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Helen
La reunión comienza a última hora de la tarde, tal como estaba en los horarios. Eso, al menos, me tranquiliza un poco. Solo un poco.
El salón técnico dos carece por completo de glamour.
Se trata de una sala rectangular, iluminada por luces blancas demasiado crudas.
En el centro preside una mesa larga de superficie gris y, al fondo, una pantalla donde ya tengo proyectado el plano principal del Marine IV.
Frente a mí, todos fingen estar despiertos, aunque algunos ya llevan el cansancio colgado del cuello.
Tengo mis informes perfectamente ordenados, los planos marcados con colores, los protocolos impresos y una lista detallada de puntos que pienso repasar sin desviarme ni un solo milímetro.
En seguridad he aprendido que la improvisación suele disfrazarse de creatividad hasta que alguien tropieza, grita o acaba en la enfermería.
Maika entra tres minutos antes de la hora.
Exactamente tres minutos antes. Lleva el uniforme de la empresa, el pelo recogido en una coleta alta y una libreta repleta de papeles sueltos.
«Papeles sueltos en una reunión de coordinación.
Genial». De inmediato, siento cómo mi presión arterial empieza a redactar su carta de renuncia.
—Buenas tardes, casi noches a todos —saluda ella.
Varios responden con entusiasmo. «Traidores.»
Maika se sienta justo enfrente de mí. Porque, claro, si el universo puede elegir entre facilitarme la vida o colocarme a Maika Aranda a la distancia perfecta para observar sus labios mientras habla, elige la segunda opción y se ríe a gusto.
—Bien —digo yo, tomando el control antes de que alguien convierta esto en una charla informal de bienvenida—. Vamos a revisar los recorridos de evacuación y el control de flujo para los eventos nocturnos que el crucero tiene preparados.
Maika abre su libreta.
—Perfecto —responde con toda tranquilidad.
El capitán Duarte ocupa la cabecera de la mesa. A su lado se encuentran los jefes de operaciones, restauración, mantenimiento y recepción. Todo el equipo clave del crucero. Gente que espera que esto funcione.
Yo también espero que funcione, aunque una parte de mí, la más sincera y menos conveniente, sabe que desde que Maika ha cruzado la puerta la reunión esto se ha convertido en una jugada a los dardos.
Proyecto el primer plano.
—Para la fiesta de apertura, el escenario estará en la cubierta ocho.
Aforo máximo recomendado: trescientas ochenta personas.
Dos vías principales de evacuación hacia las escaleras B y C, y una vía secundaria por el pasillo lateral que conduce a los ascensores bloqueados para uso operativo.
Habrá personal de seguridad en estos cuatro puntos.
Señalo cada zona con el puntero láser.
Y cómo no, Maika levanta la mano. «Dios, pero si no han pasado ni dos minutos. ¿Qué he hecho yo para merecer esto?»
Vale, me tengo que centrar.
—Sí, Maika —digo y, lamentablemente, me sale con retintín.
—¿Puedo intervenir?
—Para eso estamos aquí —contesto.
—La vía secundaria por el pasillo lateral no va a funcionar como esperáis si colocamos la música y la barra cerca de la entrada. La gente siempre se mueve hacia donde ve luz, bebida o a un grupo de personas bailando.
Un par de personas sonríen. Yo, por supuesto, no.
—La señalización estará perfectamente visible —replico.
—Sí, pero una pasajera con una copa en la mano, sandalias elegantes y nulo sentido de la orientación no leerá esa señalización.
Te lo digo por experiencia —apunta, con una sonrisa profesional en los labios—.
Seguirá al grupo, al ruido o al señor que cree saberlo todo porque ya se ha hecho tres cruceros y lleva una camisa con palmeras.
Silvia, de cubierta, suelta una risita. La miro y se recompone al instante.
—Entiendo tu observación —hablo—, pero la señalización forma parte del protocolo de evacuación.
—No estoy diciendo que la quites. Propongo que la acompañes con personal de animación o seguridad que guíe el movimiento desde el principio.
Si acostumbramos a los pasajeros a circular en dos direcciones desde el inicio, en caso de incidente no sentirán que les cambiamos el mapa del mundo de repente.
La observo en silencio unos segundos. Odio admitir que la idea tiene sentido.
—El personal de animación no está formado para dirigir evacuaciones.
—No hablo de evacuaciones propiamente dichas, sino del flujo previo. De evitar congestiones antes de que aparezcan.
—Las congestiones se evitan limitando el aforo y delimitando los espacios.
—También leyendo a las personas.
Ahí está la diferencia esencial. Para Maika, las personas son olas: se sienten, se anticipan, se acompañan. Para mí, son variables: se calculan, se contienen, y se protegen.
Y lo peor es que las dos tenemos razón. Pero solo una cuenta con protocolos impresos y respaldados, además de una asignación que me he ganado a pulso.
—Leer a la gente no sustituye un plan de seguridad —le respondo.
—Nunca he dicho eso.
—Pero es lo que has insinuado.
—No. Tú has decidido interpretarlo así.
El silencio se instala sobre la mesa, y las miradas van de ella a mí como si asistieran a un partido de tenis.
El capitán Duarte entrelaza las manos.
—Sigamos con el punto concreto.
Asiento.
—Mi propuesta se mantiene.
Maika apoya los antebrazos sobre la mesa.
—Y la mía consiste en añadir dos animadores en movimiento. Uno cerca de la barra y otro junto al acceso lateral. Sin chaleco, ni aspecto de polis. Solo orientando a la gente de forma natural. La gente obedece mejor cuando no siente que la están corrigiendo todo el tiempo.
Si su idea fuera absurda, sería fácil desmontarla. Pero Maika nunca ha tenido ideas absurdas. Caóticas, imprevisibles y peligrosamente encantadoras, sí. Absurdas, no.
—Necesito garantías de que eso va a funcionar —exijo.
—Tendrás nombres, posiciones y horarios.
—Y comunicación por radio.
—No todos mis animadores llevan radio durante los eventos —me aclara.
—En los eventos bajo supervisión del equipo de seguridad, sí.
—Claro…
Su respuesta flota en el aire mientras recibo una de sus sonrisas. Deseo lanzarle el puntero láser, pero soy una profesional. Toda una profesional. Además, probablemente lo atraparía al vuelo y me soltaría alguna respuesta irritante.
Pasamos al siguiente plano.
Poco a poco, la temperatura de la sala parece subir.
O quizá solo soy yo. Maika me mira directamente y, por un instante, todo se estrecha: la mesa, los planos, las voces, incluso el aire.
Tiene los ojos oscuros, vivos. Y de repente, recuerdo otra sala, otro plano, otra discusión.
Ella inclinándose sobre la mesa, riéndose porque yo había calificado su propuesta de «estadísticamente irresponsable».
«—Me encanta cuando me insultas con metáforas», me dijo entonces.
Yo casi sonreí. Casi.
Regreso al presente antes de que mi memoria cometa una imprudencia mayor.
—La seguridad no se basa en buenas intenciones —afirmo después de revisar otro de los protocolos.
Esto es lo más parecido a una batalla campal.
—Ni las personas funcionan como simples líneas en un plano —replica.
—Las líneas en un plano salvan vidas cuando todos pierden la calma.
—Y alguien con experiencia de campo puede evitar que la pierdan antes.
Nos miramos. No sé quién respira primero. Solo sé que la sala está demasiado quieta.
El capitán Duarte carraspea.
—Señoritas… —nos pide que le miremos.
Las dos nos volvemos hacia él.
—Queda claro que tenéis enfoques distintos —continúa—. Y este barco necesita ambos. Helen, tu responsabilidad es garantizar que nada se salga de los márgenes de seguridad. Maika, la tuya es que esos márgenes puedan aplicarse a pasajeros reales, no ideales.
Maika asiente. Yo también, aunque me cuesta.
—Necesito que lleguéis a un acuerdo antes del simulacro general —añade—. No quiero dos planes paralelos. Quiero uno solo.
«Uno solo. Con Maika. Fantástico».
—Por mi parte no hay problema —dice ella.
La miro. No pienso dejar que gane este round .
—Por la mía tampoco.
Mentira. Hay muchos problemas. El primero lleva camisa azul claro y tiene la mala costumbre de mirarme como si todavía pudiera atravesarme y leer todo lo que llevo dentro de mí.
El capitán da por cerrado el punto y continuamos con la reunión.
Pero cada vez que Maika habla, mi cuerpo la registra sin perderme un solo centímetro.
Están sus labios, su voz, sus manos, la forma en que inclina la cabeza al escuchar, la facilidad con la que transforma una objeción en una propuesta práctica.
Y me molesta. Me molesta porque no quiero sentir admiración por ella.
No quiero recordar que hubo un tiempo en que esa capacidad para adaptarse me parecía brillante, que verla improvisar con una sonrisa mientras yo sostenía la estructura del plan me hacía sentir que juntas podíamos controlar cualquier cosa.
«Juntas». Qué palabra tan peligrosa.
Cuando la reunión termina, recojo mis documentos sin mirar a nadie.
—Helen —dice Maika desde el otro lado de la mesa.
No levanto la vista de inmediato. Necesito un segundo para procesar lo mucho que me calienta escuchar mi nombre en sus labios.
—¿Sí?
—Te enviaré la propuesta antes de las doce.
—Hazlo antes de las once.
Su boca se curva en una sonrisa.
—Claro. Antes de las once.
—Y sin dibujitos en los márgenes.
—Eso no puedo prometerlo.
Gonzalo, que aparece detrás de mí, suelta una carcajada.
Lo miro.
—¿Algo que aportar?
—No. Yo soy un mueble —replica.
—Pues sé más silencioso.
Maika ríe por lo bajo y su risa me persigue hasta el pasillo.
Salgo de la sala con la frustración apretándome las costillas.
No es solo la discusión —las discusiones sé manejarlas—.
Es ella. Es la manera en que aparece, habla, mueve el aire, el oxígeno que me permite respirar y, de pronto, todo lo que yo he construido para mantenerla lejos parece hecho de papel.
Llego a mi camarote con la carpeta contra el pecho, cierro la puerta y, por fin, disfruto del silencio. Dejo los documentos sobre la mesa y me siento.
Debería ducharme, descansar o dejar de pensar en Maika.
En cambio, abro el portátil y busco los informes históricos del último par de años del departamento de animación en el Transmarine.
No sé por qué lo hago. Bueno, en realidad sí lo sé.
Necesito demostrarme algo. Necesito confirmar que mi desconfianza tiene fundamento profesional y no solo una cicatriz que tiene nombre y apellidos.
Filtro por coordinadora: Maika Aranda, y enseguida aparecen los registros. Cruceros anteriores, eventos nocturnos, incidencias reportadas. Cruzo los datos con la media de la flota y me quedo paralizada. «No puede ser». Los eventos coordinados por Maika presentan menos incidencias que la media.
Cierro los ojos.
—Maldita sea.
«Esto no cambia nada», me repito con firmeza. «Que sea buena en su trabajo no borra lo que hizo. No borra aquella reunión, ni mi nombre señalado en un informe que no merecía, ni las semanas en las que me pregunté si mi carrera se hundiría por un silencio ajeno. No cambia nada».
Vuelvo a mirar la pantalla. Maika es buena. No, es excelente. Y yo ya lo sabía. Lo sabía antes de enfadarme, antes del desastre, antes de que su ausencia y su falta de apoyo me doliera tanto.
Y rápidamente, los recuerdos se abren como una puerta.
Una noche de discoteca en otro barco. Luces violetas sobre la cubierta, el mar negro alrededor salpicado de reflejos de luna, la música vibrando bajo mis zapatos.
Maika en medio de la pista, rodeada de pasajeros, bailando con naturalidad.
Reía, giraba, levantaba las manos y guiaba a un grupo entero sin que nadie notara que estaba trabajando.
Hacía que la gente se moviera exactamente hacia donde ella quería, como si fuera una coreografía espontánea.
Yo la observaba desde una esquina con la radio en la mano.
Debería haber estado revisando los accesos.
Lo hacía, más o menos. Pero ella brillaba.
No de forma exagerada, sino porque se sentía cómoda en el caos, entendía la alegría de las personas y eso le permitía conseguir lo que buscaba.
Donde yo veía riesgo, ella veía ritmo, y también pasión.
En un momento, Maika giró hacia mí, me miró y sonrió. Todo el ruido del mundo pareció bajar de volumen. Recuerdo que pensé: «Cuidado, Helen, vas a caer.»
Y vaya si caí.
Sacudo la cabeza, suelto un suspiro y regreso al presente.
Apoyo los codos en la mesa y me paso una mano por la cara.
Esto es ridículo. Estoy en el Marine IV para demostrar que merezco estabilidad, no para desenterrar un pasado que debería permanecer junto al sarcófago de Tutankamón. Maika es una compañera de trabajo.
Pero mi corazón, que al parecer vive en su mundo, late por ella.
Cierro el informe. El siguiente paso es trabajar juntas en un plan común. «Un solo plan». El capitán tiene razón. El barco necesita orden. Y, por mucho que me pese, también necesita a Maika.
«No voy a permitir que me distraiga y vuelva a desordenarme».
Pero cuando mi memoria insiste en mostrarme a Maika bailando bajo luces violetas, con la piel dorada y sus ojos brillando más que la luna, sé que el problema no es que no la soporte. El problema es que una parte de mí, absurda y testaruda, nunca la ha dejado de echar en falta.
«Será mejor que me dé una ducha y me ponga a trabajar».