Un desastre llamado Amor Capítulo 8 Lo que esconde el móvil #2
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Capítulo 8 Lo que esconde el móvil #2

—No deberías —me dije en voz baja, pero mi dedo ya había tocado la pantalla.

La nota se abrió.

La jaula de la novia perfecta

Ella se mueve por la vida como si todo fuera un decorado. Cada gesto medido, cada palabra ensayada, cada sonrisa colocada en el lugar exacto. A veces me pregunto si soy su prometido o su proyecto estrella.

Hoy, en el ensayo, me pidió que leyera los votos. «Por si acaso», dijo. «Por si los nervios te traicionan». No entendió que lo que me traiciona no son los nervios, es la certeza de que lo que ella quiere oír no es lo que yo quiero decir.

Me observa. Me corrige. Me ajusta la chaqueta cuando cree que no miro. Me dice qué color me sienta mejor, qué palabras usar en el discurso, a qué hora tengo que estar en cada sitio. Y yo me dejo. Porque es fácil dejarse, porque es cómodo, porque así no tengo que pensar.

Pero a veces me despierto por la noche y la miro dormir, y me pregunto si ella se casa conmigo o con la idea de mí. Si soy real para ella o solo una pieza más en su engranaje perfecto.

Hoy he visto cómo miraba a Rebeca. No era celos. Era miedo. Miedo de que alguien más ocupara el espacio que ella cree que le pertenece. Pero el espacio no se posee, se habita. Y a veces siento que ella no habita nuestra relación, solo la gestiona.

No sé si esto es amor o es un contrato. No sé si soy su pareja o su cliente. No sé si cuando me mira ve a Camilo o ve al novio perfecto que ha diseñado en su cabeza.

Y lo peor de todo es que no sé si tengo el valor de preguntárselo.

—Vale, Camilo. Me has calado. —Murmuré hacia la pantalla, y mi voz sonó ridícula en la habitación vacía—.

Soy una obsesa del control. Pero, ¿un contrato?

Eso es un poco dramático, ¿no? Podrías haber dicho «proyecto de fin de carrera» o «máster en gestión de relaciones».

Pero no. Contrato. Menos mal que no escribió «cárcel».

La imagen de mí misma con un uniforme de carcelera y un manojo de llaves me arrancó una risa amarga. Una risa que se me atragantó en la garganta cuando volví a leer el final.

No sé si esto es amor o es un contrato.

—Joder, Camilo —suspiré—. Siempre tan directo.

Cerré la nota con un movimiento brusco. La pantalla volvió al menú de inicio, y durante un largo segundo me quedé mirando el fondo de pantalla: una foto de los dos, en la playa, riendo, con el pelo mojado y la arena pegada a la piel. Una foto feliz. Una foto que ahora me parecía un decorado.

—¿Marina?

La voz de Camilo llegó desde la puerta. Levanté la cabeza, y lo vi allí, con una taza humeante en cada mano, una sonrisa en la cara.

—¿Has podido llamar al florista?

—Sí —dije, y mi voz sonó extraña, como si perteneciera a otra persona—. Todo bien.

—Genial. —Se acercó y me tendió una de las tazas—. Toma, café con leche. Sin azúcar, como a ti te gusta.

Cogí la taza. Mis dedos rozaron los suyos, y noté el calor de su piel, la misma piel que había escrito aquellas palabras, la misma mano que había tecleado «La jaula de la novia perfecta».

—Gracias —dije, y la palabra me supo a ceniza.

—¿Estás bien? —preguntó, inclinando la cabeza—. Tienes mala cara.

—Sí, solo cansada. —Forcé una sonrisa, la misma que había ensayado frente al espejo durante años, la que ponía cuando un cliente me decía que el color de las servilletas no combinaba—. Han sido dos días muy intensos.

—Pues descansa. Mañana es el gran día. —Me besó en la frente, un gesto rápido y cariñoso, y luego se giró hacia la puerta—. Voy a bajar a ayudar con los preparativos. ¿Te quedas aquí?

—Sí, voy en un momento.

Salió, y yo me quedé sola en la habitación, con la taza humeante en la mano y el peso de sus palabras aplastándome el pecho.

Me senté en el borde de la cama. El colchón crujió bajo mi peso. La lluvia golpeaba la ventana con furia, y el viento silbaba entre las rendijas de la madera.

—Vale, Marina, respira. No eres una heroína de thriller. Eres una wedding planner con un problema de exnovias y un mensaje de texto. Bueno, una nota. Una nota que te describe como una carcelera. Genial.

Apoyé la cabeza en las manos. La taza se enfriaba lentamente.

—Tiene razón, la muy cabroncete. Lo he observado, corregido, ajustado. Lo he metido en mi plan maestro sin preguntarle si quería estar allí. Lo he convertido en una pieza más de mi engranaje perfecto, y él se ha dejado, porque es fácil, porque es cómodo, porque así no tengo que pensar.

Pero ¿y yo? ¿Qué había hecho yo?

Había construido una boda perfecta alrededor de un vacío. Y ahora el vacío me devolvía la mirada desde las palabras de Camilo, desde el blog que nunca debí leer, desde la verdad que siempre había estado ahí, esperando a que tuviera el valor de mirarla.

Dejé el móvil sobre la mesilla, como si quemara, pero antes de soltarlo la pantalla se iluminó con una llamada entrante: «Aurora Valencia». Sin pensarlo, pulsé el botón de ignorar. Una llamada perdida de Aurora. Mi estómago se contrajo. Aurora estaba cerca.

—La jaula de la novia perfecta —repetí en voz alta, y la frase sonó a sentencia—. Y yo, sin saberlo, era la carcelera.

La taza de café se enfriaba lentamente. La lluvia seguía cayendo. Y yo, sentada en el borde de la cama de mi prometido, sentí que el suelo se abría bajo mis pies. Pero en lugar de dejarme caer, me enderecé y suspiré.

—Vale, mañana hablamos. O mejor, ahora. Pero primero, un café bien caliente y una ducha. Y luego, una conversación de esas que cambian bodas o las cancelan.

El móvil vibró sobre la mesilla. Un mensaje de Diana: «¿Qué haces? Baja, que tu madre está ensayando el número otra vez y necesito testigos para el juicio.»

Sonreí a medias.

—Allá voy —dije, y mi voz sonó más firme de lo que esperaba.

Guardé el móvil en el bolsillo, recogí la taza fría, y bajé las escaleras con pasos lentos, pero decididos.

La jaula de la novia perfecta.

Quizá ya era hora de abrir la puerta.