Capítulo 17 El abrazo del caos #2
Diana, desde la segunda fila, levantó el móvil y nos hizo una foto.
El flash iluminó el instante justo en que Camilo me ponía el anillo en el dedo —el mismo anillo de plata desgastada que me había puesto en el acantilado seis meses antes— y yo le ponía el suyo, un aro de titanio negro que había comprado en una tienda online sin saber si le gustaría.
—Son perfectos —dijo él, mirándose la mano.
—Mentira. El titanio es un material horrible para un anillo de boda.
—Pero me lo has puesto tú. Eso lo convierte en el anillo más bonito del mundo.
—Eres un cursi.
—Soy tu cursi.
El oficiante carraspeó de nuevo, pero esta vez con un tono más ligero.
—Bueno, por el poder que me otorga el Ayuntamiento de Valencia y la voluntad de los presentes, os declaro marido y mujer. Puedes besar a la novia, aunque parece que ya lo has hecho.
—Lo haré otra vez —dijo Camilo, y me besó de nuevo.
Este beso fue diferente al primero. Era más largo, más profundo, más seguro. Olía a barro y a café y a olor a lluvia y suelo. Olía a nosotros.
Cuando nos separamos, el viento se levantó de repente, agitando las ramas de los almendros y levantando una nube de pétalos mojados que giró sobre nuestras cabezas como un pequeño tornado blanco. Los invitados rieron, y alguien gritó «¡Vivan los novios!» entre los aplausos.
Julia, desde su puesto en primera fila, se secó las lágrimas con el dorso de la mano, se volvió hacia Diana y dijo, con su voz impostada:
—¿Dónde está mi altavoz?
—Mamá —dije, riendo—, no.
—Solo una canción. Una.
—Mamá.
—Vale, vale. —Suspiró, pero su sonrisa era auténtica—. Me conformo con haber visto esto. Ha sido mejor que cualquier número musical.
—Ha sido mejor que cualquier boda planificada —dijo Rebeca, y me abrazó.
Diana se unió al abrazo, y luego mi madre, y luego algunas primas que no recordaba haber invitado. El círculo se cerró alrededor de Camilo y de mí, y durante un momento, todo fue calor, risas y el aroma a tierra mojada.
El oficiante cerró su libro y guardó las gafas en el bolsillo.
—Es la primera vez que veo una boda así —dijo, con una sonrisa—. Y he visto muchas.
—¿Le ha gustado? —pregunté.
—Me ha encantado. —Me guiñó un ojo—. La próxima vez que alguien me pida una ceremonia tradicional, les contaré esta historia.
—No será muy edificante.
—Será real. Y eso es más importante.
Camilo me rodeó la cintura con el brazo. Sus dedos encontraron los míos, y entrelazamos las manos sobre la cadera manchada de fango.
—¿Y ahora qué? —preguntó.
—Ahora, fiesta.
—¿Dónde?
—Donde sea. —Señalé el jardín, la finca, los almendros—. Aquí. En el barro. Bajo la lluvia, si vuelve. Con el pastel pisado y los cisnes de fondant. Es nuestra boda. Y es perfecta.
—Es un desastre.
—El mejor desastre de mi vida.
Me besó en la frente, y yo apoyé la cabeza en su hombro.
Los invitados empezaban a dispersarse, buscando las mesas de bebidas que alguien había improvisado en la terraza.
El altavoz de mi madre sonó de repente con los primeros acordes de una canción de los ochenta, y Julia empezó a bailar sola, moviendo las caderas con una energía que no recordaba haberle visto.
—Mira a tu madre —dijo Camilo—. Está feliz.
—Sí. —Sonreí—. Por primera vez en mucho tiempo, todos estamos felices.
—Incluso tú.
—Sobre todo yo.
Me giré hacia él, y en sus ojos vi el mismo cansancio, el mismo alivio, la misma alegría que no me cabía en el pecho.
—Te quiero, Marina Sanz, ahora Durán.
—Marina Durán. Suena raro.
—Te acostumbrarás.
—¿Y si no me acostumbro?
—Entonces te quedas con Sanz. O con los dos. O con el que te dé la gana. —Sonrió—. Es tu nombre. Tú decides.
—Eso es muy bonito.
—Es la primera lección de matrimonio: tú decides.
—¿Y la segunda?
—Que siempre voy a estar aquí para recordarte que eres libre.
No dije nada. Me quedé mirando el horizonte, donde el gris del cielo empezaba a teñirse de tonos rosados. La tormenta se alejaba, dejando tras de sí un mundo empapado, fresco, nuevo.
Diana apareció con dos copas de cava, una de ellas medio vacía.
—Toma —dijo, tendiéndome la más llena—. Brindemos por la novia más despeinada y feliz que he visto nunca.
—¿Y por el novio?
—El novio también. Pero menos. —Sonrió—. Es broma, Camilo. Eres un desastre, pero eres nuestro desastre.
—Gracias, Diana. —Camilo cogió la copa—. Eres la mejor amiga que Marina podría tener.
—Lo sé. —Bebió un trago—. Y no pienso dejar que la caguéis.
—No vamos a cagarla —dije.
—Eso dice todo el mundo. Y luego llega el primer mueble de IKEA y la discusión por las baldas.
—Diana.
—Vale, vale. Brindemos. —Alzó la copa—. Por el desastre más bonito del Mediterráneo.
—Por el desastre —dijo Camilo.
—Por el desastre —repetí.
Las copas chocaron. El cava burbujeó, y yo bebí un trago largo, sintiendo el líquido frío deslizarse por mi garganta.
La música sonaba. Mi madre bailaba. Los invitados reían. Rebeca estaba sentada en una piedra, mirando el mar, con una sonrisa tranquila en los labios.
Y yo, la wedding planner que había querido controlar el viento, la lluvia y los sentimientos de todos, estaba de pie, descalza, manchada de fango, recién casada con el hombre más imprevisible del mundo.
No sabía qué iba a pasar mañana. No sabía si sobreviviríamos al primer año, al primer hijo, a la primera discusión por las baldas del IKEA.
Pero en ese momento, con el viento en la cara y su mano caliente en la mía, no me importaba.
Porque el desastre ya no era mi enemigo.
Era mi hogar.