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Maika
Siempre que subo a un navío nuevo, me invade la misma sensación que la primera vez que pisé la cubierta de uno.
Siento impaciencia, curiosidad… como si estuviera a punto de abrir una puerta cuyo destino ignoro, pero que, aun así, ansío cruzar con todo mi ser.
El corazón se me acelera, no por nerviosismo, sino por esa mezcla de expectación y vértigo que acompaña a los nuevos comienzos en alta mar.
A esta hora de la tarde, el sol cae sobre la cubierta con fuerza y baña la madera y el metal con un brillo cálido. Siempre lo interpreto como una buena señal, un pequeño guiño del destino que me recuerda que, a pesar de todo, las cosas siempre salen bien.
—¡Maika! —grita una voz conocida.
Levanto la cabeza y sonrío. Hugo, del departamento de restauración, se acerca con los brazos abiertos.
—¡Pero bueno! —respondo con una carcajada sincera—. ¿Otra vez coincidimos?
—Transmarine no puede vivir sin nosotros, ya lo sabes —contesta él, guiñándome un ojo con complicidad.
—Eso, o es que nadie más está dispuesto a trabajar tantas horas seguidas como tú.
Se ríe y nos damos un abrazo rápido, de esos que se dan las personas que han compartido demasiados embarques como para andarse con formalidades innecesarias.
—¿Vienes como oficial? —pregunta mientras se aparta un poco.
—Sí, exacto.
—Entonces este crucero va a ser divertido.
—Conmigo siempre lo son —afirmo con convicción.
Y lo digo completamente en serio. Para mí, cada embarque tiene algo especial, casi mágico.
Esa energía comienza incluso antes de que los pasajeros suban a bordo.
Es ese instante suspendido en el tiempo en el que el barco aún no se ha convertido en un escenario lleno de expectativas ajenas.
Todavía nos pertenece solo a nosotros, a la tripulación, a quienes conocemos cómo suena de verdad por dentro, con todos sus secretos y sus ritmos propios.
Todo eso forma parte de las noches largas, las risas compartidas y los pequeños problemas que surgen y se resuelven en equipo.
—En fin, te dejo. Que tengo mucho trabajo.
—Ya nos iremos viendo —responde él.
Avanzo hacia el interior del barco saludando a más caras conocidas: Carmen, de recepción, que me dedica una sonrisa cálida y me pregunta rápidamente cómo estoy; Pavel, de mantenimiento, que levanta la mano desde lejos mientras da instrucciones a alguien; y una chica nueva de limpieza que me observa con curiosidad porque todavía no sabe quién soy, aunque intuye que pronto lo descubrirá.
El área de animación tiene ese efecto. Cuando formas parte de este departamento, se hace imposible pasar desapercibida, y yo nunca he querido ser invisible.
Nunca lo he sido. Me gusta conectar, moverme entre la gente, hacer que las cosas funcionen y que los pasajeros se lleven un recuerdo inolvidable.
Aunque con Helen por aquí, las cosas se me antojan un poco más tensas.
Solo pensar en ella hace que mi estómago se contraiga de una forma extraña, como si una mano invisible lo apretara.
Después de nuestro encuentro, me tomé unos segundos para calmar el calor traicionero que me subió por el cuello.
No sé por qué imaginaba que después de tantos años, el encuentro iba a ser sencillo.
Pero no lo fue, fue peor. O mejor. Todavía no lo tengo muy claro.
Su presencia en el barco no solo me sorprendió, sino que una vez que nuestras miradas se encontraron, el mundo entero se paralizó.
Ella no sabía que compartiríamos travesía, y la sorpresa, seguida inmediatamente de esa tensión, me hizo ver que sigue igual.
Aunque no la recordaba tan atractiva, la verdad.
Aprieto los labios con fuerza y decido regresar al interior.
El pasillo principal de la zona de tripulación huele a detergente industrial y al metal que nunca nos abandona.
Es un olor familiar, casi doméstico, como si el buque entero respirara profundamente antes de llenarse de vida, de historias… «Y encuentros entre las sombras.»
Aprieto los labios con fuerza. «No. No voy a pensar en eso. No debo. No es profesional, no es inteligente y, desde luego, no es prudente». Sin embargo, mi mente no está por la labor, se rebela y los recuerdos del pasado me invaden con una nitidez dolorosa.
Markus, mi mejor amigo en tierra, tenía razón cuando me dijo que las cosas no serían fáciles, que verla lo removería todo y que Helen reduciría nuestra historia a un muro tan congelado como el iceberg que provocó el hundimiento del Titanic.
Aunque no me extraña, porque lo que pasó en aquella sala de dirección, no fue fácil para ninguna de las dos.
· · ·
Tres años atrás.
Después del desastre que se armó en el barco, Helen y yo fuimos convocadas a una reunión.
Yo estaba sentada frente a una larga mesa, con las manos apoyadas sobre los muslos para disimular que me temblaban.
Había demasiada gente, demasiadas carpetas abiertas y un silencio tan denso que podía cortarse con un cuchillo.
Helen se encontraba a mi derecha, recta, seria, segura de sí misma, con esa postura que parecía decir que el mundo entero podría derrumbarse que ella, seguiría sosteniéndolo sin problemas.
Su presencia, allá donde fuera, llenaba cualquier espacio, pero aquel día lo hacía de una forma abrumadora.
Sobre la mesa descansaban informes, planos, cronogramas y, sobre todo, el informe de incidencias. Mi error estaba resaltado en rojo. Ese error que yo provoqué por haber auxiliado a un compañero que no se encontraba bien, ese error que yo provoqué al improvisar una solución bajo tanta presión.
—Necesitamos entender por qué se modificó el flujo de acceso sin la autorización correspondiente de seguridad —dijo uno de los responsables.
Lo recuerdo enfadado, muy enfadado.
Helen abrió entonces su carpeta, y dejó sobre el escritorio un informe personal con fecha y hora de lo que se había pactado concretamente.
—Como verá ahí, no tuvimos ningún conocimiento de lo que sucedió —respondió segura, como siempre.
—Según este registro… —continuó el hombre—, la decisión partió del equipo de coordinación del evento. Y ese equipo lo formaban ustedes dos.
En aquel momento, mi silencio, pesado y cobarde, inundó la sala.
Helen se giró apenas hacia mí, como si confiara plenamente en que fuese a hablar, a defendernos a las dos, a explicar por qué actué de la manera en la que lo hice con la mejor intención de evitar un desastre mayor…
pero con la mala suerte de ocasionar algo peor.
Sus ojos verdes me buscaron durante lo que me pareció una eternidad, transmitiendo esa confianza que tenía puesta en mí y que de alguna manera me había ganado después de habernos acostado más de dos o tres veces.
Abrí la boca, pero las palabras se negaron a salir.
No porque no quisiera arreglarlo, sino porque el miedo me paralizó.
En aquel instante, reconocer públicamente que había improvisado una solución rápida, suponía asumir una responsabilidad directa que podía dejarme en la calle.
Y no podía permitirlo, no cuando dependía de ese dinero para seguir pagando las costosas facturas de la residencia de mi abuela, la mujer a la que le debía la vida.
Así que me callé y me convertí en una cobarde y despreciable persona.
Helen supo en aquel instante que la había abandonado a su suerte y volvió la vista al frente sin apenas verse afectada por mi decisión.
—Vuelvo a repetir que las decisiones que tomó el equipo de seguridad, fueron las correctas.
—Si es así, tendremos que revisar paso a paso cada una de las decisiones que se tomaron —añadió otro superior con tono definitivo—. No podemos permitir fallos de este tipo. No con un barco plagado de miles de personas.
Yo permanecí callada, hundida en mi asiento, dejando sola a la única persona que no debería haber abandonado jamás, a la admiraba y en quien había encontrado una conexión real.
· · ·
—Menuda idiota —murmuro para mí misma con rabia.
No debería haberme callado. Nunca debí hacerlo. O al menos, merecía la explicación de por qué lo hice. Y ahora Helen cree exactamente lo que cualquier persona en su situación pensaría con razón: que la utilicé y que, en vez de contar la verdad, dejé que todo cayera sobre sus hombros y desaparecí.
Camino hacia mi camarote, paso la tarjeta por el lector y la puerta se abre. Es pequeño, ordenado y temporal, como todos los camarotes que he tenido a lo largo de estos años.
Me siento un momento. Solo uno, porque si me quedo más tiempo del necesario entre estas paredes es posible que empiece a darle demasiadas vueltas a la cabeza, y pensar nunca ha sido mi fuerte. El trabajo, en cambio, sí se me da bien. Siempre ha sido mi refugio.
Lo fue desde que tuve que empezar a buscarme la vida para darle un presente digno a mi abuela.
Así que… puedo hacer esto, estoy segura. Puedo trabajar con Helen como dos personas adultas y profesionales. Podemos coordinarnos, respetarnos mutuamente e ignorar el pasado. Ignorar el presente. Ignorar lo que acaba de ocurrir en ese pasillo y cómo mi cuerpo ha reaccionado al verla.
«Ya. Seguro.»
Me dejo caer sobre la cama y me cubro la cara con las manos, dejando escapar un suspiro largo y tembloroso.
Vale. No. No va a ser fácil en absoluto.
Porque Helen sigue enfadada, pero no solo por eso.
Sino por cómo me ha mirado, como si yo fuera un error que no tiene ninguna intención de repetir.
Y no puedo culparla. En su lugar, probablemente sentiría lo mismo.
Lo que sí puedo hacer es ser profesional hasta el último detalle y demostrarle que ahora puede confiar en mí. Aunque sea tarde. Aunque quizá no sirva de nada. Aunque ella no quiera escucharme ni darme la oportunidad de explicarme.
Me incorporo y me levanto con decisión. Tengo que revisar algunos horarios, los equipos, el material, las listas de bienvenida, los ensayos y el sonido…
Todo lo que siempre hago. Todo lo que me mantiene en movimiento y evita que piense demasiado en cómo ese uniforme de seguridad le marca la cadera de una manera que no debería afectarme después de tanto tiempo, o en cómo su mirada todavía tiene el poder de desestabilizarme.
Sacudo la cabeza.
No. No voy a pensar en eso. No voy a recordar aquella noche en cubierta, ni cómo discutimos durante media hora sobre protocolos solo para terminar follándonos en la oscuridad.
No voy a recordar cómo me sentí en sus manos, ni mucho menos a lo que sabe su piel.
No voy a recordar la de besos que nos dimos.
Ni cómo el mundo parecía reducirse a nosotras dos cada vez que nos miramos.
Vale, vale. Ya sé lo que estáis pensando.
Sí. Va a ser complicado. Mucho más de lo que quiero admitir.
Porque mi cuerpo ha reaccionado a Helen como si no hubieran pasado los años, como si no hubiera existido aquella reunión, como si no hubiera silencios dolorosos, errores ni culpa acumulada.
Y eso es lo peor de todo. Puedo convencer a mi cabeza de muchas cosas, puedo repetirme que soy una profesional y que esto es solo trabajo, pero mi cuerpo se niega a escuchar.
Salgo del camarote con la carpeta bajo el brazo y me obligo a respirar hondo varias veces. Ahora toca trabajar, aunque por dentro sepa que será una batalla constante.
Y aunque hacerlo con Helen no va a ser sencillo, porque sigue enfadada conmigo —además de mirarme como si yo fuera el caos personificado—, también sé que cuando la he visto hace unos minutos, con la espalda recta, la carpeta en la mano y esa mirada capaz de atravesar el acero, no solo he sentido culpa.
He sentido algo que nunca desapareció y que, al parecer, sigue tan vivo como el primer día.