez antes de cruzar la puerta.

Y con ese pensamiento, mi corazón, que es un traidor y no entiende de rangos oficiales, decide que la noche de puerto acaba de volverse un poco más luminosa. Al menos, hasta que el caos real de los pasajeros desembarque mañana en mi cubierta.