Epílogo Felices y desastre
E l olor a quemado me llegó desde la cocina justo cuando escribía la palabra «habita».
Levanté la vista del portátil y respiré hondo. No era el humo de un incendio declarado, sino ese aroma dulzón y ligeramente acre que produce una sartén cuando algo se queda pegado al fondo durante demasiado tiempo. Lo reconocía bien. Llevaba seis meses reconociéndolo.
Camilo había decidido que hoy era el día de la tortilla perfecta.
Llevaba tres intentos.
El primero había terminado en una masa informe que parecía más un huevo revuelto con patatas crudas que otra cosa.
El segundo, en una costra negra que habría servido como muestra de carbono en un museo de ciencias naturales.
Este era el tercero, y por el olor que empezaba a impregnar el loft, iba por el mismo camino.
Sonreí.
El loft era un caos, pero un caos nuestro.
Libros apilados en el suelo junto al sofá —un tres plazas de terciopelo verde botella que habíamos comprado en una tienda de segunda mano y que cojeaba ligeramente de la pata derecha—.
Plantas colgando de macramés que Camilo había instalado en las vigas del techo.
Mi ropa mezclada con la suya en una silla que hacía meses que no veía su superficie original.
Las paredes, que yo había soñado blancas y minimalistas, estaban cubiertas de fotografías: sus fotos, las mías, algunas juntos. La del mantel sucio presidía la estantería, enmarcada en madera reciclada, justo al lado de una maceta de romero que él había rescatado del invernadero de la finca.
—¡Maldita sea! —la voz de Camilo llegó desde la cocina, seguida de un golpe metálico que probablemente era la tapa de la sartén contra el suelo.
—¿Todo bien? —grité, sin apartar los dedos del teclado.
—¡Todo controlado!
—¡Huelo a quemado!
—¡Es el aroma de la perfección culinaria!
Negué con la cabeza, pero la sonrisa no se me borraba. Volví a mirar la pantalla del portátil, donde el cursor parpadeaba al final de una frase que había estado puliendo durante los últimos veinte minutos.
Un Desastre Llamado Amor. Así titulo mi última entrada.
Llevaba meses queriendo escribirla. Desde aquel día en el acantilado, desde la pizza con piña —que seguía defendiendo que era una aberración, pero que habíamos pedido ya tres veces desde entonces—, desde que el mantel sucio colgaba enmarcado en nuestra pared.
Pero las palabras no habían llegado hasta ahora, seis meses después, en una tarde de domingo cualquiera, con el olor a tortilla quemada filtrándose por las rendijas de la puerta.
Empecé a escribir.
Hoy aprendí que el amor no se planifica. Se habita.
Hice una pausa. Las teclas resonaban en el silencio del salón, acompañadas por el rumor de la ciudad que se filtraba por la ventana abierta.
El barrio del Carmen bullía abajo, con sus turistas y sus terrazas y sus músicos callejeros.
Arriba, en nuestro loft de tercera planta, el mundo se reducía a este momento.
Y el mío, con barro, con viento y con una tortilla quemada, es el desastre más bonito que he gestionado jamás.
Camilo asomó la cabeza por la puerta de la cocina. Tenía una mancha de harina en la mejilla izquierda, el pelo más alborotado de lo habitual, y sujetaba una espumadera con la misma expresión con la que un torero sostiene el capote antes de la faena.
—¿Cómo va el blog? —preguntó.
—A punto de publicar. ¿Y la tortilla?
—Está… —dudó un segundo— En fase de rediseño.
—¿Eso significa que está quemada?
—Significa que he decidido probar un enfoque más… vanguardista —sonrió, pero su sonrisa era la de un niño que acaba de romper un jarrón—. La carbonización es una técnica culinaria muy respetada en ciertos círculos.
—En los círculos de bomberos, quizá.
—Exactamente. —Desapareció de nuevo, y lo oí maldecir en voz baja mientras el sonido de la campana extractora se encendía con un zumbido quejumbroso.
Me reí. Una risa silenciosa, que me sacudió los hombros mientras movía el ratón hacia el botón de publicar.
Un Desastre Llamado Amor.
Leí el título una última vez. Seis meses atrás, lo habría cambiado.
Lo habría sometido a un comité de revisión mental, habría sopesado alternativas, habría consultado a Diana, a mi madre, a la dependienta de la tienda de velas.
Ahora solo lo miré y supe que era perfecto. O imperfecto. Que daba igual.
Publiqué.
La pantalla parpadeó un segundo, y la entrada apareció en la página principal de «Sin Remordimientos», justo debajo de la última foto que había subido: el selfie del mantel sucio, el que Camilo había hecho el día de la boda.
Cerré el portátil con un gesto limpio, y el clic de la tapa al encajar sonó como un punto final.
—¡Camilo! —grité, levantándome del sofá—. ¡Deja esa tortilla!
—¿Qué?
—¡Que la dejes! Vamos a pedir una pizza.
Silencio. Luego, el sonido de la espumadera cayendo sobre la encimera, y unos pasos que se acercaban desde la cocina.
Camilo apareció en el marco de la puerta con las manos manchadas de harina, la camiseta blanca de los Beatles salpicada de aceite, y el pelo enharinado en la coronilla. Traía la expresión de un hombre que ha librado una batalla campal contra los fogones y ha perdido por nocaut técnico.
—¿Y la boda perfecta? —preguntó, apoyándose en el marco con una sonrisa torcida.
Caminé hacia él. Mis pies descalzos pisaron las baldosas frías del suelo, esquivando una pila de revistas de arquitectura que nadie había movido en semanas. Cuando llegué a su altura, me puse de puntillas y lo besé. Sabía a aceite de oliva y a harina cruda. Sabía a nosotros.
—Ya la tuve —dije, rozando su nariz con la mía—. Fue la que celebré contigo.
—¿Y la tortilla?
—La tortilla se queda para la próxima vida. En esta, pedimos pizza.
—¿Con piña?
—No empieces.
—Es nuestro aniversario de bodas no oficial. La piña es tradición.
—Camilo, hace seis meses que nos casamos. La piña no es tradición, es una costumbre cuestionable.
—Una costumbre que te gusta.
—Que tolero.
—Que te encanta.
—Que tolero con cariño.
Sonrió, y en sus ojos verdes vi el mismo brillo que había visto en el acantilado, el mismo que me había prometido desastres y risas y una vida sin planificar. Luego se inclinó y me besó de nuevo, esta vez más largo, más lento.
—Te quiero, Marina Durán, antes Sanz.
—Te quiero, Camilo Durán, antes desastre.
—Siempre desastre.
—Eso espero.
Nos quedamos un momento abrazados, con sus manos enharinadas apoyadas en mi cintura y las mías en su pecho, sintiendo el latido de su corazón bajo la tela manchada de aceite.
El olor a quemado se mezclaba con el aroma del romero de la maceta, y la luz de la tarde entraba por la ventana, tiñendo el loft de tonos dorados.
—Voy a pedirla —dije, soltándome y cogiendo el móvil de la mesa—. ¿Margarita y barbacoa?
—Y una de piña.
—Camilo.
—Para compartir. Como gesto de buena voluntad marital.
Suspiré, pero la sonrisa me delataba.
—Vale. Pero te la comes tú solito.
—Acepto el desafío.
Hice el pedido. Colgué y me giré hacia él: cuarenta minutos, decían.
Luego me senté en el sofá, estirando las piernas sobre la mesa de centro —esa mesa de centro que había jurado mantener siempre despejada y que ahora soportaba una montaña de revistas, dos tazas vacías y una maceta de romero— y le hice un gesto para que se sentara conmigo.
Camilo se dejó caer a mi lado, apoyando la cabeza en mi regazo con una naturalidad que ya era costumbre. Cerró los ojos. Empecé a pasarle los dedos por el pelo, desenredando los rizos negros que el aire de la tarde había enmarañado.
—¿Sabes qué? —dijo, con la voz medio dormida—. Podríamos hacer esto todos los domingos.
—¿Quemar tortillas?
—Eso también. Pero me refiero a esto —señaló vagamente el techo—. Sentarnos, no hacer nada, pedir pizza, estar juntos.
—Suena a plan.
—¿Un plan? —Abrió un ojo, fingiendo sorpresa—. ¿Marina Sanz haciendo planes?
—Planes pequeños. Flexibles. Modificables.
—Eso no es un plan, es una sugerencia.
—Es un plan con margen de error.
—Eso me gusta más.
Sonreí. Seguí acariciándole el pelo, sintiendo la textura áspera de la harina seca mezclada con la suavidad de sus rizos.
La luz de la tarde se filtraba por la ventana, creando un rectángulo dorado sobre el suelo de madera.
El olor a quemado empezaba a disiparse, y el loft olía a nosotros: a café, a romero, a vida compartida.
—¿Y el blog? —preguntó él, sin abrir los ojos.
—Cerrado.
—¿Definitivamente?
—En pausa. —Me encogí de hombros, aunque él no podía verme—. No tengo nada más que decir. O sí, pero prefiero vivirlo que escribirlo.
—Eso es muy sabio.
—O muy vago. Todavía no lo sé.
Camilo se rió, y su risa vibró contra mis piernas. Luego se giró ligeramente, buscando una posición más cómoda, y su mano encontró la mía, entrelazando los dedos.
En algún momento, entre las caricias y el murmullo del tráfico lejano, bajó al supermercado a por vino. Cuando volvió, yo había encendido una vela —de lavanda, la que me había regalado Rebeca— y había puesto música, una de esas listas de jazz que sonaban de fondo sin pedir atención.
Camilo dejó la botella en la encimera y sacó dos copas de las buenas, las que habíamos recibido como regalo de boda y que solo usábamos cuando estábamos solos.
—¿Brindamos antes de que llegue la pizza? —preguntó, sirviendo el vino.
—¿Por qué?
—Porque sí. Porque es domingo. Porque la tortilla se ha quemado pero tenemos vino.
—Y porque estamos juntos —añadí, cogiendo la copa que me tendía.
—Y porque estamos juntos.
Las copas chocaron con un tintineo limpio. El vino tinto brilló a la luz de la vela, y el calor del alcohol se extendió por mi pecho como una caricia.
—Por el desastre —dije.
—Por el desastre —repitió él.
Bebí un trago, y el sabor afrutado me llenó la boca. Camilo se sentó a mi lado en el sofá, y yo apoyé los pies en su regazo, sintiendo el calor de sus manos a través del tejido de mis leggings.
La noche caía sobre Valencia. Las luces de la ciudad empezaban a encenderse al otro lado de la ventana, pequeñas estrellas naranjas que parpadeaban en el crepúsculo.
El loft, sumergido en la penumbra, era un refugio de sombras y destellos: la llama de la vela, el resplandor de la pantalla del portátil ya cerrado, el brillo de las copas de vino.
—¿Sabes qué he pensado? —dije, rompiendo el silencio.
—¿Qué?
—Que esto es el hogar. —Señalé con la copa el loft desordenado: los libros en el suelo, las plantas colgando, la mancha de vino en la alfombra que no habíamos logrado quitar del todo—. No el sitio ordenado que imaginaba. Esto. El caos. La tortilla quemada. El vino barato. Tú.
—Eso es muy bonito.
—Es verdad.
—La verdad a veces es bonita.
—Y a veces huele a quemado.
Se rió, y su risa llenó la habitación. Luego se inclinó hacia mí y me besó, un beso suave, con sabor a vino y a promesa.
—Te quiero, Marina.
—Yo también te quiero, Camilo.
El timbre sonó.
—La pizza —dijo él.
—Con piña —dije yo, con una mueca.
—Con amor.
—Eso es demasiado cursi.
—Es nuestro derecho. Estamos en nuestra casa.
Sonreí. Me levanté, crucé el salón descalza, y abrí la puerta. El repartidor, un chico joven con una mochila térmica, me tendió las dos cajas humeantes.
—Disfruten —dijo, con una sonrisa cansada.
—Gracias.
Cerré la puerta y volví al salón, donde Camilo había despejado la mesa de centro con un gesto amplio, dejando caer las revistas al suelo sin miramientos.
—El caos continúa —dijo, abriendo la primera caja.
—El caos nunca se fue.
Me senté a su lado, cogí una porción de barbacoa y mordí. El queso fundido me quemó el paladar, pero no me importó. El vino estaba tibio, la vela parpadeaba, y Camilo reía porque la salsa barbacoa le resbalaba por la barbilla.
Era un desastre.
Era perfecto.
—¿Sabes qué es lo mejor de todo? —dije, mordiendo otro trozo.
—¿El queso?
—No. Que no tengo ni idea de qué vamos a hacer mañana.
—Yo tampoco.
—Y no me importa.
Camilo me miró, y en sus ojos vi el mismo reflejo de la vela, el mismo brillo de quien ha encontrado lo que buscaba sin haberlo planificado.
—Bienvenida al desastre, señora Durán —dijo.
Sonreí. Levanté mi copa, y la luz de la vela tiñó el vino de ámbar.
—Bienvenida al desastre.
Afuera, la noche seguía su curso. Dentro, en el caos de nuestro loft, la vida seguía.
Imperfecta.
Real.
Nuestra.
Camilo señaló la fotografía enmarcada del mantel sucio.
—¿Sabes? —dijo—. Cada vez que miro esa foto, recuerdo el momento exacto en que decidí que el caos era mi hogar.
Marina se levantó y se acercó a la estantería. Pasó los dedos por el cristal, sintiendo bajo sus puntas la textura áspera del barro seco. Era la misma textura que había elegido aquel día en el acantilado, cuando todo era desastre y todo era perfecto.