Capítulo 27
La inseguridad: un mal hábito que puede arruinar las relaciones
Phoenix aparta sus labios de los míos. —Buenas noches.
Frunzo el ceño. ¿Buenas noches? Estamos llegando a la parte buena de la velada. La parte en la que la ropa desaparece y entran en juego las partes desnudas del cuerpo. Pero él no me está quitando la ropa. Se está acomodando para dormir.
Abro la boca para preguntarle qué le pasa. ¿Por qué no quiere acostarse conmigo? Ya lo hemos hecho antes y fue bastante espectacular. O, al menos, eso me pareció a mí. ¿Quizás él no está de acuerdo?
Me coloca hasta que me quedo tumbada de lado con él detrás de mí y su brazo por encima de mi vientre. Muevo el culo y noto que está duro. Al menos sé que le atraigo sexualmente, pero ¿por qué no hace nada al respecto?
Su brazo alrededor de mi cintura se aprieta. —Duérmete, cariño.
Vuelvo a mover el culo y él suelta un gemido. —Duerme.
—Pero tenemos que encargarnos de tu pequeño problema.
Él gruñe. —¿Pequeño?
—Vale. Tenemos que encargarnos de tu gran problema.
—Estoy agotado. Necesito dormir.
Él me besa el pelo y me quedo quieta mientras espero a que su respiración se acompase. No pasa mucho tiempo antes de que se duerma. ¿Quizás de verdad solo esté agotado? ¿Quizás esto no tenga nada que ver conmigo?
Salvo que la bolita de inseguridad que vive en mi vientre abre los ojos y empieza a soltar todo tipo de tonterías. Phoenix no está cansado, somos nosotras. No somos suficientes para él. Es ridículo que pienses que podemos pescar a un bombón como Phoenix. De hecho, eres un chiste.
Mi inseguridad ya no es una bolita tan pequeña. No, es un dolor de muelas andante y parlante. Él nos quiere, le recuerdo.
¡Ja! Quiere a una mujer dispuesta. Cualquier mujer le valdría.
¡No! Él no quería una relación y, aun así, hizo una excepción conmigo.
De repente, ya no estoy de lado. Estoy boca arriba con Phoenix cerniéndose sobre mí.
—Pensaba que estabas dormido.
Él resopla. —Como si pudiera dormir con los pensamientos en tu cabeza gritando en voz alta.
Me avergüenzo. —No estaban gritando.
Arquea una ceja, pero yo me sello los labios. No voy a confesarle todas mis inseguridades a este hombre que irradia confianza en todo lo que hace.
Roza mis labios con los suyos. —Duerme —murmura.
Me acurruca contra su costado, y obligo a mi inseguridad a volver a ser una bola y despejo mi mente. Sorprendentemente, funciona y me quedo dormida.
Cuando despierto, Phoenix se ha ido hace tiempo, como demuestra su lado frío de la cama.
Maldita sea. Adiós a eso de abalanzarme sobre él y convencerle de tener sexo mañanero.
Estoy convencida en un treinta y cinco por ciento de que habría reunido el valor suficiente para asaltarle.
Vale, más bien un cinco por ciento, pero con él fuera, mis posibilidades son de un cero por ciento. Hora de ponerse a trabajar.
—¡Hola! Tierra llamando a Gabrielle.
Me sobresalto y casi se me cae el teléfono. —Perdona. Estoy aquí.
Mi cliente, Danielle, se ríe entre dientes. —Puede que estés aquí en sentido físico, pero tu mente no está en mi campaña en redes sociales.
—Lo siento. Tengo muchas cosas en la cabeza.
—Espero que lo que sea que tengas en la cabeza sea algún hombre delicioso.
Me aclaro la garganta. —¿Por qué piensas que estoy fantaseando con un hombre?
—Cariño, en mi vasta experiencia, fantasear siempre es por un hombre. La pregunta es: ¿estás fantaseando con matar a un hombre o fantaseando con que te espose a una cama y se salga con la suya contigo?
Lo segundo. Definitivamente lo segundo. Aunque podría estrangular a Phoenix por su decisión unilateral de dejar de tener sexo conmigo.
—Sexo, entonces.
—No he dicho ni una palabra.
—He podido oír tu suspiro hasta aquí, en California.
Suspiro. Otra vez, por lo visto. —Los hombres son confusos.
Ella resopla. —Y dicen que las mujeres somos las confusas.
—Lo siento. Esta conversación es totalmente poco profesional.
—Cariño, has sido mi gestora de redes sociales durante cinco años. Eres eficiente, respondes a mis correos en minutos y nunca te saltas un plazo. Empezaba a pensar que eras un robot. Ya es hora de que un hombre se dé cuenta de lo especial que eres.
Siento que me arden las mejillas y agradezco que no estemos en una videollamada. Antes de que tenga oportunidad de decirle que no estoy segura de lo que siente Phoenix, vuelve a hablar.
—Y no te metas en ese terreno pantanoso de preguntarte por qué este hombre está haciendo lo que sea que esté haciendo para que te replantees cada detalle de tu vida.
Los hombres son criaturas simples. Probablemente esté preocupado por quién va a ganar el partido el sábado mientras tú te has inventado todo un escenario sobre cómo ya no le importas.
¿Cómo lo sabe?
—Te llamaré mañana para hablar de la campaña, y espero que me cuentes lo espectacular que ha sido tu noche.
Cuelga antes de que pueda reconducir la conversación. Se suponía que íbamos a tener una charla de negocios. No una conversación íntima. Mi teléfono pita con un mensaje antes de que pueda soltarlo.
A por él, tigresa.
¿Yo una tigresa? ¿Acaso me conoce? En realidad, Danielle no me conoce en persona.
La mayoría de mis clientes no lo hacen. Es una de las razones por las que elegí el marketing en redes sociales como profesión.
En internet, no tengo problemas para fingir ser alguien que no soy.
Alguien extrovertido y divertido. Vaya si mis clientes se decepcionarían si alguna vez me conocieran en persona.
La bola de inseguridad vuelve a desenredarse, pero la reprimo. Ya no voy a ser la Gabrielle tímida y apocada. Bailé en un desfile este fin de semana. Delante de todo el pueblo. Y no pasó nada malo. Nadie se burló de mí. De hecho, un montón de gente se unió a mí, y nos reímos y bromeamos.
Vale. Me pongo de pie. Puedo con esto.
Cuando Phoenix entra en la casa de campo para cenar, se detiene al ver la mesa. Su mirada recorre las velas y las flores antes de sonreírme.
—¿Qué se celebra?
—A nada especial. —Me encojo de hombros—. Lávate las manos mientras saco la frittata del horno.
No hace falta que se lo diga dos veces. Se quita las botas mientras se apresura hacia el baño.
Estoy poniendo la frittata en la mesa cuando se me une. —¿Qué puedo hacer? —pregunta dándome un apretón en la cadera.
Miro la mesa. Hay pan recién hecho y mantequilla de ajo, una botella de vino tinto dulce y la frittata de queso de cabra y espinacas.
—Puedes servir el vino —le digo.
Me aparta la silla con un guiño. —Después de ti.
Empieza a comer con ganas. Yo, en cambio, tengo problemas para que la comida me pase por la garganta.
—Esto está delicioso. ¿De dónde has sacado las espinacas frescas?
—Del jardín. —Él se detiene con el tenedor a medio camino de la boca. Oh, no. ¿Me he extralimitado? —¿He hecho algo mal? ¿No debía coger nada del jardín?
Se aclara la garganta. —No pensaba que hubiera nada que coger en el jardín.
Suelto una risita. —Ya te digo. Estaba hecho un desastre. He estado quitando las malas hierbas poco a poco.
—¿Ah, sí?
Las dudas me asaltan de nuevo. —Maldita sea. Debería haber preguntado. No me di cuenta.
Extiende la mano sobre la mesa y me agarra la mía. —Para. Está bien. Es que estoy sorprendido, eso es todo. No se ha plantado nada en el jardín desde hace mucho tiempo. No me había dado cuenta de que quedara ninguna verdura.
—La mayoría de las verduras se han echado a perder, pero las espinacas y los calabacines están bien. Aunque creo que los calabacines ya podrían clasificarse como calabazas de lo grandes que son. Investigaré qué puedo cocinar con ellos.
Me aprieta la mano antes de soltarla y coger el pan. Corta un trozo y lo unta bien con mantequilla de ajo antes de dármelo.
—¿También has hecho tú este pan?
—Si cuenta usar una panificadora...
—Cuenta.
—Entonces sí.
Terminamos el resto de la comida en silencio.
Es un silencio cómodo. Nunca antes había experimentado un silencio cómodo con un hombre.
Normalmente, los hombres me presionan para que hable como si mi timidez fuera un obstáculo personal que deben superar.
Ridículo. Excepto que con Phoenix, no tengo mi timidez habitual. Lo que me recuerda que...
Ha llegado el momento. Reúno todo mi valor y pregunto: —¿Por qué te estás conteniendo?
No me mira a los ojos cuando me pregunta: —¿Conteniéndome?
—No me obligues a decirlo —suelto con un bufido.
Suelta el tenedor para rascarse la barba que le empieza a crecer tras un largo día de trabajo en la granja. —No hace falta que lo digas.
Como no añade nada más, le insisto: —¿Puedes responder a mi pregunta?
—No me estoy conteniendo.
—¡Mentiroso! —Se me abren los ojos de par en par al darme cuenta de que he dicho mis pensamientos en voz alta—. Yo...
Él descarta mi disculpa con una risita. —No miento. No me estoy conteniendo. Me estoy tomando las cosas con calma.
—¿Calma? A este paso, volveré a ser una virgen renacida pronto.
Suelta una carcajada. —Eres muy graciosa cuando te olvidas de ser tímida.
—Solo se me olvida ser tímida contigo —admito.
Se levanta y rodea la mesa. Me tiende la mano y yo se la agarro. Me pone en pie y me acerca a él. Nos balanceamos de un lado a otro.
—No quiero estropear esto —confiesa.
Arrugo la nariz mientras le miro. —¿Por tener sexo?
—Por implicarme demasiado antes de que estés lista.
—Estoy lista. Estoy más que lista. Estoy súper lista.
Me mira a los ojos y dejo que vea todo lo que siento. No voy a decirle que le quiero. Es demasiado pronto. Puede que elimine mi timidez, pero mi inseguridad sigue siendo un ser vivo dentro de mí. No le diré cómo me siento hasta que esté segura de que él siente lo mismo.
Dejo que mis manos recorran su espalda hasta llegar a su culo. Aprieto esos perfectos globos de músculo y él se empuja contra mí. Siento su dureza y sonrío con picardía.
—Crees que has ganado.
—¿No es así?
Todavía se está riendo cuando sus labios encuentran los míos. Me coge en brazos y me sube las escaleras en estilo nupcial.
—Veremos quién ha ganado cuando te tenga retorciéndote en mi cama muriéndote por que te corras.
—Sigue pareciendo que gano yo.
Me guiña un ojo antes de lanzarme sobre la cama. Sí, definitivamente estoy ganando.