Capítulo 6 El ensayo general del caos #2
—¡Claro que es justo! —Di un paso adelante, y mi dedo índice se levantó señalándolo—.
Tú sabías que yo era así cuando me pediste que me casara contigo.
No te he ocultado nada. Soy una wedding planner.
Organizo bodas. Es mi trabajo. Y tú, desde el principio, has estado en tu mundo de fotografía, de espontaneidad, de «lo importante es el amor».
¡Y está bien! ¡Pero necesito un mínimo de estructura!
¡Necesito saber que no voy a estar sola en esto!
—¿Sola? —Camilo rió, una risa amarga—. ¿Tú crees que estoy aquí? ¿Crees que he estado estos seis meses? Porque yo sí estaba. Pero tú no me dejabas estar. Tú lo hacías todo. Tú planificabas. Tú decidías. Yo solo era un accesorio en tu boda perfecta.
—¡No eres un accesorio!
—Pues a veces me siento como uno. —Se pasó la mano por el pelo, agitando los rizos negros—. Ayer, en la cena, cuando se cayeron los macarons, no te importó que yo estuviera bien. Te importó que la torre se hubiera roto. Me miraste como si yo hubiera arruinado tu plan.
—¡Porque lo hiciste!
—¡Fue un accidente!
—¡Y yo vivo de que no haya accidentes!
El grito vibraba en el aire. Hasta el viento se quedó quieto un instante.
Me quedé mirando a Camilo, con la respiración entrecortada, las manos temblorosas. Y en su rostro vi algo que no había visto antes: una grieta. Una pequeña fisura en su fachada de despreocupación.
—Marina —dijo, y su voz era ahora un susurro—. No quiero pelearme contigo. Solo quiero que entiendas que esto —señaló el altar, las sillas, las flores— no es lo importante. Lo importante es lo que hay entre nosotros. Y si lo que hay entre nosotros es solo un planning, entonces...
No terminó la frase. No hizo falta.
El silencio se alargó, denso, apretándome el pecho.
—Quizá deberíais respirar —dijo una voz.
Me giré. Rebeca estaba de pie junto a la pérgola, con los brazos cruzados y una expresión neutral en el rostro. No había intervenido hasta ahora, pero su presencia era imposible de ignorar.
—Tú no tienes vela en este entierro —dije, y mi voz sonó más cortante de lo que pretendía.
Rebeca no se inmutó. Sostuvo mi mirada con esa calma suya, esa que siempre me hacía sentir que ella tenía una ventaja que yo no.
—Lo sé —respondió—. Pero a veces hace falta una perspectiva externa. Y desde fuera, veo a dos personas que se quieren pero que no se están escuchando.
—Nos estamos escuchando perfectamente —dijo Camilo, con un tono que pretendía ser conciliador pero que sonó a rendición.
—No —dijo Rebeca—. Se están gritando. No es lo mismo.
Apreté los labios. Tenía razón, pero no iba a admitirlo. No delante de ella.
Julia, que había estado observando la escena desde la distancia, se acercó con el altavoz en la mano.
—Bueno, bueno —dijo, con una sonrisa forzada que no lograba ocultar su incomodidad—. Creo que todos necesitamos un momento. ¿Por qué no hacemos una pausa? Yo puedo ensayar mi entrada mientras vosotros...
—Mamá, ahora no.
—Pero si solo es un momento...
—¡Mamá, ahora no!
Julia dio un paso atrás, ofendida. Luego, sin decir nada, se giró y se alejó hacia la terraza, donde el oficiante seguía esperando con sus papeles.
Diana apareció entonces, saliendo de la casa con dos tazas de café en las manos. Se detuvo al verme, evaluó la situación con una mirada rápida, y luego se acercó lentamente.
—¿Qué me he perdido? —preguntó, entregándome una de las tazas.
—Todo —respondí, bebiendo un sorbo de café. Estaba caliente, amargo, exactamente como me gustaba—. Nos hemos gritado.
—¿Y?
—Y ha sido horrible.
Diana me miró fijamente. Luego, sin decir nada, me tomó del brazo y me condujo hacia el borde de la finca, donde los almendros se alineaban formando un pequeño bosque.
—Ven —dijo—. Necesitas alejarte un momento.
Me dejé llevar. Mis piernas se movían solas, mientras el café se enfriaba lentamente en mi mano. Cuando llegamos a un banco de piedra bajo un almendro, Diana me indicó que me sentara.
—Vale —dijo, sentándose a mi lado—. Ahora dime. ¿Estás segura de esto?
La pregunta se posó entre nosotras como una piedra.
—¿El qué?
—Todo. La boda. Camilo. El vestido blanco, el altar, los votos. ¿Estás segura de que quieres esto?
La miré. Sus ojos grises me devolvían la mirada, y en ellos vi algo que no había visto antes: preocupación. Preocupación de verdad, no el cinismo habitual que usaba para protegerse.
—No lo sé —dije, y la honestidad de mis propias palabras me sorprendió—. Creía que lo sabía. Pero ahora...
—Ahora ves que no es tan sencillo.
—Ahora veo que no nos conocemos tanto como creía. —Apoyé la cabeza en las manos—. Diana, hemos estado juntos tres años. ¿Cómo es posible que no supiera que él sentía que era un accesorio?
—Porque él nunca te lo dijo.
—¿Y por qué no?
—Porque a veces es más fácil callarse que enfrentar las cosas. —Diana bebió un sorbo de su café—. Yo lo hice durante años con Alberto. Callaba. Sonreía. Fingía que todo estaba bien. Hasta que un día explotó.
—¿Y qué pasó?
—Que explotó. Y cuando explotó, ya era demasiado tarde. —Me miró—. No quiero que te pase lo mismo.
—¿Crees que esto es demasiado tarde?
Diana guardó silencio un momento. Luego, suspiró.
—No lo sé. Pero si no habláis ahora, antes de la boda, mañana será demasiado tarde. Porque una boda no arregla nada. Solo pone un marco bonito alrededor de los problemas.
Miré al frente. A lo lejos, veía a Camilo hablando con Rebeca bajo la pérgola. No sé de qué hablaban, pero él gesticulaba con las manos, y ella asentía con la cabeza. Cerca. Cómplices.
—Ella siempre está ahí —dije, y mi voz sonó pequeña.
—¿Rebeca? —Diana siguió mi mirada—. No creo que sea por maldad.
—Lo sé. Es peor. Es porque es buena. Y natural. Y no necesita planificar nada para que la vida le sonría.
—Marina...
—Es cierto. —Me levanté, y el café casi se derramó por el borde de la taza—. Ella es todo lo que yo no soy. Y él lo sabe. Y ella lo sabe. Y yo lo sé.
—¿Y qué vas a hacer al respecto?
No respondí. Me quedé mirando el cielo, cubierto de nubes grises que avanzaban lentas desde el horizonte. La tormenta se acercaba. No la del cielo, sino la de mi cabeza.
La tormenta perfecta.
Diana se levantó y puso una mano en mi hombro.
—Mira —dijo, señalando hacia la pérgola—. Allí está él. Y allí estás tú. Y entre vosotros solo hay espacio para lo que queráis poner. Pero si no ponéis nada, se llenará de silencio.
Miré a Camilo. Seguía hablando con Rebeca. Pero en ese momento, como si hubiera sentido mi mirada, levantó la cabeza y me miró.
Durante un largo segundo, nuestros ojos se encontraron a través del jardín.
Y en ese segundo, supe que tenía que tomar una decisión.
Pero no sabía cuál.
La tormenta se cernía sobre nosotros, y yo no sabía si quería refugiarme o dejarme arrastrar por ella.