Capítulo 5 La cena de los postres rotos
—B uenas noches a todos —dijo Camilo—. Su voz sonaba más grave de lo habitual, como si estuviera imitando a un presentador de galas benéficas—. Estamos aquí reunidos para celebrar... bueno, para celebrar que mañana me caso con la mujer más maravillosa del mundo.
Pausa. Sonrisa. Mirada hacia mí.
Yo devolví la sonrisa. La de manual. La que había ensayado frente al espejo durante años. La misma que ponía cuando un cliente me decía que el color de las servilletas no combinaba con el de los manteles.
—Marina es... —Camilo miró una tarjeta que había sacado del bolsillo de la chaqueta. La chaqueta que yo misma había planchado esa mañana y que él se había puesto a regañadientes—. Es una persona muy especial. Muy organizada. Muy... eficiente.
La palabra cayó en la mesa como un cubito de hielo en un vaso vacío.
Eficiente.
Mi sonrisa se tensó. Noté que los dientes se me apretaban, pero mantuve la compostura. Los invitados miraban, expectantes. Algunos sonreían con educación. Otros, los más cercanos a la familia, ya estaban mirando sus relojes.
—Nos conocimos hace tres años y medio, en la presentación de una exposición de fotografía.
Yo estaba con mis fotos del norte... las de los acantilados irlandeses, ¿os acordáis?
—Nadie se acordaba. Él siguió—: Y ella estaba allí, con una libreta, tomando notas sobre la disposición de las obras.
Pensé: «Qué curiosa. Tiene que ser lista. » Y lo era. Lo es.
Otra pausa. Otro vistazo a la tarjeta.
—Desde entonces, hemos compartido momentos inolvidables.
Hemos viajado, hemos reído, hemos discutido por los muebles del salón...
—Risa nerviosa de los invitados. Yo apreté la servilleta sobre mi regazo—.
Y ahora, mañana, damos el paso. El gran paso.
Ese del que todo el mundo habla pero que nadie sabe bien cómo se da.
Rebeca, sentada tres sillas a la izquierda de la mesa principal, inclinó la cabeza con una media sonrisa.
Esa sonrisa suya, la de «yo ya he oído esto antes y sé cómo termina».
Diana, a mi derecha, sorbía su vino con una lentitud que delataba que estaba contando los segundos.
Seguramente llevaba la cuenta de cuántas veces Camilo miraba la tarjeta.
—En fin —concluyó Camilo, levantando la copa—. Brindemos por Marina. Porque es la mujer que he elegido, y porque espero no cagarla demasiado.
Los invitados rieron. Algunos aplaudieron. Yo alcé mi copa con una mano que empezaba a temblar ligeramente y bebí un trago largo de vino blanco. El líquido frío me quemó la garganta. Un trago, dos, tres. El vino no arreglaba nada, pero al menos me daba algo que hacer con las manos.
—¿«Cagarla»? —susurró Diana inclinándose hacia mí—. Eso no es un brindis. Es una profecía.
—Cállate —susurré, manteniendo la sonrisa congelada—. Por favor, cállate.
—Solo digo...
—Diana.
—Vale, vale. Pero cuando mañana se caiga el pastel, no digas que no te avisé.
—Y ahora —continuó Camilo, dejando la copa—, creo que hay una sorpresa. ¿Julia?
Mi madre se levantó como impulsada por un resorte, con su vestido de plumas de avestruz que yo había visto dos horas antes y que, por supuesto, se había puesto a pesar de lo acordado.
Las lentejuelas del escote lanzaban destellos bajo las luces del restaurante, y las plumas se agitaban con cada paso que daba hacia el micrófono.
Parecía un flamenco en medio de una tormenta de purpurina.
—¡Gracias, Camilo! —exclamó, arrebatando el micrófono al camarero que intentaba desmontar el atril—. Damas y caballeros, soy Julia, la madre de la novia. Y he preparado algo especial para esta noche.
—Mamá —dije, pero mi voz quedó ahogada por los primeros acordes de una canción de los ochenta que empezó a sonar por los altavoces.
Julia comenzó a cantar. La letra era una adaptación cutre de un tema de Alaska, con frases como «mi niña se casa, qué orgullosa estoy, y aunque me duele el corazón, sé que será feliz».
Su voz impostada resonaba en toda la sala.
Los invitados se miraban unos a otros con sonrisas de cortesía.
Veía caras que ponían esa sonrisa de «qué bonito, qué emotivo» mientras los ojos decían «sálvese quien pueda».
Algunos acompañaban con palmas, pero era ese tipo de palmada que das cuando no sabes qué más hacer.
Enterré la cara en la copa de vino mientras la sangre me hervía en las mejillas.
Tuve que morderme el labio para no gritar.
Dios, qué fuerte. Mi madre, con plumas, cantando una versión pirata de Alaska.
Esto no me lo puedo ni imaginar. Y lo peor es que yo había accedido.
Bueno, había accedido a medias. Ella había utilizado a mi padre como chantaje emocional y yo había caído como una idiota.
—Es... única —murmuró Diana, con una sonrisa torcida.
—No digas nada.
—No voy a decir nada. Solo observo.
—Pues deja de observar.
—No puedo. Es como un accidente de tráfico. No puedo apartar la mirada.
La canción duró tres minutos que se me hicieron tres horas.
Julia movía las plumas, se llevaba la mano al pecho en los momentos de mayor intensidad, y cuando terminó, con un falsete que rozó lo desafinado, los invitados aplaudieron.
No era un aplauso entusiasta, era ese aplauso de compromiso, el que das cuando alguien termina un karaoke y quieres que se sienta bien pero en realidad solo quieres que se siente.
Vi sonrisas falsas, miradas que se cruzaban, algún que otro suspiro de alivio.
—¡Gracias, gracias! —Julia hizo una reverencia, y las plumas barrieron el aire—. Y ahora, para seguir con la fiesta, he preparado una coreografía con las damas de honor, pero Marina me ha dicho que no...
—Mamá. —Me levanté, y la silla chirrió contra el suelo. Apreté los párpados un segundo, como si pudiera borrar la imagen—. Creo que es momento de brindis, ¿no?
—¡Ah, sí! —Rebeca se levantó, con una copa en la mano, sin micrófono, sin aspavientos—. Yo quería decir algo, si me permitís.
Su voz natural, sin altavoz, atrajo la atención de la sala. No necesitaba impostarla. Cuando hablaba, la gente la escuchaba. Porque ella era genuina, auténtica, sin plumas ni coreografías. Y yo, desde mi asiento, sentí que la silla me quedaba enorme, y yo una niña pequeña vestida de novia.
—Llevo conociendo a Camilo desde hace ocho años —dijo, y un murmullo discreto recorrió la mesa—.
Y a Marina desde hace dos días. Pero a veces, dos días bastan para ver lo que otros no ven en ocho años.
—Su mirada se encontró con la mía, y por un momento sentí que me veía de verdad, con todo mi desorden interior—.
Esta pareja tiene algo especial. No es la planificación perfecta.
No es la boda de revista. Es la forma en que él la mira cuando ella no está mirando, y la forma en que ella sonríe cuando él hace el idiota.
Risas. Cálidas, auténticas. Diferentes a las de antes.
—El amor verdadero —continuó Rebeca— es el que sobrevive a la cena de ensayo. Y si ellos han sobrevivido a esta noche sin matarse, pueden sobrevivir a cualquier cosa.
Los invitados rieron de nuevo. Alguien gritó: «¡Brindis!»
Rebeca alzó la copa con una sonrisa limpia, sin doblez, y todos bebieron.
Camilo se acercó a la mesa, colocándose detrás de mi silla.
Sentí sus manos en mis hombros y, en lugar de relajarme, me puse tiesa.
Noté el calor de sus dedos a través de la tela del vestido, y tuve que tragar saliva con esfuerzo.
No era deseo, era tensión. Como si su tacto me recordara que estaba ahí, que era real, que mañana me casaría con él.
Y no sabía si eso me daba miedo o me daba rabia.
—¿Qué tal? —preguntó, inclinándose para besarme la mejilla. Su aliento olía a vino y a ese perfume suyo. —No ha sido mi mejor momento, lo sé —murmuró—. Pero es que con tantos ensayos, al final uno se olvida de ser él mismo. A veces preferiría que confiaras en mí para improvisar.
—Bien —dije, sin volverme—. ¿Tú?
—Bien. Aunque el discurso no ha sido mi mejor momento.
No, no lo había sido. Había sido plano, genérico, improvisado. Como si hubiera escrito un texto para una boda que no era la suya.
—Ha sido... —busqué una palabra amable—. Sincero.
Mentira. Pero ¿qué iba a decir? «Ha sido una mierda, Camilo. Has sonado como un robot leyendo un manual de instrucciones.»
—¿Crees que ha gustado?
—Claro.
Otra mentira. Pero él sonrió, satisfecho, y yo me odié por no haber sido honesta.
—Voy a pedir otra botella —dijo, soltándome los hombros—. ¿Tú quieres?
—Sí, otra botella.
Se fue hacia la barra. Yo me quedé mirando el mantel, las migas de pan, las copas a medio vaciar. El vino blanco, el tinto, el amargo. Todo sabía igual: a derrota.
Diana se inclinó hacia mí.
—¿Estás bien?
—Perfectamente.
—Mientes fatal, pero bueno.
—Diana.
—Vale, vale. —Apoyó la mano en mi brazo—. Solo recuerda que mañana es la boda. Puedes salir corriendo ahora, que aún estamos a tiempo.
—No voy a salir corriendo.
—Ya. Pues entonces sonríe. Que te están mirando.
Levanté la cabeza. Rebeca, al otro lado de la mesa, estaba hablando con la hermana de Camilo. Julia, eufórica, se sentó a mi izquierda y empezó a contarme cómo había ensayado la canción, cómo había elegido las notas, cómo había sido un éxito.
—Mamá, ha estado bien —dije, y fue la mentira más grande de la noche.
—¿Solo bien? ¡He metido un agudo que...
—Muy bien.
Julia no pareció notar mi tono. Siguió hablando, moviendo las plumas, disfrutando de su momento de gloria.
Y entonces ocurrió.
Camilo regresó con la botella de vino. Venía sonriendo, con esa sonrisa suya de niño travieso que siempre me había desarmado.
Pero al pasar junto a la mesa del postre —una torre de macarons de colores que habíamos encargado al mejor pastelero de Valencia—, su pie tropezó con el cable del equipo de sonido.
La torre se tambaleó.
Un segundo.
Dos.
Y luego, la estructura de seis pisos de macarons se derrumbó sobre el suelo de madera con un crujido sordo que se oyó en toda la sala.
Se hizo el silencio. El tipo de silencio que se oye.
Los macarons rodaban por el suelo: verdes, rosas, amarillos, amontonándose en un montón de migas y crema. El plato base, una fuente de porcelana blanca, se había partido en tres pedazos.
Camilo se quedó paralizado, con la botella en la mano y una expresión de terror en la cara.
—¡Mierda! —exclamó, dejando la botella en la mesa más cercana—. Lo siento, lo siento mucho. Ha sido sin querer.
Se agachó a recoger los macarons, pero solo consiguió aplastarlos más contra el suelo. La crema se le pegó a los dedos, y él soltó una risa nerviosa, una risa de «no sé qué más hacer».
—Déjalo —dije, levantándome—. Déjalo, ya lo limpian.
—Pero si los he tirado yo...
—Ya lo sé. Déjalo.
Mi voz sonó más cortante de lo que quería. Él levantó la mirada y me vio de pie, con la servilleta apretada en la mano, la cara blanca.
Los invitados cuchicheaban. Julia se había tapado la boca con las manos. Diana, con una sonrisa torcida, murmuró:
—Bueno, al menos no era el pastel de verdad.
Y yo, a pesar de todo, solté una risa amarga. Porque tenía razón. El pastel de verdad, el de mañana, aún no se había estrellado. Pero todo apuntaba a que lo haría.
—Marina... —empezó Camilo.
—Voy al baño —dije, y me giré antes de que nadie pudiera detenerme.
Caminé hacia el fondo del restaurante con pasos firmes, sorteando mesas, sorteando miradas, sorteando todo. Alguien me dijo algo al pasar, pero no lo oí. Solo oía el pulso golpeándome en las sienes.
El cuarto de baño estaba vacío, oliendo a ambientador barato y a jabón de manos. Me apoyé en el lavabo y me miré al espejo.
La mujer que me devolvía la mirada tenía el moño intacto, el maquillaje perfecto, los ojos secos. Pero por dentro notaba un temblor que empezaba en el estómago y me subía hasta la garganta.
—Eres una wedding planner —dije en voz baja, casi un susurro—. Organizas bodas perfectas para otros. Y la tuya es un desastre.
Abrí el grifo. Dejé correr el agua fría sobre mis muñecas. El contacto helado me devolvió a la realidad.
Entonces, sin pensarlo, me llevé la mano a la cabeza y me quité una horquilla del moño. La dejé caer al lavabo. El metal tintineó contra la porcelana.
Luego otra. Y otra.
El moño se deshizo, y el pelo me cayó sobre los hombros en ondas sueltas. Me miré al espejo. Parecía otra persona. Alguien más libre, más despeinada, más yo.
Me sequé las manos con una toalla de papel y respiré hondo. Una. Dos. Tres veces. Luego salí.
La sala seguía en el mismo estado de caos contenido. Los camareros recogían los restos de macarons. Camilo estaba de rodillas, ayudando, con las manos llenas de crema de colores. Y, a su lado, Rebeca lo ayudaba, riéndose de algo que él acababa de decir.
Se reían juntos. Cerca. Cómplices.
Tuve que tragar saliva, pero la garganta parecía de papel de lija.
—Marina —dijo Diana, apareciendo a mi lado—. Ven, siéntate.
—No.
—¿Cómo que no?
—No. Di un paso atrás. —Voy a la barra. Necesito un momento.
—Marina...
—Un momento, Diana. Solo eso.
Crucé la sala esquivando miradas, esquivando preguntas, esquivando todo. Me senté en un taburete de la barra, pedí una copa de vino tinto, y me quedé mirando el líquido oscuro mientras el hielo se derretía lentamente.
Detrás de mí, la música volvió a sonar. Alguien puso un hit de los noventa. Los invitados empezaron a bailar. Las risas llenaban el espacio, cálidas, despreocupadas.
Y yo, desde mi taburete, veía a Camilo y Rebeca limpiando juntos, riendo juntos, brillando juntos.
Y me preguntaba si aquello era celos o simplemente el final.
El vino estaba amargo. Pero no podía dejar de beber.