Capítulo 18 El blog de Camilo
L a mesa del buffet era un campo de batalla de fuentes vacías y servilletas arrugadas.
Los raviolis de trufa, que el catering había entregado fríos hacía cuarenta minutos, se amontonaban en los platos de plástico.
Alguien los había rescatado de la cocina porque la vajilla oficial seguía dentro de la furgoneta del proveedor. Nadie se quejaba.
Una mujer de unos cincuenta años, pariente de Camilo de la que no recordaba el nombre, se servía directamente de la fuente con un cucharón de sopa, riéndose de algo que le contaba su marido.
Al lado, un grupo de primos segundos brindaba con vino tinto en vasos de agua, y uno de ellos, el más joven, llevaba una servilleta en la cabeza a modo de pañuelo, imitando a mi madre cuando bailaba bajo el chubasquero amarillo.
—¿Sabes qué? —dijo Diana, apareciendo a mi lado con una copa de cava en cada mano—. Esto es lo mejor que he visto en años. La boda perfecta de la wedding planner perfecta se ha convertido en una barbacoa de finca con raviolis fríos.
—Es auténtico —dije, cogiendo una de las copas—. Y la gente está feliz.
—Claro que están felices. —Bebió un trago largo—. El vino ayuda. Pero también ayuda que hayas hecho exactamente lo que había que hacer: dejar de controlar.
—¿Eso es un cumplido?
—Es una observación. —Sonrió, y sus ojos grises brillaron bajo la luz grisácea—. Llevaba años sin verte tan suelta. Tan real.
—Es culpa del barro. El barro me sienta bien.
Diana soltó una risa, una risa genuina, sin el cinismo de siempre. Luego señaló con la barbilla hacia el otro extremo del jardín, donde un grupo de invitados se había reunido alrededor de algo que parecía una coreografía improvisada.
—Mira a tu madre.
Seguí su mirada. Julia Cifuentes estaba en el centro del círculo, moviendo las caderas al ritmo de una canción de los ochenta que salía del altavoz Bluetooth.
Llevaba el chubasquero amarillo abierto sobre el vestido de flores, y el pelo, aplastado por la humedad, se le pegaba a la cara.
A su alrededor, un grupo de invitados —incluyendo a dos primos segundos y al oficiante— la imitaban con movimientos torpes pero entusiastas.
—Se está divirtiendo —dije, y la palabra me supo a alivio.
—Se está divirtiendo sin necesidad de ser el centro de atención. Bueno, técnicamente sigue siendo el centro de atención, pero no lo ha organizado ella. Es espontáneo.
—Eso es progreso.
—Eso es milagro.
Diana bebió otro trago, y yo hice lo mismo. El cava estaba tibio, pero burbujeaba igual, y el alcohol me calentó la garganta con una familiaridad que me hizo sentir más ligera.
—¿Y Rebeca? —pregunté, buscándola con la mirada.
—Allí. —Diana señaló hacia los almendros del fondo, donde Rebeca estaba sentada en la misma piedra de antes, con la gabardina verde manzana abrigándole los hombros y una copa de vino tinto en la mano.
A su lado, una mujer mayor —la tía abuela de Camilo, la que siempre llevaba un sombrero de paja— gesticulaba animadamente mientras Rebeca asentía, sonriendo—.
Está hablando con la tía abuela. Le está contando algo sobre la tormenta.
—¿Y la tía abuela la escucha?
—La tía abuela está fascinada. Dice que nunca había conocido a una meteoróloga de verdad.
—Somos famosos.
—Tú eres famosa. —Diana me rodeó los hombros con un brazo—. Eres la novia que organizó el desastre más bonito del Mediterráneo. Eso te da derecho a pavonearte.
—No me pavoneo.
—Deberías.
Su brazo era cálido, y el olor a vino y a tierra mojada que impregnaba su ropa me resultaba extrañamente reconfortante. Apoyé la cabeza en su hombro un momento, sintiendo el ritmo de su respiración.
—Gracias —dije, en voz baja.
—¿Por qué?
—Por estar aquí. Por no haberme dejado sola cuando más lo necesitaba.
Diana guardó silencio un momento. Luego, con una voz más suave de lo habitual, dijo:
—Tú también estuviste para mí cuando Alberto se fue. Aunque no supieras qué decir, estabas. Y eso es lo único que importa.
—Eso es lo que hacen las amigas.
—Exacto.
Nos quedamos un momento así, mirando el jardín, los invitados bailando, el cielo gris que empezaba a clarear. La brisa, más suave ahora, olía a tierra mojada y a hierba recién cortada. Y, por primera vez en todo el fin de semana, sentí que el mundo respiraba conmigo.
—Tengo que encontrar a Camilo —dije, separándome de su abrazo.
—Está haciendo fotos. —Diana señaló hacia la pérgola, donde una escalera de tijera estaba apoyada contra una de las columnas de madera—. Subido a una escalera, como un equilibrista.
Seguí su mirada. Al fondo, junto a la pérgola, Camilo estaba de pie sobre el tercer peldaño de una escalera de aluminio, con la cámara pegada al ojo y el torso ligeramente inclinado hacia atrás para capturar el ángulo.
Llevaba la camisa empapada, arremangada hasta los codos, y el pelo negro se le enredaba en la nuca en esos rizos que siempre se negaban a domarse.
—¡Esposo! —grité, y la palabra me salió con una alegría que no esperaba.
Camilo se volvió tan bruscamente que la escalera se tambaleó. La cámara se le escapó de las manos un segundo, pero la atrapó al vuelo mientras se agarraba a la columna de la pérgola con la otra mano. Recuperó el equilibrio justo antes de caer.
—¡Joder, Marina! —exclamó, con una mezcla de risa y susto—. ¡Casi me matas!
—¡Eso sería un viudo muy guapo!
Bajó los peldaños con cuidado, apoyando la cámara en el pecho como si fuera un escudo. Cuando llegó al suelo, se giró hacia mí con una sonrisa que le iluminaba toda la cara, iluminada por el gris del cielo.
—¿Esposo? —repitió, saboreando la palabra—. Suena raro.
—Suena raro pero bonito.
—Suena a que me he casado con la mujer más increíble del mundo.
—Suena a que me he casado con el hombre que casi se mata por una foto.
Se rió, y su risa resonó en el jardín, mezclándose con la música y las voces de los invitados. Guardó la cámara en la mochila de lona que colgaba de la barandilla de la pérgola, y luego se acercó a mí, rodeándome la cintura con los brazos.
—¿Dónde has estado? —preguntó, besándome la frente—. Te he buscado por todas partes.
—Hablando con Diana. Y viendo cómo mi madre bailaba sola.
—Tu madre es un espectáculo.
—Lo sé. —Apoyé la cabeza en su pecho, sintiendo el latido de su corazón bajo la camisa húmeda—. Me encanta.
—A mí también.
Estuvimos un momento así, abrazados, mientras los invitados seguían bailando a nuestro alrededor. La música sonaba. Las risas flotaban en el aire. Una brisa suave agitaba las ramas de los almendros, haciendo caer algunas hojas mojadas que se posaban sobre la hierba como pequeños barcos de papel.
—Oye —dije, levantando la cabeza—. ¿Me dejas ver tu blog?
Camilo se tensó ligeramente bajo mis manos. Su sonrisa se volvió indecisa, y por un momento vi en sus ojos esa sombra de inseguridad que había visto en el acantilado la noche anterior.
—¿Estás segura? —preguntó, y su voz sonó más grave—. La última vez que lo hiciste, casi cancelamos la boda.
—No íbamos a cancelar la boda.
—Íbamos a cancelar la boda.
—Vale, íbamos a cancelar la boda. —Sonreí—. Pero esta vez es diferente.
—¿Por qué?
—Porque ahora sé que lo que escribes no es una crítica, es una forma de ordenar lo que sientes. —Le puse las manos en las mejillas, obligándolo a mirarme a los ojos—. Y quiero ver lo que sientes ahora. Después de todo esto.
Camilo me miró un largo momento. Luego, sin decir nada, metió la mano en el bolsillo trasero del pantalón y sacó el móvil.
—La última entrada —dijo, desbloqueándolo—. La escribí anoche, después de lo del acantilado. No sabía si iba a publicarla nunca.
—¿Y la has publicado?
—Sí. —Sonrió, una sonrisa tímida, casi infantil—. Esta mañana, antes de la ceremonia. Mientras tú te ponías el vestido.
Me tendió el teléfono. La pantalla mostraba la aplicación de notas, abierta en una entrada titulada El huracán Marina .
Cogí el móvil con manos que empezaban a temblar. La letra era pequeña, apretada, como si las palabras hubieran salido a borbotones, sin tiempo para ordenarse.
El huracán Marina
La primera vez que vi a Marina, estaba en la presentación de una exposición de fotografía.
Llevaba una libreta en la mano y una expresión de concentración que parecía decir «esto es importante, aunque no sé por qué».
Yo pensé que era guapa, pero también pensé que era inaccesible.
Demasiado perfecta para alguien como yo.
Luego descubrí que no era perfecta. Era obsesiva, controladora, y tenía una necesidad de orden que rozaba lo patológico. Pero también era la persona que más me hacía reír, la que se sabía de memoria todas mis canciones favoritas y me dejaba dormir en su hombro después de una noche de trabajo.
Hoy, después de seis meses de planificación, de discusiones, de una tormenta tropical y de un pastel azul que parecía sacado de una película de los ochenta, me he casado con ella.
No ha sido la boda perfecta. Ha sido un desastre. La carpa se ha volado, el pastel se ha caído al suelo, su madre ha bailado bajo la lluvia con un chubasquero amarillo. Todo ha salido mal. Todo ha sido un caos.
Pero cuando la he visto caminar hacia mí con el vestido manchado de barro y las flores mustias en el pelo, he entendido por qué me he casado con ella.
Porque Marina no es la mujer que controla el viento. Es la mujer que aprende a bailar con él.
No tengo ni idea de lo que viene. No sé si sobreviviremos al primer año, al primer hijo, a la primera mudanza. No sé si el amor es suficiente para sostener lo que hemos construido.
Pero con ella al lado, cualquier desastre es bienvenido.
La pantalla se volvió borrosa. Parpadeé, y una lágrima cayó sobre el cristal, justo sobre la palabra «huracán».
—Marina... —empezó Camilo, con la voz ronca.
—No digas nada. —Levanté la mano, y la otra siguió apretando el móvil contra mi pecho—. No digas nada porque si dices algo, voy a empezar a llorar de verdad.
—Ya estás llorando.
—Son lágrimas de felicidad. Es diferente.
—¿Seguro?
—Segurísima.
Me sequé las lágrimas con el dorso de la mano, manchándome los dedos de rímel. Luego, sin soltar el móvil, lo miré a los ojos.
—Es la entrada más bonita que has escrito nunca —dije, y la voz se me quebró en la última palabra.
—Es la única que importa. —Camilo sonrió, y en sus ojos verdes vi algo que no había visto antes: paz—. Las otras eran miedo. Esto es certeza.
—¿Certeza de qué?
—De que te quiero. De que, aunque todo se desmorone, mientras estés tú, está todo bien.
No dije nada. No hacía falta. Me levanté de puntillas, rodeé su cuello con los brazos, y lo besé.
Fue un beso diferente a los que nos habíamos dado hasta entonces. No era un beso de reconciliación, ni de pasión, ni de despedida. Era un beso de llegada. Un beso que decía: «Estoy aquí. Y no pienso irme a ningún lado».
Los invitados, que nos habían estado observando en silencio, rompieron en aplausos y vítores. Alguien —probablemente Diana— silbó con los dedos en la boca, un silbido agudo que atravesó el ruido de la fiesta.
—¡Vivan los novios! —gritó mi madre desde el otro extremo del jardín, y su voz resonó como un eco.
—¡Vivan! —respondió el coro de invitados.
Camilo se separó lo justo para apoyar la frente contra la mía.
—¿Sabes qué? —dijo, con la voz entrecortada por la emoción—. Esto es lo que quería. No la boda perfecta. No el pastel de cinco pisos. Esto. Tú y yo, en medio del caos, riéndonos de todo.
—Es un desastre.
—El mejor desastre de mi vida.
—Eso ya lo has dicho.
—Y lo diré siempre.
Sonreí. Y entonces, sin soltarnos, nos giramos hacia los invitados. Diana levantó su copa, y el resto la imitó. El vino tinto brillaba bajo la luz grisácea, y las burbujas del cava escapaban hacia el cielo como pequeñas promesas.
—¡Por los novios! —gritó Diana.
—¡Por los novios! —respondieron todos.
Las copas chocaron. La música volvió a sonar. Y en ese momento, justo cuando el sol se abría paso entre las nubes, un rayo de luz dorada iluminó el almendro bajo el que estábamos, tiñendo las ramas de un tono cálido que parecía sacado de un cuadro.
—Mira —dijo Camilo, señalando hacia arriba.
Seguí su mirada. Entre las ramas del almendro, colgaba un trozo de la lona blanca que se había volado horas antes. El viento la había enredado allí, y ahora ondeaba suavemente, como una bandera de rendición.
—Parece un aplauso del cielo —dije.
—O una señal de que hemos ganado.
—¿Hemos ganado?
—Sí. —Me apretó la mano—. Hemos sobrevivido a la tormenta. Hemos sobrevivido a tu madre, a Rebeca, a los mensajes anónimos, al pastel azul. Hemos sobrevivido a todo.
—Y lo que nos queda.
—Y lo que nos queda.
La brisa agitó la lona, y las ramas del almendro crujieron suavemente, como si el árbol estuviera aplaudiendo.
A nuestro alrededor, la fiesta seguía. Diana bailaba con un chico que había conocido entre los invitados —un primo lejano de Camilo, moreno, con una sonrisa fácil—, y la sostenía por la cintura con una naturalidad que hacía años que no veía en ella.
Julia hablaba animadamente con Rebeca, sentadas en un banco de piedra, y las dos reían como si se conocieran de toda la vida.
El oficiante, con una copa de vino en la mano, contaba una historia a un grupo de invitados que lo escuchaban embobados.
Y yo, la wedding planner que había querido controlar el viento y la lluvia y los sentimientos de todos, estaba allí. Descalza. Manchada de barro. Con el pelo lleno de flores mustias y el corazón a punto de estallar, como si fuera a romperme las costillas.
—¿Y ahora qué? —preguntó Camilo, con la misma pregunta que me había hecho en el acantilado la noche anterior.
—Ahora, vivimos.
—¿Sin planificar?
—Sin planificar. —Sonreí—. O planificando lo justo. Una lista de tareas pequeña. Para no perder la costumbre.
—¿Como cuál?
—Como «comprar leche» y «sacar la basura». Cosas normales.
—Eso suena a un plan.
—Es un plan mínimo.
—El mejor plan del mundo.
Me besó en la frente, y yo apoyé la cabeza en su hombro. El sol seguía brillando entre las nubes, y la lona blanca seguía ondeando en el almendro, como una promesa de que el desastre, a veces, también puede ser hermoso.
—Te quiero, Marina Sanz, ahora Durán —dijo Camilo, con la voz llena de certeza.
—Te quiero, Camilo Durán, ahora Sanz.
—Suena raro.
—Suena a que hemos creado algo nuevo.
—Suena a hogar.
—Sí. —Cerré los ojos, sintiendo el calor de su mano en la mía, el rumor de la fiesta, el olor a tierra mojada y a promesas cumplidas—. Suena a hogar.
Y en ese momento, mientras el sol se abría paso entre las nubes y los invitados brindaban por nosotros, entendí que el «felices para siempre» no existe.
No como una meta, no como un destino. Existe como un camino, como un desastre compartido, como una lona blanca enredada en las ramas de un almendro.
Y que ese desastre, con Camilo al lado, era exactamente el lugar al que pertenecía.