Capítulo 15 El miedo de Camilo
L a brasa del cigarrillo brilló entre mis dedos como un ojo rojo que parpadeaba al ritmo del viento.
El humo me quemó los pulmones, y tosí, una tos seca que me sacudió el pecho.
Llevaba sin fumar desde la universidad, y aquella calada me recordó por qué lo había dejado.
Pero necesitaba algo que hacer con las manos.
Algo que llenara el vacío que llevaba horas alojado en el estómago.
El mar rugía abajo, invisible en la oscuridad, un latido constante que se mezclaba con el silbido del viento entre los pinos.
Estaba sentado en el borde del precipicio, con las piernas colgando sobre el vacío, y miré hacia abajo: la caída y yo teníamos algo en común, los dos mirábamos al negro sin saber cómo parar.
Oí sus pasos antes de que hablara. La hierba mojada crujiendo bajo sus zapatillas, la respiración entrecortada por la carrera. No necesitaba mirar para saber que era ella.
—¿Qué haces? —Su voz rasgó el silencio—. ¡Tú no fumas!
Di otra calada, lenta, saboreando el amargor. La ceniza voló hacia atrás, deshaciéndose en partículas que se perdían en la noche.
—He empezado hoy —contesté, y mi voz sonó rara, sin el tono burlón de siempre—. Es una buena razón para dejarlo mañana, ¿no?
La sentí sentarse a mi lado, a un palmo de distancia.
El viento me trajo su olor: champú de coco y ese perfume suyo, el que usaba desde que la conocía.
El borde del precipicio se abría a nuestros pies como una boca oscura, y el vértigo me trepó por el estómago.
Pero no era el vacío lo que me daba miedo.
—Camilo —dijo, y su voz era un susurro, pero firme—. Dime qué pasa. La verdad.
Apuré la colilla, la aplasté contra una piedra y la dejé caer al vacío. Luego me quedé mirando el horizonte, donde el cielo y el mar se confundían en una mancha negra sin costuras. Las palabras me quemaban la lengua, pero me quedé callado.
Llevaba días queriendo decirle esto. Semanas.
Tal vez meses. Cada vez que la veía ajustar una silla o corregir una flor, cada vez que movía una servilleta medio milímetro, yo notaba los pulmones encogerse, como si el aire faltara.
No era enfado. Era miedo. El mismo miedo que sentí la noche que discutimos por el blog, cuando te mostré quién soy de verdad y vi cómo te alejabas.
—Tengo miedo, Marina —dije, y la palabra cayó entre nosotros y se quedó allí, pesada, esperando—. Miedo de no ser suficiente. De que te cases con la idea de mí, no conmigo. De despertarme dentro de un año y que me odies por no ser el marido perfecto de tu planning .
—Camilo…
—Déjame terminar. —Levanté una mano, y mi mirada se fijó en algún punto lejano, pero lo que veía era su cara, su sonrisa, sus ojos color avellana observando cada detalle de aquel día que habíamos construido—.
Llevo seis meses viéndote planificar cada detalle, cada color, cada minuto de este día.
Y sé que no lo haces por capricho. Lo haces porque necesitas control, porque el control te da seguridad.
—Hice una pausa, y el viento me golpeó la cara, frío, implacable—.
Pero yo soy todo lo contrario a eso. Soy imprevisible, caótico, desastre.
Siempre lo he sido. Y tengo miedo de que un día te despiertes y pienses: «¿En qué estaba pensando?
Me he casado con el tipo que derriba pasteles y escribe blogs en secreto».
Las palabras quedaron suspendidas entre nosotros. Sentí que algo se rompía dentro de mí. No era dolor. Era alivio. Llevaba tanto tiempo conteniendo aquello que soltarlo me dejó vacío, pero también más ligero.
Marina tardó unos segundos en responder. Cuando lo hizo, su voz sonó más baja de lo que esperaba.
—¿Sabes qué? Yo también tengo miedo.
Giré la cabeza y la miré por primera vez desde que se había sentado. Tenía el pelo suelto, húmedo, y las ojeras marcadas bajo los ojos. A la luz tenue del amanecer que empezaba a despuntar, parecía frágil, pero su mirada era firme.
—¿Tú?
—Sí. —Apretó los labios—. Tengo miedo de aburrirte. De ser demasiado cuadriculada, demasiado rígida, demasiado «planning». De que un día te canses de mi necesidad de orden y me cambies por una aventura impredecible, por una mujer que no necesite alinear los cubiertos antes de cenar.
—Marina…
—También tengo miedo de que el blog que escribiste sea una señal. —Su voz se quebró ligeramente—. De que realmente te sientas enjaulado conmigo, de que estés sacrificando tu libertad por una boda que yo he orquestado.
—No es verdad.
—Lo sé. —Se secó una lágrima que se escapaba, furiosa consigo misma por llorar—. Pero el miedo no entiende de verdades. El miedo solo sabe sembrar dudas. Mira lo del catering… pensé que podía delegar y todo salió mal. No se me da bien esto de soltar.
Algo se aflojó en mi pecho. No era una solución, no era una respuesta, pero era algo. Era ella, desnudándose frente a mí, mostrándome sus grietas igual que yo le había mostrado las mías.
Estiré el brazo y tomé su mano. Sus dedos estaban fríos, y sentí los nudillos tensos bajo mi tacto.
—Somos un par de asustados —dije, y mi voz sonó a algo parecido a una sonrisa—. Míranos. Él tiene miedo de no ser suficiente. Ella tiene miedo de serlo demasiado. Y los dos estamos aquí, sentados en un acantilado, esperando que el otro confiese primero.
—Eso es muy triste —dijo, y una risa se le escapó, mezclada con las lágrimas.
—O muy bonito. Depende de cómo se mire. —Apreté su mano—. Somos dos personas que se quieren tanto que se aterrorizan mutuamente.
—Es una forma de verlo.
—Es la única que importa. —Me giré hacia ella, y su mirada se encontró con la mía.
Sentí el pulso en las sienes, acelerado, pero no era miedo.
Era certeza—. Estoy aquí, Marina. No en el altar, no en la boda, no en el planning .
Aquí, contigo, en este acantilado ridículo, con el culo mojado y el alma en un puño. Y no quiero estar en ningún otro sitio.
—Yo tampoco. —Me devolvió el apretón—. Y no quiero una boda perfecta. Quiero una boda contigo. Con tus desastres, tus blogs, tus cigarrillos de última hora.
—He fumado uno. No es una adicción.
—Ya. Pero te ha sentado bien, ¿no?
—Me ha sentado como un puñetazo en los pulmones. —Me reí, pero era una risa entrecortada, húmeda—. Pero me ha ayudado a pensar.
—¿Y qué has pensado?
Guardé silencio un momento. El viento agitaba los pinos, y el mar seguía rugiendo abajo. Pero dentro de mí, el ruido se había calmado.
—He pensado que tengo miedo. Pero que el miedo no es malo. —Me volví hacia ella, y mi mirada se encontró con la suya, firme—. El miedo es solo una señal de que algo importa mucho. Y tú me importas tanto que me duele.
—A mí también me duele.
—Entonces estamos empatados.
—Sí.
Nos quedamos un momento en silencio, con las manos entrelazadas, mirando cómo el negro se teñía de gris. El amanecer se acercaba, lento, y yo sentía su calor a través del contacto de nuestras manos.
—¿Y si los dos estamos tan asustados que nos estamos saboteando? —pregunté, y la pregunta se quedó ahí, rozándonos—. ¿Y si todo este caos —la tormenta, los mensajes, tu madre, mi blog— es solo una excusa para no enfrentarnos a lo que realmente importa?
—¿Y qué es lo que realmente importa?
—Que nos queremos. —La miré fijamente, y en sus ojos de avellana vi una claridad que no me había atrevido a buscar antes—. Que nos queremos, pero tenemos tanto miedo de cagarla que preferimos sabotearlo antes que arriesgarnos a fracasar.
—¿Y si no lo es? —preguntó, con la voz apenas un susurro—. ¿Y si nos queremos, pero no basta?
Me incliné hacia ella, y mi frente tocó la suya. Sentí su aliento cálido mezclarse con el mío, el latido de su corazón vibrar a través de la chaqueta.
—No lo sé —admití—. Pero prefiero intentarlo y fracasar, que no intentarlo y pasarme la vida preguntándome qué habría pasado.
—Eso suena a frase de manual de autoayuda.
—Es de un capítulo de Los Simpson . Pero funciona.
Solté una risa, y ella también. Una risa compartida, cálida, que me calentó el pecho más que cualquier café.
—Eres un desastre —dijo.
—Tu desastre.
—Siempre dices eso.
—Porque es verdad. —La besé en la frente, un beso suave, cálido—. Y porque no se me ocurre nada más romántico.
—Podrías decirme que me quiero.
—Te quiero.
—Y que soy la mujer más importante de tu vida.
—Eres la mujer más importante de mi vida.
—Y que aunque mi planning sea una mierda, no cambiarías ni un solo desastre.
Sonreí, y la sonrisa me iluminó la cara.
—Eso ya es mucho pedir. Pero vale. —Le tomé la cara entre las manos, y sus mejillas estaban frías, pero sus ojos brillaban—.
Eres un desastre organizado, Marina. Y no cambiaría ni uno de tus cronogramas, ni una de tus listas, ni una de tus obsesiones.
Porque son parte de ti. Y yo me enamoré de ti, no de una versión idealizada.
—Yo también me enamoré de ti. —Sentí sus lágrimas calientes caer sobre mis dedos—. De tu caos, de tus blogs secretos, de tus cigarrillos de última hora. De todo.
—¿Incluso de mi pésimo sentido de la orientación?
—Incluso de eso.
—¿Y de mi incapacidad para llegar a tiempo?
—Eso ya es más difícil.
Me reí, y ella se rió conmigo. Las lágrimas y la risa se mezclaban en su cara, y yo la besé.
Fue un beso largo, lento, diferente a todos los que nos habíamos dado hasta entonces. No era un beso de disculpa, ni de reconciliación, ni de deseo. Era un beso de reencuentro. Un beso que decía: «Estoy aquí. Y no pienso irme».
Cuando nos separamos, el sol empezaba a asomar tras las nubes, tiñendo el mar de tonos dorados. El viento se había calmado, y la tormenta parecía haber tomado un respiro.
—Deberíamos volver —dijo ella, apoyando la cabeza en mi hombro—. Faltan dos horas para la boda.
—¿Dos horas? —Silbé—. Tiempo de sobra para otro cigarrillo.
—No vas a fumar otro.
—¿Quién lo dice?
—Yo. Tu prometida. La que manda en el planning .
—Ah, la que manda. —Sonreí—. Entonces obedezco.
—Bien.
Nos levantamos. Las piernas me temblaban ligeramente, por el frío, por la tensión, por todo. La rodeé con un brazo, y ella apoyó la cabeza en mi pecho.
—Voy a hacer algo —dije, soltándola suavemente—. Espérame.
Antes de que pudiera preguntar, eché a correr hacia la finca, sintiendo la hierba mojada bajo mis pies. El viento me golpeaba la cara, pero no me importaba. Necesitaba coger algo. Algo que llevaba semanas preparando y que no había tenido valor de darle hasta ahora.
Llegué a la casa, subí las escaleras de dos en dos, y abrí el cajón de la mesilla.
Allí estaba: una cajita de terciopelo azul, pequeña, ligera.
La había comprado hacía un mes, después de leer su blog, después de entender que lo que ella necesitaba no era un anillo más bonito, sino algo que le recordara que el caos también podía ser hermoso.
Volví a correr hacia el acantilado. Marina seguía allí, de pie, mirando el horizonte. Cuando me oyó llegar, se giró.
—¿Qué haces? —preguntó, y su voz sonaba confusa, curiosa.
—Cierra los ojos —dije, sin aliento.
—¿Qué?
—Cierra los ojos. Confía en mí.
Dudó un segundo. Luego cerró los ojos.
Abrí la cajita. Dentro había un colgante: una pequeña brújula de plata, con el cristal ligeramente rayado, que había encontrado en un mercadillo. No era caro, no era perfecto, pero cuando lo vi, supe que era para ella.
—Abre los ojos.
Los abrió. Miró el colgante, y su boca se abrió ligeramente.
—Es una brújula —susurró.
—Sí. —Se lo puse alrededor del cuello, y el metal frío rozó su piel—. Para que siempre encuentres el norte. Incluso cuando el planning falle. Incluso cuando yo me pierda.
Marina levantó la mano y tocó la brújula, como si estuviera verificando que era real.
—Camilo…
—No es un anillo, no es un vestido, no es nada de lo que habíamos planeado. —Me encogí de hombros—. Pero es real. Como nosotros.
Se quedó mirando el colgante un largo rato. Luego levantó la cabeza, y sus ojos estaban llenos de lágrimas, pero sonreía.
—Es perfecto —dijo—. Es el desastre más bonito que me han regalado nunca.
—¿Desastre? Es una brújula. Funciona.
—Funciona porque no es perfecta. —Se tocó el cristal rayado—. Como nosotros.
Sonreí. Luego cogí su mano, y empezamos a caminar de vuelta hacia la finca. La luz del amanecer nos envolvía, cálida y prometedora, y por primera vez en todo el fin de semana, sentí que el día que nos esperaba no era una amenaza. Era una oportunidad.
—¿Sabes qué? —dije cuando llegamos al borde del camino que llevaba a la casa.
—¿Qué?
—Que esto es lo que importa. No la boda, no los invitados, no el pastel. —Me detuve y la miré—. Esto. Tú y yo. En un acantilado, hechos un desastre, pero juntos.
—Eso es muy bonito.
—Es la verdad.
—Ya. —Sonrió—. Pero el pastel también importa. Sobre todo si lo ha hecho mi madre.
—El pastel de tu madre es un crimen contra la repostería.
—Lo sé. Pero es nuestro crimen.
Me reí, y su risa se unió a la mía. Luego nos besamos, y el viento nos rodeó, cálido y suave, como si el universo hubiera decidido acompañarnos.
Caminamos hacia la finca cogidos de la mano, dejando atrás el acantilado, el mar, los miedos. La brújula brillaba sobre su pecho, capturando los primeros rayos de sol, y yo supe, con una certeza que no venía de ningún planning, que aquel era el principio de algo nuevo.
El principio de nosotros.
Sin manual de instrucciones.