Un desastre llamado Amor Capítulo 4 El escenario de mamá
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Capítulo 4 El escenario de mamá

E l timbre de la casa de mi madre sonó con un chirrido metálico que me atravesó la nuca. Apreté el pulsador una segunda vez, y cuando la puerta se abrió, me golpeó una oleada de música ochentera mezclada con olor a pegamento caliente y purpurina.

Mi madre tenía el salón convertido en un taller de costura que hubiera explotado: plumas de avestruz por el suelo, patrones de papel clavados con chinchetas a las cortinas.

En el centro, frente al espejo de cuerpo entero que ocupaba toda la pared del fondo, Julia Cifuentes cantaba —gritaba, más bien— un tema de Alaska y Dinarama mientras se movía con una coreografía que parecía sacada de un videoclip de los ochenta.

Llevaba puesto el vestido. El de las plumas.

—¡Ay, si yo no pudiera bailar, amor, cómo me duele este tacón! —bramó, girando sobre sí misma con una precisión que solo veinte años de clases de jazz podían explicar.

Me quedé en el umbral, con la bolsa de la compra que había traído —una botella de vino y unas pastas compradas en una pastelería de camino— colgando de la mano, y observé la escena con la misma mezcla de fascinación y terror con que se observa un accidente de coche en cámara lenta.

—Mamá.

No me oyó. La música sonaba a todo volumen desde un altavoz portátil apoyado en la mesa del comedor, y ella seguía girando, moviendo las plumas como si fueran una extensión de su cuerpo, con una sonrisa de felicidad absoluta pintada en la cara.

—¡Mamá! —grité, esta vez más fuerte.

Julia se detuvo en seco. La música siguió sonando, pero ella se giró, y cuando me vio, su cara se iluminó como la de una niña que acaba de recibir un regalo inesperado.

—¡Marina, hija! —exclamó, abriendo los brazos de par en par—. ¡Justo a tiempo! Mira, tengo que enseñarte el número. Es increíble. He estado ensayando toda la tarde.

Cruzó el salón esquivando plumas y trozos de tela, y me agarró de la mano con una fuerza que no esperaba de una mujer de sesenta y tres años.

—Pasa, pasa. Siéntate. Necesito una opinión sincera.

Me dejé arrastrar hasta el sofá —un tres plazas de terciopelo verde que había sobrevivido a tres mudanzas y a un ataque de polillas— y me senté mientras ella rebuscaba en su móvil para poner la canción desde el principio.

—Es un tema de los ochenta, como te decía.

Lo he adaptado un poco, he cambiado la letra para que hable de ti, de lo orgullosa que estoy, de lo bonita que es la boda...

— Hablaba mientras movía las manos, gesticulando como si estuviera dirigiéndose a un público invisible—.

Y luego, en el estribillo, entran las damas de honor con una coreografía que he diseñado yo. Es sencilla, pero tiene su aquel.

—Mamá...

—¿Te imaginas? La ceremonia acaba, el oficiante dice «podéis besaros», y entonces, justo cuando todo el mundo espera la música de fondo, arranca el tema. —Canturreó un par de compases, moviendo las caderas—. Será el momento más memorable de toda la boda.

—Mamá, para.

Se detuvo. Me miró, y por primera vez desde que había entrado, vi una sombra de incertidumbre cruzar sus ojos.

—¿No te gusta?

—No es que no me guste. —Solté la bolsa de la compra en la mesita de centro y apoyé las manos en las rodillas—. Es que no es el momento. La ceremonia no es un escenario. Es...

—¿Un escenario? —Julia arqueó una ceja, y su tono se volvió más agudo—. Claro que es un escenario, Marina. Es el día más importante de tu vida. Todo el mundo te va a mirar. ¿Y qué mejor que un número musical para hacerlo inolvidable?

—Inolvidable, sí. Pero no por las razones correctas.

—¿Qué quieres decir?

Suspiré. Esto iba a ser más difícil de lo que pensaba.

—Mamá, la boda no es un espectáculo. Es una ceremonia. La gente no va a ver un musical, va a vernos a Camilo y a mí prometernos amor eterno.

—Y pueden hacer las dos cosas. —Julia se cruzó de brazos, y las plumas del vestido se agitaron como si fueran un animal vivo—. Una cosa no quita la otra.

—Sí la quita. Porque si tú te pones a cantar, la atención se desvía. La gente no recuerda los votos, recuerda el número de la madre.

—¿Y qué tiene de malo que recuerden a la madre? —Su voz se quebró ligeramente—. He esperado este momento toda mi vida, Marina. Desde que eras pequeña y jugábamos a vestirte de novia. Siempre imaginé que estaría a tu lado, guiándote, ayudándote. Y ahora que llega el momento, me apartas.

—No te aparto.

—Sí me apartas. No me dejas opinar, no me dejas participar, y ahora me dices que mi número no vale.

—No he dicho que no valga. He dicho que no es el momento.

Julia resopló, se giró y caminó hacia el espejo. Se miró un momento, ajustó una pluma que se había descolocado, y luego se volvió hacia mí con los ojos brillantes.

—¿Sabes qué? Tu padre habría querido que lo hiciera.

La frase se clavó en el silencio como una chincheta en un corcho.

Mi padre. Fallecido diez años atrás, cuando yo tenía veintiséis y aún no sabía que el amor podía romperse en mil pedazos sin previo aviso.

Mi padre, que se había ido de repente, un infarto un martes cualquiera, mientras veía el telediario con una cerveza en la mano.

Mi padre, que nunca llegaría a verme casada.

—No juegues con eso, mamá.

—No juego.— Julia se acercó, y por un momento supe que iba a llorar.

Lo vi en la forma en que apretó los labios, en el temblor de su barbilla—.

Tu padre siempre decía que tenías que casarte por la iglesia, con flores blancas y un coro.

Y yo le prometí que lo harías. Pero no hemos podido, porque él no está, y porque tú has decidido hacerlo en un acantilado con un juez de paz.

—Eso no tiene nada que ver.

—Claro que tiene que ver. Él se lo merecía, Marina. Merecía ver a su hija casarse como él soñaba. Y ya que no puede estar, al menos yo puedo hacer algo especial. Algo que le hubiera gustado.

Dos lágrimas gordas se le escaparon, arrastrando rímel por la mejilla.

Y yo, que siempre tengo una respuesta para todo, que siempre tengo un plan B, un argumento, una solución, me quedé sin palabras.

Porque tenía razón.

O no la tenía del todo, pero dolía igual.

Y lo peor era que lo sabía. Sabía que estaba usando a papá como moneda de cambio, y aun así funcionaba.

Porque diez años después, su ausencia seguía siendo un agujero negro en el centro de nuestra familia, y cualquier cosa que orbitara cerca se desintegraba.

—Mamá...— Me levanté y me acerqué a ella. Mis manos encontraron sus hombros, y sentí la textura áspera de las plumas bajo mis dedos—. Lo siento. No quería decir que no puedas participar. Solo... solo necesito que esto sea mío. Mi boda. Mi momento.

—Y lo es.— Julia levantó la mirada, con los ojos enrojecidos—. Pero déjame tener el mío también.

El silencio se alargó. La música seguía sonando de fondo, una balada lenta de los ochenta que hablaba de amores eternos y promesas rotas.

—Está bien— dije al fin, y las palabras me supieron a derrota—. Una canción. Al final de la ceremonia. Pero nada de coreografía con las damas de honor.

—¿En serio?— Julia se iluminó como si le hubiera tocado la lotería.

—En serio. Pero una canción. Nada más. Y sin plumas.

—¡Las plumas son parte del número!

—Mamá.

—Vale, vale.— Se secó las lágrimas con el dorso de la mano, manchándose la mejilla de rímel—. Sin plumas. Pero el vestido me lo pongo.

—El vestido te lo pones.

Me abrazó con una fuerza que me recordó a cuando era pequeña y me protegía de los monstruos debajo de la cama. Su perfume, el mismo que usaba desde que tenía memoria, me envolvió como una manta vieja.

—Gracias, hija. No sabes lo mucho que significa esto para mí.

—Lo sé, mamá. Lo sé.

Pero mientras la abrazaba, mientras sentía sus plumas rozándome la mejilla, una parte de mí sabía que acababa de perder una batalla. Y también sabía que mi madre había utilizado a mi padre como un comodín, y que yo había caído redonda. Como siempre.

—Bueno— dijo Julia, separándose y secándose las lágrimas—, tengo que afinar la letra. ¿Te quedas a cenar? He comprado pescado.

—No puedo, mamá. Tengo que pasar por la finca para confirmar el montaje de la carpa.

—Ah, la carpa.— Julia hizo un gesto vago con la mano—. Con lo bonito que sería al aire libre.

—Hay tormenta, mamá.

—Ya, ya.— Suspiró, y por un instante vi en sus ojos la misma frustración que yo sentía—. Bueno, al menos tengo mi número. Eso me alegra el día.

Sonreí. Una sonrisa forzada, de las que había ensayado frente al espejo durante años.

—Me alegro.

Recogí la bolsa de la compra, que seguía en la mesita, y me dirigí hacia la puerta. Julia me siguió, hablando sin parar sobre los ajustes que iba a hacer en la letra, sobre los ensayos con las damas de honor, sobre lo emocionada que estaba.

—Te quiero, hija— dijo cuando llegué al umbral.

—Yo también, mamá.

Cerré la puerta tras de mí y me quedé un momento en el rellano, escuchando cómo la música volvía a sonar dentro, cómo Julia retomaba su ensayo con renovado entusiasmo.

El ascensor tardó una eternidad en llegar. Cuando lo hizo, entré y apoyé la frente contra la pared metálica. El frío del acero me devolvió a la realidad.

El móvil vibró en mi bolsillo. Lo saqué. Era un mensaje de Diana: «¿Sigues viva? ¿O necesito empezar a planificar tu funeral?»

Sonreí a medias. Escribí: «Viva. Pero herida. Te cuento luego.»

Guardé el móvil y salí del edificio. La calle de Ruzafa estaba tranquila, iluminada por las farolas que empezaban a encenderse. El cielo seguía gris, amenazante, como si la tormenta estuviera esperando el momento justo para descargar.

Llegué al coche, abrí la puerta y me senté al volante. Durante un largo minuto, me quedé mirando el salpicadero, las manos apoyadas en el volante, los dedos aún temblorosos.

Luego, sin pensar, golpeé el volante con la palma.

Una vez. Dos veces. Tres veces.

El claxon sonó, ahogado, como un lamento.

Me quedé mirando mis manos. El mensaje anónimo. Rebeca. Mamá. El florista. Las peonías. Todo apretaba en mi pecho como una camisa dos tallas pequeña.

Saqué el móvil, abrí el chat con Diana, y escribí: «Tu funeral. Pero primero cenamos.»

Envié. Arranqué el motor. El navegador marcó la ruta hacia la finca.

La tormenta podía esperar. Yo no.