Un desastre llamado Amor Capítulo 19 Persiguiendo el viento
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Capítulo 19 Persiguiendo el viento

E l mantel blanco se infló como una vela de barco justo cuando yo alcanzaba la aceituna rellena que había estado persiguiendo con el palillo desde hacía tres intentos.

No fue un movimiento suave. Fue un coletazo seco, un latigazo de tela que arrancó la vajilla de la mesa principal con la misma violencia con la que un niño tira las cartas sobre el tablero cuando pierde.

Los platos de porcelana —los que habíamos alquilado a un precio que no mencionaré para no llorar— describieron arcos imposibles antes de estrellarse contra la hierba.

Las copas de vino tinto tiñeron el mantel de manchas que parecían mapas de continentes desconocidos.

Un cenicero de cristal rodó hasta los pies de la tía abuela de Camilo, que lo esquivó con una agilidad impropia de sus ochenta y dos años.

—¡Hostia! —gritó alguien. Creo que fue el primo lejano que llevaba la servilleta en la cabeza.

El palillo se quedó suspendido a medio camino de la boca mientras veía cómo el mantel se desprendía por completo de la mesa, arrastrando consigo la fuente de los raviolis fríos, la botella de cava que había sobrevivido milagrosamente a la tormenta, y el pequeño estuche de terciopelo azul marino que contenía los anillos.

El estuche, al caer, rebotó contra el borde de la mesa y salió disparado hacia el césped.

Todo se volvió nítido durante un instante.

Vi a Camilo moverse antes de que mi cerebro procesara lo que estaba pasando.

Su cuerpo se lanzó hacia delante con una determinación que no le había visto en todo el fin de semana, los brazos extendidos, los dedos abiertos, los ojos fijos en el estuche que rodaba sobre la hierba como una canica.

—¡Los anillos! —grité.

Pero él no me oyó. Ya estaba corriendo.

El mantel, mientras tanto, había emprendido el vuelo como un fantasma gigante, elevándose por encima de las mesas, describiendo una curva elegante sobre la cabeza de los invitados.

Una ráfaga lo empujó hacia el campo abierto, y él —Camilo, mi marido, el hombre que llevaba una hora diciendo que no podía más con el dulce— salió detrás como si le fuera la vida en ello.

Sin pensarlo, sin calcularlo, sin consultar a mi lista de tareas mentales, salí corriendo detrás de él.

—¡Camilo, espera!

La falda del vestido —ese vestido que ya arrastraba barro y flores mustias— se enredó en mis piernas al segundo paso.

Tropecé, recuperé el equilibrio apoyándome en el hombro de un invitado que me miraba con los ojos como platos, y seguí corriendo.

Los pies descalzos —había perdido las sandalias de Diana en algún momento del caos— chapoteaban sobre la hierba mojada, y sentía que el barro se filtraba entre mis dedos, fresco y húmedo.

—¡Marina! —gritó Diana desde atrás. Su voz llegó mezclada con el viento—. ¿Adónde vas?

—¡A por mi marido! —grité de vuelta, sin volverme.

Las risas de los invitados se oían a mi espalda como un rumor lejano, una ola de diversión colectiva que crecía a medida que nos alejábamos.

Alguien silbó. Alguien aplaudió. Y yo, la wedding planner que había pasado seis meses planificando cada segundo de este día, corría como una posesa detrás de un mantel volador y un fotógrafo que no soltaba el estuche de los anillos.

El campo se abría ante nosotros. Los almendros, aún goteando agua de la tormenta de la mañana, se alineaban a ambos lados del sendero de tierra que llevaba al acantilado.

El mantel volaba a unos diez metros por delante de Camilo, que corría con los brazos extendidos, la camisa empapada pegada al cuerpo, el pelo negro agitándose como una antorcha.

—¡Cógelo! —grité.

—¡Lo intento! —respondió él, y su voz sonó entrecortada por la risa.

El mantel viró a la derecha, impulsado por otra ráfaga, y se enganchó en un arbusto de romero. Camilo se lanzó hacia él, pero la tela se soltó justo cuando sus dedos iban a rozarla, y continuó su vuelo errático hacia un charco de barro que se extendía al pie de un almendro solitario.

—¡Va a caer en el charco! —alerté, jadeando.

—¡Ya lo veo!

No sé cómo, pero aceleró. Sus piernas, manchadas de hierba y tierra, se movían con una velocidad que no le había visto en ninguna otra circunstancia.

Cuando el mantel empezó a descender, él se lanzó en plancha, los brazos extendidos, el cuerpo estirado en el aire como un futbolista que intenta despejar un balón imposible.

Aterrizó de bruces sobre el charco de barro.

El mantel cayó sobre él, cubriéndolo como un sudario blanco que se tiñó de marrón en cuestión de segundos.

Me detuve a tres metros, jadeando, con las manos apoyadas en las rodillas y el corazón golpeándome las costillas. La risa me burbujeaba en el pecho, contenida, a punto de estallar.

Camilo se incorporó lentamente, con el mantel enredado en la cabeza como un turbante improvisado.

Estaba cubierto de barro de la cabeza a los pies.

La camisa, que había sido blanca media hora antes, ahora era un mapa de manchas marrones.

El pelo, negro y rizado, tenía pegotes de fango que goteaban sobre su frente.

Y en sus ojos, a pesar de todo, brillaba una luz que no le había visto en todo el fin de semana: la luz de quien está viviendo el momento más absurdo y feliz de su vida.

—¡Misión cumplida! —anunció, levantando el mantel como si fuera un trofeo de guerra. El barro chorreaba por sus brazos, salpicando el suelo.

La risa me desbordó. Estalló en mi pecho como un globo que revienta. Una carcajada que me dobló, me sacudió los hombros, me hizo llorar mientras me sujetaba las rodillas para no caerme.

—¡Estás… estás irreconocible! —logré articular entre risas—. Pareces el hombre del fango del anuncio de champú.

—Es mi nuevo look —dijo él, poniéndose en pie con una dignidad que resultaba absurda viniendo de alguien que goteaba barro por todas partes—. Se llama «novio empapado en desastre». Muy de moda esta temporada.

—La próxima temporada, quizá.

—No, no, es tendencia. Confía en mí.

Me acerqué a él, aún riendo, y cuando estuve a su alcance, él extendió el brazo y me pasó una mano embarrada por la mejilla.

—Ahora tú también llevas el look —dijo, satisfecho.

—¡Camilo! —Me toqué la mejilla, y mis dedos se mancharon de barro—. Me has manchado el vestido.

—Ya estaba manchado.

—¡Pero esto es nuevo!

—Es barro de calidad. Barro ecológico, de la finca. Lo mejorcito.

Negué con la cabeza, pero no podía dejar de sonreír. La brisa agitaba el mantel que colgaba de sus manos, y el barro que cubría su ropa olía a tierra mojada y a romero. Por un momento, todo fue perfecto en su imperfección.

—Los anillos —dije, recordando de golpe—. ¿Dónde están los anillos?

Camilo sonrió. Una sonrisa traviesa, de niño que ha escondido un tesoro. Metió la mano en el bolsillo interior de la chaqueta —la chaqueta que estaba empapada y manchada de barro— y sacó el estuche de terciopelo azul marino.

Estaba seco. Completamente seco.

—Los guardé antes de que el viento levantara el mantel —dijo, abriendo el estuche para mostrar los dos anillos en su interior, relucientes bajo la luz grisácea—. Sabía que pasaría. Por eso corrí.

—¿Sabías que se iba a volar el mantel?

—No, sabía que los anillos no podían perderse. —Cerró el estuche y lo guardó de nuevo en el bolsillo—. Lo demás se puede recuperar. Esto no.

Le miré fijamente. A él, con su barro, su camisa arruinada, su pelo lleno de fango y sus ojos verdes brillando como dos faros en medio de la tormenta.

Y sentí que algo se deshacía dentro de mí.

No era miedo. No era tensión. Era la última resistencia, el último nudo que se desataba en algún lugar del pecho.

—Eres un desastre —dije, y la palabra me supo a caramelo.

—Tu desastre.

Se inclinó hacia mí, con las manos aún manchadas de barro, y me besó.

Fue un beso torpe, porque estábamos los dos cubiertos de fango y yo no paraba de reír entre sus labios. Sabía a tierra mojada, a romero, a sal de la brisa marina. Sabía a nosotros.

Cuando nos separamos, tenía barro en la nariz y en la frente, y él tenía una mancha marrón en la mejilla que parecía el mapa de un país diminuto.

—¿Sabes qué? —dijo, recogiendo el mantel del suelo—. Creo que este mantel debería venir con nosotros a casa.

—¿Para qué?

—Para recordarnos que hoy lo hicimos bien. —Enrolló la tela sucia bajo el brazo—. Que nos reímos. Que sobrevivimos. Que al final, lo único que importa es esto.

Señaló el mantel, el barro, los dos.

Y yo, que me había pasado la vida coleccionando objetos perfectos en una casa perfecta, entendí que aquel mantel sucio era más valioso que cualquier cosa que hubiera comprado en una tienda de decoración.

—Vale —dije, enganchando mi brazo al suyo—. Nos lo llevamos. Pero lo lavamos antes de ponerlo en la mesa del comedor.

—Negociable.

—No es negociable.

—Vale, vale.

Empezamos a caminar de vuelta hacia la finca, cogidos del brazo, con el mantel sucio colgando entre nosotros como un trofeo de guerra.

El barro se secaba en nuestra ropa, formando costras que se desprendían con cada paso.

Los invitados, que nos habían visto desaparecer campo a través, nos esperaban al borde del jardín, formando un pasillo de aplausos y vítores.

—¡Vivan los novios! —gritó alguien.

—¡Vivan! —respondió el coro.

Diana, desde primera fila, levantó su copa de cava y me guiñó un ojo.

—¿Habéis matado el mantel o solo lo habéis herido? —preguntó.

—Está herido —respondí—. Pero sobrevivirá.

—Como todos nosotros.

Mi madre, con el chubasquero amarillo aún puesto, se abrió paso entre la multitud y me abrazó sin importarle que le manchara el chubasquero de barro.

—¡Qué bonito! —exclamó, con la voz entrecortada—. ¡Correr detrás del mantel! ¡Como en las películas!

—Mamá, no es como en las películas.

—Sí lo es. Es la escena más romántica que he visto en años.

—¿Más que tu número musical?

—Mucho más. —Me besó en la mejilla—. Porque era real.

Alguien puso música. Los primeros acordes de una canción que no reconocí empezaron a sonar desde el altavoz Bluetooth, y los invitados, como si hubieran ensayado el movimiento, volvieron a sus mesas, a sus copas, a sus conversaciones.

Camilo soltó mi brazo, extendió el mantel sucio sobre la hierba y se sentó en él, con las piernas cruzadas.

—¿Qué haces? —pregunté.

—Voy a comer aquí. En el suelo. Con el mantel de barro. —Me miró con esos ojos verdes que me habían enamorado desde el principio—. ¿Te unes?

Me senté a su lado, sintiendo la humedad del mantel filtrarse a través del vestido. La tela estaba fría, sucia, impregnada de tierra y de romero. Pero no me importó.

—Sabes que esto va a manchar el vestido para siempre, ¿verdad?

—Lo sé.

—Y que la tintorería va a cobrarme un riñón.

—También lo sé.

—Y que mi madre va a contar esta historia durante los próximos veinte años.

—Sobre todo eso.

Sonreí. Cogí la mano de Camilo, manchada de barro, y entrelacé mis dedos con los suyos.

—Entonces que hablen. Que cuenten. Que se rían. —Apoyé la cabeza en su hombro—. Es su historia también. La historia de cómo sobrevivimos a nuestra propia boda.

—¿Y qué título le ponemos?

Pensé un momento. Miré el mantel extendido bajo nosotros, manchado de vino, de barro, de restos de comida. Las copas rotas. Los anillos a salvo.

—El día que aprendimos a bailar con el viento —dije.

—Es cursi.

—Es verdad.

—Entonces es perfecto.

La brisa agitó el mantel bajo nosotros, levantando un leve olor a tierra mojada. Los invitados reían. Mi madre bailaba. Diana brindaba con un primo lejano. Y yo, sentada en el suelo, con el vestido arruinado y el corazón lleno, supe que aquel era exactamente el lugar al que pertenecía.

No en una boda perfecta.

No en un salón de celebraciones con manteles impolutos.

Allí, en el barro, con el caos.

Con él.