Un desastre perfecto 1 #2
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Maika gira la cabeza en ese momento y me ve. La sonrisa se le congela en los labios. Durante unos segundos no ocurre nada más. Solo se escucha el movimiento habitual en esta zona del crucero. Y un segundo después, ella se endereza.

—¿Helen?

Mi nombre en su boca me molesta. No porque suene mal, sino porque suena demasiado bien, demasiado atrayente, delicioso, espectacular, fantasioso y… familiar.

—Maika —respondo con educación, aunque mi mente ya esté calibrando empujarla por la borda a pesar de conocer las consecuencias.

Sus ojos bajan un instante a mi carpeta y luego regresan a mi cara.

—No sabía que estabas asignada al Marine IV.

—Yo tampoco sabía que Transmarine había bajado tanto sus estándares de selección.

Una sombra cruza su expresión. «Bien. Le he dado donde más duele». Esto no debería darme ninguna satisfacción, claro, pero me la da.

—Ya veo que sigues igual de encantadora —apunta, entrecerrando los ojos.

—Y tú sigues apareciendo donde nadie te ha pedido que lo hagas.

Maika suelta una carcajada. Sin ningún tipo de humor, claro está.

—Trabajo aquí, igual que tú.

—Eso estoy intentando asimilar.

Da un paso hacia mí. El pasillo no es grande, pero de pronto parece mucho más estrecho. Su perfume llega antes que ella; un toque de algo fresco y cítrico, quizá con unas notas florales. Me enfada notar esos detalles. Y sí, me enfada todavía más recordarlos con tanta nitidez.

—Yo creo que podemos comportarnos como adultas —propone ella.

Casi me atraganto con la respuesta.

—Qué propuesta tan innovadora viniendo de ti.

—Helen…

—No —la corto y levanto la mano para que no se le ocurra añadir nada más—. No uses ese tono conmigo.

—¿Qué tono? —pregunta, aunque sé que entiende a qué me refiero.

—El de «voy a comportarme como una persona normal ahora que ya ha pasado todo».

Su mandíbula se tensa visiblemente. Durante un segundo veo algo detrás de sus ojos, algo parecido al cansancio o al arrepentimiento. Y no quiero verlo, porque no me conviene en absoluto.

—Han pasado unos cuantos años desde aquello —me recuerda.

—Sí. Es lo que tiene el tiempo. Que pasa, aunque una no reciba las disculpas que se merecía.

La frase sale antes de que pueda vestirla con más diplomacia. Maika aparta la mirada hacia un lado y ese gesto pequeño, casi imperceptible, me confirma mis sospechas.

—No fue tan sencillo como parece —intenta explicarse.

—No, claro que no. Para mí tampoco fue sencillo sentarme frente a dirección mientras me dejaban como la responsable de una decisión que no tomé yo.

—Helen, te juro que intenté explicarlo en su momento —se justifica, dejando caer los brazos a cada lado de su cuerpo.

—¿Cuándo? ¿Después de desaparecer del mapa?

Sus ojos regresan a los míos, y ahora ya no queda rastro de la sonrisa que tenía antes.

—No desaparecí. Tuve que encargarme de… unos asuntos.

—Curioso —apunto, y hago un chasquido con la lengua—. Debí confundirte con el hueco enorme que dejaste cuando más falta hacía que alguien hablara en mi defensa.

Una puerta se abre a nuestra derecha y un chico de cocina asoma la cabeza, nos mira, detecta el nivel de tensión en el aire y vuelve a cerrarla con un cuidado que casi resulta admirable. Maika lo nota. Yo también. En otra circunstancia podría parecer hasta gracioso. De hecho, lo es un poco.

—No quiero tener problemas contigo.

La miro con atención. No quiero fijarme en cómo se le ha suavizado la voz ni pensar que hay algo vulnerable en esa frase. No quiero recordar que antes, mucho antes del desastre, Maika conseguía derretir mis defensas precisamente así.

—Entonces no los provoques —respondo con sequedad.

—No he hecho nada.

—Todavía —puntualizo.

Sus labios se separan, como si fuera a contestar con una de sus frases rápidas, esas que antes me daban ganas de discutir y besarla siguiendo el mismo orden. Pero a diferencia de otras veces, se contiene. «Qué novedad».

—Voy a coordinar el departamento de animación —me recuerda—. Y tú estarás al frente de seguridad, supongo que nuestros equipos tendrán que colaborar en más de una ocasión. Por eso lo decía.

—Mis chicos colaboran sin problema con cualquiera que siga las instrucciones al pie de la letra.

—¿Y yo no sé seguirlas? —pregunta, desafiante.

La miro de arriba abajo sin poder evitarlo. «Mmmm no. Error». Porque mi mirada registra su cuello, su clavícula, sus manos, la curva de su boca apretada.

Sacudo la cabeza en mi imaginación y vuelvo a sus ojos con la dignidad recompuesta, aunque planchada a toda prisa.

—Tú sabes hacer que las instrucciones parezcan simples sugerencias decorativas.

Maika arquea una ceja.

—Y tú sabes convertir una reunión de cinco minutos en un juicio internacional en toda regla —contraataca.

—Es un talento que he perfeccionado con los años. De hecho.

—Agotador, sin duda.

—Eficaz sobre todo.

Qué batallita. Qué batallita. Por favor, que bajen todos los Dioses y se apiaden de mí.

Porque rápido, algo parecido a una sonrisa auténtica le roza los labios. Y mi cuerpo, sumamente traicionero, la detecta como si fuera una bengala en mitad de la noche.

—Ya veo que sigues teniendo respuesta para todo —murmura ella.

—Y tú sigues pensando que eso es una invitación a discutir eternamente.

—Ah, ¿es que no lo es?

La pregunta queda suspendida entre nosotras, demasiado cerca de algo que no debería existir.

Mi pulso se acelera y lo odio con todas mis fuerzas.

Odio que Maika pueda seguir alterando mi temperatura corporal con una simple frase.

Odio que una parte mínima de mí, imbécil y probablemente privada de oxígeno durante demasiado tiempo, recuerde la tensión sexual que había entre nosotras como si hubiera sido algo bonito.

Porque no lo fue. Más bien se pareció a una trampa. Y yo no caigo dos veces en la misma.

—Escúchame bien —digo, dando un paso hacia ella.

Maika no retrocede. Claro que no. Sería demasiado fácil—.

Este crucero es importante para mí. Mucho más de lo que imaginas.

No voy a permitir ningún tipo de error, improvisaciones ni numeritos de animación que pongan en riesgo a los pasajeros, a la tripulación o mi propia paciencia.

Sus ojos brillan con un destello conocido.

—¿Tu paciencia también está incluida en el protocolo?

—En muchos anexos. Y con advertencias en negrita, para que te los revises.

Esta vez sí sonríe abiertamente. Y yo tengo que apretar los dientes porque no debería provocarme ninguna gracia. Ninguna.

—De acuerdo —acepta—. Trabajaré contigo dentro de lo establecido.

—Trabajarás según las normas, punto.

—Qué manera tan fría de decir: «bienvenida a bordo, Maika, qué alegría verte después de tanto tiempo».

—La alegría se me ha quedado arriba, en la cubierta.

—Qué pena. A mí me hacía cierta ilusión este reencuentro.

La miro con incredulidad.

—¿Por qué siempre coqueteas cuando alguien está a punto de estrangularte?

Maika inclina la cabeza y su sonrisa se vuelve un poco más peligrosa.

—Porque creo que esa persona no se atrevería a hacerlo de verdad.

Mi corazón da un golpe absurdo, fuerte y ridículo en mi pecho. El pasillo parece quedarse sin aire. No sé qué contestar, y eso me irrita casi tanto como su presencia. Porque yo siempre tengo una respuesta preparada, un muro listo, una salida elegante o cruel según convenga.

Así que hago lo único sensato, que es recomponerme sin más.

—No confundas autocontrol con falta de ganas.

Su risa baja y breve me recorre la piel como una corriente eléctrica inesperada.

—Lo tendré presente.

Abro la carpeta y señalo la planilla, aunque en realidad necesito mirar cualquier cosa que no sea su boca.

—La reunión de coordinación será mañana a las nueve en punto. En el salón técnico dos. Necesito que lleves el plan completo de actividades, aforos previstos, necesidades técnicas de sonido, horarios y cualquier evento que implique el desplazamiento de los pasajeros.

—Lo tendré listo, no te preocupes —asegura ella.

—Y sin sorpresas, Maika.

—Por supuesto —dice ella entonces—. Ah, y Helen.

Levanto la vista.

—¿Qué?

Maika me mira. Menos desafiante. Y durante un segundo aparece la Maika que recuerdo de los momentos en que no estábamos peleando, sino comiéndonos a besos en algún rincón entre su camarote y el mío. La que sabía escucharme y se quedaba conmigo al final de una jornada interminable.

—No he venido a joder nada. Te lo prometo.

La frase me alcanza donde no quiero que lo haga. Porque suena sincera. Porque una parte de mí quiere creerla desesperadamente. Y porque otra, mucho más inteligente y herida, recuerda perfectamente lo caro que me salió confiar en ella la primera vez. Y por eso, cierro la carpeta.

—Eso ya lo veremos.

Paso por su lado. Y sigo caminando sin más.

—¡Helen! —dice a mi espalda.

Me detengo, aunque sé que no debería.

—¿Qué?

—También me alegra verte.

Cierro los ojos un instante y echo la cabeza hacia atrás. Porque cualquier respuesta sería demasiado reveladora. Si usara el sarcasmo, le daría importancia. Y si me giro, quizá vea en su cara algo para lo que no estoy preparada.

Así que avanzo por el pasillo con la espalda recta y el corazón completamente fuera de control.

Cuando doblo la esquina, me apoyo un segundo contra la pared fría.

Solo uno. Una sacudida interna, leve pero insistente, me da el primer aviso de una tormenta que todavía no aparece en los mapas meteorológicos pero que ya tiene forma real.

Maika Aranda está a bordo. Y yo tengo la terrible y clara sensación de que este crucero acaba de volverse mucho más complicado.