Capítulo 3 Reunión incómoda
L legué quince minutos antes.
Era una costumbre, una manía, una necesidad.
Llegar antes me permitía controlar el terreno: elegir la mesa, estudiar las salidas, preparar mi armadura emocional antes de que el otro apareciera.
En las reuniones de trabajo funcionaba. En las citas con el banco también.
En los encuentros con la exnovia de tu prometido, resultaba una estrategia tan útil como llevar un paraguas a un tsunami.
Pero bueno, allí estaba yo, con mi té verde y mi plan maestro.
Sí, un plan maestro infalible: sentarme y esperar. Genial, Marina.
La cafetería del puerto olía a sal y a café recién molido.
Las mesas de madera desgastada se asomaban al Mediterráneo a través de ventanales empañados por la humedad.
Fuera, las nubes se amontonaban en el horizonte, grises y espesas, como si el cielo estuviera a punto de vomitar el frente que Rebeca había pronosticado.
Pedí un té verde porque me parecía la bebida más neutra, la que menos probabilidades tenía de traicionarme. Si pedía café, mis manos temblarían. Si pedía vino, parecería que necesitaba alcohol. El té era seguro. El té equivalía a control.
Apoyé la taza en la mesa y conté las cucharillas del azucarero. Seis. Demasiadas. Las recolocé en una fila perfecta. Mi yo interior me soltó un bofetón virtual: «Marina, eres una obsesa del orden. Relájate o te van a internar.» Pero no, no podía.
—¿Marina?
La voz llegó desde arriba. Levanté la cabeza y me encontré con un par de ojos azul claro tan transparentes que parecían dos trocitos de Mediterráneo.
La mujer que tenía delante tendría mi edad, tal vez un par de años menos.
El pelo pelirrojo le caía liso sobre los hombros, y llevaba unas gafas de sol colgadas en el cuello de la camiseta blanca como un accesorio permanente. Rebeca Salas.
Sonreía. Una sonrisa abierta, sin dobleces, que iluminaba su rostro de una forma que me resultó inmediatamente incómoda.
—Sí —dije, levantándome—. Hola.
—Qué alegría conocerte. —Me tendió la mano, y su apretón fue firme, cálido, sin esa vacilación que la gente suele tener cuando conoce a la novia de su ex—. Siento el lío meteorológico que te estoy montando.
—No es culpa tuya. —Las palabras salieron más secas de lo que pretendía.
Ella no pareció notarlo. Se sentó en la silla frente a mí, dejó caer un bolso de lona desgastada en el suelo, y llamó al camarero con un gesto natural, como si llevara toda la vida viniendo a aquel sitio.
—Un té de jengibre, por favor. Con miel.
El camarero asintió y se fue. Rebeca se recostó, cruzó las piernas y me miró con esos ojos que parecían ver más de lo debido.
—Camilo me ha hablado mucho de ti.
—¿Sí? —La pregunta me salió con un tono que pretendía ser despreocupado, pero que en el fondo era un interrogatorio.
—Sí. Dice que eres la persona más organizada que conoce. Que tu oficina parece el centro de control de una misión espacial.
Sonreí a medias. Esa era la versión de Camilo de mí: «la chica del centro de control». No la novia, no la mujer, no la persona. La directora de operaciones. Vamos, un cumplido con sordina.
—Y tú eres meteoróloga —dije, devolviendo el cumplido en dirección opuesta.
—Sí. —Se rió, y la risa le brotó fácil, sin esfuerzo, como si aquella alegría fuera su estado natural—. Básicamente, me paso el día diciéndole a la gente si va a llover o no. Y la mayoría de las veces acierto.
—Menos mal. Así sabemos a qué atenernos.
—Bueno, saber no siempre es consuelo. —Rebeca inclinó la cabeza y su tono se volvió más serio—.
La tormenta que viene es de las gordas. Pero no te preocupes.
He mirado los mapas y el peor momento será la madrugada del sábado al domingo.
La ceremonia, si la hacéis por la tarde, estará en la ventana de calma.
—¿Ventana de calma?
—Sí. Entre las cinco y las siete. Después, el frente frío volverá a entrar. Pero tendréis tiempo de sobra para los votos y las fotos.
Lo dijo con una naturalidad que me descolocó. No había condescendencia en su voz ni ese tono de «tranquila, yo controlo» que usan algunos expertos. Solo datos. Hechos. Información útil.
—Gracias —dije, y esta vez la palabra sonó más genuina.
—De nada. —Rebeca bebió un sorbo de su té cuando el camarero se lo trajo—. Además, si algo he aprendido en este trabajo es que lo imprevisible no se controla. Se gestiona.
La frase me golpeó como una ola inesperada, helada y salada.
Lo imprevisible no se controla. Se gestiona.
—Es una buena filosofía —dije, y noté que mi voz sonaba más pequeña—. Para todo, supongo.
—Para casi todo. —Rebeca me miró fijamente, y por un momento sentí que sus ojos transparentes veían a través de mi fachada de cortesía—. También para las relaciones.
No supe qué responder. El silencio duró unos segundos que nadie supo llenar, hasta que el rumor del vapor del café y el tintineo de una cucharilla en otra mesa lo rescataron.
En ese momento, la puerta de la cafetería se abrió y Camilo entró con el pelo alborotado por el viento y una sonrisa que se instaló en su cara en cuanto nos vio.
—¡Rebeca! —exclamó, acercándose a la mesa con pasos largos—. Perdón, me he entretenido en el puerto. Había una luz increíble.
Se inclinó para besar a Rebeca en la mejilla. Ella le devolvió el saludo con naturalidad, como dos amigos que se ven a menudo. Demasiada naturalidad.
—No pasa nada —dijo Rebeca—. Estaba conociendo a tu prometida.
Camilo se sentó a mi lado y apoyó la mano en mi hombro. Un gesto que debería haberme reconfortado, pero que en ese momento me recordó que yo era la novia oficial, la que estaba sentada a su lado, la que se iba a casar con él.
—¿Os lleváis bien? —preguntó, mirándonos a las dos.
—Estupendamente —respondí con una sonrisa que esperaba pareciera sincera.
—Sí, muy bien —añadió Rebeca.
Camilo sonrió, satisfecho, y pidió un café solo. Mientras esperaba, sacó el móvil y empezó a mostrarle a Rebeca las fotos que había hecho en el puerto.
—Mira esta. La luz de la mañana sobre los barcos. Parece un cuadro.
—Es preciosa —dijo Rebeca, inclinándose sobre la pantalla—. Me recuerda a aquella vez en Islandia.
Islandia. La palabra me golpeó con la fuerza de una ola inesperada y me dejó sin aliento. Camilo se rió.
—¡Dios, Islandia! ¿Te acuerdas de aquella noche que se nos escapó el coche por una carretera helada y acabamos durmiendo en una gasolinera?
—Nunca olvidaré el olor de aquel perrito caliente a las tres de la mañana. —Rebeca se rió, con una risa auténtica y llena de recuerdos compartidos—. Tú decías que era una experiencia auténtica y yo solo quería una ducha caliente.
—Y al final acabamos bailando con los camioneros en la gasolinera.
—Tú bailabas. Yo me reía de ti.
Las risas de los dos se mezclaron en el aire, formando una burbuja de complicidad.
Yo miraba sus caras iluminadas por el recuerdo, las manos de Camilo gesticulando mientras contaba la anécdota, la forma en que Rebeca completaba sus frases como si aún compartieran un código secreto.
Y yo, allí, como la espectadora de una película en la que ni siquiera me habían dado palomitas.
Genial. La exnovia y el prometido reviviendo su pasado épico mientras yo contaba cucharillas.
Esto no era una reunión, era un capítulo de Expediente X .
—Fue una buena época —dijo Camilo, y su mirada se perdió un instante en el pasado.
—¿Y cómo lo superasteis? —pregunté, con un tono que pretendía ser casual pero salió más afilado de lo que había planeado.
El ambiente cambió. Rebeca parpadeó, y Camilo, sin soltar el móvil, posó la mano sobre el antebrazo de ella. Un gesto breve, casi imperceptible, pero que vi perfectamente. Como si dijera tranquila, yo lo manejo .
—Marina —dijo él, y su voz tenía un punto de firmeza que no usaba a menudo conmigo—. No hace falta.
Rebeca, sin embargo, sonrió y negó con la cabeza.
—No pasa nada. —Miró a Camilo, un instante de complicidad que me excluyó por completo—. Fue una época —dijo, volviéndose hacia mí—. Y terminó bien. Eso es lo importante.
Camilo asintió. Luego, como si recordara de repente que yo estaba allí, giró la cabeza y me sonrió.
—Perdona, Marina. No te hemos contado esa historia.
—No pasa nada —dije, bebiendo un sorbo de mi té—. Parece que fue divertido.
—Lo fue. —Camilo apoyó la mano en mi pierna por debajo de la mesa—. Pero eso fue antes. Ahora estoy aquí.
La declaración debería haberme tranquilizado. En lugar de eso, mi cerebro decidió hacer una excursión al pasado y preguntarse si él también le habría puesto la mano a Rebeca en la pierna. Vale, Marina, eres una idiota. Concéntrate en el presente.
—Hablando de la tormenta —dijo Rebeca, rompiendo mi espiral—, he traído unos mapas. Por si quieres verlos.
Sacó una tableta del bolso y la apoyó sobre la mesa. En la pantalla, una serie de líneas de colores se entrecruzaban formando un remolino que avanzaba desde el Atlántico.
—Aquí está el frente frío. —Señaló una línea azul—.
Entra por el golfo de Cádiz y sube hacia el Mediterráneo.
Llegará a Valencia el sábado por la mañana.
Pero si miras aquí —deslizó el dedo hacia la derecha—, hay una zona de alta presión que frena el avance durante unas horas. Esa es vuestra ventana.
Incliné la cabeza, intentando entender. No era experta en meteorología, pero las líneas eran claras.
La tormenta era real. No una excusa, no una amenaza metafórica.
Un hecho físico que ella había estudiado con precisión.
Porque mi boda ahora necesitaba un equipo meteorológico. Solo faltaba que trajeran un radar.
—¿Y el viento? —pregunté.
—Será fuerte, racheado. Pero si la carpa está bien sujeta, no debería haber problema. —Rebeca levantó la vista de la tableta y me miró—. Eso sí, recomendaría tener un plan B por si las ráfagas superan los sesenta kilómetros por hora. Por ejemplo, hacer la ceremonia en un espacio cubierto.
—Tenemos un salón interior en la finca —dije, y noté que mi voz sonaba más firme—. Ya lo había contemplado.
Rebeca sonrió.
—Eres previsora. Me gusta.
El cumplido me desarmó. Esperaba condescendencia, una sonrisa de superioridad, cualquier cosa que me permitiera clasificarla como «la ex creída».
Pero solo había reconocimiento. Como si hubiera visto mi planificación y la respetara.
Joder, hasta me caía bien. Eso era peor.
¿En qué momento se supone que tengo que odiarla? Necesito un manual de instrucciones.
Camilo se levantó de repente.
—Voy al baño un momento. No os matéis mientras vuelvo.
Rebeca se rió. Yo esbocé una sonrisa forzada. Y cuando Camilo desapareció detrás de la puerta del fondo, Rebeca y yo nos quedamos mirando la mesa, evitando cruzarnos las miradas. Un segundo, dos. Hasta que ella bebió un sorbo de su infusión.
—Tienes preguntas —dijo ella, sin rodeos.
No era una pregunta. Era una constatación.
—Tal vez —respondí con cautela.
—Adelante. No muerdo.
Respiré hondo. Podía fingir que no, cambiar de tema, hablar del tiempo —literalmente—, pero algo en la forma en que me miraba me instaba a ser honesta.
—¿Cómo fue vuestra relación?
Rebeca no se inmutó. Apoyó la tableta a un lado, entrelazó las manos sobre la mesa, y me miró con esa calma que parecía tener siempre.
—Fue bonita. Durante un tiempo.
—¿Y por qué terminó?
—Porque no era para siempre. —Rebeca se encogió de hombros—. Fuimos importantes el uno para el otro, pero no éramos la persona definitiva. Y lo supimos a tiempo. Vale, bonita y corta. Como unas vacaciones. No como un matrimonio.
—¿Quién lo decidió?
—Los dos. No hubo drama. No hubo engaños. Solo… darnos cuenta de que queríamos cosas diferentes.
Esperaba una historia de traiciones o desamor, algo que pudiera usar para justificar mis celos. Pero solo encontré honestidad. Una honestidad brutal que me dejaba sin argumentos.
—¿Y ahora sois amigos? —pregunté, aunque ya sabía la respuesta.
—Sí. Buenos amigos. —Rebeca inclinó la cabeza, como si evaluara sus propias palabras—. Camilo es una buena persona. Es caótico, desorganizado, y a veces parece que vive en su propio universo, pero tiene un corazón enorme. Y te quiere.
La última frase sonó tan sincera que me dolió.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque hablo con él. Porque cuando me dijo que se iba a casar, su voz cambió. Era diferente a cuando hablaba de nosotras. —Rebeca hizo una pausa—. Te mira como no me miró a mí nunca.
Dejé de respirar un instante. Bebí un sorbo de té, intentando que mi mano no temblara. Todo mi frágil equilibrio se desmoronaba como un soufflé, pero al menos las cucharillas seguían en su sitio.
—No sé qué decir —confesé.
—No tienes que decir nada. —Rebeca se inclinó hacia delante y su voz se volvió más suave—. Solo quería que lo supieras. No vine aquí para competir contigo. Vine porque me invitó, porque me gusta verlo feliz, y porque quería conocerte.
—¿Y qué opinas?
—Que eres una mujer que intenta controlar lo incontrolable. —Rebeca sonrió, y esta vez su sonrisa tenía un deje de ternura—. Y que eso te hace profundamente humana.
No supe si era un cumplido o una crítica. Tal vez era ambas cosas.
Camilo volvió del baño, frotándose las manos, y se sentó a mi lado con un suspiro de satisfacción.
—¿De qué hablabais?
—De lo rápido que corre el tiempo —dijo Rebeca con una sonrisa cómplice.
—Ya. Bueno, Marina, ¿te apetece otro té? Yo me voy a pedir una cerveza. No todos los días se conoce a la exnovia del prometido.
Hizo un gesto al camarero, y yo me quedé mirando las nubes grises que seguían acumulándose en el horizonte, implacables.
La tormenta se acercaba, lenta pero segura, y yo no podía hacer nada para detenerla.
Pero, por primera vez en todo el día, pensé que igual no hacía falta pararla.
Total, ya estaba empapada. Un poco más de agua no iba a cambiar nada.