Un desastre llamado Amor Capítulo 14 El monólogo de una actriz
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Capítulo 14 El monólogo de una actriz

M e desperté con la sensación de que alguien me observaba.

La habitación estaba a oscuras. Solo la luz grisácea se colaba entre las rendijas de la persiana.

El móvil, apoyado en la mesilla, iluminaba el techo con un resplandor azulado.

Lo cogí sin pensar, y la pantalla me devolvió la imagen que había visto antes de dormir: la foto de Aurora, una mujer de mirada intensa y sonrisa tensa, junto a Rebeca en lo que parecía una cena de celebración.

La había guardado sabiendo muy bien por qué: Aurora seguía ahí, al acecho.

Pero ya sé quién es y no me da miedo. Solo me recuerda que debo proteger mi paz.

Pasé el dedo por la pantalla. La foto desapareció, y el fondo de inicio mostró la hora: las siete y diez de la mañana. Fuera, la lluvia había cesado, pero el viento seguía agitando las ramas de los almendros creando sombras danzantes sobre la pared.

Tres horas para la boda.

Tres horas para decidir si todo aquello —el caos, las lágrimas, las risas— había servido de algo.

Dejé el móvil boca abajo sobre la mesilla. No iba a dejar que una foto más me robara la paz. Me levanté, me puse la bata de algodón que colgaba del respaldo de la silla y salí al pasillo.

La finca estaba en silencio. Los operarios no llegarían hasta las ocho, y los invitados aún dormían en sus habitaciones. Mis pies descalzos se deslizaban sobre la madera fría evitando las tablas que crujían, como si pudiera esquivar el momento de enfrentarme al día.

Bajé las escaleras y salí al jardín trasero.

El cielo estaba cubierto de nubes grises que se movían lentas, como si la tormenta estuviera tomando aliento antes de la embestida final.

El aire olía a tierra mojada y a hierba recién cortada.

Los charcos que salpicaban el camino reflejaban un cielo plomizo.

Los almendros goteaban agua, y las flores silvestres que Rebeca y yo habíamos arrancado dos días antes empezaban a marchitarse, dobladas sobre sus tallos.

Y allí, junto al almendro más grande, vi a mi madre.

Estaba sola, de espaldas a la casa, con un paraguas negro apoyado en el hombro como un cetro.

Llevaba puesto el traje de plumas de avestruz, el mismo que había provocado la discusión del sábado, el mismo que yo había intentado prohibir.

Las plumas se agitaban con el viento creando ondas de color burdeos que parecían vivas.

Tenía el móvil en la mano, y movía los labios en silencio, como si estuviera recitando un texto aprendido de memoria.

Me quedé inmóvil en el umbral de la puerta, observándola.

Julia Cifuentes, la actriz frustrada, la madre que siempre había querido ser el centro de atención, estaba allí, bajo la lluvia, con su disfraz de plumas, ensayando sola.

No había público, no había aplausos, no había flashazos de cámaras.

Solo ella, el viento y las palabras que pronunciaba en voz baja, como una oración.

Di un paso adelante. La grava crujió bajo mis pies.

Mi madre no se volvió. Pero su voz, que hasta entonces era un murmuro apenas audible, se elevó lo suficiente para que yo pudiera oírla.

—Y cuando Marina nació—decía, y su voz sonaba distinta, sin la impostación teatral de siempre, sin el vibrato de sus números musicales—, supe que el escenario más importante de mi vida sería ser su madre.

Me detuve en seco.

Las palabras se quedaron flotando en el aire húmedo, mezclándose con el olor a tierra mojada. Mi madre seguía de espaldas, con el paraguas apoyado en el hombro y las plumas meciéndose con el viento.

—No era un papel que hubiera ensayado —continuó, y su voz se quebró ligeramente—. No había guion, no había director, no había público. Solo yo y esta niña diminuta que me miraba como si yo fuera la persona más importante del mundo.

Julia hizo una pausa. Se llevó la mano libre al pecho, justo donde las plumas formaban un escote pronunciado.

—Y durante años fui esa persona. Fui su refugio, su brújula, su mayor fan. Pero luego creció, y empezó a necesitarme menos, y yo no supe qué hacer con ese vacío. —Su voz se volvió más baja, más íntima—. Así que empecé a buscar otros escenarios. Otros públicos. Otras formas de ser vista.

El viento sacudió las plumas, y mi madre se tambaleó ligeramente, como si las palabras la hubieran dejado sin equilibrio.

—Y ahora, aquí estoy. Con un traje de plumas ridículo, ensayando un discurso que nunca tendrá el aplauso que busco. Porque lo único que quiero, lo único que he querido siempre, es que mi hija me mire como me miraba cuando era pequeña. Como si yo fuera suficiente.

La última palabra se perdió en el aire.

Me quedé paralizada, con los pies clavados en la grava, sintiendo que el pecho se me comprimía como si alguien hubiera puesto una mano sobre mi corazón y estuviera apretando.

—Mamá —dije, y mi voz sonó ronca, apenas un hilo.

Julia se giró tan bruscamente que el paraguas se le escapó de las manos y cayó al suelo levantando un pequeño charco de agua. Sus ojos, maquillados con una sombra azul que empezaba a correrse por la humedad, se abrieron de par en par.

—Marina —dijo, y su voz era un susurro—. No te he oído llegar.

—Llevo aquí un rato.

—¿Cuánto has oído?

—Todo. —Di un paso hacia ella, y la grava crujió bajo mis pies descalzos—. He oído todo.

Julia se quedó inmóvil. Las plumas del traje se agitaban con el viento, y por un momento pareció una figura trágica, una heroína de una obra que nadie había escrito.

—Eso no estaba ensayado—dijo, y la frase sonó a excusa, a defensa—. Es lo que siento de verdad. Lo que nunca he sabido decirte.

—Lo sé. Di otro paso, y otro, hasta que estuve frente a ella, a menos de un metro de distancia. Podía ver las lágrimas que empezaban a formarse en sus ojos arrastrando rímel por las mejillas. —Lo sé, mamá.

—No quería que lo oyeras así. —Se secó las lágrimas con el dorso de la mano, manchándose los dedos de negro—. Quería decírtelo en el discurso, delante de todo el mundo, para que supieras...

—No necesito un discurso. —La interrumpí, y mi voz sonó más firme de lo que me sentía—. No necesito plumas, ni números musicales, ni una audiencia. Solo necesito que estés ahí, en primera fila, sonriendo.

Julia abrió la boca. La cerró. Y entonces, como si un resorte se hubiera roto en su interior, rompió a llorar.

No era un llanto histriónico, de esos que había visto en las películas que tanto le gustaban. Era un llanto silencioso, de hombros temblorosos y labios apretados, de alguien que ha estado conteniendo algo durante demasiado tiempo.

—Lo siento —dijo, entre sollozos—. Lo siento por todo. Por el pastel, por las plumas, por el número musical. Por intentar convertir tu boda en mi escenario.

—Mamá...

—No, déjame terminar. —Levantó una mano, y su voz se volvió más firme—. He sido una egoísta. He utilizado tu boda para llenar un vacío que no sabía cómo llenar. Y te he hecho sentir que no era suficiente para ti, cuando en realidad era yo la que no se sentía suficiente para nadie.

—Tú siempre has sido suficiente. —Di el último paso y la abracé.

Las plumas del traje se aplastaron contra mi pecho, y sentí el calor de su cuerpo a través de la tela. Olía a su perfume, el mismo de siempre, el que usaba desde que tenía memoria, mezclado con el olor a lluvia y a tierra mojada.

—No necesito una madre perfecta —dije, con la voz ahogada contra su hombro—. Necesito una madre real. Una que se equivoque, que se ría de sus propios desastres, que esté ahí cuando la necesite.

—Y yo necesito una hija que me perdone por ser tan intensa.

—Te perdono. —Me separé lo justo para mirarla a los ojos—. Pero solo si prometes que hoy, en la ceremonia, no vas a cantar.

—¿Ni siquiera una estrofa?

—Ni siquiera una nota.

Julia sonrió. Una sonrisa temblorosa, con los ojos enrojecidos y el rímel corrido, pero auténtica.

—Vale. —Suspiró—. Pero entonces tendré que buscar otra forma de llamar la atención. ¿Qué tal si entro haciendo el pino?

—Mamá.

—¿No? ¿Una voltereta lateral?

—Mamá.

—Vale, vale. —Se secó las lágrimas con el dorso de la mano—. Me sentaré en primera fila y sonreiré como una madre normal. Sin aspavientos.

—Eso es todo lo que pido.

Se quedó mirándome un momento. Luego, con un gesto que me recordó a cuando era pequeña y me arreglaba el lazo del uniforme antes de ir al colegio, me apartó un mechón de pelo de la cara.

—¿Sabes qué? —dijo—. Eres la mejor cosa que he hecho en mi vida.

—Mamá...

—No, en serio. —Su voz se volvió más seria—.

He tenido muchos papeles en mi vida: actriz, esposa, viuda, madre.

Pero el único que realmente me importa es ser tu madre.

Y hoy, cuando te vea frente al altar, no voy a pensar en el público, ni en los aplausos, ni en nada de eso.

Solo voy a pensar en lo orgullosa que estoy de ti.

—Yo también estoy orgullosa de ti. —Le apreté la mano—. De que hayas venido hasta aquí. De que hayas aceptado dejar las plumas.

—Las plumas son ridículas —dijo, y se rió—. ¿Qué me había creído? ¿Que era un flamenco?

—Un flamenco muy elegante.

—Un flamenco pasado de moda.

—Eso también.

Nos reímos. Las dos. Una risa compartida, cálida, que me calentó el pecho más que cualquier café.

Julia se soltó de mi abrazo, se agachó a recoger el paraguas del suelo, y luego, con un movimiento rápido, se desabrochó el chal de plumas que llevaba sobre los hombros. Las plumas cayeron al suelo formando un montón de color burdeos sobre la grava mojada.

—¿Qué haces? —pregunté.

—Deshacerme de lo que no necesito. —Se quedó en mangas de camisa, con el vestido de flores estampado que llevaba debajo, y por un momento pareció más ligera, más libre—. Las plumas se quedan aquí. Como símbolo de que hoy no soy una actriz. Soy tu madre.

—Mamá...

—Y como madre, te digo: ve a prepararte. Faltan tres horas para la boda, y tienes que estar guapa.

—Siempre estoy guapa.

—Cierto. —Sonrió—. Pero hoy tienes que estar radiante.

Me besó en la mejilla, y su perfume, el mismo de siempre, me envolvió como una caricia.

—Te quiero, hija.

—Yo también te quiero, mamá.

Me quedé mirando cómo se alejaba hacia la casa, con el paraguas en la mano y las plumas olvidadas en el suelo. El viento las agitó un momento, como si intentara devolverlas a la vida, pero luego se aquietaron, derrotadas.

Me senté en el banco de piedra que había junto al almendro, y me quedé mirando el amanecer.

La luz grisácea se abría paso entre las nubes creando franjas de claridad sobre el jardín.

Los charcos reflejaban el cielo, y las flores silvestres empezaban a erguirse lentamente, como si la lluvia las hubiera revivido.

Vale, mamá, vale. Pero no te emociones tanto o se te va a correr el rímel otra vez.

El móvil vibró en el bolsillo de la bata. Lo saqué. Era un mensaje de Diana: «¿Sigues viva? ¿O necesito ir a buscarte con un desfibrilador?»

Sonreí. Escribí: «Viva. Y en paz. Nos vemos en la boda.»

Guardé el móvil. Me levanté, recogí las plumas del suelo —no podía dejarlas allí, parecía el cadáver de un animal exótico— y las metí en el contenedor de la cocina.

Tres horas para la boda.

Tres horas para el caos final.

Pero por primera vez en todo el fin de semana, sentía que no estaba sola.