Capítulo 1 Cuarenta y ocho horas
El cuarto tachón de la mañana sonó como un disparo en el silencio de la oficina.
Dejé caer el rotulador negro sobre la bandeja metálica y contemplé la pizarra blanca con la misma satisfacción con que un general victorioso observa un mapa de batalla.
Solo que mi batalla no tenía tanques ni metralla, sino madres con coreografías y exnovias anónimas.
Cada raya tachada era una pequeña victoria contra el caos: Catering confirmado ✔. Flores — variedades corregidas ✔. Protocolo de lluvia — activado ✔. Asignación de habitaciones para invitados — resuelta ✔. Plan B para el discurso de mamá — en marcha.
Faltaban cuarenta y ocho horas. Dos días. Un suspiro en la escala cósmica de las cosas importantes, pero una eternidad en la logística nupcial.
La oficina de Eventos Sin Remordimientos desprendía esa calma impostada que solo se consigue después de haber movido ochenta mil piezas de dominó sin que ninguna caiga.
Luz blanca, muebles de líneas rectas, una única maceta de espatifilo en la esquina que llevaba dos meses sobreviviendo a mi falta de pulgar verde.
Todo en su sitio. Todo bajo control. Hasta el mensaje.
Ese que no existía. El que había borrado de mi memoria con la misma determinación con que una cierra la pestaña de vídeos de gatitos cuando entra su jefe.
Apoyé las palmas en el borde de la mesa de cristal y respiré hondo.
El aire olía a café recién hecho y a rotulador de pizarra, una combinación que me resultaba absurdamente placentera.
Fuera, el puerto de Valencia brillaba bajo un sol de abril que prometía una boda espléndida, aunque mi aplicación del tiempo insistiera en que se avecinaba una borrasca. Típico. Hasta el clima conspiraba.
—¿Qué haces, respirando como si estuvieras en un retiro espiritual? —La voz de Diana llegó desde la puerta, cargada de ese cinismo que se había convertido en su armadura desde el divorcio—. Parece que te hubieran hipnotizado.
Levanté la cabeza. Mi mejor amiga y socia estaba apoyada en el marco, con dos vasos de café en las manos, sus gafas de sol rojas de pasta subidas en la cabeza y una sonrisa torcida que no presagiaba nada bueno.
Llevaba una camiseta negra con el estampado de una calavera rodeada de margaritas y unos vaqueros rotos que probablemente habían costado más que el vestido que yo llevaría en la boda.
—Estoy visualizando —dije, enderezando la espalda—. Es una técnica de gestión del estrés.
—¿Visualizando qué? ¿El momento exacto en que tu madre se sube a la tarima a cantar el Memory de Cats ?
Agarré el café que me tendía y di un sorbo. Estaba perfecto: caliente, amargo, con el punto justo de leche. Diana era la única persona en el mundo que sabía cómo tomar mi café sin que yo tuviera que explicárselo. Ojalá también supiera cómo borrar mensajes anónimos de mi memoria.
—Mi madre no va a cantar. Lo tenemos controlado.
—¿Controlado? —Diana se dejó caer en la silla frente a mi mesa, estirando las piernas con una desenvoltura que contrastaba con la rigidez de mi postura—.
Marina, la última vez que tu madre tuvo una idea artística, convenció a tu padre de que montara un espectáculo de marionetas en tu cumpleaños de diez años.
Aún tengo pesadillas con ese payaso de trapo.
—Eso fue un caso aislado.
—Y cuando te graduaste, se presentó con un número de baile flamenco.
—Los tiempos cambian.
—Y el mes pasado, en la cena de Navidad, intentó organizar un concurso de karaoke.
Cerré los ojos un segundo. Me negaba a morder el anzuelo, pero mi madre era un imán.
—Diana, ¿has venido a desearme suerte o a sabotear mi ya frágil salud mental?
—He venido a traerte café y a recordarte que aún estás a tiempo de fugarte a las Bahamas. —Se inclinó hacia delante, apoyando los codos en la mesa—. Vamos. Dímelo a la cara. ¿Estás segura de que quieres casarte?
La pregunta cayó entre nosotras como un adoquín en un charco.
El agua se movió, se aquietó, y el silencio que siguió fue tan denso que se podía contar cada parpadeo.
Diana tenía esa capacidad irritante de formular las preguntas que nadie más se atrevía a hacer en voz alta.
Desde que su matrimonio con Alberto se había desmoronado como un castillo de naipes al primer soplo de realidad, su cinismo se había afilado hasta convertirse en un arma.
Pero debajo de las capas de sarcasmo, yo sabía que había una preocupación genuina.
Una herida que sangraba y que ella disfrazaba con bromas.
—Segurísima —contesté, con una firmeza que ni yo misma me creía del todo—. Camilo es…
—¿Camilo es qué? —me interrumpió, arqueando una ceja—. Dímelo. Una palabra. La primera que te venga a la cabeza.
—Es…
Las palabras se atascaron. La imagen de Camilo arrodillado en el acantilado, con la sortija de plata en la mano y los rizos negros alborotados por el viento, llenó mi mente. Su sonrisa torpe. Su risa contagiosa. La forma en que me miraba cuando creía que yo no le miraba.
—Es… maravilloso —dije al fin—. Es generoso, divertido, me hace reír incluso cuando estoy de mal humor…
—Vale, vale —Diana levantó una mano, deteniéndome—. Ya veo que te lo has aprendido de memoria.
—No me lo he aprendido. Lo siento.
—Eso es lo que dices.
—Diana.
—Vale, vale. —Bebió un trago de su café, y luego añadió, con tono más suave—: Solo digo que, a veces, el amor es una trampa bien diseñada.
Te venden un paquete completo con flores, vestido blanco y promesas de felicidad eterna, pero nadie te dice que el paquete incluye días de lluvia, discusiones por la pasta de dientes y la sensación de que te has quedado atrapada en un papel que no elegiste.
—Sabes que eso suena muy amargo, ¿verdad?
—Es experiencia, no amargura.
—¿Y el café que me has traído es para celebrar mi boda o para brindar por mi inminente fracaso?
Diana sonrió, pero aquella sonrisa no llegó a las arrugas de sus ojos grises.
—Es para las dos cosas. Por si acaso.
El móvil, apoyado sobre la mesa de cristal junto al teclado, vibró.
Un zumbido corto, seco. Sentí que los hombros se me tensaban, pero me obligué a mantener la expresión neutra.
Solo una notificación. Podía ser un correo del catering.
Un recordatorio del florista. Una actualización meteorológica. O podía ser el mensaje. Ese.
Lo miré. La pantalla se iluminó. Un número. Sin nombre. Desconocido. El mismo de la noche anterior. El mismo que había borrado de mi memoria. El mismo que había decidido ignorar.
—¿No vas a mirar? —preguntó Diana, señalando el móvil con la barbilla.
—Es solo spam —dije, apartando la mirada con un esfuerzo sobrehumano—. Últimamente me llegan un montón de notificaciones de un concurso de viajes que ni siquiera recuerdo haber hecho.
—¿Seguro? Porque tienes la misma cara que cuando viste la factura del vestido.
Sonreí. Una sonrisa falsa. De esas que se me daban tan bien. Me recordaba a mí misma que no era una heroína de thriller. Era una wedding planner con un problema de stalker y una boda en cuarenta y ocho horas. Y, como toda mujer adulta funcional, mi plan era ignorarlo hasta que desapareciera.
—Estrés preboda. Ya sabes.
Diana me estudió un momento, los ojos grises escudriñando mi rostro como si buscara una fisura en mi fachada.
Contuve la respiración. Sabía que era buena mintiendo.
Llevaba años haciéndolo, primero conmigo misma, luego con mi madre, ahora con ella.
Pero Diana me conocía desde la universidad.
Me conocía antes de que aprendiera a maquillar mis dudas con sonrisas perfectas.
—Marina —dijo al fin, con un tono que no admitía réplica—, si hay algo que no me estás contando…
—No hay nada. —La interrumpí, quizá demasiado rápido—. Todo está bien. Perfecto. La boda va a ser un éxito.
—El éxito no es que no se caiga el pastel ni que tu madre no monte un musical. El éxito es que tú seas feliz.
—Lo soy.
—¿Segura?
—Más que nunca.
Diana no dijo nada. Dio otro sorbo a su café, y yo hice lo mismo, pero el líquido caliente no logró calmar el nudo que se había formado en mi estómago. Un nudo pequeño, insistente, que se enroscaba alrededor de mis entrañas como una serpiente. O como un mensaje que no quería leer.
Diana se fue a su despacho veinte minutos después, después de dejarme con una dosis extra de cinismo y la promesa de que volvería con más café a la hora del almuerzo.
Justo cuando iba a sentarme, la puerta se abrió y Camilo asomó la cabeza, con una sonrisa torpe.
Traía una bolsa de croissants y el olor a masa caliente invadió la sala.
—¿Sigues con las servilletas? —dijo, señalando la muestra que había sobre mi mesa—. Ese color beige es demasiado soso.
Cogió una muestra de un tono azul pálido de la bandeja.
—¿Qué tal este? Me recuerda a tus ojos cuando estás tranquila, justo antes de dormirte. —Me guiñó un ojo y yo sentí que la tensión se aflojaba un poco.
Me quedé sola en la sala, rodeada de pizarras, cronogramas y carpetas de colores que organizaban la felicidad de otros.
El silencio zumbaba como un fluorescente fundido. Me acerqué a la mesa. El móvil seguía allí, boca abajo, como si pudiera ocultar su contenido con solo invertir la pantalla. Pero la curiosidad movió mi mano sola. Lo levanté. Toqué la pantalla. El mensaje apareció.
«Aún estás a tiempo. No te cases con él.»
Las letras parpadearon ante mis ojos. Doce palabras.
Doce palabras que pesaban como una losa.
Noté que el pulso se me aceleraba, la garganta se me cerró un instante, las piernas me flaquearon.
Pero me enderecé. Vale, Marina, respira.
No eres una heroína de thriller. Eres una wedding planner con un problema de stalker y una boda en cuarenta y ocho horas.
Cerré el mensaje. Lo eliminé de nuevo. El mismo gesto de la noche anterior, el mismo movimiento de dedos sobre la pantalla, la misma sensación de estar borrando una realidad que no quería enfrentar.
Pero el número seguía ahí, grabado en mi memoria.
Podía marcarlo. Podía llamar. Podía preguntar quién era, por qué lo hacía, qué quería.
O podía ignorarlo. O podía fingir que no había pasado.
O podía seguir adelante con la boda perfecta que había planeado, sin dejar que una sombra anónima arruinara el día más importante de mi vida.
¿O acaso no era eso lo que hacía una profesional? Controlar.
Miré la pizarra. El cuarto tachón. Las líneas rectas, los cronogramas impecables. La sensación de control que me daba poder mirar aquello y pensar: Esto es mío. Yo lo he construido. Nada puede romperlo.
Pero algo ya se estaba rompiendo. Una pequeña fisura, apenas visible, en los cimientos de mi fachada. Un mensaje que volvía a aparecer. Una duda que crecía.
Cogí el móvil, abrí la aplicación de llamadas y marqué el número desconocido. Los pitidos sonaron largos, como un eco. Uno. Dos. Tres.
—Risa breve y helada, seguida del clic de cuelgue.
Una risa femenina, fría, que se cortó en seco. Sin palabras. Solo una burla silenciosa antes de que la línea quedara muerta. Colgué yo también, pero el eco de la risa se me quedó pegado a la piel.
Me quedé mirando la pantalla, el número en la lista de llamadas recientes. Mi nombre. Mi dedo índice. Mi decisión. No iba a dejar un mensaje. No iba a preguntar. No iba a enfrentarlo. Iba a hacer lo mismo de siempre: controlar.
Respiré hondo, dejé el móvil sobre la mesa y volví a la pizarra. El rotulador negro estaba donde lo había dejado. Lo cogí, escribí una nueva tarea: «Contactar con el fotógrafo para confirmar horario de la ceremonia.» Otra línea recta. Otro punto de control. El caos no iba a ganar.
Pero justo cuando el rotulador tocaba la superficie blanca, el teléfono fijo de la oficina sonó con un timbrazo estridente que me hizo dar un respingo. Lo cogí.
—Eventos Sin Remordimientos, ¿dígame?
—¡Marina, hija mía, soy tu madre! —La voz de Julia Cifuentes explotó en el auricular como un cohete de feria—. Tengo una sorpresa para el ensayo de esta noche. No me digas que no. Es artística, es emocionante, y va a ser el momento más recordado de toda la boda.
Apreté la mandíbula.
—Mamá, ya hemos hablado de las sorpresas.
—¡Pero si esta es especial! He preparado una coreografía con las damas de honor. Vamos a bailar un popurrí de los ochenta. Va a ser…
—Mamá.
—…algo inolvidable, te lo prometo.
—Mamá.
—¡Y he comprado plumas! De verdad. Plumas de avestruz.
Cerré los ojos. La fisura se hizo un poco más grande. Plumas de avestruz. Claro. Por supuesto. Mi madre, la reina del karaoke, ahora con plumas. Solo me faltaba un mensaje anónimo y una boda en cuarenta y ocho horas para que el día fuera perfecto.
—Dame un momento —dije, apoyando la frente contra el marco de la ventana—. Dame solo un momento.
—¿Pero te gusta la idea?
—Mamá, hablamos luego.
Colgué. Me quedé mirando el puerto, las gaviotas planeando sobre las aguas del Mediterráneo, los barcos meciéndose suavemente en sus amarres.
El móvil, en mi bolsillo, pesaba como un secreto.
La pizarra, frente a mí, brillaba con sus listas perfectas.
Y dentro de mi pecho, el miedo crecía, silencioso pero implacable, como la marea que se acerca sin hacer ruido.
O como una madre con plumas de avestruz, que era básicamente lo mismo.