Un desastre perfecto 5
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Helen

Maika me envió la propuesta exactamente a las diez y cuarenta y siete de la noche, trece minutos antes de la hora límite que le había marcado.

Por supuesto que lo hizo. Alardeando, como si necesitara demostrarme que no solo es capaz de cumplir las instrucciones al pie de la letra, sino que puede permitirse el lujo de adelantarlas lo suficiente como para resultar irritante.

Abrí el archivo en mi portátil con una limonada con hielo al lado y la firme intención de desmantelarlo. Buscaba cualquier pequeño fallo, cualquier cabo suelto que me permitiera mantener intacta la cómoda y prejuiciosa opinión que tenía de ella.

El problema fue que el documento era impecable.

Ordenado, claro y jodidamente práctico. Incluía nombres, ubicaciones exactas en las vías de evacuación, rotaciones de personal, canales de radio asignados, puntos de apoyo y observaciones detalladas sobre el comportamiento habitual de los pasajeros durante los eventos nocturnos.

Incluso incorporó notas preventivas sobre los «puntos calientes»: esas zonas de la cubierta de paseo donde los cruceristas tienden a apelotonarse para hacerse fotos con el atardecer o colapsar el flujo esperando el turno del bar.

Leí cada línea apretando los labios. No había ni rastro de la Maika caótica que yo recordaba.

Había aportado justo lo que nuestros superiores nos habían pedido en la reunión de oficiales: una capa de psicología humana aplicada al frío plano de evacuación.

Algo difícil de rebatir sin que pareciera que me aferraba a mi orgullo con ambas manos y un silbato de emergencia entre los dientes.

No, no y no. No me gustaba. No me gustaba en absoluto que tuviera razón.

Guardé el archivo en la carpeta del simulacro general y me obligué a apagar el ordenador. Lo hice porque soy una profesional y porque, aunque me escociera admitirlo, algunas de sus propuestas merecían una oportunidad. Solo algunas. Quizá varias. Pero ni de lejos todas.

Los inicios de temporada son críticos, y toda la tripulación —desde el primer oficial hasta el último limpiador— tiene que actuar con una profesionalidad impecable.

El simulacro general de la tripulación, horas antes de que comience el embarque de los miles de pasajeros que llenarán el barco, es nuestra última red de seguridad.

Mi equipo de oficiales de seguridad estaba listo.

Yo estaba lista. Solo faltaba ver si el circo de animación de Maika sabría mantenerse en su sitio.

· · ·

A la mañana siguiente, el sol de puerto ya castiga la cubierta.

Maika aparece con puntualidad, escoltada por sus supervisores de animación y con una botella de agua helada en la mano.

Lleva el pelo recogido en una coleta más alta de lo estricto, violando ligeramente el manual de imagen de la compañía, y las gafas de sol apoyadas sobre la cabeza.

Parece tranquila. Demasiado tranquila para mi paz mental.

—Buenos días, oficial Müller —saluda al acercarse.

—Buenos días —respondo.

—Hemos revisado los canales de radio y las asignaciones de las Estaciones de Ensamble —comenta, deteniéndose a un metro de mí.

—Lo sé. Me ha llegó tu correo.

Su boca se curva en una sonrisa apenas perceptible, de esas que te dan ganas de abrir el manual de navegación y golpearla con él.

—Así que lo has leído… —suelta, con un tono cantarín.

—Ese suele ser el objetivo cuando se presiona el botón de enviar, ¿no?

—Me alegra ver que el departamento de seguridad domina la tecnología básica —replica con una ironía afilada.

La miro fijamente, sosteniéndole el pulso. Ella no pestañea.

Detrás de nosotras, Gonzalo, carraspea para disimular una risa que amenaza con romper la formación.

—Gonzalo —digo sin desviar los ojos de Maika—, ve a revisar la Estación de Ensamble B.

—Por supuesto. La Estación B me implora que vaya —contesta él, batiéndose en retirada.

«Imbécil».

Maika inclina la cabeza, divertida.

—¿Hoy también vas a fingir que mis sugerencias son una amenaza contra la seguridad marítima internacional? —pregunta la sabelotodo.

—Depende enteramente de si pretendes seguir las normativas o no.

—Prometo contener mi impulso natural de sembrar el caos.

—Eso sí que sería un simulacro digno de ver —respondo.

Su sonrisa pierde el filo habitual y, por un instante, se cuela en sus ojos un matiz más blando, casi cercano al cansancio.

—Helen, de verdad. Quiero que esto salga bien —afirma.

La frase me obliga a bajar un grado mi escudo. Solo uno. Un milímetro.

—Yo también —admito.

Y me callo el resto. Porque añadir más implica reconocer que he analizado su propuesta hasta las tantas de la madrugada, que sus notas sobre los flujos de personas son brillantes y que una parte de mí se ha quedado colgada de su manera de entender a los pasajeros.

Pero claro, eso no lo voy a decir en voz alta

El simulacro general comienza diez minutos después. Por los altavoces de cubierta resuena la alarma general de prueba: siete pitidos cortos y uno largo. Agarro el walkie-talkie desde mi posición de control en la cubierta ocho.

—Aquí Control de Seguridad. Posiciones iniciales para el ejercicio de abandono. Animación, controlad el flujo de acompañamiento hacia las escaleras de evacuación Bravo y Charlie. Confirmad recepción.

Las respuestas saltan en cascada, rompiendo la estática de la radio.

—Seguridad Alfa, confirmado.

—Seguridad Bravo, en posición.

—Animación en el Atrio central, confirmado.

—Animación en pasillo de babor, confirmado.

La voz de Maika entra al final, limpia y segura.

—Coordinación de Animación, confirmada. Listos para el desalojo simulado.

No entiendo por qué su voz filtrada por el transmisor de la radio me resulta todavía más peligrosa. Quizá porque, al no poder verle la cara, mi imaginación se toma libertades traicioneras recreando la curva de sus labios.

El ejercicio avanza con fluidez.

Anoto las rotaciones, pero entonces, en la pantalla táctil y a través de los prismáticos, detecto la primera brecha.

Lara, una de las animadoras nuevas, abandona su punto fijo junto al ascensor antes de tiempo y se desplaza hacia una columna para interceptar a un grupo masivo de «pasajeros» que se ha quedado estancado.

Frunzo el ceño, apretando el botón para hablar.

—Animación pasillo de babor, mantén la posición fija asignada en el plano —ordeno de inmediato.

La réplica de Maika salta antes de que la subordinada pueda siquiera disculparse.

—Ha pivotado porque el grupo no tenía línea de visión hacia la escalera Charlie. Desde su punto ciego no veían la salida.

—Ese movimiento no está estipulado en el protocolo de evacuación —replico.

—No, pero va a funcionar mejor así, ya lo verás —insiste Maika.

Observo el monitor de circuito cerrado con la simulación. Efectivamente, el tapón humano podría avanzar. Pero que tenga razón no disminuye mi taquicardia.

—Los puntos de seguridad no son orientativos, Maika. Si el puente de mando cuenta con ella en un punto, tiene que estar en ese punto.

—Lo sé —contesta ella—. Tú solo… confía en mí.

Hacia el final del ejercicio, el equipo técnico simula el bloqueo por incendio de uno de los pasillos principales de la cubierta de paseo.

Mi equipo activa la ruta alternativa de inmediato, pero noto que los animadores, al moverse de forma menos encorsetada que mis guardias, logran que la masa humana reaccione al cambio de dirección de inmediato, sin pararse a protestar o a dudar.

Debería alegrarme. Pero no lo hago.

Cuando suenan los tres pitidos que dan por concluido el ejercicio, el tiempo global de evacuación es… impecable. Reúno a los jefes de sección en la cubierta de botes para el debriefing mientras el sol ya empieza a derretir el asfalto del puerto.

—El ejercicio ha sido conforme a las normas —anuncio, repasando las métricas en mi tablet —.

Pero hay una falta grave de disciplina táctica en los puntos móviles.

La seguridad del barco no puede depender de corazonadas individuales que no se notifican al puente de mando.

Os recuerdo que tenemos superiores y reglas que cumplir.

Maika da un paso al frente, interponiéndose físicamente entre su subordinada y mi mirada de oficial.

—Han sido orden mía —asume, mirándome de frente—. Les he ordenado corregir sus movimientos en caso de bloqueo.

—Y yo te recuerdo que no tienes la autoridad para alterar un plan de evacuación visado por Capitanía —señalo, clavando mis ojos en los suyos. Empiezo a pensar que el resto de la tripulación va a terminar cobrando entrada por ver nuestros turnos de réplica.

—No me digas que el plano es sagrado, Helen. Porque los planos no tienen en cuenta el factor pánico —reclama ella, dando un paso más.

—Explícate, entonces. Delante de todos.

Maika señala hacia el vestíbulo de babor.

—El plano está diseñado sobre un pasillo vacío, pero con cuerpos reales, la señal de salida desaparece. Si Lara se queda rígida en su esquina, la oirán, sí, pero la gente necesita una referencia visual. Y con solo avanzar tres pasos, el flujo girará sin detenerse.

Me guardo el impacto del argumento.

Gonzalo, a mi lado, teclea con un entusiasmo sospechoso en su tablet , conteniendo la respiración. Todo el mundo espera mi veredicto. Maika la primera.

—Está bien. Estudiaré los datos —cedo, manteniendo la voz monocorde.

Ella arquea una ceja, desafiante.

—¿Eso significa que lo vas a valorar de verdad o que va directo a una carpeta mental titulada «tonterías que dice Maika para desquiciarme»?

Alguien del fondo suelta un bufido para tapar una carcajada y, rápido, lo fulmino con la mirada.

—Significa que lo revisaré. Y punto.

—Entendido.

—Envíame esos parámetros modificados por escrito —añado, intentando recuperar el control de la situación—. Con sus límites estrictos.

Maika asiente, y sus ojos chispean.

—Lo tendrás en tu mesa esta tarde.

—Antes de las seis —preciso.

—A las cinco cuarenta y siete, para mantener la rutina —responde con una media sonrisa descarada.

No quiero sonreír. De verdad que pongo todo mi empeño en mantener la cara de póker reglamentaria, pero la comisura de mi boca sufre un espasmo de rebeldía durante una fracción de segundo.

Ella lo caza al vuelo, por supuesto. Sus ojos se iluminan con un triunfo tan evidente que me dan ganas de ordenarle un inventario completo de los tres mil chalecos salvavidas del barco solo para bajarle los humos.

—No te acostumbres, Maika —le advierto en voz baja.

—Jamás. Soy una mujer de estrictas costumbres —replica con una inocencia que no se cree ni ella.

—¿Desde cuándo? —murmura Gonzalo de fondo.

Maika se lleva la mano al pecho.

—Gonzalo, me hieres. Qué poca fe en mi evolución profesional.

Por primera vez desde que este gigante de acero se ha convertido en nuestro campo de batalla, la tensión no se siente como un cabo a punto de romperse. Aunque sigue ahí, vibrando en el aire caliente.

Doy las últimas órdenes de guardia y disuelvo la formación. Mientras el resto se dispersa hacia los comedores de tripulación, Maika se retrasa un segundo, quedando a mi altura mientras yo finjo una concentración absoluta en la pantalla de mi tablet .

—Buen trabajo —dice, rebajando el tono a una frecuencia que parece diseñada solo para mis oídos.

Alzar la vista es un error.

—El simulacro ha sido... aceptable —contesto.

Su sonrisa se ensancha, mostrando un hoyuelo que me desbarajusta el latido del corazón.

—Eso, en el idioma cerrado de la oficial Müller, significa: «Gracias, Maika, eres un puto genio».

—Yo no hablo ese dialecto —sentencio.

—Todavía —susurra ella.

Y sin más, se da la vuelta antes de que pueda articular palabra, dejándome quieta, viéndola avanzar por la cubierta soleada hasta que cruza las puertas.

«Estás jodida, Helen. Jodida y sin botes salvavidas».

· · ·

Horas más tarde, aprovechando el cambio de turno y la absoluta soledad de la Sala de Control de Seguridad, me encierro a revisar las grabaciones de las cámaras. No dejo constancia en el diario de bitácora, evidentemente.

En las pantallas, la cubierta se despliega desde cuatro ángulos distintos. Busco cada secuencia en la que el equipo de animación haya podido cometer algún error. Pero lo que encuentro, son soluciones muy prácticas medidas en un tiempo extraordinario.

Me echo hacia atrás, golpeándome el labio inferior con el dedo índice.

Once segundos pueden parecer una minucia para cualquier civil que compre un billete de crucero para beber margaritas en la piscina.

Para un Oficial de Seguridad, once segundos son la diferencia entre un pasillo despejado y una avalancha humana, entre un desalojo limpio y una tragedia.

Y, para mi absoluta desgracia, la intuición de Maika lo ha previsto antes que todos mis manuales de procedimiento.

Apoyo los brazos en la mesa, exhausta.

—Esto no cambia nada —me digo a mí misma en la penumbra de la sala.

Trabajo en el informe preliminar durante una hora más. Redacto las modificaciones del Plan de Emergencia e introduzco la figura de los «puntos de apoyo dinámicos bajo supervisión directa de seguridad». Me cuido mucho de escribir «Propuesta de la Coordinadora de Animación», por supuesto.

Parezco una idiota intentando ocultar el sol con un dedo.

Trabajar con Maika ya no es el caos ingobernable que recuerdo de años atrás.

Es irritante, desafiante y pone a prueba mi paciencia, sí, pero también me lo está haciendo muy fácil.

Y, rápidamente, el pasado me golpea: antes de que me rompiera los esquemas y me decepcionara, Maika me fascinaba.

Y descubrir que esa fascinación sigue intacta es lo que de verdad me aterroriza.

Porque el rencor es una emoción limpia, estructurada. Tiene un origen, un archivo asignado y una fecha de caducidad que tú controlas. Pero la atracción, en cambio, es un naufragio sin supervivientes ni cuaderno de bitácora.

Y yo no me puedo permitir un naufragio en mi impecable hoja de servicios.