Capítulo 34
Ritual: una excusa para fastidiar a muerte a tu hermana
Ignoro los golpes en la puerta del mismo modo que he ignorado el teléfono durante el último día. No tengo deseos de ver a nadie ni de hablar con nadie ni de estar en presencia de nadie. Estoy mejor sola.
—Sabemos que estás ahí —grita Cassandra a través de la puerta.
—¡Marchaos!
—¡Soplaremos y soplaremos y tu casa derribaremos! —grita Elizabeth.
—¿Qué somos? ¿Los tres cerditos?
—Los cerditos son los que están en la casa. El lobo es el que la derriba.
Esta vez suena un golpe más suave. —¿Gabrielle? —¿Lilac? ¿Qué hace Lilac aquí? —Siento molestarte, pero me temo que si no abres la puerta, tendré que forzar la cerradura.
—¿Forzar la cerradura? ¿No tienes llave? —pregunta Elizabeth.
—Le di mis llaves a Gabrielle cuando se hizo cargo del contrato.
—Un momento. Creo que la pregunta que deberíamos hacernos es cómo sabe Lilac forzar una cerradura. —Más vale que Lilac no le enseñe a Cassandra a forzar cerraduras. Sus travesuras apenas se mantienen en el lado legal de las cosas tal como están.
—En realidad es bastante sencillo. He visto un vídeo en YouTube.
Camino pesadamente hacia la puerta y la abro de golpe. —¡Ya está! La puerta está abierta. ¿Estáis contentas ahora?
No espero a que respondan antes de dar media vuelta y regresar al sofá, donde me entierro de nuevo bajo mi manta.
—¿Qué está pasando? ¿Por qué finges ser un esquimal? —pregunta Cassandra.
—Esquimal es ofensivo. Puedes decir nativa de Alaska o inuit.
Cassandra hace una reverencia ante Lilac. —Lo que tú digas, Doña Sabelotodo.
Elizabeth se abre paso entre ambas. —¿Qué ha pasado? ¿Has roto con Phoenix?
—No lo sé.
Sorbo por la nariz y los ojos se me llenan de lágrimas.
Pensé que ya había llorado todo lo que tenía que llorar.
¿Acaso no hay un límite para la cantidad de lágrimas que una persona puede verter en un día?
¿Por qué existe la frase «no me quedan más lágrimas» si es imposible agotar el pozo de lágrimas que uno tiene en el cuerpo?
Elizabeth me envuelve junto con la manta en sus brazos y me mece de lado a lado. —Lo siento.
—¿Lo sientes? Yo quiero oír por qué no sabe si está con Phoenix o no.
Elizabeth mira con desprecio a Cassandra. —¿No puedes ser empática por una vez en tu vida?
Cassandra levanta una bolsa. —Soy empática. He traído alcohol y picoteo.
—¿Por qué está todo el mundo aquí? —pregunto mientras me limpio debajo de los ojos. El movimiento no sirve de nada. Las lágrimas siguen brotando.
—Este es el apoyo familiar para un ritual de ruptura —explica Lilac.
Lo cual sigue sin explicar por qué está Lilac aquí. —Sin ofender, Lilac, ¿pero por qué estás aquí?
—¡Hola! Se va a casar con nuestro hermano, lo que la convierte en nuestra cuñada, y eso la convierte en familia.
Miro mal a Cassandra. —Eso ya lo sé. Me refería a por qué no estás trabajando. No pareces el tipo de persona que se involucra en rituales de ruptura.
—Resulta que los rituales de ruptura pueden ser bastante útiles para que una persona se sienta mejor.
Supongo que ya no necesito preguntarme si le servimos de consuelo cuando asaltamos la casa de Lilac —este mismo apartamento, por lo visto— cuando ella y Beckett lo habían dejado temporalmente.
Cassandra lanza los puños al aire. —¡Que comience el ritual de ruptura!
—¿Puedes bajar el tono? Mis vecinos no aprecian a la gente loca, y yo tengo que vivir aquí, ¿recuerdas?
Elizabeth me da palmaditas en la espalda. —Gracias por dar pie. ¿Por qué tienes que vivir aquí? ¿Por qué no estás en la granja con Phoenix?
Jugueteo con las pelusas de mi manta. —Él no me quiere allí.
—¿Quién lo dice?
—Lo dice él. —Sueno como una adolescente petulante y no me importa.
—¿Te echó? —pregunta Lilac. —Esto es de lo más inusual. —Rebusca en su bolso. —Déjame llamarle. Este no es el comportamiento normal para un hombre de Winter Falls.
—¡No! —suelto un chillido y me pongo en pie de un salto para correr hacia ella, pero mis extremidades se enredan en la manta y caigo al suelo. No dejo que la caída me detenga. Pataleo hasta liberarme de cualquier enredo y me pongo en pie rodando antes de lanzarme hacia Lilac.
—¡No le llames! —Intento arrebatarle el teléfono a Lilac, pero ella lo levanta en el aire. Como es una gigante, no llego. Salto, pero no me acerco ni a su codo, y mucho menos al teléfono. Ser bajita es un asco la mayor parte del tiempo.
—Será mejor que prometas no llamar a Phoenix, Lilac. De lo contrario, la «Señorita El Ejercicio es para Perdedores» va a sufrir un tirón muscular.
Lilac asiente a Cassandra y yo dejo de saltar. Me tiemblan las piernas, pero le echo la culpa a la falta de líquidos en las últimas veinticuatro horas. Llorar a mares y no beber nada de agua haría que a cualquiera le temblaran las piernas.
—¿Te echó él? —Lilac repite su pregunta.
—No me echó exactamente.
Regreso a mi sitio en el sofá y Cassandra se deja caer al suelo cerca de mis pies. —O te echó o no te echó. ¿Cuál de las dos?
—No me pidió que me quedara.
—Que no es lo mismo que echarte —señala Lilac porque prefiere que las cosas sean claras y concisas. El gris no existe en su mundo, mientras que yo estoy viviendo en el gris en este momento.
—No tuvo ningún problema en ayudarme a marcharme. Incluso subió mi equipaje y lo puso en mi dormitorio. —Arqueo las cejas hacia ellas en una súplica silenciosa para que contradigan mi conclusión de que esas acciones indican que no quería que me quedara. No lo hacen. Maldita sea.
—Luego, cuando aparecieron las cotillas, dijo —y cito textualmente—: «Ella no se va a mudar a la granja».
—Ay. —Cassandra me acaricia la pierna. —Si no es capaz de ver lo maravillosa que eres y no quiere que vivas con él en la granja, es su pérdida.
—Totalmente. —Elizabeth asiente de acuerdo.
—Sigo pensando que esto podría ser un malentendido —dice Lilac.
—Nop. —Cassandra levanta la mano. —No estás aquí para darle esperanzas a nuestra hermana cuando está hundida en la miseria.
Espera. ¿No? Me vendría bien una dosis de esperanza.
La esperanza a la que me he estado aferrando se está agotando rápido, teniendo en cuenta que ha pasado un día desde que dejé la granja y Phoenix no se ha puesto en contacto conmigo ni una sola vez.
Ni llamadas. Ni mensajes. Ni correos electrónicos.
Ni batiseñales. Nada. Me vendría bien una inyección de esperanza —por muy pequeña que fuera— para seguir adelante.
Lilac aprieta los labios. No le gusta que le digan lo que tiene que hacer, al igual que a Cassandra. Pero, hay que reconocerle el mérito, no se pone a discutir con mi hermana.
—Está bien. ¿Por dónde empezamos?
Cassandra se pone en pie de un salto. —He traído tequila.
Finjo una arcada. —¿Puedo vetar el tequila y votar por una cerveza?
—Lo siento, pero no lo siento. La cerveza es para ver el partido o comer pizza. Cuando estás hundida en la miseria, necesitas chupitos de tequila.
Se va dando saltitos a la cocina. —¿Dónde están tus vasos de chupito?
—¿Al menos vais a darme comida antes de emborracharme?
Elizabeth me da palmaditas en el brazo. —Sí, prefiero alimentar a la gente antes de emborracharla.
Arrugo la nariz. —¿Emborrachas a la gente a menudo, verdad?
Se sonroja y agita una mano frente a su cara. —No me refería a... quería decir... Olvídalo.
Cassandra regresa con un puñado de vasos de chupito llenos.
Esto no va a ser bueno. La última vez que bebí tequila estaba en la universidad y terminé durmiendo en el suelo del baño de la residencia.
Ni siquiera era mi dormitorio. Y no tengo ni la más remota idea de cómo llegué allí.
Me llevó quince minutos de dar vueltas al día siguiente para encontrar mi propia habitación.
Mi estómago se revuelve ante el olor de la bebida, pero Cassandra me acerca el vaso de chupito.
—Te sentirás mejor después. Créeme.
—Nunca he confiado en ti antes, ¿por qué iba a empezar ahora? —murmuro, pero me tapo la nariz y me bebo el chupito. El líquido quema al pasar por mi esófago de camino al estómago. Casi me provoca una arcada, pero consigo tragarme la bilis.
Lilac hace una mueca mientras deja su vaso de chupito vacío sobre la mesa de centro. —Creo que ahora tocan comida y películas. —Levanta una bolsa.
Cassandra junta las manos como si estuviera rezando. —Por favor, dime que Juniper se ha portado.
—Juniper se ha portado.
Cassandra suelta un chillido antes de quitarle la bolsa a Lilac y mirar dentro. —Ninguna de las películas que hay aquí se ha estrenado todavía.
Lilac se aclara la garganta. —Juniper sacó estas películas de casa a escondidas. No hagas que me arrepienta de haber confiado en vosotras.
Los hombros de Cassandra se hunden. —¿Quieres decir que no puedo publicar en las redes sociales que estoy viendo estas películas antes de su estreno?
Lilac recupera la bolsa. —No sé si esto ha sido buena idea.
—Vamos —suplica Elizabeth—, no nos castigues por las acciones de nuestra hermana.
—Está bien. Pero no me obligues a retiraros la invitación a mi boda.
—¿B-b-boda? —Respiro hondo e intento de nuevo. —¿Ya la estás planeando?
—Lo siento. Me dijeron que no hablara de nada relacionado con la boda hoy.
—¿Quién está lista para ver una película? —grita Elizabeth antes de que tenga oportunidad de preguntarle a Lilac quién le dijo que no mencionara su boda.
—Yo traeré el picoteo. —Cassandra corre a la cocina a por cuencos.
Todas se reúnen a mi alrededor mientras pongo la película en mi portátil. Lo último que esperaba hoy era reírme, pero eso es exactamente lo que acabo haciendo. Anda. Quizá haya algo de razón en esto de los rituales de ruptura.