Un desastre llamado Amor Capítulo 16 La tormenta perfecta II #2
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Capítulo 16 La tormenta perfecta II #2

Me giré. Al otro lado del jardín, junto a la pérgola que se tambaleaba, Camilo estaba agarrado a una cuerda que sujetaba uno de los pocos tramos de carpa que aún resistían. El pelo negro se le pegaba a la cara, la camisa empapada se le transparentaba, y tenía una sonrisa de oreja a oreja.

—¡La carpa se está volando! —gritó—. ¡Es increíble!

—¡No es increíble! —grité de vuelta—. ¡Es una catástrofe!

—¡Es la misma cosa!

Y tenía razón. Porque en ese momento, viendo a Camilo reír bajo la lluvia, con el barro hasta las rodillas y la carpa desintegrándose a su alrededor, entendí que el caos no era el enemigo. Era el escenario. El único escenario posible para una boda como la nuestra.

—¡Suelta esa cuerda! —grité.

—¿Qué?

—¡Que la sueltes!

Camilo dudó un segundo. Luego, con una carcajada que se llevó el viento, abrió las manos.

La lona voló. Literalmente. Se desprendió de la estructura metálica como un pájaro gigante, describió un arco imposible sobre nuestras cabezas y fue a enredarse en las ramas del almendro más grande, donde quedó colgando como un fantasma blanco.

Los operarios soltaron una exclamación colectiva. Los invitados que se habían refugiado bajo el porche se asomaron, con los paraguas tambaleándose. Y desde la cocina, la voz de Diana atravesó el caos:

—¡El pastel de respaldo se ha caído al suelo! ¡Lo hemos pisado!

Me giré justo a tiempo para verla aparecer en la puerta de la cocina, con las manos manchadas de nata y una expresión de horror mezclada con incredulidad. Llevaba las gafas de sol rojas subidas en la cabeza, y el pelo azul eléctrico le caía sobre la frente, aplastado por la humedad.

—¿Qué? —grité.

—¡El pastel! —repitió ella, señalando detrás de ella—. El sencillo, el blanco. Alguien dejó la puerta del refrigerador abierta y se ha caído. Cuando he ido a cogerlo, he pisado una esquina y... —se miró las manos—. Bueno, ahora es un pastel plano.

Por un momento, el mundo se detuvo. O al menos, así lo sentí yo.

La lluvia seguía cayendo, el viento seguía ululando, los operarios seguían corriendo.

Pero yo me quedé inmóvil. Miré a Diana con las manos manchadas de nata.

A Camilo riendo bajo la lona enredada. A Rebeca con los ojos enrojecidos pero una sonrisa temblorosa en los labios.

Y entonces, sin saber muy bien por qué, solté una carcajada. No fue una risita educada. Fue una carcajada que me salió del estómago, que me dobló sobre mí misma, que me hizo llorar mientras el viento me azotaba el pelo y la lluvia me empapaba la bata. Una risa liberadora, absurda, incontrolable.

—¡Marina! —gritó Diana, con los ojos abiertos de par en par—. ¿Estás bien?

—¡Estoy perfectamente! —grité entre risas, señalando el caos que me rodeaba—. ¡Mira esto! ¡La carpa volando, el pastel pisado, las sillas en los charcos, mi madre con chubasquero! ¡Es el desastre más bonito que he visto en mi vida!

Camilo soltó la cuerda y se acercó a mí, con el barro salpicándole los pantalones.

—¿No estás enfadada? —preguntó, y en su voz había una mezcla de sorpresa y alivio.

—¿Enfadada? —Levanté los brazos al cielo, dejando que la lluvia me empapara la cara—. ¡Es mi boda! ¡Es mi caos! ¡Y es perfecto!

Di un paso adelante, metí los pies en un charco y empecé a bailar.

No era un baile bonito. Era un movimiento torpe, con los brazos abiertos y la cabeza echada hacia atrás, mientras la lluvia me corría por la nuca y el viento me despeinaba el moño que había intentado recomponer después de la ducha.

Camilo me miró un segundo. Luego, sin dudarlo, se unió a mí.

Empezamos a bailar bajo la lluvia, en medio del jardín destrozado, mientras los operarios nos miraban como si nos hubiéramos vuelto locos. Diana soltó una risa y se unió, con las manos aún manchadas de nata. Rebeca salió de la carpa y, después de un momento de duda, también se sumó.

Y entonces, desde el porche, oí la voz de mi madre:

—¡Si van a bailar, que sea con música!

El altavoz Bluetooth apareció en sus manos como por arte de magia. Unos segundos después, los acordes de una canción de los ochenta —la misma que había ensayado para su número— sonaron a todo volumen, mezclándose con el rugido del viento y el tamborileo de la lluvia.

—¡Que empiece la fiesta! —grité, y mi voz se perdió en el caos.

Los operarios dejaron caer las lonas. Los invitados salieron del porche.

Mi madre bailaba bajo el chubasquero amarillo.

Diana repartía pastel pisado a puñados, embadurnando a cualquiera que se acercara.

Rebeca reía con la cabeza echada hacia atrás, el pelo pelirrojo pegado a la cara, los ojos brillantes.

Y yo, la wedding planner que había pasado seis meses planificando cada detalle, la mujer que había querido controlar el viento y la lluvia y los sentimientos de todos, me dejé llevar.

Camilo me rodeó la cintura y me besó. Fue un beso torpe, con la lluvia corriéndonos por las mejillas y el barro salpicándonos las piernas, pero era real. Era auténtico. Era nuestro.

—¿Sabes qué? —dijo cuando se separó, con la frente apoyada contra la mía—. Creo que esta es la mejor boda del mundo.

—Es un desastre.

—El mejor desastre de mi vida.

Sonreí. Le cogí la mano y tiré de él hacia el centro del jardín, donde mi madre había colocado el altavoz sobre una silla que amenazaba con volarse. La música sonaba, la lluvia caía, y todos bailaban.

El caos, descubrí, no era el enemigo.

Era la fiesta.

Y yo estaba lista para bailar.