Capítulo 33
Gallina: cuando tienes demasiado miedo para decir lo que deberías decir, lo que te lleva a cometer errores estúpidos
Me quedo mirando la maleta sobre nuestra cama.
No, no nuestra cama. El hecho de que esta cama no sea nuestra es el motivo por el que estoy aquí parada como una boba intentando averiguar qué debería hacer.
Patrick se ha ido, lo que significa que el «peligro» ha desaparecido, lo que significa que se acabó lo que se daba. Creo.
Maa.
—Yo también te echaré de menos, Pan.
Maa.
—Porque...
Mis palabras se cortan. ¿Por qué me voy? Me desplomo en la cama y me oculto el rostro entre las manos. No sé por qué. Desde luego, no quiero irme a ninguna parte, pero Phoenix no me ha pedido que me quede. Lo cual significa que debería irme, ¿verdad?
Maa.
—No estoy siendo melodramática.
Maa.
—¡No, no lo estoy!
¡Válgame Dios! Estoy discutiendo con una cabra.
Maa.
Abro la boca para hablar, pero la cierro de golpe antes de seguir discutiendo con una cabra como si estuviera loca de remate. Se me debe de estar pegando lo del pueblo de Winter Falls.
Me pongo en pie. —Hora de poner este espectáculo en el barco. ¿En la carretera? Lo que sea. —Sacudo la cabeza y abro el primer cajón de la cómoda.
Estoy cerrando la cremallera de mi maleta. Corrección: estoy intentando cerrar la cremallera de mi maleta cuando Phoenix entra tranquilamente en el dormitorio.
—¿Lista para almorzar? —Frunce el ceño cuando se fija en la maleta—. ¿Qué estás haciendo?
Me encojo de hombros ya que no tengo ni idea de lo que estoy haciendo.
—¿Estás haciendo las maletas?
—¿S-s-sí? —¡Uf! Tartamudeo estúpido. ¡Vete! —¿Sí? —Mi respuesta sigue sonando como una pregunta, pero al menos no he tartamudeado. Pequeñas victorias.
—¿Por qué?
—¿Por qué?
—Sí. ¿Por qué?
Pídeme que me quede. Pídeme que me quede.
Nos quedamos en silencio mientras le suplico con la mirada que me pida que me quede. Él frunce el ceño y baja la vista hacia la maleta; su ceño se acentúa aún más. Si no le gusta mi partida, puede pedirme que me quede.
¡Maa!
—No me he olvidado de que existes, Pan. —Phoenix le hace cosquillas en la barbilla, pero su mirada sigue fija en la maleta. Pan le da un cabezazo en la mano y él finalmente le presta toda su atención—. ¿Lleva un pañal?
Pongo los ojos en blanco. —No pongas cara de sorpresa. Sabes que le pongo pañal cuando está dentro de casa.
Sonríe, pero la sonrisa no llega a sus ojos. —Me habría encantado verte aprender a ponerle un pañal a una cabra.
Me alegro de que no estuviera por aquí. Creo que enseñarle a Pan a hacer sus necesidades habría sido más fácil que meterla en un pañal la primera vez.
—¿Alguna vez le has puesto un pañal a una cabra?
Asiente. —Cuando una hembra muere en el parto, hay que alimentar a los cabritos a mano. Es más fácil hacerlo cuando están dentro de casa.
—¡Phoenix Apollo! ¿Dabas el biberón a las cabras?
—Todo criador de cabras ha dado el biberón a algún cabrito que otro.
Ojalá pudiera estar presente en la próxima tanda de cabritos que nazcan.
—¿Puedo venir a la granja cuando nazcan los cabritos?
Suspira y se adelanta unos centímetros hasta invadir mi espacio personal. —Gabby, no hace falta que preguntes. Siempre eres bienvenida en la granja.
¿Pero no soy bienvenida para vivir aquí a tiempo completo? Quiero hacer la pregunta, pero no me atrevo. Si la respuesta es no, me quedaré destrozada.
—Gracias —digo con voz ronca. Me aclaro la garganta y señalo la maleta—. ¿Puedes... ejem... ayudarme a cerrarla?
Sacude la cabeza. —¿Qué les pasa a las mujeres con el cierre de las maletas?
¿Se refiere a Tina? No quiero pensar en las otras mujeres a las que ha ayudado con su equipaje. No quiero que ayude a nadie con su equipaje excepto a mí.
¿Celosa, Gabrielle? Normalmente no, la verdad. Pero cuando pienso en Phoenix con otra mujer, podría reducir el mundo a cenizas. Al parecer, no solo soy celosa, sino bastante destructiva cuando tengo un ataque de celos.
Cierra la cremallera de la maleta y la levanta de la cama. —Tú primero.
Me quedo quieta en el dormitorio un momento más, deseando que me pida que me quede, pero él levanta una ceja y no dice ni una palabra. Suelto un bufido y me doy la vuelta.
Me rindo. No va a pedirme que me quede. No me quiere. Igual que todos los hombres con los que he estado. Excepto Patrick, que no me quiso hasta que me alejé de él. En realidad no me quiere a mí. Quiere reparar su orgullo herido.
Bajo las escaleras pisoteando fuerte y salgo por la puerta, donde me detengo al ver la entrada vacía. Había olvidado que no tengo vehículo, ya que el mío está en el aparcamiento de mi edificio de apartamentos. Menos mal que no planeaba escabullirme.
Phoenix me coge de la mano y me guía hacia su camioneta, aparcada junto al establo. Disfruto de la sensación de su mano en la mía mientras caminamos. ¿Quién sabe cuándo será la próxima vez que tenga la oportunidad de tocarlo?
Lanza mi maleta a la parte trasera de su camioneta antes de llevarme a la puerta del pasajero. Abre la boca como si fuera a hablar, pero sacude la cabeza y me abre la puerta. Me suelta la mano y me indica con un gesto que suba.
No hablamos mientras nos dirigimos a mi apartamento. No es el silencio cómodo al que estoy acostumbrada con él. Su irritación prácticamente llena la cabina. ¿Y yo? Tengo el corazón roto.
Pensé que me pediría que me quedara. Pensé que quería que me quedara. Pensé que le importaba.
Quizá me equivoqué en todo. Intento tragarme el nudo que me ha aparecido en la garganta. Hay una cosa en la que no me equivoco. Amo a este hombre. Quizá él no me corresponda, pero mi corazón está puesto en él y no hay nada que pueda hacer al respecto.
Aparca en la calle frente a mi apartamento y sale de un salto sin decir palabra. Lo sigo hasta la parte de atrás, donde coge mi maleta.
Le tiendo la mano. —Puedo encargarme yo sola a partir de aquí.
Él gruñe.
—No hace falta que me escoltes hasta la puerta. Ya soy mayorcita. Además, han echado a Patrick del pueblo.
Estúpido, estúpido Patrick. Si no se hubiera presentado en el festival de Samhain, yo todavía estaría viviendo en casa de Phoenix. Me quedaría allí hasta que estuviera tan arraigada en el tejido de la granja que Phoenix no soportara dejarme marchar.
Señala la puerta con un gesto. Al parecer, ha perdido la capacidad de hablar. Tanto hablar para solucionar nuestros problemas... Problemas de los que no me había dado cuenta hasta hoy. Niña tonta con su corazón enamorado y colado por un hombre que no la quiere.
Subo las escaleras del apartamento a paso pesado con Phoenix siguiéndome. Abro la puerta y él me pasa por delante.
—No hace falta que busques al coco. Lo echamos del pueblo.
Él suelta un gruñido mientras inspecciona la sala antes de marchar hacia el dormitorio, donde deja mi maleta sobre la cama.
—Te acompaño a la salida —digo, porque necesito que se vaya de aquí antes de empezar a sollozar. Ya siento la presión aumentando tras mis ojos.
—¿Qué está pasando? —pregunta Sage mientras irrumpe en mi apartamento. Sin llamar, por cierto.
—Métete en tus asuntos —gruñe Phoenix, y yo me estremezco. Hasta yo sé que decirle a una cotilla que se meta en sus asuntos no es la mejor de las ideas.
—Phoenix Apollo, que sepas que yo solía cambiarte los pañales —dice Sage.
Él suspira. —No veo qué tiene que ver el hecho de que me cambiaras los pañales cuando era un bebé con nada de esto.
El resto de las cotillas entran en el apartamento, y él echa la cabeza hacia atrás para mirar al techo. Si le está pidiendo a alguien allá arriba que lo teletransporte lejos, no tiene suerte. Creedme. Lo sé. Yo misma lo he intentado bastantes veces.
—¿Puedo ayudaros en algo? —pregunto, ya que alguien tiene que ser educado en esta situación.
—¿Por qué estás aquí? —pregunta Feather.
—Eso. —Petal asiente—. ¿Te llevas tus cosas a la granja?
—¿Por qué no nos llamaste? Podríamos haber empezado a hacerte las maletas —añade Clove.
—No se va a mudar a la granja —dice Phoenix, y aspiro una bocanada de aire por la nariz antes de que las lágrimas que amenazan con caer se hagan realidad.
Supongo que ya ha respondido a mi pregunta de por qué no me pidió que me quedara. No quiere que me quede. Me cachis en los mengues. ¿Me estaba usando? ¿Era un cuerpo conveniente? ¿Una buena limpiadora y cocinera que ayudaba en la granja?
Con esas preguntas rondando por mi cabeza, hago algo que nunca habría pensado que podría hacer.
—¡Fuera! —grito y señalo la puerta—. ¡Salid todos de mi apartamento!
Las cotillas se miran entre sí. Parecen estar manteniendo una conversación silenciosa. Normalmente, me fascinaría su capacidad para conversar sin abrir la boca, pero ahora no. Llegan a alguna conclusión y asienten al unísono antes de dirigirse hacia la puerta.
—Estamos aquí si nos necesitas —proclama Sage antes de saludar mientras se van.
—Tú también. —Señalo a Phoenix en su pecho duro. Ignoro el dolor y lo hago de nuevo—. Sal y vuelve a tu granja —digo con desprecio.
El dolor asoma a sus ojos y abre la boca, pero yo niego con la cabeza. —¡Fuera!
Levanta las manos en señal de rendición antes de retroceder y salir por la puerta. La cierro de golpe en cuanto me quedo sola y me desplomo contra ella. Me oculto la cara entre las manos mientras empiezan a caer las primeras lágrimas.