Un desastre llamado Amor
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Prólogo Un mensaje a tiempo
L a hierba del acantilado me pinchaba las piernas a través de la falda.
La brisa salada —que en cualquier otra ocasión habría catalogado como «enemiga del peinado»— me daba igual.
El moño que había tardado veinte minutos en domar se deshacía en mechones que me azotaban la cara, y yo, que soy de las que llevan un cepillo en el bolso por si acaso, no moví un dedo para arreglarlo.
Camilo estaba arrodillado frente a mí, con una rodilla hundida en la tierra húmeda y la otra manchada de verde.
Tenía el estuche abierto en la mano temblorosa, y el anillo —una sortija de plata desgastada con una piedra azul verdosa que parecía un trozo de mar— brillaba con los últimos rayos de sol.
Vale, no era un diamante de Tiffany, pero tenía su encanto.
—Marina —dijo, y su voz sonó ronca, emocionada—. ¿Quieres casarte conmigo?
El viento movía los pinos. Las olas rompían abajo, en la base del acantilado.
Todo era perfecto. Demasiado perfecto. Como esas fotos de archivo de «momentos inolvidables» que venden en los bancos de imágenes.
Y yo, que planifico hasta la posición de los cubiertos en los banquetes, sentí que algo se desbordaba por algún sitio.
¿El corazón? ¿El estómago? ¿La cuenta de ahorros?
—Sí —dije, y la palabra salió antes de que mi cerebro pudiera interceptarla para hacer un análisis de riesgos—. Sí, claro que sí.
Camilo me puso el anillo. Me temblaban los dedos.
La sortija me quedaba ligeramente grande; tendría que llevarla a ajustar.
Ya estaba haciendo cálculos: joyería cerca de la oficina, tres días de espera, cuarenta euros de ajuste.
Pero entonces él se levantó, me rodeó la cintura con los brazos, y me besó con esa mezcla suya de prisa y ternura que siempre lograba desarmarme.
Sabía a sal y a promesas.
—Te quiero —murmuró contra mis labios.
—Yo también —contesté, y ya estaba pensando en el ángulo para la foto de Instagram, en el hashtag, en la cara que pondría mi madre cuando lo viera.
Pero también pensaba en lo azul que estaba el cielo, en cómo la luz del atardecer le doraba los rizos negros, en que aquel momento merecía ser recordado sin filtros.
Y eso, para mí, que vivo de la imagen perfecta, era toda una declaración de intenciones.
—
Dos horas después, estábamos sentados en el porche de la casa rural que habíamos alquilado para la escapada.
La finca El Almendro se extendía ante nosotros: almendros centenarios, un camino de grava, una piscina vacía que reflejaba el cielo anaranjado.
Todo estaba en silencio, salvo el canto de los grillos y el tintineo de las copas de cava.
El cava estaba tibio —olvidé meterlo en la nevera—, pero burbujeaba igual.
Camilo puso una canción en su móvil, una de esas baladas indie que tanto le gustaban y que a mí me sonaban todas iguales. Brindamos.
—¿Sabes qué he pensado? —dijo él, recostándose en la silla de mimbre, con la camisa desabrochada y esa sonrisa de satisfacción que se le quedaba después de conseguir algo importante—. Que deberíamos casarnos aquí. En el acantilado. Justo donde te pedí que te casaras conmigo.
—Eso es muy poético —dije, y ya estaba visualizando la logística: permisos municipales, catering, carpa por si llovía, sillas, alfombra, equipo de sonido, el Ayuntamiento de Valencia, el juez de paz, los invitados, el alojamiento...
—. Mayo sería ideal. El tiempo es más estable.
Aunque Rebeca podría darnos un pronóstico exacto...
—¿Rebeca?
—Una meteoróloga que sigo en redes. Muy fiable.
Camilo se rió, sacudiendo la cabeza.
—Solo tú, Marina. Acaban de pedirte en matrimonio y ya estás haciendo un planning.
—Es que no planificar es una temeridad —dije, y bebí un trago—. ¿Sabes cuánto tarda en organizarse una boda con dignidad? Ocho meses. Mínimo. Y eso si no hay problemas con el catering.
Él se inclinó hacia mí, apoyó la mano en mi rodilla, y me miró con esa intensidad que siempre lograba que me olvidara de lo que estaba diciendo.
—Olvida el catering. Olvida los planes. Solo quiero casarme contigo, Marina. Lo demás me da igual.
—Eso es muy bonito, pero el mantel no se va a planchar solo.
Se rió de nuevo, y yo también. Porque tenía razón: en ese momento, con el cava tibio y el sol poniéndose y su mano caliente sobre mi pierna, nada más importaba. Pero esa sensación duró exactamente lo que tarda en enfriarse una copa.
Luego llegó la noche.
—
La cama de la casa rural era de esas de muelles que crujen con cada movimiento.
Camilo dormía a mi lado, boca arriba, con un brazo extendido sobre la almohada y la boca ligeramente abierta.
Roncaba. Un ronquido suave, rítmico, que debería haberme resultado entrañable pero que en ese momento solo me recordaba que no iba a poder dormir.
El móvil estaba en la mesilla. La pantalla iluminaba el techo con un resplandor azulado.
Me la había pasado revisando las fotos de la tarde.
La del atardecer. La del anillo. La de Camilo arrodillado con esa cara de niño que acaba de encontrar un tesoro enterrado.
Las subí a Instagram con un pie que decía: «El planning perfecto empieza con un 'sí' inesperado».
Me gustó el toque irónico. Mi blog «Sin Remordimientos» tendría una entrada nueva mañana.
Pero entonces, mientras pasaba el dedo por la pantalla, saltó una notificación.
Un mensaje de texto. Número desconocido.
Lo abrí sin pensar. Sin prepararme. Sin sospechar.
No te cases. Estoy a tiempo.
Lo leí una vez. Dos veces. Tres veces. Las palabras no cambiaban.
Noté un tirón en el pecho, como si el corazón hubiera decidido cambiar de sitio sin avisar.
Vale, Marina, respira. No eres la protagonista de un thriller.
Eres una wedding planner con un problema de exnovias y un mensaje de texto.
Las letras en la pantalla parecían crecer, ocuparlo todo.
Mi mente, que siempre va a mil por hora, se bloqueó.
Las variables, los escenarios, todo desapareció.
Solo existía ese texto. Esa advertencia.
Miré a Camilo. Dormía plácidamente, con esa tranquilidad de quien no tiene ningún secreto que ocultar. Su pecho subía y bajaba con regularidad. Una mano colgaba fuera de la cama. Tenía una pequeña mancha de hierba en la mejilla, allí donde se había tumbado en el suelo durante el brindis.
¿Quién enviaba eso? ¿Una exnovia? ¿Alguien que quería hacerme daño? ¿Un error? ¿Un número equivocado?
Le di la vuelta al móvil en las manos. Toqué el icono de información del contacto. «Desconocido». Sin nombre, sin foto, sin nada.
—Camilo —susurré, y la voz me salió ronca, apenas un hilo.
No respondió. Siguió roncando.
—Camilo —repetí, más fuerte.
Giró la cabeza, gruñó algo ininteligible, y volvió a sumergirse en el sueño.
Me quedé mirando la notificación. El cursor parpadeaba en el campo de respuesta.
Podía contestar, preguntar quién era, exigir explicaciones.
Podía despertar a Camilo, mostrarle la pantalla, montar un número.
Podía llamar a Diana, pedirle consejo, que su cinismo me ayudara a encontrarle sentido a aquello.
Pero no hice nada de eso.
En lugar de eso, pulsé eliminar. Un toque, dos toques de confirmación, y el mensaje desapareció. La pantalla volvió a mostrar las fotos de la tarde. La sonrisa de Camilo, el brillo del anillo, el atardecer que lo envolvía todo.
Apoyé la cabeza en la almohada y cerré los ojos. La respiración de Camilo era un susurro constante a mi lado. El colchón crujió cuando me giré para ponerle la mano en el pecho. No iba a permitir que un mensaje estúpido me fastidiara el momento más feliz de mi vida. O al menos el más instagrameable.
Pero el sueño no llegó.
Me quedé despierta, contando las grietas del techo de madera, escuchando el viento en los pinos, preguntándome quién había enviado aquel texto, por qué, y sobre todo, por qué había decidido borrarlo en lugar de enfrentarlo.
—
A la mañana siguiente, cuando el sol entró por la ventana y Camilo se despertó con un bostezo y un «buenos días, futura señora Durán» que me hizo sonreír a medias, ya había tomado una decisión. Futura señora Durán. Sonaba a contrato de alquiler. Pero bueno.
No iba a pensar en ello. El mensaje no existía. Era un error, una broma de mal gusto, alguien que se había equivocado de número. No había nada que investigar, nada que temer. Tenía una boda que planificar, un blog que mantener, una vida ideal que construir.
Así que sonreí, le devolví el beso matutino, y empecé el día como si nada hubiera pasado.
Pero la duda ya se había colado como una mosca cojonera en una comida al aire libre. Pequeña. Fastidiosa. Pero real.
Y no iba a irse tan fácilmente.
¿Y si el mensaje no era un error?