Capítulo 20 El sí, quiero imperfecto #2
Lágrimas por todo lo que había dejado de sentir mientras intentaba controlar lo incontrolable. Y por la certeza de que, con el vestido hecho un asco y el rímel corrido, era más yo que nunca.
—Marina...— Camilo me rodeó con los brazos, y yo apoyé la cabeza en su pecho, sintiendo el latido de su corazón bajo la camisa húmeda—. ¿Por qué lloras?
—Porque soy feliz— dije, y la frase sonó absurda incluso para mí—. Porque no sé qué hacer con tanta felicidad. No está en el planning.
—¿Y eso es malo?
—No.— Me sequé las lágrimas con el dorso de la mano, manchándome la mejilla de rímel y barro—. Es solo que no estaba preparada. Llevo tanto tiempo esperando que algo salga mal que cuando todo sale bien, no sé cómo reaccionar. Soy una neurótica, qué le voy a hacer.
—Pues reacciona así.— Me besó en la coronilla—. Llora. Ríe. Grita. Haz lo que te salga. No tienes que planificarlo.
—¿Ni siquiera una lista de pasos?
—Ni siquiera eso.
Solté una risa entrecortada, mezclada con las lágrimas.
—Eres un malísimo planner, Camilo Durán.
—Lo sé. Pero soy un buen compañero de desastres.
—Eso sí.
Nos quedamos un momento en silencio, abrazados, viendo cómo el sol se hundía lentamente en el mar.
El cielo pasó del naranja al rosa, del rosa al malva, del malva a un azul profundo que empezaba a salpicarse de estrellas.
El viento se había calmado por completo, y solo se oía el rumor de las olas y el latido de nuestros corazones.
Camilo me ajustó el mantel sobre los hombros, un gesto pequeño que dijo más que cualquier palabra.
—Bienvenida al desastre, señora Durán— dijo Camilo al fin, con una voz que era apenas un susurro.
Las palabras me atravesaron con la claridad de una verdad que siempre había sabido. Señora Durán.
Yo, Marina Sanz, que había pasado treinta y cinco años construyendo una identidad basada en el orden y el control, ahora era señora Durán.
Compartía apellido con el hombre que había derribado torres de macarons, había perseguido manteles voladores y había escrito un blog sobre sentirse enjaulado conmigo.
Y me parecía perfecto. O al menos, el desastre más bonito que había tenido nunca.
—Suena raro— dije, y la palabra me supo a caramelo.
—Te acostumbrarás.
—¿Y si no me acostumbro?
—Entonces te quedas con Sanz. O con los dos. O inventas uno nuevo.— Sonrió—. Es tu nombre. Tú decides.
—Siempre dices eso.
—Porque es verdad. El matrimonio no es renunciar a lo que eres. Es sumar.
—Eso es muy bonito.
—Es la primera lección que he aprendido hoy.
—¿Y la segunda?
—Que no hace falta tener un plan para ser feliz. Basta con tener a la persona adecuada al lado. Y un mantel sucio, claro.
Apreté su mano, sintiendo el roce de los anillos —el de plata desgastada que él me había puesto, el de titanio negro que yo le había puesto a él— y sonreí.
—Te quiero, Camilo.
—Yo también te quiero, Marina.
—¿Y ahora qué?
—Ahora, nada.— Se encogió de hombros—. Ahora, esto. Sentados aquí, viendo el atardecer, con un mantel sucio y sin prisa por ir a ningún sitio.
—¿Sin prisa?
—Sin prisa. Por primera vez en seis meses, no tenemos nada que planificar.
—Eso da miedo.
—Mucho.— Sonrió—. Pero es el miedo bueno.
—¿El miedo bueno?
—El que te recuerda que estás viva.— Me apretó la mano—. El que te empuja a saltar sin saber si hay red.
—Y si no hay red...
—Entonces construimos una juntos. Con barro, si hace falta.
No dije nada. Me quedé mirando el horizonte, donde las primeras estrellas empezaban a brillar tímidamente sobre el mar en calma.
El mantel nos cubría los hombros como una tela vieja y querida, y el barro que se había secado sobre nuestra ropa formaba una costra que se desprendía con cada movimiento.
Pero no me importaba.
Aprendí a bailar con el viento.
—¡Eh, recién casados!— La voz de Diana cortó la noche. Subía por el sendero con Rebeca, cada una con una botella de vino. —Sabíamos que estaríais aquí— dijo Rebeca, sonriendo—. ¿Se puede?
Marina rió y les hizo sitio. Las tres se sentaron en la hierba, el mantel sucio entre ellas, y brindaron con el vino. Fue un brindis silencioso, un reconocimiento de que aquel desastre las había unido de una manera que ninguna boda perfecta podría haber logrado.
—Por el caos— dijo Diana.
—Por nosotras— añadió Rebeca.
Marina sintió que su tribu estaba completa. Luego, Rebeca y Diana se levantaron, prometiendo dejarlos solos. —Nos vemos mañana— dijo Rebeca, y se fueron.
—Oye— dijo Camilo, rompiendo el silencio—. ¿Te apetece cenar algo?
—¿Cenar?— Parpadeé—. Son casi las nueve. No he comido nada desde el pastel pisado.
—Hay una pizzería en el pueblo. Abren hasta tarde.— Sonrió, y en sus ojos vi la misma chispa que me había enamorado tres años atrás—. Podemos ir así, manchados de barro. Como dos supervivientes de una guerra.
—¿En serio? ¿Vas a arrastrarme a una pizzería con el vestido de novia manchado?
—Exactamente.— Se levantó y me tendió la mano—. Vamos. Que el desastre continúa.
Cogí su mano. Me levanté, y el mantel cayó de nuestros hombros, quedando sobre la hierba como un testigo silencioso de lo que habíamos sido.
—¿Y el mantel?— pregunté.
—Nos lo llevamos. Ya lo recogemos.
Me agaché, recogí el mantel sucio, y lo enrollé bajo el brazo.
—Vale— dije, enganchando mi brazo al suyo—. Vamos a por esa pizza.
—¿Con piña?
—Camilo, la piña en la pizza es una aberración.
—Es deliciosa.
—Es un crimen contra la gastronomía.
—Es exactamente el tipo de desastre que necesitamos para empezar nuestro matrimonio.
Le miré. Con su mancha de barro en la nariz, su camisa arrugada, su sonrisa de niño travieso.
Y supe que tenía razón.
—Vale— dije—. Con piña.
—¿En serio?
—En serio.— Sonreí—. Pero que conste en acta que lo hago bajo protesta.
—Queda registrado.— Me apretó la mano—. Señora Durán.
—Señor Durán.
—¿Sabes qué? Me gusta cómo suena.
—A mí también.
Empezamos a caminar hacia la finca, cogidos del brazo, con el mantel sucio colgando entre nosotros y las estrellas empezando a salpicar el cielo.
El viento nos traía el olor a tierra mojada y a sal, y el mar seguía rugiendo abajo, pero ya no era una amenaza.
Era solo el fondo de una canción que habíamos aprendido a bailar.
Detrás de nosotros, el acantilado se quedó en silencio, guardando nuestro «sí, quiero».
Solo un mantel sucio, dos personas hechas un desastre, y la certeza de que, pase lo que pase, no iban a soltarse.
Nunca.