Un desastre perfecto 4
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Maika

Helen se marcha de la sala con la espalda recta, la carpeta bien sujeta contra el pecho y un paso firme que no deja lugar a dudas. No mira una sola vez atrás. Pero yo, sí la sigo hasta que desaparece por la puerta.

—Jefa —me llama alguien.

Parpadeo y regreso al salón técnico dos, donde mi equipo me observa con una mezcla de curiosidad, nervios y ese temor tan particular que surge cuando se acaba de presenciar una discusión profesional entre dos mujeres capaces de prender fuego a una cubierta solo con mirarse.

—¿Sí? —respondo, recuperando la sonrisa con naturalidad.

Nico, uno de los nuevos animadores, levanta la mano como si estuviéramos en clase.

—¿Nos van a hacer un entrenamiento de seguridad?

—Sí.

Tres caras se descomponen al instante.

—¿Tipo… evaluación profesional? —pregunta Lara, apretando su libreta contra el pecho.

—No exactamente —aclaro.

—Eso significa que sí —murmura Nico por lo bajo.

Me apoyo en el borde de la mesa y cruzo los brazos, observándolos con calma.

—A ver, nadie os va a lanzar al mar si confundís una salida de emergencia con una puerta de servicio. Tranquilos.

—Pues yo diría que Helen sí —interviene Iván con una media sonrisa.

No puedo evitar soltar una carcajada.

—Helen puede parecer demasiado estricta, pero sabe reconocer cuándo se equivoca.

El silencio que sigue es de los buenos.

—¿Segura? —insiste Lara, arqueando las cejas.

—Bueno… —Inclino ligeramente la cabeza—. Quizás antes te pida pruebas, tres informes, una reconstrucción completa de los hechos y una disculpa firmada por duplicado, pero al final lo reconoce. Es más flexible de lo que aparenta.

Nico traga saliva con dificultad.

—No estás ayudando mucho.

—Claro que os ayudo. Os estoy preparando para lo que viene. Es parte de mi trabajo.

Se ríen y el ambiente se relaja un poco. Eso me encanta. Me gusta ver cómo los hombros descienden, cómo las manos aflojan el agarre de los bolígrafos y cómo el miedo inicial se transforma en atención. Los equipos funcionan mejor cuando no se sienten juzgados desde el primer minuto.

Y yo necesito que respiren. Porque este crucero les va a exigir mucho. Porque Helen supervisará cada detalle; cada movimiento, cada ruta, cada gesto y cada coma de mi propuesta. Y yo no debería sentir esta mezcla tan absurda de irritación y ganas de demostrarle que sigo siendo buena en lo mío.

—Bien —continúo, y doy una palmada para recuperar el ritmo—. Vamos a repasar la programación. Y antes de que alguien pregunte, sí, habrá cambios. Siempre los hay. Un crucero sin cambios es como un cóctel sin hielo.

Lara sonríe con complicidad.

Abro mi carpeta. Mis papeles no están tan ordenados como los de Helen, eso es evidente.

Los míos lucen llenos de flechas, notas al margen, pequeñas estrellas, recordatorios escritos a toda prisa y un dibujo horrible de una gaviota que garabateé durante una llamada eterna con Markus.

Pero sé dónde está cada cosa. Bueno, más o menos.

—La bienvenida a los pasajeros será en la cubierta principal, música en vivo, presentación del equipo y una dinámica ligera para romper el hielo. Nada invasivo. Nadie quiere que le obliguen a bailar con una maleta en la mano y el sudor corriéndole por la frente.

—Gracias a Dios —suspira Iván.

—No cantes victoria tan pronto porque esa misma noche, está la fiesta de bienvenida y ya sabemos cómo son las fiestas.

Él gime de forma teatral.

—Yo no vine al mar para sufrir.

—Viniste a trabajar en animación. El sufrimiento viene incluido en el uniforme, me temo.

Las risas vuelven a llenar la sala. Avanzo por el programa completo.

Y mientras hablo, observo a mi equipo. Me gusta el desafío de tener a un equipo nuevo.

Algunos toman notas con la seriedad de quien cree que un error en la libreta podría hundir el barco.

Otros escuchan con los ojos brillantes, llenos de esa electricidad que recuerdo perfectamente haber sentido en mi primer embarque.

—Lo importante —continúo—, es entender que la animación no consiste en gritar más fuerte que la música ni en perseguir a los pasajeros con una sonrisa hasta que se rindan.

Se trata de leer el ambiente, de saber quién quiere participar y quién prefiere observar desde lejos con cara de «si me sacas a bailar, te denuncio».

Nico anota algo rápidamente.

—¿Eso lo ponemos literal en el guion?

—Solo si quieres que Helen me retire el derecho a usar la palabra.

Las risas regresan, pero el nombre de Helen se queda flotando en mi boca como una piedrecita dentro del zapato: molesta e imposible de ignorar.

—Seguridad nos va a exigir ser muy profesionales —añado, ya más seria—.

Y se la daremos. No porque nos vigilen constantemente, sino porque en un barco no hay margen para hacer las cosas a medias.

Si un evento se descontrola, no basta con sonreír y cambiar de canción.

Tenemos que saber hacia dónde mover a la gente, cuándo bajar la intensidad, cuándo cortar una dinámica y cuándo pedir apoyo inmediato.

Los miro uno a uno, con intención.

—La diversión también se cuida con rigor.

Lara asiente despacio, procesando mis palabras.

—¿Y si nos equivocamos?

La pregunta se abre paso dentro de mí y me toca el corazón. Quizá porque conozco demasiado bien lo que ocurre cuando uno se equivoca. Y, sobre todo, lo que sucede cuando no se tiene el valor de admitirlo.

—Entonces lo corregimos —respondo—. Rápido, sin dramatismos y sin esconder nada. Los errores no hunden a los equipos. Mantener el silencio, sí.

Durante un segundo veo a Helen en aquella reunión del pasado, sentada a mi lado, esperando que yo dijera la verdad.

—Por eso quiero que comuniquéis cualquier duda, cualquier incidencia, cualquier cosa que os parezca rara. Aunque sea pequeña. Aunque creáis que me voy a enfadar. Solo me enfado cuando alguien improvisa una conga junto a una escalera —bromeo.

Iván levanta la mano con curiosidad.

—Dime que eso nunca te ha pasado de verdad.

—No queréis saberlo.

—Ahora sí queremos —insiste con una sonrisa.

—Otro día. Cuando confiéis plenamente en mí y ya no podáis renunciar al equipo.

La reunión termina con menos tensión de la que empezó, lo cual ya supone un pequeño triunfo. Les asigno sus tareas, repasamos horarios y confirmamos el ensayo de bienvenida en cubierta.

—Vamos arriba —propongo—. Necesito ver cómo os movéis con espacio, viento real y sin paredes que os salven de hacer el ridículo.

—Qué motivadora eres —murmura Nico—. Y yo que creía que iríamos a cenar.

—Lo haremos después. No dejes para mañana lo que puedas hacer hoy. O ahora.

—Deberías dar charlas motivacionales —comenta Lara.

Salimos en grupo hacia la cubierta principal.

Al subir, todos se percatan de cómo cambia el barco cuando el sol se apaga.

Dejamos atrás los pasillos estrechos de tripulación, las luces blancas y frías, y emergemos bajo el cielo abierto oscuro.

Las luces de la cubierta lo bañan todo con un brillo especial.

El agua se extiende alrededor del puerto como una lámina azul intenso salpicada de destellos de plata.

Todavía no hemos zarpado, pero el Marine IV parece impaciente.

Lo noto bajo mis pies, en esa vibración leve de maquinaria viva que transmite energía.

Mi equipo se dispersa movido por la curiosidad.

—Bien —empiezo, y alzo la voz para que me escuchen bien—.

Punto de entrada de pasajeros por allí. Música aquí.

Recepción visual desde este lateral. Necesito energía, pero sin invadir a la gente, ¿de acuerdo?

Sonreímos, acompañamos y orientamos. No les atacamos.

Hay animadores que ven a un pasajero tímido y sienten la necesidad irrefrenable de acompañarlo todo el tiempo para que no se sienta incómodo.

—Eso suena muy exagerado.

—Lo es, por desgracia.

Les pido que repitan la secuencia de bienvenida: un saludo cálido, indicación hacia recepción, invitación al evento de apertura y circulación fluida hacia escaleras o ascensores según sea necesario.

Mientras se mueven, voy corrigiendo esos pequeños detalles que hacen de nuestro trabajo, algo perfecto.

No me sorprende ver que Helen está en un extremo de la cubierta, junto a la barandilla, revisando algo en su tablet .

Sola, como siempre. Atenta. Un poco apartada, como si necesitara observar el mundo desde la distancia para que no la afecte.

«Cómo odio esos pantalones…». El uniforme le queda impecable.

Es una observación objetiva. Terriblemente objetiva.

Los pantalones oscuros, la camisa sin arrugas, acompañando a su pelo perfecto y sedoso.

Parece hecha de control, de líneas rectas y de decisiones difíciles.

Nada en ella invita al acercamiento y, sin embargo, yo quiero acercarme. «Qué perfecto desastre.»

Me quedo mirándola más tiempo del prudente.

Helen parece notar mi mirada porque levanta la vista y nuestros ojos se encuentran.

No sonríe, ni mucho menos me dedica un gesto de desaprobación.

Solo existe esa intensidad suya, directa y sin adornos.

Una mirada que siempre parece hacer dos cosas a la vez: advertirme que no cruce cierta línea y preguntarme por qué me da tanto miedo cruzarla.

El pecho se me aprieta. Porque de pronto no veo solo a la coordinadora estricta que acaba de desmontar media propuesta en la sala.

Veo a la mujer con la que me acosté repetidas veces, a la que empecé a conocer, a la que dejé sola.

A la que esperó una verdad que nunca llegó.

Yo creí que el tiempo lo diluiría todo. Pero fui muy ingenua.

Porque el tiempo no diluye lo que nunca se enfrenta.

Solo lo hunde más hasta que, un día, vuelve a flotar.

Helen aparta la mirada primero y eso me deja clavada en el sitio.

—Maika —me llama Lara—. ¿Así está bien?

Tardo un segundo en reaccionar.

—Sí. Perdón. Repetid desde la entrada.

Mi voz suena normal. Soy buena fingiendo normalidad. Eso también lo aprendí con el tiempo.

El ensayo continúa. Los chicos mejoran rápido, se relajan, ríen y encuentran su propio ritmo.

Les pido que imaginen pasajeros reales: una familia cansada tras el viaje, una pareja mayor que necesita indicaciones claras, un grupo de amigas deseosas de diversión, alguien mareado, alguien perdido o alguien que finge no necesitar ayuda, pero mira todos los carteles al revés. Ellos responden bien.

Sin embargo, una parte de mí permanece en el extremo de la cubierta, donde Helen sigue trabajando como si nada pudiera distraerla.

Nunca pensé en ella como alguien triste, apagada o solitaria.

Antes la veía fuerte, imposible de alcanzar, brillante.

Una mujer hecha para resolver problemas mientras los demás somos incapaces.

Pero quizá siempre le costó confiar en las personas y yo, con mi cobardía, le confirmé que confiar en alguien era una mala idea.

Cuando terminamos la primera ronda, les doy libertad para ir a cenar y descansar.

Ellos se dispersan, comentando lo aprendido.

Me quedo junto a la barandilla, con la carpeta apoyada contra el pecho.

Helen sigue al otro lado, más lejos ahora.

La observo mientras habla con un técnico.

Señala un tramo de cubierta, escucha con atención y asiente.

Esta mujer no pierde el tiempo. No adorna nada. Todo en ella resulta eficiente, incluso la manera en que frunce el ceño tiene un propósito claro. Pero yo sigo recordando a otra Helen. La que, años atrás, se quedó conmigo después de un evento desastroso y yo fingía que no estaba agotada.

«—Si sigues sonriendo así, se te va a romper la cara», me dijo aquella noche.

Yo me reí. Ella me ofreció un café de máquina y durante una hora nos quedamos ahí, observando el horizonte en silencio.

A mí me gustaba, me gustaba mucho, y yo a ella.

Quizá por eso dolió tanto. Porque no traicioné a alguien cualquiera.

Traicioné a alguien que, a su manera torpe y preciosa, había empezado a dejarme entrar en su corazón.

Helen vuelve a mirarme y no aparto los ojos. Tampoco sonrío. Solo la miro. Y durante un segundo brevísimo, algo cambia en su expresión. Después ella baja la vista a su tablet y se aleja.

—Maika —dice Lara detrás de mí—. ¿Vienes a cenar con nosotros?

—Claro.

Lara engancha su brazo al mío mientras caminamos hacia el restaurante de tripulación, Nico sigue hablando demasiado alto y los demás se suman a la conversación con esa facilidad que siempre he envidiado en algunas personas.

Yo camino con ellos, escuchando a medias, dejando que el ruido de grupo me arrastre. El Marine IV aún no ha zarpado y yo ya siento que el viaje ha comenzado. Y lo peor, lo absolutamente peor, es que una parte de mí está deseando descubrir a dónde nos llevará todo esto.