Un desastre llamado Amor Capítulo 6 El ensayo general del caos
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Capítulo 6 El ensayo general del caos

E l viento me azotó la cara cuando salí del coche, llevándose consigo los restos de la resaca moral de la noche anterior.

La finca El Almendro se extendía ante mí como un decorado de teatro a punto de ser desmantelado: los almendros se inclinaban bajo las ráfagas, las flores silvestres del jardín se aplanaban contra el suelo, y los manteles blancos que los operarios habían colocado sobre las mesas de la terraza ondeaban como banderas de rendición.

Oí el viento silbar entre las ramas, vi cómo agitaba mi propio pelo suelto —no había vuelto a recogérmelo desde que me quité las horquillas en el baño del restaurante—, y sentí el frío de la mañana meterse por el cuello de la chaqueta. No había dormido en toda la noche.

El oficiante me esperaba bajo la pérgola, un hombre de sesenta años con gafas de pasta y una paciencia que parecía haber entrenado durante décadas de bodas.

Llevaba una chaqueta de tweed que contrastaba con el ambiente campestre, y sostenía un ejemplar de los votos protocolarios con la mano izquierda.

—Buenos días, Marina —dijo, con una sonrisa profesional—. ¿Preparada para el ensayo?

—Sí —respondí, y mi voz sonó más firme de lo que me sentía—. Solo faltan algunos. Ya llegarán.

Miré el reloj. Las diez y cinco. Camilo había dicho que estaría aquí a las diez. Rebeca había ofrecido acercarlo, porque él había dejado el coche en el taller y ella pasaba por la zona. Rebeca pasaba por la zona. Por supuesto que pasaba.

Apreté la mandíbula y empecé a recolocar las sillas que rodeaban el altar, aunque estaban perfectamente alineadas. Las moví y las devolví a su sitio.

—Marina —dijo el oficiante, con un tono que pretendía ser tranquilizador—, las sillas están bien.

—Ya lo sé —respondí, sin dejar de ajustar la tercera fila—. Pero la perspectiva desde el altar no es la misma. Si el invitado de la esquina tiene que girar el cuello para verme, la foto no saldrá bien.

—La foto la hará el fotógrafo, no el invitado.

—El fotógrafo no puede estar en todas partes.

El oficiante me miró con una mezcla de comprensión y resignación, y yo seguí moviendo sillas hasta que oí el motor de un coche acercándose por el camino de grava.

Me giré. Un Seat blanco se detuvo junto a la entrada de la finca.

Del asiento del conductor bajó Rebeca, con su melena pelirroja recogida en una coleta y sus gafas de sol colgando del cuello.

Del asiento del pasajero bajó Camilo, con su mochila de lona al hombro y una sonrisa que se desvaneció en cuanto me vio.

—Buenos días —dijo, acercándose—. ¿Llevas mucho esperando?

—No —mentí—. Acabo de llegar.

Rebeca se acercó también, con esa seguridad suya que siempre me hacía sentir que yo era la invitada en mi propia vida.

—¿Necesitas ayuda con algo? —preguntó, señalando las sillas.

—No, está todo controlado.

—Claro. —Sonrió, pero su sonrisa no era burlona, solo comprensiva. Y eso era peor.

Camilo se plantó frente a mí, metió las manos en los bolsillos del pantalón y me miró con una expresión que no supe descifrar. Llevaba la misma camisa de ayer, arrugada, y tenía el pelo más alborotado de lo habitual.

—¿Dormiste bien? —pregunté, y la pregunta sonó más a acusación que a interés genuino.

—Regular —respondió él, encogiéndose de hombros—. La cama de la pensión donde me quedé era un poco dura. Pero bueno. ¿Y tú?

—No dormí.

—Ya.

Solo el viento rompía el silencio, agitando los manteles. Rebeca se había alejado discretamente hacia la terraza, donde el oficiante hojeaba sus papeles como si no quisiera presenciar la escena.

—Bueno —dije al fin, girándome hacia la pérgola—, empecemos. Mamá debería llegar en cualquier momento. Y Diana también.

—¿Y Rebeca? —preguntó Camilo, señalando con la cabeza hacia ella.

—Rebeca está invitada. Puede quedarse.

—Vale.

Asentí. Luego, sin mirarlo, me dirigí hacia el altar y empecé a recolocar las flores que el florista había dejado sobre la mesa.

Eran rosas de pitiminí, las que yo había pedido, no las peonías que Verónica quería colarme.

Pero estaban mal colocadas, torcidas, como si las hubiera puesto un aprendiz con prisa.

Las enderecé. Conté los pétalos caídos. Respiré hondo.

—Están bien así —dijo Camilo desde la entrada de la pérgola, y su tono no era de consuelo, sino de advertencia—. No hace falta recontarlas.

Y entonces oí la voz de mi madre desde la entrada de la finca.

—¡Ya estoy aquí! ¡Traigo el número preparado!

Me giré. Julia Cifuentes avanzaba por el camino de grava con la determinación de un general que entra en un campo de batalla. Llevaba un vestido de flores estampado —no el de las plumas, al menos—, y en la mano derecha sostenía un dispositivo Bluetooth que reconocí como su altavoz portátil.

—Mamá —dije, y mi voz sonó más cansada de lo que pretendía—. Buenos días.

—Buenos días, hija. —Me besó en la mejilla, y su perfume, el mismo de siempre, me golpeó con una familiaridad que debería haberme reconfortado pero que en ese momento solo me irritó más—.

He estado ensayando toda la noche. He ajustado la letra.

Ahora es más emotiva. Más sentida. Empieza con «hoy mi niña se casa, y el cielo llora de alegría... »

—Mamá, no va a llover.

—Es una metáfora, Marina. El cielo llora de emoción.

—Pues el cielo, según Rebeca, va a descargar una tormenta tropical. Así que la metáfora es demasiado literal.

Julia frunció el ceño, miró a Rebeca, que estaba apoyada en la barandilla de la terraza, y luego volvió a centrarse en mí.

—Bueno, da igual. Lo importante es que quiero marcar mi posición de entrada. ¿Dónde estaré?

Señalé un punto a unos diez metros del altar, detrás de las sillas de los invitados.

—Ahí. Entras cuando el oficiante diga «podéis presentar los votos». Pero solo entras, caminas, te sientas. Nada de coreografía.

—¡Pero si la coreografía es lo mejor!

—Mamá.

—Vale, vale. —Julia suspiró, pero se dirigió al punto indicado y empezó a ensayar su entrada, caminando con pasos medidos, como si estuviera en una pasarela de moda.

El oficiante carraspeó.

—Bueno, si todos están listos, podemos empezar con el ensayo de los votos. ¿Camilo? ¿Tienes preparado lo que vas a decir?

Camilo se encogió de hombros.

—Lo diré del corazón. Sin guion.

El oficiante parpadeó.

—¿Sin guion? ¿Ni siquiera un borrador?

—No. —Camilo metió las manos en los bolsillos—. Quiero que sea sincero. Espontáneo. No quiero leer un papel.

Sentí que algo se tensaba en mi pecho. Una cuerda fina, casi imperceptible, que empezaba a estirarse.

—Camilo —dije, esforzándome por mantener la calma—, necesitamos al menos un borrador. Por si te quedas en blanco. Por si los nervios te traicionan.

—No me voy a quedar en blanco.

—No lo sabes.

—Lo sé. —Me miró, y por primera vez desde que había llegado, vi en sus ojos algo que no era indiferencia. Era desafío—. Confía en mí.

—Confío en ti. Pero también confío en la planificación. Y la planificación dice que tener un borrador es lo sensato.

—Marina, no todo necesita un plan.

—Los votos sí.

—¿Por qué? —Su voz subió un tono—. ¿Por qué todo tiene que estar escrito, medido, controlado? ¿No puede haber espacio para lo espontáneo?

—¡Porque si no hay guion, puede pasar cualquier cosa!

—¡Y qué!

—¡Que no quiero que pase cualquier cosa! ¡Es mi boda!

El grito atravesó el silencio de la finca.

Me quedé paralizada, con las manos apretadas contra los costados, la respiración agitada. Camilo me miraba fijamente, y en sus ojos verdes vi algo que no había visto antes: decepción. O miedo. O las dos cosas.

—Tu boda —repitió, con una voz que había perdido toda calidez—. ¿Sabes qué, Marina? Llevamos seis meses planificando esto, y en todo este tiempo, no recuerdo ni una sola conversación sobre lo que significa para nosotros. Solo colores, flores, menús, sillas. Nunca hablamos de nosotros.

—Eso no es cierto.

—¿No lo es? —Dio un paso hacia mí—. Dime una cosa. ¿Por qué te casas conmigo?

La pregunta me pilló desprevenida.

—¿Qué?

—Que por qué te casas conmigo. Dímelo. Ahora. Sin pensar.

Abrí la boca. Las palabras se agolparon en mi garganta, pero no conseguían salir.

Porque en ese momento, con el viento azotándome la cara y su mirada fija en la mía, todas las respuestas que había ensayado sonaban a frases hechas.

«Porque te quiero.» «Porque eres la persona con la que quiero compartir mi vida.

» «Porque eres mi complemento.» Pero ninguna de esas frases parecía real.

Eran frases de manual, de tarjeta de felicitación, de post de Instagram.

—¿Ves? —dijo Camilo, con una tristeza que me dolió más que cualquier grito—. No lo sabes.

—Sí lo sé —dije, y mi voz sonó débil—. Solo que...

—¿Solo que qué? —Me interrumpió—. ¿Solo que tienes miedo? ¿Solo que prefieres controlar a sentir? ¿Solo que te da más miedo el caos de una boda improvisada que el hecho de casarte conmigo?

—¡No digas eso!

—¡Pues entonces demuéstramelo! —Su tono se volvió más alto, más desesperado—. ¡Deja de mover sillas, deja de ajustar flores, deja de planificar cada puto minuto y mírame! ¡Mírame de verdad!

Lo miré.

Y lo que vi fue a un hombre que temblaba. No de frío, no de viento. De rabia contenida. De frustración acumulada. De algo que llevaba mucho tiempo callado.

—No quiero una boda de postureo, Marina —dijo, y su voz se quebró ligeramente—.

No quiero un espectáculo para los invitados, no quiero fotos perfectas que no signifiquen nada.

Quiero casarme contigo. Contigo. Con la mujer que se ríe cuando yo hago el idiota, con la que me mira como si yo fuera un desastre pero su desastre.

Pero a veces siento que esa mujer se ha perdido en medio de las listas de tareas.

Sentí el suelo inestable bajo mis pies. Las palabras me golpeaban, ráfagas que no podía esquivar.

—¡Pues debiste pensarlo antes de proponérmelo a mí! —grité, y mi voz sonó más aguda de lo que quería—. ¡Sabías cómo soy! ¡Sabías que soy organizada, que me gusta tenerlo todo controlado! ¡No te he cambiado, Camilo! ¡Tú sabías a lo que venías!

—¡Eso no es justo!