Un desastre llamado Amor Capítulo 7 La calma antes del huracán II
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Capítulo 7 La calma antes del huracán II

U n golpe en la puerta. Tan suave que lo confundí con el viento.

Me senté en el borde del colchón, la taza de café frío aún entre los dedos. Fijé la vista en una mancha de humedad junto al marco de la ventana. Sin verla realmente.

El segundo golpe fue más firme.

—¿Marina?

La voz de Rebeca atravesó la madera. Ni melosa ni teatral: solo su voz, esa que siempre sonaba como si estuviera diciendo la verdad aunque doliera.

No respondí. El pomo giró y la hoja se abrió despacio. Asomó la cabeza, la melena pelirroja recogida en una coleta deshecha, y me encontró allí, sin haberme movido del sitio.

—Parecías necesitarlo —dijo, levantando un termo plateado que sostenía en la mano derecha—. El jengibre sienta bien antes de una tormenta.

No esperó a que la invitara. Entró, cerró la puerta tras de sí y se sentó en el borde del colchón, a un metro de mí. Dejó el recipiente en la mesilla y empezó a desenroscar la tapa con una naturalidad que me desarmó.

—¿Cómo sabías que estaba aquí? —pregunté, y la voz me salió ronca, como si llevara horas sin usarla.

—Diana me dijo que habías subido. —Rebeca llenó la tapa del termo con un líquido humeante y me lo tendió—. Toma. Sin azúcar. He visto cómo tomas el café.

Tomé la tapa. El calor me quemó las yemas de los dedos, pero no la solté. El aroma a jengibre y limón me llegó directo a la nariz, y por un momento sentí que la opresión del pecho cedía un milímetro.

—¿Qué querías? —dije, y la pregunta salió más cortante de lo que pretendía. Pero no podía evitarlo. Allí estaba ella, sentada en mi cama, con su termo de té y esa sonrisa tranquila, y yo seguía sin saber si era amiga o enemiga.

Rebeca no se ofendió. Se recostó sobre las manos, estiró las piernas y me miró con esos ojos azul claro que parecían ver a través de las mentiras.

—Quería decirte que siento lo de anoche. No era mi intención opacarte.

La frase me pilló desprevenida.

—¿Opacarme?

—En la cena. El brindis. —Rebeca inclinó la cabeza—. No pretendía robarte el protagonismo. Solo quería aliviar la tensión. Pero vi tu cara cuando terminé. Y supe que lo había hecho mal.

Abrí la boca para negar, pero ninguna palabra salió de mis labios.

Recordé la tarde en que habíamos sujetado juntas la carpa bajo la lluvia, el viento tirando de las cuerdas.

Fue entonces cuando descubrí que Rebeca no era mi enemiga.

Porque tenía razón. Había visto mi cara.

Había percibido la sonrisa congelada, la copa apretada contra los dedos, la forma en que me había retirado a la barra como quien se retira a lamer sus heridas.

—No fue tu culpa —dije al fin, y la frase me supo a derrota—. Fue mía. Por no saber gestionarlo.

—No se gestiona el protagonismo, Marina. Se comparte. —Rebeca bebió un sorbo de su té, directo del termo, sin afectación—. Y anoche no supe compartirlo bien. Por eso estoy aquí.

Me quedé mirando el líquido humeante en la tapa-taza. Pequeñas virutas doradas flotaban en la superficie. Sentía el calor en las manos, pero también el peso de las palabras que acababa de soltar.

—No tienes que disculparte —dije, y era cierto—. El brindis fue bonito. Sincero. No es tu culpa que yo esté... —busqué la palabra—. Así.

—¿Así cómo?

—Así. —Señalé con la mano la habitación, la cama deshecha, el café frío, y yo misma—. Rota. Confusa. A punto de explotar.

Rebeca sonrió. No una sonrisa burlona. Era la mueca de quien ha estado exactamente donde yo estaba ahora.

—¿Sabes qué? —dijo, dejando el termo sobre la mesilla—. Yo también estuve así. Hace un año. Cuando Aurora empezó a hacerme la vida imposible.

El nombre cayó en la habitación como una piedra. Las ondas se expandieron, y yo sentí que algo se tensaba en mi pecho.

—¿Aurora?

—Mi ex socia. —Se giró hacia mí, y su mirada se volvió más seria—. La dueña del número desde el que te han llegado los mensajes.

Apreté los dedos alrededor de la tapa del termo. No era una pregunta. Era una afirmación.

—Lo sé. He rastreado el número. —Mi voz salió firme, más firme de lo que me sentía—. Es de Aurora Valle. ¿Por qué no me lo dijiste?

Rebeca parpadeó. Por primera vez desde que había entrado, la vi perder el equilibrio. Su sonrisa se desvaneció, y en sus ojos azules apareció culpa, clara como un titular.

—¿Cómo lo has encontrado?

—Llamé al número. Una mujer respondió con una risa y colgó. Después investigué. No soy meteoróloga, pero sé buscar en internet. —Dejé la tapa sobre la mesilla con un golpe seco—. Aurora Valle aparece en los registros de tu antigua consultoría. Sois las únicas dos socias. No hizo falta ser un genio.

El silencio duró tres respiraciones. Rebeca bajó la mirada, y por un momento vi a otra mujer: no la versión segura y serena que me había encontrado en la cafetería, sino alguien que arrastraba un peso que no sabía cómo soltar.

—Tenía que decírtelo —dijo al fin, y su voz se hizo más pequeña—. Iba a hacerlo. Pero no sabía cómo. No quería que pensaras que traía problemas a tu boda.

—Pues los has traído igual.

—Lo sé. —Rebeca se pasó la mano por el pelo—. Aurora fue mi socia en un proyecto de consultoría ambiental. Trabajamos juntas tres años. Al principio era genial, pero luego... se obsesionó. Conmigo. Con mi vida. Con mi felicidad.

—¿Qué quieres decir?

—Que cuando terminamos la sociedad, no lo aceptó.

Empezó a llamarme, a enviarme mensajes, a presentarse en sitios donde sabía que iba a estar.

—Rebeca hablaba con calma, pero sus dedos jugaban con el borde del termo—.

Luego conoció a Camilo, y cuando supo que éramos pareja, se volvió más intensa.

Creo que pensaba que si yo no era feliz, ella podría... no sé, recuperar algo.

—¿Y por qué me envía mensajes a mí?

—Porque ahora soy feliz. —Rebeca me miró fijamente—. Y quiere hacerme daño a través de ti. Sabe que si siembra la duda en tu cabeza, si consigue que desconfíes de Camilo, me hará daño a mí también.

No dije nada. Todo empezaba a tener sentido, aunque dolía. Mi odio, mi paranoia, todos los celos que había acumulado durante los últimos días... los había alimentado una mujer a la que ni siquiera conocía.

—¿Y Camilo lo sabe? —pregunté, y mi voz salió pequeña.

Rebeca negó con la cabeza.

—No. No quería preocuparlo. Y tampoco quería que pensara que seguía arrastrando problemas del pasado. —Hizo una pausa—. Pero tú mereces la verdad. No podía dejar que siguieras pensando que había algo entre Camilo y yo.

—No pensaba eso.

—Sí lo pensabas. —Rebeca sonrió, sin rencor—. Y es normal. Es tu boda. Llevas meses planificando cada detalle, y de repente aparece la exnovia de tu prometido con problemas a cuestas. Cualquiera se volvería paranoica.

Su sinceridad me hizo bajar la guardia. No había acusación en sus palabras, solo comprensión. Como si supiera exactamente lo que se sentía estar en mi lugar.

—He estado tan ciega —dije, y las palabras escaparon solas—. Tan ofuscada por los celos que no vi lo que tenía delante.

—No es ceguera. Es miedo. —Rebeca se inclinó hacia delante, apoyando los codos en las rodillas—. El miedo a no ser suficiente, a que alguien mejor llegue y te quite lo que has construido. Lo conozco bien.

—¿Tú también lo has sentido?

—Claro. —Se rió, pero era una risa triste—. Cuando Aurora empezó con sus mensajes, yo estaba a punto de casarme. Con otro hombre, no con Camilo. Y los mensajes me hicieron dudar. Me hicieron pensar que no merecía ser feliz, que él se merecía una persona mejor que yo.

—¿Y qué pasó?

—Que cancelé la boda. —Rebeca se encogió de hombros—. No por los mensajes, sino porque me di cuenta de que no confiaba lo suficiente en mí misma como para sostener una relación. Necesitaba aprender a estar sola primero.

Sus palabras chocaron contra mí. Ahora entendía por qué Rebeca era tan directa, tan honesta, tan dueña de sí misma. No porque la vida le hubiera sonreído siempre, sino porque había aprendido en carne propia.

—¿Y ahora? —pregunté.

—Ahora estoy bien. —Su sonrisa era genuina—. Aurora sigue mandando mensajes de vez en cuando, pero he aprendido a ignorarlos. Y cuando supe que te estaba acosando a ti, supe que tenía que decírtelo. No podía dejar que mi pasado arruinara tu futuro.

Me quedé mirando el té, que empezaba a enfriarse. Las virutas de jengibre se habían posado en el fondo. Todo el caos de los últimos días empezaba a ordenarse, pero no era un alivio limpio. Era un alivio agridulce, mezclado con vergüenza.

—He sido una idiota —dije en voz baja.

—No. Has sido humana. —Rebeca estiró la mano y la apoyó sobre mi brazo. Su palma estaba caliente sobre mi piel—. Y ahora sabes la verdad. Depende de ti qué haces con ella.

—¿Qué debería hacer?

—No lo sé. —Rebeca retiró la mano—. Pero si yo estuviera en tu lugar, hablaría con Camilo. Le contaría todo. Y luego decidiría si quiero seguir adelante con la boda o si necesito más tiempo.

—El tiempo se acaba.

—El tiempo siempre se acaba. —Rebeca se levantó, recogió el termo y se dirigió hacia la puerta—. Pero las decisiones importantes no se toman con prisas. Se toman con calma. Aunque todo se esté cayendo a tu alrededor.

Se detuvo en la puerta, la mano ya en el pomo, y se giró hacia mí.

—Una última cosa. Aurora es una manipuladora, pero no es una mentirosa. No te ha enviado nada que no tenga un fondo de verdad. —Hizo una pausa—. La duda que sembró en ti ya estaba ahí. Ella solo la abonó.

Y salió.

Me quedé sola en la habitación, con el té frío en las manos y las palabras de Rebeca resonando en mi cabeza. Afuera la tormenta seguía golpeando los cristales, pero dentro de mí encontré un espacio en calma.

No sabía si podía confiar en ella del todo. Pero sabía que lo que me había dicho era verdad. La paranoia, los celos, el miedo... ya estaban ahí antes de que llegaran los mensajes. Aurora solo los había removido.

Me levanté y me acerqué a la ventana. La lluvia arreciaba, cegando los cristales, pero entre las cortinas de agua creí distinguir una silueta junto al almendro más cercano.

El pelo oscuro, la misma gabardina negra de la foto que Rebeca me había enseñado en su móvil.

Se me cortó la respiración. No podía ser.

Pero la figura se movió. Un paso lateral, lento, como si supiera que la estaba observando. Luego desapareció tras el tronco.

Me quedé mirando el punto vacío, notaba el pulso en las sienes. Aurora estaba allí. En la finca.

Y ahora, con la verdad en las manos, tenía que decidir qué hacer con ella.