Capítulo 17 El abrazo del caos
A l bajar al jardín, vi ramas de romero esparcidas en la hierba. Luego supe que Camilo las había colocado sin planearlo.
La hierba mojada se pegaba a mis tobillos descalzos, filtrándose entre las sandalias de tiras que había robado del armario de Diana porque no encontraba las mías.
El vestido, ese vestido que Rebeca había descosido con tijeras de podar y que Diana había sembrado de flores silvestres, arrastraba el borde por el suelo, absorbiendo humedad y fango en cada paso.
Una mancha marrón trepaba por el tul como una enredadera. No me importó.
El camino hacia el acantilado era un sendero de tierra que los operarios habían pisado durante días, ahora convertido en un lodazal que se aferraba a mis pies.
A ambos lados, los almendros goteaban agua, y el viento, que había amainado lo suficiente para no levantar las faldas, seguía silbando entre las ramas con un tono que parecía de aprobación.
El cielo estaba gris, sí, pero un gris clarito, casi plateado, como si la tormenta estuviera haciendo una pausa para ver qué pasaba.
No llevaba ramo. Se me había olvidado en la habitación, encima de la cama, junto al velo que nunca me puse.
Tampoco llevaba reloj, ni el móvil, ni ninguna de las cosas que había llevado colgando del brazo durante seis meses de planificación.
Llevaba flores en el pelo, algunas ya mustias, y el encaje deshilachado del escote, y una mancha de lodo en la cadera izquierda que parecía el mapa de un país desconocido.
Los invitados estaban reunidos al borde del acantilado, desplegados en un semicírculo improvisado sobre la hierba mojada.
No había sillas, no había alfombra, no había carpa.
Alguien —probablemente mi madre— había colocado el altavoz Bluetooth sobre una piedra plana, pero estaba apagado.
La gente murmuraba en voz baja, con los paraguas recogidos porque la lluvia había cesado, aunque el aire aún olía a ozono, a tormenta recién pasada.
Y allí, al final del pasillo de hierba que se abría entre los invitados, estaba Camilo.
Llevaba la camisa blanca empapada, pegada al pecho de una forma que delataba cada línea de su torso.
Se había quitado la chaqueta en algún momento del caos, y el pelo negro, rizado y alborotado, le caía sobre la frente en mechones que él apartaba con un gesto nervioso.
No tenía ni corbata, ni zapatos —estaba descalzo, con los pies hundidos en el barro—, pero su sonrisa, cuando me vio aparecer entre la multitud, partió el gris del día y por un momento creí que el sol salía solo para nosotros.
—Joder —murmuró, lo suficientemente alto para que los invitados de las primeras filas lo oyeran—. Mira que eres bonita.
Alguien soltó una risita. Yo sentí que las piernas se me aflojaban, pero seguí caminando. La hierba mojada bajo mis pies, el vestido manchado, el pelo suelto y enmarañado por el viento. Todo parecía formar parte de una coreografía que no había ensayado, pero que mi cuerpo conocía de memoria.
Llegué frente a él cuando el oficiante, un hombre calvo que había estado esperando bajo un paraguas que alguien le sostenía, carraspeó y dio un paso adelante.
—Buenos días, queridos amigos —empezó, con esa voz de podio que todos los oficiantes parecen aprender en la misma escuela—. Estamos reunidos aquí hoy para presenciar la unión de...
—Alto. —Levanté la mano, y la palabra salió antes de que mi cerebro pudiera consultar el guion—. Esto lo hago yo.
El oficiante parpadeó. Abrió la boca, la cerró, y luego, con una dignidad que le honró, dio un paso atrás y asintió.
—Adelante —dijo, y en su voz había algo parecido al alivio—. Es su ceremonia.
Los invitados murmuraron. Alguien dijo «¿qué pasa?» en voz baja. Mi madre, que estaba en primera fila con el chubasquero amarillo puesto, se llevó las manos al pecho con una expresión de orgullo que no necesitaba palabras.
Yo metí la mano en el bolsillo lateral del vestido —un bolsillo que no existía hasta que Diana lo cosió la noche anterior, diciendo «toda novia necesita un sitio donde guardar los caramelos de emergencia»— y saqué un papel arrugado.
Estaba doblado en cuatro, con los bordes desgastados de tanto haberlo manoseado durante la media hora que había pasado encerrada en el baño, reescribiéndolo una y otra vez.
Lo desdoblé con manos que temblaban lo justo para que el papel crujiera.
—Camilo —empecé, y mi voz sonó más firme de lo que esperaba—. Tengo que decirte algo.
Sonrió, y en sus ojos verdes vi esa mezcla de nervios y confianza que siempre me había desarmado.
—Dispara.
—Soy una obsesiva del control. —La frase salió sola, y un par de risas se escaparon entre los invitados.
Las ignoré—. Lo sé. Tú lo sabes. Mi madre lo sabe.
Probablemente los almendros también lo saben.
He pasado seis meses planificando cada detalle de esta boda como si fuera una operación militar.
He medido distancias, calculado tiempos, negociado presupuestos, corregido colores.
He convertido el amor en una lista de tareas.
Camilo no dijo nada. Seguía sonriendo, pero sus ojos se habían vuelto serios, atentos.
—Y tú —continué, mirándolo fijamente— eres un desastre organizado.
Llegas tarde, pierdes las llaves, escribes blogs en secreto, invitas a tu exnovia sin avisarme.
Y cada vez que intentaba meterte en mi plan maestro, tú te resistías.
No porque quisieras fastidiarme, sino porque no encajabas en ninguna casilla. Eras demasiado real para mi ficción.
Una hoja seca cayó desde un almendro y se posó en mi hombro. No la aparté.
—Pero he aprendido algo estos días. —Mi voz se volvió más baja, más íntima—.
He aprendido que el amor no se planifica.
No se mide, no se cronometra, no se organiza en carpetas de colores.
El amor se habita. Es como una casa que construyes con otra persona, sabiendo que los cimientos son inestables, que las paredes tienen grietas, que el tejado va a gotear cuando llueva.
Pero te da igual. Porque es tu casa. Es vuestra casa.
Los dedos me temblaban, pero el papel seguía firme.
—Y quiero habitar tu caos, Camilo. Quiero habitar tu risa y tus silencios y tus crisis creativas de madrugada.
Quiero habitar tus arrugas, tu cámara siempre colgada al hombro, tu mala leche cuando tienes hambre, tu olor a café y a tierra mojada.
Quiero vivir en el desastre contigo, porque prefiero un desastre real a una perfección vacía.
Levanté el papel, lo miré un segundo, y luego lo rompí por la mitad.
—Toma mi lista de tareas —dije, dejando caer los trozos al suelo—. Dame tu viento.
El silencio se hizo vasto, y por un instante solo existíamos nosotros dos. Recordé las palabras de mamá en la cocina, entre migas de fondant azul.
Camilo estaba quieto, mirándome con una expresión que no supe descifrar. Tenía los ojos brillantes, pero no sé si era por la humedad del ambiente o por otra cosa. Luego, sin decir nada, metió la mano en el bolsillo trasero del pantalón y sacó algo.
Era una servilleta. Una servilleta de papel, de las de bar, arrugada y manchada de algo que parecía café. La desdobló con cuidado, alisando los bordes contra su muslo.
—Yo también tengo algo —dijo, y su voz sonó ronca—. Lo escribí anoche, después de lo del acantilado. No sabía si iba a tener valor para decírtelo.
Carraspeó. Miró la servilleta. Luego me miró a mí.
—Marina, yo no tengo un plan. Nunca lo he tenido.
Vivo al día, improviso, me dejo llevar. Y durante mucho tiempo pensé que eso era un defecto, que no estaba a la altura de tu vida ordenada.
Pero anoche, cuando te vi aparecer en el acantilado con la bata y el pelo mojado, supe que no quería cambiar.
No quería ser más ordenado, más puntual, más predecible.
Quería que tú me aceptaras como soy. Sin condiciones.
Hizo una pausa. La servilleta temblaba ligeramente en sus manos.
—Y hoy, cuando te he visto caminar hacia mí con el vestido manchado y las flores mustias, he entendido que ya lo has hecho. —Su voz se quebró—. Has elegido el caos. Me has elegido a mí. Y no hay nada más bonito que eso.
Se acercó un paso. Sus pies descalzos chapotearon en el barro.
—Te quiero, Marina. Con tus listas, tus horarios, tu obsesión por alinear los cubiertos. Te quiero porque eres exactamente lo que necesito: alguien que me sujete cuando estoy a punto de volarme, pero que también sepa soltarme cuando toca bailar bajo la lluvia.
—Eso es muy bonito —dije, y sentí que las lágrimas empezaban a formarse—. ¿Lo has escrito en una servilleta?
—En una servilleta de la máquina de café de la cocina. Es un material noble.
—Eres un desastre.
—Tu desastre.
Me reí. Una risa entrecortada, mezclada con las lágrimas que ya no podía contener. Y entonces, sin pensarlo, sin planificarlo, sin consultar a nadie, di el paso que me separaba de él y lo besé.
Fue un beso torpe, con las caras mojadas y las manos temblorosas y el sabor salado de las lágrimas mezclado con el del café de la servilleta. Pero era real. Era nuestro. Era la primera cosa auténtica que hacíamos en seis meses sin que apareciera en ninguna lista de tareas.
Los invitados aplaudieron. Alguien —probablemente Diana— soltó un silbido. Mi madre, en primera fila, lloraba abiertamente, sin importarle que el rímel le corriera por las mejillas.
Cuando nos separamos, Camilo apoyó la frente contra la mía.
—¿Nos casamos o qué? —preguntó, con la voz rota.
—Sí —dije, y la palabra me supo a promesa—. Cásate conmigo, desastre.
El oficiante dio un paso adelante, con una sonrisa que le iluminaba la cara calva.
—Bueno, parece que los votos ya los han intercambiado. ¿Alguien tiene los anillos?
Rebeca apareció a mi lado, sacando un estuche del bolsillo de su gabardina verde manzana.
—Yo los guardé. —Me guiñó un ojo—. Por si acaso.
—Eres una visionaria —dije, cogiendo el estuche.