Un desastre llamado Amor Capítulo 16 La tormenta perfecta II
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Capítulo 16 La tormenta perfecta II

E ncontré a Rebeca en lo que quedaba de la carpa principal, sujetando una de las varillas metálicas que las ráfagas amenazaban con arrancar.

Llevaba la gabardina verde manzana empapada, el pelo pelirrojo pegado a la cara.

En cuanto me vio aparecer entre las lonas —que golpeaban como velas de barco a punto de naufragar— su concentración se desvaneció.

—Marina —dijo, y la voz se le quebró, como quien ya sabe lo que va a oír—. ¿Otra vez?

Saqué el móvil del bolsillo de la bata. Una llamada perdida de diez minutos antes, mientras yo subía de la ducha. El mismo número que había visto en la cafetería del puerto, el mismo que había borrado dos veces sin pensarlo.

—Aurora me ha llamado —dije, y las palabras salieron más firmes de lo que esperaba—. No he contestado, pero ha dejado un mensaje. Breve. Decía que no le has contado toda la verdad. Que hay cosas que ocultas sobre ella, sobre ti, sobre Camilo.

Rebeca soltó la varilla. El metal golpeó el suelo encharcado con un sonido sordo, y ella se quedó mirando el móvil como si en la pantalla llevase impresa una sentencia.

—¿Qué más ha dicho?

—Nada. Solo eso. Pero es suficiente, ¿no? —Guardé el teléfono y crucé los brazos, sintiendo el frío colárseme a través de la bata mojada—. Llevo días desconfiando de ti por una verdad a medias. Y ahora resulta que la verdad completa era peor de lo que imaginaba.

—Peor, sí. —Rebeca se pasó la mano por la cara, restregándose la piel como si quisiera arrancarse algo invisible—. Pero no por las razones que crees.

Un chorro de agua cayó entre nosotras, chapoteando sobre el barro. Los operarios gritaban algo al otro lado del jardín, pero sus voces llegaban como ecos lejanos, ahogados por el estruendo de la tormenta.

—Siéntate —dijo Rebeca, señalando un banco de madera que alguien había arrastrado bajo el único tramo de carpa que aún se mantenía en pie.

—No quiero sentarme.

—Pues entonces quédate de pie. —Se sentó, apoyó las manos en las rodillas y levantó la mirada hacia mí—. Pero voy a decirte la verdad, y no es bonita. Necesito que me escuches sin interrumpir.

Asentí. La lluvia tamborileaba sobre la tela con un ritmo que parecía marcar los segundos.

—Aurora fue mi pareja —dijo Rebeca, y la palabra cayó entre nosotras como una piedra en un charco—. No mi socia. Mi pareja. Durante tres años.

Las rodillas me flaquearon, pero me mantuve firme. No era sorpresa lo que sentía, sino algo más parecido a un clic, el ajuste de una pieza que había estado fuera de sitio todo el tiempo.

—Nos conocimos en un congreso de meteorología en Oslo —continuó Rebeca, con la voz plana, como si estuviera leyendo un informe—.

Yo tenía veintiocho años, recién salida de la especialización, y ella era magnética.

Te envolvía con su mirada, con su forma de hablar, con esa seguridad que parecía inquebrantable.

Me enamoré. Me enamoré como solo se enamora uno la primera vez: sin red, sin preguntas, sin pensar en las consecuencias.

—¿Y qué pasó?

Rebeca se mordió el labio inferior. Sus dedos, manchados de tierra y de savia, se engancharon en el borde de la gabardina.

—Se volvió controladora. Primero fueron pequeñas cosas: quería saber dónde estaba a cada hora, con quién hablaba, qué había comido.

Luego empezó a revisarme el móvil, a presentarse en sitios donde no la había invitado, a hacer comentarios sobre mis amigos, mi familia, mi trabajo.

—Hizo una pausa, y su voz se volvió más grave—.

Cuando intenté dejarlo, se volvió violenta.

No física, sino psicológica. Llamadas a todas horas, mensajes, amenazas veladas.

Me hizo la vida imposible durante dos años.

—¿Y Camilo?

—Camilo fue mi refugio. —Rebeca levantó la mirada, y sus ojos azul claro se encontraron con los míos—. Le conté todo. Me ayudó a salir de esa espiral. Me apoyó, me protegió, me dio fuerzas para denunciarla. La relación que tuvimos después no fue perfecta, pero me devolvió la confianza en la gente.

—¿Por qué no me lo dijiste?

—Porque tenía miedo. —Rebeca se levantó y dio un paso hacia mí.

Su voz se quebró en la última palabra—. Miedo de que pensaras que traigo un escándalo a tu boda.

Miedo de que Camilo pareciera un mentiroso por no habértelo contado él.

Miedo de que todo esto —señaló vagamente la carpa, la finca, la tormenta— se derrumbara por mi culpa.

—Y mentiste.

—Oculté. —Rebeca negó con la cabeza—. No es lo mismo. Oculté una parte de mi pasado para no dañar el presente. Y ahora sé que fue un error.

El silencio que siguió, roto solo por el vendaval que silbaba entre los almendros, llenó el jardín. No dije nada, y ella tampoco. Me quedé mirando a Rebeca, a sus ojos enrojecidos, a sus manos temblorosas, y noté una fisura en el pecho, un crujido silencioso.

No era rabia. Era tristeza.

—Has estado sola todo este tiempo —dije, y mi voz sonó más suave de lo que esperaba—. Lidiando con esto sin que nadie lo supiera.

—He aprendido a gestionarlo. —Rebeca levantó un hombro, pero el gesto le quedó tieso, forzado—.

Aurora lleva años acosándome desde la sombra.

Mensajes, llamadas, perfiles falsos en redes.

He aprendido a ignorarla. Pero cuando supe que te estaba acosando a ti, supe que tenía que hacer algo. Solo que no sabía cómo.

—Podrías habérmelo dicho.

—Tenía miedo, Marina. Miedo de que pensaras que todo esto —señaló la finca, la boda, el caos— era culpa mía. Que mi pasado manchara tu presente.

Abrí la boca para responder. Para decirle que tenía razón, que me sentía traicionada, que durante días había estado desconfiando de ella por una verdad a medias.

Pero entonces recordé mis propios secretos.

El blog de Camilo. El mensaje anónimo que había borrado.

Las mentiras que me había contado a mí misma para no enfrentar la realidad.

—No es tu culpa —dije, y las palabras me supieron a verdad—. Aurora es una acosadora. Tú eres una víctima. Y Camilo... Camilo te protegió como pudo.

—Pero mintió. Los dos mentimos.

—Sí —asentí—. Pero creo que entiendo por qué.

—¿De verdad?

—De verdad. —Di un paso hacia ella, cerrando la distancia que nos separaba—. He pasado los últimos días desconfiando de ti, celosa de tu relación con Camilo, preguntándome si había algo que no me estabas contando. Y ahora lo sé. No era lo que yo pensaba. Pero duele igual.

—Lo siento. —Rebeca se secó una lágrima que se le escapaba, furiosa consigo misma—. Siento no habértelo dicho antes.

—También siento haber desconfiado de ti. —Sonreí, una sonrisa torcida, pero sincera—. Supongo que las dos hemos estado protegiéndonos de nosotras mismas.

—Supongo que sí.

Justo entonces, el altavoz que mi madre había dejado sobre la silla del porche emitió un chirrido metálico y se apagó. La música cesó. Un silencio incómodo, que solo el vendaval se atrevía a romper, se instaló en el jardín.

—¿Qué ha pasado? —preguntó Diana desde la cocina, con las manos manchadas de nata.

Miré hacia el porche. Y allí, junto al equipo de sonido, vi una silueta familiar. El pelo castaño oscuro, la gabardina negra, las manos aún apoyadas sobre los cables que acababa de desconectar. Aurora.

Rebeca la vio al mismo tiempo que yo. Su cara palideció, y dio un paso atrás, tropezando con el banco de madera.

—Tú —dije, y mi voz sonó más cortante de lo que esperaba.

Aurora levantó la cabeza, y sus ojos fríos se clavaron en los míos. Una sonrisa tensa, casi imperceptible, se dibujó en sus labios.

—Solo he venido a asegurarme de que todos oigan lo que tengo que decir —dijo, con una voz que pretendía ser calmada pero que temblaba ligeramente—. Sin música, sin distracciones. Solo la verdad.

Di dos pasos adelante, interponiéndome entre ella y Rebeca. El barro me salpicó los tobillos, pero no me detuve. Mi mano derecha se metió en el bolsillo de la bata y encontró el móvil, caliente aún por la llamada perdida.

—¿La verdad? —dije, sacando el teléfono con lentitud deliberada—. Llevo días esperando poder decirte esto.

Aurora arqueó una ceja, confundida.

—He estado guardando esto para el momento adecuado. —Apreté el móvil contra mi palma—. He estado esperando esta llamada desde que supe quién eras. He presentado una denuncia. Rebeca, enséñale la orden de alejamiento.

La sonrisa de Aurora se desvaneció. Sus ojos se movieron rápidamente del móvil a mi cara, como buscando una trampa, un resquicio por el que escapar.

—No tienes nada —dijo, pero su voz había perdido convicción.

—¿Seguro? —Di un paso más, mostrándole la pantalla—. He estado investigando desde que llamaste la primera vez. Tengo tu número, tus registros, las llamadas perdidas. Y tengo a Rebeca dispuesta a declarar. Una llamada a la comisaría y esto acaba antes de que empiece la ceremonia.

El viento azotó su gabardina, y por un momento pareció tambalearse. Su mirada se encontró con la de Rebeca, y en ella vi algo que no había visto antes: derrota.

—Lárgate —dije, con una firmeza que no sabía que tenía—. Lárgate ahora mismo. Y no vuelvas a aparecer. Ni aquí, ni en la vida de Rebeca, ni en la mía.

Aurora apretó los labios. Durante un instante creí que iba a responder, a soltar alguna de sus pullas, pero se limitó a girarse.

Caminó hacia la salida del jardín con la misma seguridad con la que había entrado, pero yo noté que sus pasos eran más rápidos, casi una huida.

Se detuvo un segundo en el umbral, me lanzó una última mirada cargada de veneno, y luego se perdió tras la cortina de lluvia.

Esperé a que desapareciera del todo. Entonces bajé el móvil, agarré el borde de la lona mojada que colgaba de la carpa y lo dejé caer, cerrando el paso. La lona pesaba en mis manos, y al soltarla supe que cerraba algo más que un umbral.

—Se acabó —dije en voz baja, más para mí misma que para Rebeca—. Ya no tiene poder aquí.

Entonces, desde algún lugar del jardín, oí la voz de Camilo.

—¡Marina! ¡Ven a ver esto!