Capítulo 20 El sí, quiero imperfecto
E l sol se estaba poniendo sobre el acantilado, como si supiera que el espectáculo había terminado y mereciera un cierre digno.
Una franja naranja se extendía sobre el horizonte, tiñendo las nubes residuales de rosa y violeta.
La tormenta se había ido, y el viento, que durante todo el fin de semana había sido un personaje más de esta historia, ahora era apenas una brisa suave que olía a sal y a tierra mojada.
Y yo, con el vestido de novia manchado de barro, pensé que hasta la puesta de sol se había leído el planning.
Los invitados se habían ido hacía una hora.
Los coches arrancaron en la grava del camino, uno tras otro, con las bocinas sonando y los gritos de «¡vivan los novios!
» perdiéndose en la distancia. Diana fue la última en marcharse, después de darme un abrazo que me dejó sin aire y prometerme que mañana me llamaría para saber «si sigues siendo la misma o el matrimonio te ha borrado la personalidad».
Mi madre se fue con Rebeca —sí, se habían ido juntas, en el coche de Rebeca, planeando una cena para «celebrar que todo había salido bien»— y Julia, antes de subir al coche, me susurró al oído: «Ha sido la boda más bonita que he visto nunca.
Y no lo digo como actriz. Lo digo como madre».
Y yo, que soy una adulta funcional, estuve a punto de soltar un «vale, ¿y ahora qué? » .
Ahora solo quedábamos nosotros.
Camilo y yo estábamos sentados en el borde del acantilado, con las piernas colgando sobre el vacío, el mismo sitio donde me había pedido que me casara con él seis meses atrás.
Pero todo era diferente. Aquel día yo llevaba una falda planchada y el pelo recogido en un moño impecable.
Ahora llevaba el vestido de novia manchado de barro, el pelo suelto y enmarañado por el viento, y una capa de tierra seca en las mejillas que no había tenido tiempo ni ganas de limpiar.
Vamos, que parecía una superviviente de una guerra.
Pero de una guerra de las buenas, de esas en las que al final hay pizza y mantel sucio.
El mantel sucio —nuestro trofeo de guerra— nos cubría los hombros a los dos, como una manta improvisada.
Olía a vino, a barro, a romero. Olía a nosotros.
Y yo, que había pasado treinta y cinco años organizando mi vida con listas de tareas, pensé que aquel era el olor más auténtico que había olido nunca.
—¿Sabes qué?— dije, rompiendo el silencio—. Ha sido el día más caótico de mi vida.
Camilo giró la cabeza y me miró. Tenía una mancha de barro en la punta de la nariz y los ojos verdes brillando con la luz del atardecer.
—¿Y?
Solté una risa corta, cansada, pero genuina.
—Ha sido el más feliz.
—Eso es una contradicción.
—Ya.— Apoyé la cabeza en su hombro, sintiendo el calor de su cuerpo a través de la camisa que seguía húmeda—.
Pero es verdad. He sido más feliz en las últimas doce horas, con el vestido arruinado y el pastel pisado y mi madre bailando bajo la lluvia, que en todos los meses que pasé organizando esta boda. Mira que soy tonta.
—No me digas.— Camilo me rodeó los hombros con el brazo, y el mantel se ajustó a nuestros cuerpos como un abrazo de tela—. ¿Entonces el planning no era la clave de la felicidad?
—Parece que no.
—Menudo descubrimiento.
—Ya ves. Treinta y cinco años de terapia y ha tenido que llegar un huracán para que lo entienda. La psicóloga se va a forrar conmigo.
Camilo se rió, y su risa resonó en el silencio del acantilado, mezclándose con el rumor lejano de las olas. Luego, sin soltarme, metió la mano libre en el bolsillo de la chaqueta y sacó la cámara.
—Mira— dijo, encendiéndola—. La última foto que hice antes de que nos fuéramos.
Pasó el dedo por la pantalla, y la imagen apareció iluminada bajo la luz crepuscular.
Era un selfie. Los dos, con la cara manchada de barro —él más que yo, porque se había lanzado de bruces al charco—, el mantel blanco enredado entre los dos, y unas sonrisas tan enormes que parecía que nos hubieran estirado la boca con los dedos.
Yo tenía los ojos casi cerrados de tanto reír, y Camilo había pillado el momento exacto en que me estaba riendo a carcajadas, con la boca abierta y los dientes manchados de vino.
Era la foto más fea que me habían hecho nunca. Parecía un espantapájaros borracho.
Era la foto más bonita que había visto en mi vida.
—Es horrible— dije, y mi voz sonó ronca.
—Es la mejor foto que he hecho en años.— Camilo me pasó la cámara—. Mírala bien. Esa eres tú. No la wedding planner. No la novia perfecta. Eres tú, riéndote de un mantel sucio.
Cogí la cámara con manos temblorosas. La imagen seguía ahí, inamovible, congelada en el tiempo como una prueba irrefutable de que aquel momento había ocurrido.
Mis dedos, pintados de rojo óxido, se apoyaron sobre la pantalla como si pudieran tocar la alegría que desprendía la foto.
Y pensé: «Joder, qué bien. Así que esto es ser feliz de verdad».
—He pasado treinta y cinco años intentando controlar todo— dije, sin apartar la mirada de la imagen—.
Mi casa, mi trabajo, mis relaciones. Cada detalle.
Cada minuto. Cada palabra. Y ha tenido que llegar un huracán— levanté la cabeza y lo miré— para enseñarme a vivir.
Y encima tener que reconocerlo en voz alta. Qué vergüenza.
Camilo no dijo nada. Solo me miró, y en sus ojos verdes vi algo que no había visto antes: no era solo amor, ni solo deseo, ni solo ternura.
Era todo eso a la vez, mezclado con una paz que parecía haber estado esperando toda la vida para instalarse en su mirada.
Y yo, que siempre había pensado que esas miradas solo existían en las películas, me quedé callada.
—Yo también he aprendido algo— dijo al fin—. He aprendido que huir no funciona. Que escribir las cosas en un blog no es lo mismo que decirlas. Que tengo que estar presente, aunque duela, aunque tenga miedo.
—¿Y tienes miedo?
—Sí.— Sonrió, y su sonrisa era triste y feliz al mismo tiempo—. Tengo miedo de cagarla. De no estar a la altura. De que un día te despiertes y pienses que podrías haber tenido una vida más ordenada con alguien más predecible.
—Eso es exactamente lo que yo pienso de ti.
—¿Tú piensas eso?
—Sí.— Me reí—. Pienso que un día te vas a aburrir de mi necesidad de alinear los cubiertos y vas a huir con una fotógrafa que lleve rastas y viva en una furgoneta.
—Las rastas no me gustan.
—Pero la furgoneta sí.
—Bueno, la furgoneta mola.
Le di un golpe en el brazo, pero sin fuerza, riendo.
—Eres un desastre.
—Tu desastre.— Se inclinó y me besó en la frente. Sus labios estaban fríos, pero el gesto era cálido—. Y voy a seguir siendo tu desastre hasta que te canses de mí.
—No me voy a cansar.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque lo he planificado.— Arqueé una ceja—. Está en mi lista de tareas. Punto número uno: «No cansarse de Camilo». Lo tengo controlado.
—¿Y el punto número dos?
—«Aprender a soltar el control».
—Eso es contradictorio con el punto uno.
—Ya.— Sonreí—. Pero soy una mujer compleja. Y contradictoria. Y con barro en la cara.
Camilo se rió, y su risa disipó el cansancio que arrastraba desde hacía seis meses. Se inclinó hacia mí, y esta vez me besó en los labios. Fue un beso lento, suave, sin prisas. Sabía a sal, a vino, a todo lo que no sabía que necesitaba. Sabía a hogar.
Cuando nos separamos, el sol ya estaba casi oculto tras el horizonte, dejando solo un resplandor anaranjado que teñía el cielo de tonos cálidos. El mar, abajo, se había calmado por completo, y las olas lamían la base del acantilado con un rumor hipnótico.
—¿Sabes qué he pensado?— dijo Camilo, mirando el horizonte.
—¿Qué?
—Que este mantel— se señaló los hombros, donde la tela manchada nos cubría a los dos— debería tener un sitio de honor en casa.
Pasé los dedos por la tela áspera. El barro se había secado formando una costra que se desprendía con el roce, y al tocar aquella textura irregular sentí un escalofrío.
Era el mapa de aquel día, el instante exacto en que había elegido el caos.
Aquel mantel sucio era más real que cualquier objeto perfecto que pudiera comprar. Y supe que nunca podría olvidarlo.
—¿En casa?— La palabra me sonó extraña, como si no acabara de procesarla. Casa. Nuestra casa. La que compartiríamos a partir de mañana—. ¿Dónde lo pondríamos?
—No sé. ¿Enmarcado? ¿En la pared del salón?
—¿Enmarcar un mantel manchado de barro?
—Es una reliquia familiar.— Su tono era serio, pero sus ojos brillaban con picardía—. Se lo enseñaremos a nuestros hijos. «Mira, hijos, esto es lo que vuestra madre y yo hicimos el día que nos casamos. Corrimos detrás de un mantel, nos caímos en un charco, y nos reímos como dos idiotas».
—¿Y qué pensarán nuestros hijos?
—Que sus padres son unos desastres.— Sonrió—. Y que se quieren un montón.
Pensé en Aurora. No sentí el nudo en el estómago de antes, sino una paz fría, como si aquel nombre hubiera perdido todo su poder sobre mí.
Ya ni siquiera me importaba lo suficiente como para tenerle miedo.
Aquel círculo, aquella sombra que me había perseguido durante meses, se había cerrado sin estrépito.
Lo sentí en el pecho, un vacío que no dolía. Era un cierre silencioso, y me bastaba.
No dije nada. Me quedé mirando el horizonte, sintiendo el peso del mantel sobre los hombros, el calor de su cuerpo pegado al mío, la brisa suave que nos rozaba la piel.
Y entonces, sin saber muy bien por qué, empecé a llorar.
No eran lágrimas de tristeza. Eran lágrimas silenciosas, que caían sin esfuerzo, como si algo se hubiera roto dentro de mí y todo lo que había estado contenido durante meses estuviera saliendo al fin.
Lágrimas por los seis meses de organización obsesiva.
Lágrimas por los mensajes anónimos que nunca debí temer.
Lágrimas por las discusiones con mi madre, por los celos hacia Rebeca, por el miedo a no ser suficiente.