Un desastre perfecto 1
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Un desastre perfecto

Un desastre perfecto

Por Veronica Espinosa, Lorena Murien

© inepub.com

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HELEN

Subo al Marine IV con una carpeta bien sujeta bajo el brazo, el uniforme bien planchado y una certeza clavada en el pecho: este crucero no puede salir mal.

No debe salir mal. De hecho, no voy a permitir que nada lo estropee.

El sol de la mañana se derrama sobre la cubierta como una sábana dorada que ilumina cada superficie con un brillo casi cegador, y por un segundo tengo que entornar los ojos para adaptarme a tanta luz.

Inspiro la mezcla de aromas que siempre hay en el barco antes de zarpar mientras cuento mentalmente. Uno, dos, tres . Funciona. Casi siempre funciona para centrarme y recuperar el control.

—Vaya seriedad, oficial de seguridad a bordo —murmura Gonzalo jocoso detrás de mí, mientras carga una caja pesada de chalecos reflectantes—. ¿Estás bien? Porque cualquiera que te mire saldrá cagado de miedo.

Me vuelvo hacia él con una ceja alzada, manteniendo en todo momento mi compostura.

—Perfecto. Ese es exactamente el efecto que busco en mi primer día por aquí.

Gonzalo sonríe y sí, consigue irritarme, porque se nota que no se ha pasado tres noches seguidas revisando las rutas de evacuación, simulacros de emergencia, planos, informes de mantenimiento y listas interminables de personal hasta que las letras han comenzado a bailar por mi cabeza como hormigas en plena coreografía.

—Pues enhorabuena, jefa —se burla otra vez—. Si el barco se incendia, el fuego se disculpará educadamente y se apagará por su cuenta solo para no contrariarte.

No quiero reírme, pero lo hago un poco, muy poco, lo justo para parecer humana y no un robot andante.

—Si el barco se incendia no se te ocurrirá hacer ningún chiste —respondo mientras entro al pasillo principal sin detenerme—. Seguirás el protocolo B-17, sección tres, punto cuatro, al pie de la letra y sin saltarte ni una coma. ¿Queda claro?

—Qué mujer tan romántica —replica él con sorna.

—Soy un sueño hecho realidad —ironizo.

—Más bien una pesadilla con acreditación en las altas esferas.

Lo fulmino con la mirada, pero antes de que pueda verme Gonzalo ya se ha adelantado hacia la zona técnica.

A veces agradezco de verdad que exista. No solo porque sea competente en su trabajo, que lo es, sino porque sabe sacarme una sonrisa o hacerme soltar el aire cuando se me ha olvidado cómo respirar.

Y llevo semanas enteras sin saber muy bien cómo hacerlo, conteniendo la presión, las expectativas y el miedo a fallar otra vez.

Este crucero es importante. No importante en el sentido rutinario de que hay que hacerlo bien, sino importante de verdad, de esos que marcan un antes y un después en tu carrera profesional.

«Si esto sale mal, Helen, volverás a empezar desde cero.

Otra vez con las maletas medio hechas, los camarotes que nunca llegan a sentirse como un hogar, y los jefes que te prometen con una sonrisa falsa que te tendrán en cuenta para el próximo puesto fijo, como quien lanza caramelos desde una carroza en carnaval».

Lo que yo llamo, un futuro súper perfecto.

La verdad es que estoy cansada de demostrar una y otra vez que soy buena en lo que hago, que no cometo errores graves como muchos otros han hecho, que puedo coordinar equipos estando bajo presión, apagar crisis antes de que se descontrolen y mantener la calma cuando todos a mi alrededor pierden los nervios.

Estoy especialmente cansada de ser siempre la provisional, la que llena huecos, pero nunca se queda en un lugar concreto.

Las oficinas centrales de Transmarine llevan meses evaluando perfiles para el nuevo puesto de supervisión de seguridad operativa en tierra, entre otros.

Un puesto estable, con horario fijo, una mesa propia y la posibilidad de tener una planta que probablemente se me muera porque nunca he sabido cuidar nada que dependa de mí más de dos semanas seguidas.

Pero al menos sería mío. Y por eso, este crucero es mi carta de presentación definitiva, y tengo toda la intención de entregarla impecable, sin una sola mancha que pueda empañar mi trayectoria.

Camino por el interior del Marine IV con la planilla abierta sobre la carpeta, revisando los nombres del equipo de a bordo organizados por departamentos.

Todo parece estar en su lugar correspondiente y bajo control, hasta que deja de serlo de golpe.

Me detengo en seco en mitad del pasillo y mi dedo se queda clavado sobre un nombre que no debería aparecer ahí bajo ninguna circunstancia.

«Maika Aranda. Coordinadora de animación.»

Durante un instante, el barco entero parece inclinarse bajo mis pies, aunque sé perfectamente que sigue atracado, sólido, enorme y perfectamente estable. La que pierde el equilibrio soy yo, y la sensación me recorre la columna como un escalofrío inesperado.

—No… —murmuro.

La palabra se me escapa tan baja que apenas la oigo, pero la siento nacer desde un lugar oscuro y antiguo, cubierto de polvo, de rencor y recuerdos que preferiría no tener que remover.

Leo el nombre otra vez, como si el papel pudiera corregirse por sí solo o la tinta fuera a reorganizarse.

Pero no ocurre. El nombre sigue ahí, insolente e inamovible, exactamente igual que ella.

«Maika». La última vez que la vi llevaba unos pendientes ridículos que llamaban demasiado la atención, una sonrisa capaz de arruinar las decisiones más sensatas y una facilidad absolutamente criminal para convertir cualquier situación en un caos con música de fondo.

Al principio hubo tensión entre nosotras.

No me gusta admitirlo ni siquiera ahora, pero la hubo.

De esa tensión que surge cuando alguien te irrita profundamente y, aun así, notas cada vez que entra en una habitación.

De esa que te lleva a discutir por tonterías solo para tener una excusa para seguir mirándola.

De esa que una persona prudente ignora y una idiota alimenta sin medida.

Yo intenté ser prudente. Pero Maika fue simplemente Maika, con toda su intensidad.

Y al final, me convertí en una idiota.

Luego llegó aquel evento multitudinario.

Miles de asistentes, cambios de última hora, un escenario secundario mal señalizado y una decisión improvisada de ella que desordenó por completo el flujo de acceso.

La gente se acumuló donde no debía, el equipo de seguridad tuvo que intervenir de forma precipitada y los directivos buscaron a alguien a quien culpar.

Y me culparon a mí, por supuesto. Recuerdo con claridad la sala de reuniones, las caras tensas de los superiores, mi informe abierto sobre la mesa y Maika callada al otro lado, con una expresión que nunca me dijo nada.

Quizá sintió culpa. Miedo. Cobardía. Todo mezclado.

Pero al final, yo cargué con el peso del desastre. Y ella desapareció.

Y ahora está aquí, en mi barco, en mi última oportunidad real de conseguir el puesto que tanto deseo.

Aprieto la carpeta con tanta fuerza que el borde se me clava en la palma de la mano.

—Ni hablar —murmuro para mí misma.

—¿Decías algo? —pregunta Silvia, una de las supervisoras de cubierta, que aparece a mi lado con una tablet en la mano.

Levanto la vista rápido, intentando recomponer el gesto.

—No, nada importante. Solo revisaba la lista del personal.

—Animación llega hoy también. Creo que su coordinadora ya se está instalando en su camarote.

«Claro que sí. Porque el universo no sólo tiene sentido del humor, sino también una mala leche bien afinada.»

—Perfecto —respondo, y aunque parezco convincente, tengo muy claro que no es para nada así—. Necesito comprobar los camarotes de la tripulación, la señalización y las rutas hacia los puntos de reunión de emergencia.

Silvia asiente.

—Todo tuyo. Cubierta tres, zona C. Están terminando de asignar las habitaciones.

—Gracias.

Me alejo antes de que pueda notar que me arde la cara. «No estoy nerviosa. No estoy nerviosa. No. Estoy. Nerviosa.», me repito mentalmente. «Estoy enfadada. Es distinto. Mucho más digno y controlable. Claro que sí.»

Bajo por las escaleras internas hacia la zona de tripulación, y el ambiente cambia de inmediato.

Arriba, el Marine IV muestra su mejor y más brillante versión, como si estuviéramos en el mismo paraíso.

Sin embargo, abajo baila en sintonía con la prisa constante de quienes hacen que todo parezca fácil y un trabajo sencillo desde afuera.

Aquí es donde está la maquinaria humana real.

No hay margen para tonterías, y sobre todo, para que Maika Aranda tenga voz en esta ecuación.

Mientras avanzo, reviso de forma automática las señales de emergencia, los extintores y los planos plastificados junto a las puertas.

«Vale, al menos, todo está en orden». Mi respiración comienza a recuperar su ritmo habitual.

Pero entonces oigo una risa al fondo del pasillo.

Una puñetera risa que reconocería incluso rodeada de un gran bullicio en mitad de un concierto de Bad Bunny.

Mi cuerpo reacciona a traición; noto cómo se me tensa el estómago, se me seca la boca y algo muy molesto me golpea justo debajo de las costillas. «No, Helen. Ni se te ocurra.»

Levanto la mirada, y veo a Maika Aranda, al final del pasillo, apoyada contra el marco de una puerta como si el barco entero la hubiera estado esperando solo a ella.

Lleva unos pantalones claros que le sientan de vértigo, una camiseta blanca metida por dentro y el pelo recogido con varios mechones sueltos acariciándole frente y mejillas.

Tiene la piel dorada por el sol, los labios curvados en una sonrisa distraída y esa presencia magnética que siempre me ha parecido una falta de respeto para los que queremos hacer bien nuestro trabajo y no tener accidentes por estar babeando.

¿He dicho babeando?

Parece que sí, porque de hecho, está más guapa. Muy, muy guapa. «Joder qué rabia», me digo. Y yo, por desgracia, sigo teniendo ojos y memoria.