Un desastre llamado Amor Capítulo 8 Lo que esconde el móvil
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Capítulo 8 Lo que esconde el móvil

E l vestido colgaba del perchero. Blanco marfil, escote de encaje de Chantilly, falda de tul que caía en capas imposibles.

Cuando la dependienta lo descolgó y lo extendió sobre el mostrador, contuve el aire.

Era exactamente lo que había imaginado durante seis meses de catálogos y muestrarios.

Perfecto. Impecable. Una armadura de novia para una boda de cuento.

—Es una maravilla —dijo la dependienta, una mujer de sesenta años con gafas de media luna y un vestido negro que parecía su uniforme vitalicio—. La prueba durará unos veinte minutos. ¿Quiere que la ayude a ponérselo?

Asentí. Mientras ella desenganchaba la cremallera, me observé en el espejo de cuerpo entero.

Tenía ojeras, el maquillaje de la mañana se había deshecho en algún momento del viaje, y mi pelo —que había intentado domar con una goma elástica— empezaba a despeinarse.

Parecía una mujer que había dormido mal, discutido con su prometido y descubierto que la exnovia de su futuro marido no era una amenaza, sino solo una mensajera de malas noticias.

Pero el vestido lo arreglaría todo.

O eso me repetí mientras me metía dentro de la estructura de tul y encaje. La tela me rozó los hombros, fría al principio, luego cálida, como si estuviera adaptándose a mi cuerpo. La dependienta tiró de la cremallera y dio un paso atrás.

—Puede mirarse.

Abrí los ojos. El espejo me devolvió la imagen de una novia.

No era yo, era otra persona: una mujer con el pelo recogido en un moño que no existía, con los hombros erguidos, con una sonrisa que no era mía.

El vestido me sentaba como un guante, ajustado en el pecho, holgado en la cadera, con la falda barriendo el suelo en ondas de tul que parecían flotar.

—Guau —dijo Diana desde la silla donde se había dejado caer, con las piernas estiradas y las gafas de sol rojas subidas en la cabeza—. Vas a ser la novia más perfecta.

Me giré, y el tul giró conmigo, formando un círculo blanco a mi alrededor.

—¿Crees que le gustará a Camilo?

—A Camilo le gusta todo lo que tenga que ver contigo. —Diana se levantó y se acercó, rodeándome mientras evaluaba el vestido con ojo crítico—. El corte es impecable. El color te favorece. Los zapatos aún no los has elegido, pero eso se soluciona.

—¿Y?

—Y nada. Es perfecto.

Esperaba un cumplido más entusiasta, pero Diana tenía esa expresión suya, la de «esto es demasiado bonito para ser verdad». Dio la vuelta completa a mi alrededor, y luego se detuvo frente a mí, con las manos en las caderas.

—Lástima que la boda sea un caos —dijo, y soltó una risa seca.

—Diana.

—¿Qué? Es verdad. Tienes un vestido de quitar el hipo, una finca preciosa, un catering de cinco estrellas, y la boda se va a celebrar bajo una tormenta tropical con tu madre disfrazada de flamenca y tu prometido preguntándose si eres su novia o su wedding planner .

Apreté los labios. La dependienta, que estaba recogiendo los ganchos del perchero, fingió no haber oído nada.

—Gracias por el ánimo —dije, con la mayor sequedad que pude—. Eres un apoyo incondicional.

—No te estoy quitando el ánimo, te estoy abriendo los ojos. —Diana se sentó de nuevo en la silla, cruzando los brazos—. Mira, Rebeca no es el problema. Nunca lo ha sido.

—Ya lo sé.

—No, no lo sabes. —Se inclinó hacia delante, apoyando los codos en las rodillas—. Rebeca es una exnovia encantadora que ha venido a hacer de meteoróloga y a beber vino. El problema es que Camilo no entra en tu plan maestro. Y eso te aterra.

La frase me golpeó en el pecho, justo donde el corsé del vestido apretaba más.

—¿Qué quieres decir?

—Que llevas seis meses orquestando esta boda como si fuera un evento corporativo. Horarios, proveedores, colores, protocolos. Y Camilo es una variable que no encaja en ninguna de tus casillas. Es imprevisible. Espontáneo. Vive al día. Cuando intentas meterlo en tu cajita de cristal, él se resiste.

—No es verdad —dije, pero mi voz sonó débil, como si las palabras no estuvieran seguras de sí mismas.

—Claro que es verdad. —Diana se levantó y se acercó, colocándose a mi lado frente al espejo.

Su reflejo, con el pelo azul eléctrico desvaído y las gafas rojas, contrastaba con mi blancura inmaculada—.

Y sabes qué es lo peor: que no estás enfadada con él porque sea un desastre, sino porque no puedes controlarlo.

—Y tú, ¿qué sabrás de relaciones? —La pregunta salió más cortante de lo que pretendía, y me arrepentí al instante.

Diana no se inmutó. Sonrió, pero era una sonrisa triste, de las que llevan años de uso.

—Sé lo suficiente como para saber que el amor no se planifica. Y sé lo suficiente como para saber que, si sigues así, vas a acabar como yo: sentada en una silla, viendo cómo el vestido perfecto se queda colgado en un armario mientras te preguntas dónde te equivocaste.

El silencio se alargó. La dependienta había desaparecido discretamente, dejándonos solas con el espejo y la verdad.

—No quiero eso —dije al fin, y mi voz era apenas un susurro.

—Pues entonces deja de planificar la boda y empieza a planificar la vida. —Diana puso una mano en mi hombro—. Habla con él. No de flores ni de menús. De vosotros.

—¿Y si no le gusta lo que oye?

—Si no le gusta, mejor saberlo ahora que dentro de un año.

No supe qué responder. El vestido de novia, que hacía un minuto me parecía una armadura, ahora se había convertido en una jaula de encaje y tul. Me apretaba el pecho, me oprimía los hombros, me recordaba que estaba a punto de casarme con un hombre que no entendía mi necesidad de orden.

—Voy a cambiarme —dije.

—Buena idea. —Diana recogió su bolso—. Terminemos con los recados y volvamos a la finca. Tienes que poner tierra de por medio con ese chico.

—

El viaje de vuelta fue silencioso. Diana conducía con una mano en el volante y la otra sosteniendo un cigarro electrónico que soltaba nubes de vapor con sabor a fresa.

Yo miraba por la ventanilla, viendo cómo el paisaje urbano se transformaba en campo abierto, cómo el cielo gris se iba cerrando poco a poco.

—Mira —dijo Diana, señalando el horizonte—, la tormenta.

Seguí su mirada. Una masa de nubes negras avanzaba desde el este, lenta pero implacable, cubriendo el azul como una manta sucia. El viento empezaba a levantar hojas secas del asfalto, y los primeros goterones golpearon el parabrisas cuando tomamos la desviación hacia la finca.

—Menos mal que Rebeca nos avisó —dije, y la palabra «Rebeca» me supo rara en la boca. Ya no era una amenaza, sino una aliada inesperada.

—Sí —dijo Diana, con un tono que no dejaba claro si era aprobación o simple constatación—. Menos mal.

Llegamos a la finca cuando la lluvia empezaba a arreciar. El viento azotaba los almendros, y las flores silvestres del jardín se aplanaban contra el suelo. Los operarios habían colocado lonas sobre las mesas de la terraza, y el oficiante corría hacia el interior con sus papeles bajo el brazo.

Aparcamos junto a la entrada principal, y mientras Diana recogía su bolso del asiento trasero, yo busqué el móvil en la guantera para llamar al florista.

—Mierda —dije.

—¿Qué?

—Que el mío se ha quedado sin batería. —Le di la vuelta al teléfono, pero la pantalla seguía negra a pesar de mis intentos por encenderlo—. Tengo que contactar con el proveedor de las flores para confirmar la hora de entrega de mañana.

—Usa el mío —dijo Diana, ofreciéndomelo.

—No, no tengo el número en la cabeza. Está en la agenda del mío. Y ahora no puedo acceder.

Bajamos del coche y cruzamos corriendo el camino de grava, esquivando charcos que empezaban a formarse. La lluvia nos empapó en los pocos segundos que tardamos en llegar al porche.

—Voy a ver si Camilo está en la habitación —dije, quitándome la chaqueta empapada—. Él tiene el cargador universal.

Diana asintió y se dirigió hacia la cocina, donde se oían voces y el tintineo de las tazas. Yo subí las escaleras con paso rápido, dejando un rastro de gotas sobre la madera.

La puerta de la habitación de Camilo estaba entreabierta. Lo vi dentro, sentado en el borde de la cama, con la cámara en las manos y la mochila de lona abierta a sus pies. Revisaba las fotos del día, pasando el dedo por la pantalla con una sonrisa ausente.

—Camilo —dije, empujando la puerta—. ¿Tienes el cargador universal? El mío se ha quedado sin batería y necesito llamar al florista.

Levantó la cabeza, y su sonrisa se amplió al verme.

—Claro, toma. —Rebuscó en la mochila y sacó un cargador negro, enredado en su propio cable—. Usa el mío. El mío se ha quedado sin batería también, pero el cargador funciona.

Me tendió el móvil sin dudarlo. Sin preguntar para qué lo necesitaba. Sin mostrar ningún tipo de recelo. Un gesto de confianza plena, de esas confianzas que solo se tienen con alguien a quien no se oculta nada.

O quizá con alguien que no tiene nada que ocultar.

—Gracias —dije, cogiendo el teléfono—. Enseguida te lo devuelvo.

—Tómate el tiempo que necesites. —Se levantó y se estiró, crujiéndole los huesos—. Voy a bajar a por un café. ¿Quieres?

—Sí, por favor.

Salió de la habitación con paso ligero, silbando una canción que no reconocí. Me quedé sola, con su móvil en la mano, la pantalla aún caliente por el uso.

Lo desbloqueé sin problemas —conocía su patrón de desbloqueo desde el primer mes de relación, una tontería de esas que se saben sin pensar— y abrí la agenda de contactos.

Busqué el nombre del florista: «Verónica - Flores del Puerto».

Lo encontré en la letra V, junto a otros contactos que no me paré a leer.

Marqué el número, esperé, y cuando Verónica contestó, acordamos la entrega para las ocho de la mañana, justo antes de que empezara la ceremonia. Todo en orden. Todo bajo control.

Colgué. Iba a cerrar la agenda cuando mi dedo, en un movimiento casi involuntario, se deslizó hacia la pantalla de inicio. Y allí, entre las aplicaciones de fotografía y música, vi un icono que conocía bien: la app de notas.

No pensé en abrirla. De verdad que no. Pero entonces vi el título de la primera nota, el que aparecía en la vista previa: «La jaula de la novia perfecta».