Capítulo 2 El factor Rebeca
E l florista llevaba diez minutos explicándome por qué el tono marfil que yo había pedido era «inviable en esta temporada» y por qué, en su lugar, me ofrecía un crema pálido que «prácticamente es lo mismo».
Y yo, que me paso la vida negociando con proveedores que confunden «prácticamente» con «exactamente», sentía que la paciencia se me escurría por el auricular como arena entre los dedos.
—Verónica —dije, apretando el lápiz contra la libreta—, no es lo mismo. El marfil tiene matices amarillos. El crema es... bueno, crema. El vestido es marfil. El ramo debe combinar.
—Pero es que las peonías que tenemos...
—No quiero peonías. Quiero rosas de pitiminí. Lo acordamos en el presupuesto.
Silencio al otro lado de la línea. Luego, un suspiro teatral.
—Voy a ver qué puedo hacer.
Colgué y apoyé la frente en la mesa de cristal.
El frescor de la superficie me devolvió a la realidad, aunque por dentro seguía hirviendo.
Sobre la mesa, las muestras de tela que había pedido para los centros de mesa yacían extendidas como un abanico de fracasos: el color de las servilletas no encajaba con el de los manteles, el de los manteles no encajaba con el de las flores, y todo era un desastre cromático que ninguna paleta de Pinterest podría salvar.
Diana, desde su escritorio, levantó la mirada de su portátil.
—¿Otra vez el florista?
—Me quiere colocar peonías en lugar de pitiminí.
—¿Y eso es grave?
—Es como si te dijeran que tu café es descafeinado cuando pediste un espresso doble.
—Ah, entonces es una tragedia nacional.
Resoplé. Diana tenía razón, por supuesto. Era una tontería. Pero las tonterías se acumulaban, y cada una era una losa más sobre mi pecho ya sobrecargado. El mensaje anónimo, la llamada sin respuesta, la pizarra de tareas que parecía multiplicarse sola...
El timbre de la puerta sonó, cortando mis pensamientos.
—¡Adelante! —grité sin levantar la cabeza.
La puerta se abrió y unos pasos firmes cruzaron el umbral. Cuando alcé la vista, me encontré con una silueta que me resultó tan familiar como inesperada.
Camilo llevaba su cámara colgada al hombro, la mochila de lona marrón en la espalda, y en las manos un ramo de flores silvestres tan desordenado como hermoso.
Amapolas, margaritas, lavanda y alguna que otra planta que no supe identificar se agolpaban en un envoltorio de papel craft, formando un arcoíris caótico que contrastaba violentamente con la paleta monocromática de mi oficina.
—Para la novia más bonita —dijo, ofreciéndomelo con una sonrisa que iluminó la habitación.
Tomé el ramo sin saber muy bien cómo reaccionar. Las flores olían a campo, a tierra mojada, a algo genuino que mi oficina de líneas rectas y colores neutros no sabía contener.
—Son... preciosas —dije, y era cierto. Pero en mi cabeza ya estaba haciendo cálculos: ¿dónde las pongo? ¿Se marchitarán antes de mañana? ¿Combinan con el marfil del vestido?
—Las recogí esta mañana en el mercado de la Plaza Redonda —explicó él, dejando la mochila en el suelo—. El florista del puesto me dijo que eran las últimas de la temporada. Pensé que te alegrarían el día.
—Me alegran —mentí, o no mentí del todo. Me alegraban, pero también me descolocaban. Eran demasiado espontáneas, demasiado improvisadas. No encajaban en mi planning.
Diana se levantó y se acercó, observando el ramo con una sonrisa torcida.
—Vaya, Camilo. Te has lucido. Eso sí que es un ramo de verdad. Nada de rosas de importación.
—Gracias, Diana. —Le dedicó una sonrisa, y luego se volvió hacia mí—. ¿Qué tal va todo? Pareces agotada.
—Estoy bien —dije, colocando el ramo en un jarrón de cristal que rescaté de debajo de la mesa—. Solo resolviendo los últimos flecos.
—¿Los últimos? Faltan dos días.
—Exacto. Los últimos son los más difíciles.
Camilo se rió, su risa cálida y relajada, y se sentó en la silla frente a mi mesa. Observó la pizarra llena de tachones, las muestras de tela desordenadas, el calendario de pared marcado con rotuladores de colores.
—Parece el centro de control de una misión espacial.
—Algo así —murmuré, mientras el teléfono volvía a sonar.
Esta vez era la madre. La pantalla del móvil mostraba su nombre: Julia Cifuentes ❤️ . Acepté la videollamada con un suspiro.
—¡Marina, hija! —Su rostro apareció en la pantalla, maquillado a las diez de la mañana con una sombra de ojos azul eléctrico—. Tengo que enseñarte algo. Espera, no te muevas.
El teléfono se movió mientras ella ajustaba la cámara.
Luego, la imagen se estabilizó y pude ver el vestido.
Era... una obra de arte escénico. Un diseño en tonos burdeos con vuelo, lentejuelas en el escote, y una capa de plumas de avestruz que colgaba de los hombros como si una palmera hubiera explotado sobre ella.
—¿Qué te parece? —preguntó, girándose para que viera el conjunto completo—. Es de la colección de otoño de una diseñadora de Valencia. Le he pedido que añadiera las plumas. Le dan un toque... dramático, ¿no crees?
Apreté los labios. A mi lado, Camilo contuvo una risa que se transformó en una tos fingida.
—Mamá... es... muy llamativo.
—¡Eso he pensado! Para la ceremonia, quiero causar sensación. Entraré con las plumas y, cuando llegue al altar, me las quitaré con un movimiento elegante, como una artista de Broadway.
—Mamá, esto no es Broadway.
—¡Pero debería serlo! Una boda es una obra de teatro, hija. La novia es la estrella, la madre es la... la directora artística. —Julia hizo una pausa, y sus ojos se humedecieron ligeramente—. He esperado este momento toda mi vida, Marina. Déjame disfrutarlo.
Cerré los ojos un segundo. No tenía energía para esta batalla. No hoy.
—Está bien, mamá. El vestido es... perfecto. Pero recuerda: nada de números musicales durante la ceremonia. Solo la recepción.
—¡Oh, no te preocupes! Lo tenemos todo ensayado. Las damas de honor ya saben la coreografía.
—Mamá...
—¡Un beso! Te quiero. Nos vemos esta noche en el ensayo.
Colgó antes de que pudiera responder. Me quedé mirando la pantalla en negro, sintiendo que todo se desmoronaba.
—Tu madre es única —dijo Camilo, con una sonrisa que intentaba ser comprensiva.
—Eso es una forma de decirlo.
—Es cariñosa. Solo quiere participar.
—Demasiado.
Diana volvió a sentarse en su escritorio, pero no dejó de observarnos. Sus ojos grises se movían entre Camilo y yo, como si estuviera leyendo un libro cuyas páginas yo no alcanzaba a ver.
—Bueno —dije, volviendo a mi libreta—, sigamos. Tengo que confirmar el menú de la cena de ensayo, llamar al fotógrafo para ajustar horarios, y...
—Ah, hablando de invitados —interrumpió Camilo, con la misma naturalidad con la que se habla del tiempo—. ¿Sabes qué? Rebeca estará por aquí. La he invitado a la boda.
La frase cayó en el silencio de la oficina como una losa.
Me quedé paralizada, la mano suspendida sobre la libreta. Las palabras de Camilo tardaron un par de segundos en procesarse en mi cerebro, y cuando lo hicieron, fue como si alguien hubiera apretado el botón de pausa en mi cabeza.
—¿Rebeca? —repetí, y mi voz sonó extraña, como si perteneciera a otra persona.
—Sí, mi ex. —Se reclinó en la silla y su tono se volvió serio pero cálido—.
Necesito que veas que confío en ti, aunque sea incómodo.
Es meteoróloga, trabaja en el centro de estudios atmosféricos de Valencia.
Justo me escribió ayer para decirme que estaba en la ciudad por unos días.
Y pensé... ¿por qué no aprovechar? Además, es genial. Te va a caer bien.
Parpadeé. Una vez. Dos veces. Las palabras se agolpaban en mi garganta, pero ninguna lograba salir.
—¿La has invitado? —conseguí articular al fin.
—Sí. Hablamos de vez en cuando. Mantenemos una buena relación. —Camilo se inclinó hacia delante, apoyando los codos en la mesa—. Es una persona increíble, Marina. Muy directa, muy honesta. Y justo ha avisado de una tormenta tropical para el fin de semana. Menos mal que la tenemos cerca, ¿eh?
La tormenta. Sí. La tormenta.
Porque, por supuesto, la exnovia de mi prometido era meteoróloga y acababa de anunciar que mi boda se iba a celebrar bajo una tormenta tropical.
—Una tormenta —repetí, y mi voz sonó plana, vacía.
—Sí, parece que viene del Atlántico. Pero no te preocupes, tenemos el protocolo de lluvia, ¿no? —Camilo me guiñó un ojo—. Eres una máquina de la organización. Todo está bajo control.
Bajo control. Sí. Todo estaba bajo control.
Noté que la mandíbula se me tensaba. Los dedos, apoyados sobre la libreta, temblaban ligeramente. Intenté respirar hondo, pero el aire no llegaba a los pulmones con la facilidad de costumbre.
—¿Y cuándo decidiste invitarla? —pregunté, esforzándome por mantener un tono neutro.
—Hace un par de días. Cuando me dijo que estaría en Valencia. —Se encogió de hombros—. Pensé que sería un buen detalle. Somos amigos, Marina. No hay nada más.
—Ya.
—De verdad. —Camilo estiró la mano y cubrió la mía, que seguía apoyada sobre la libreta—. No tienes de qué preocuparte.
Su tacto era cálido, familiar. Pero en ese momento, en lugar de reconfortarme, sentí que me quemaba.
—Claro —dije, y esbocé una sonrisa que esperaba que pareciera sincera.
Mentira.
Diana, desde su escritorio, había dejado de fingir que trabajaba. Me miraba fijamente, con esa expresión suya que mezclaba complicidad y advertencia.
—Bueno —dijo, levantándose—, voy a por café. ¿Alguien quiere?
—Yo no, gracias —respondió Camilo.
—Yo tampoco —dije, sin apartar la mirada de la pizarra.
Diana salió, dejando la puerta entreabierta. El silencio que quedó entre Camilo y yo era incómodo, aunque él no parecía notarlo.
—¿Seguro que estás bien? —preguntó, inclinando la cabeza.
—Sí, solo... ha sido un día largo. Y todavía es viernes.
—Pues descansa un poco. —Se levantó, recogió su mochila del suelo—. Tengo que ir a hacer unas fotos al puerto. ¿Te llamo más tarde?
—Sí, claro.
Me besó en la frente, un gesto rápido y cariñoso, y salió de la oficina con la misma ligereza con la que había entrado.
Me quedé sola, mirando el ramo de flores silvestres que descansaba en el jarrón.
Era hermoso, sí. Pero también era un recordatorio de que Camilo era un ser impredecible, alguien que invitaba a su exnovia a nuestra boda sin consultarme, alguien que veía la vida como una serie de instantes espontáneos mientras yo trataba de encajarlos todos en una cuadrícula perfecta.
El móvil vibró sobre la mesa. Era un correo del proveedor de catering confirmando el menú. Otro del fotógrafo ajustando horarios.
Y, en el fondo de mi mente, una pregunta que no lograba acallar: ¿por qué no me había dicho nada hasta ahora?
Diana volvió con dos cafés, aunque yo había dicho que no quería. Dejó uno frente a mí y se sentó en la silla que acababa de abandonar Camilo.
—Vale —dijo, cruzando los brazos—. Cuéntamelo todo.
—No hay nada que contar.
—Marina, llevamos diez años de amistad. Sé cuándo mientes.
Apreté los labios. Tomé el café, aunque estaba demasiado caliente, y el líquido me quemó la lengua.
—Ha invitado a su exnovia a la boda —dije al fin, y las palabras salieron en un susurro—. Sin preguntarme. Sin avisarme. Sin nada.
Diana arqueó una ceja.
—¿Su ex? ¿La meteoróloga?
—Sí.
—Vaya. —Silbó suavemente—. Eso es... atrevido.
—¿Atrevido? Es una locura. —Dejé el café con violencia, salpicando unas gotas sobre la mesa—. ¿Qué se ha creído? ¿Que puede invitar a quien le apetezca sin consultarme?
—Bueno, técnicamente, la boda es de los dos.
—¡Pero yo soy la que la está organizando! ¡La que se ha tirado seis meses planificando cada detalle! Y él, sin decir nada, invita a su ex. Y encima la ex es meteoróloga y anuncia una tormenta. ¿No ves la ironía?
—La veo. —Diana se inclinó hacia delante, apoyando los codos en las rodillas—. Pero también veo que estás a punto de explotar. Respira.
—No puedo respirar. Tengo el pecho como si me hubiera tragado un ladrillo.
—Pues suelta el ladrillo. Dilo.
—No sé qué decir.
—Empieza por lo obvio: estás celosa.
—No estoy celosa.
—Claro que lo estás. Y es normal. Es su ex. Y la ha invitado sin decírtelo. Tienes todo el derecho a estar mosqueada.
—No estoy mosqueada. Estoy... —Busqué la palabra exacta. —Descolocada.
—Eso es ser mosqueada con otras palabras.
Resoplé, apoyando la cabeza en las manos. El café se enfriaba lentamente sobre la mesa, y las flores silvestres seguían allí, testigos mudos de mi pequeña crisis.
—¿Y qué hago? —pregunté al fin.
—¿Qué quieres hacer?
—No lo sé. ¿Hablar con él? ¿Decirle que no me parece bien?
—Suena a plan.
—Pero si lo hago, pareceré una celosa controladora.
—O parecerás una mujer que pone límites.
—Es lo mismo.
Diana negó con la cabeza, una sonrisa triste en los labios.
—No, Marina. No es lo mismo. Una cosa es ser controladora y otra es tener derecho a saber qué pasa en tu propia boda. Él te debe una explicación. Y tú tienes derecho a pedírsela.
Miré el teléfono. Camilo estaría en el puerto, haciendo fotos a los barcos, a las gaviotas, a la luz de la mañana. Podía llamarlo, pedirle que volviera, sentarlo frente a mí y exigirle una respuesta.
Pero entonces él me miraría con esos ojos verdes, pondría esa sonrisa despreocupada que siempre lograba desarmarme, y yo acabaría perdonándolo sin haber obtenido ninguna explicación real.
—No sé si puedo hacerlo —dije en voz baja.
—Puedes. Eres la mujer más organizada que conozco. Si puedes planificar una boda de doscientos invitados en seis meses, puedes tener una conversación incómoda con tu prometido.
—Eso es diferente. Lo organizado no implica emociones.
—Pues aprende a mezclarlo. —Diana se levantó, recogió su café y se dirigió a la puerta. —Y recuerda: lo peor que puede pasar es que te diga que tienes razón. Y entonces tendrás que lidiar con tener razón, que también es jodido.
Salió antes de que pudiera responder.
Me quedé sola en la oficina, rodeada de pizarras, muestras de tela y un ramo de flores silvestres que empezaba a marchitarse.
La tormenta ya estaba aquí. No la del cielo, sino la de mi cabeza. Y no tenía ni idea de cómo iba a capearla. Cogí el bolso y salí del edificio; al cruzar la puerta, vi a una mujer pelirroja que me miraba fijamente desde una terraza. Sentí un escalofrío.
El móvil vibró. Una respuesta. «Alguien que quiere que sepas la verdad.» Marina apretó los labios. No se lo contaría a Camilo. Todavía no.