Capítulo 20
Disculpa: mejor incluir algo más que solo decir «lo siento», pero ojalá no sea un pastel patético
Phoenix
Mierda. Mierda. Mierda. Soy un imbécil. No, peor que un imbécil. ¿Qué es peor que un imbécil? Gabby lo sabría. Por supuesto, no puedo preguntárselo porque no me habla. No ha salido de su dormitorio cuando yo estoy dentro desde que hace dos días decidí usarla de saco de boxeo.
¿Qué voy a hacer? Me quedo mirando el bizcocho de chocolate y café que he preparado para sobornarla y que me hable. Parece que una cabra gigante ha soltado un zurullo enorme en un plato.
Quizá sea una mala idea. La puerta del dormitorio chirría al abrirse. Demasiado tarde.
Gabby baja las escaleras despacio. Mientras avanza hacia la cocina, donde estoy yo, mantiene la mirada fija en la puerta trasera por la que he fingido salir hace menos de cinco minutos, así que no se da cuenta de mi presencia hasta que está a menos de un palmo de mí.
—¡Ah!
Grita y da un salto hacia atrás, chocando con la mesa de la cocina. Las piernas le flaquean y empieza a caerse al suelo. La agarro antes de que se dé contra el piso.
—Tranquila —murmuro mientras la rodeo con mis brazos.
El alivio me recorre al sentirla de nuevo en mis brazos. Que me haya evitado durante dos días ha sido un auténtico infierno. Me lo merecía, no hay duda. Pero ha seguido siendo un infierno.
Ella se agita en mis brazos y me aseguro de que esté firme sobre sus pies antes de soltarla.
—¿Qué estás haciendo?
—¿Estar en mi cocina?
—Sí, soy muy consciente de que es tu cocina —gruñe ella.
Maldita sea. Estoy haciendo un trabajo fenomenal disculpándome. Me meto las manos en los bolsillos e intento empezar de nuevo.
—Quería pedirte perdón.
—¿Has fingido salir y te has escondido en la cocina porque querías pedirme perdón?
Dicho en voz alta suena idiota, pero ¿qué otra opción tenía?
Es una campeona evitándome. Se acabaron los buenos días gruñones antes de que tome su café.
Nada de traerme un vaso de limonada fría en una tarde calurosa.
Nada del olor a algo delicioso para cenar después de un largo y duro día de trabajo.
Nada de pasar la noche en el sofá viendo un partido con ella cerca leyendo.
—Yo no diría esconderse.
Cruza los brazos sobre el pecho.
—Por eso estás ahí de pie a oscuras.
—No estoy de pie a oscuras —discuto yo. Ella frunce el ceño y añado rápidamente—: Tengo una sorpresa para ti.
Un destello de deleite brilla en sus ojos, pero parpadea para ocultarlo.
—¿Una sorpresa? ¿Es como planeabas matarme del susto? Si es así, misión cumplida.
—Quizá debería esperar a que te bebas tu primer café antes de darte la sorpresa.
Se pone las manos en las caderas.
—Todavía no he visto esa supuesta sorpresa.
Probablemente no debería haberle dado tanto bombo a la sorpresa. Seguro que ahora la decepciona. Cojo el pastel y se lo acerco.
—Te he hecho un bizcocho.
Se muerde el labio, pero no se me escapa cómo se curvan hacia arriba las comisuras de su boca.
—¿Esto es un bizcocho?
—Es un bizcocho de chocolate y café. Te encantan el café y el chocolate... —mi voz se apaga mientras me encojo de hombros.
—¿Has buscado una receta de bizcocho de chocolate y café o simplemente has añadido chocolate a una receta de bizcocho de café?
—¿Lo segundo?
—Ejem... No puedes añadir un ingrediente a una receta sin cambiar las medidas de los demás ingredientes.
Ah, ahora entiendo por qué el bizcocho parece un montón de mierda.
—¿Quizá sepa bien? —espero que al menos sea comestible.
—Probémoslo —dice ella antes de abrir los armarios y sacar dos platos.
Preparo unas tazas de café mientras ella corta el bizcocho. Nos sentamos a la mesa de la cocina y espero a que pruebe el dulce antes de meterme un trozo en la boca. Se le abren los ojos de par en par mientras mastica.
—No está nada mal.
Me meto un trozo en la boca. Anda. No mentía para ser amable. Es comestible.
Espero hasta que hemos terminado el bizcocho y el café para hablar.
—Tengo que pedirte disculpas.
Ella asiente y yo continúo.
—El otro día me pasé de la raya. No debí gritarte. Me sorprendiste y me porté como un puto idiota.
—No me vas a oír negarlo —murmura ella.
—¿Aceptarás mis disculpas?
Tamborilea con los dedos sobre la mesa durante un minuto antes de responder.
—¿Cómo no voy a aceptar tus disculpas si me has hecho este bizcocho tan delicioso y hermoso?
Suelto un gruñido.
—Ha sido mi primera incursión en la repostería.
—Le diré a Rowan que hay un nuevo pastelero en el pueblo y que debería tener cuidado.
—¿Aceptas mis disculpas?
Ella asiente, pero luego baja la barbilla y el pelo le cubre la cara. Aprieto los dientes ante el gesto. Pensaba que ya habíamos superado esto.
—¿Quizá deberíamos hablar de lo que pasó?
—He dicho que he sido un idiota.
—Un completo idiota —corrige ella.
—Sí —acepto.
—El mayor idiota de Winter Falls. No. De Colorado.
—Vale. Soy el mayor idiota de Estados Unidos. ¿Ya estás contenta?
Ella suelta una risita, pero mantiene la barbilla baja con la mirada puesta en el suelo.
Espero a que hable, pero no soy precisamente conocido por mi paciencia.
—¿De qué quieres hablar?
—Dijiste que todo era mentira.
Aprieto los dientes ante el recordatorio. Nunca debí decir aquellas palabras.
—Pensaba que éramos amigos.
—Lo somos —me apresuro a tranquilizarla.
Se queda callada y me doy cuenta de que le debo una explicación mejor. Maldita sea. ¿De verdad voy a contarle mi mayor vergüenza?
—Hubo una chica. —Gran forma de ser vago—. Una novia. —Trago saliva mientras me bombardean los recuerdos de la traición de Tina—. No hace falta decir que las cosas no funcionaron.
—¿Terminó mal?
—De la peor manera posible.
Ella contiene el aliento.
—No abusó de ti, ¿verdad?
Vaya forma de demostrar que soy el mayor idiota del mundo. Por supuesto, la mente de Gabby pensaría inmediatamente en abusos cuando digo «de la peor manera posible».
—No. Me traicionó.
Arruga la nariz y por fin me mira a los ojos.
—¿Te engañó?
Trago saliva ante el doloroso recordatorio y asiento.
—¿Estaba loca? ¿O ciega? —Gesticula hacia mí—. Eres sin duda el tío más bueno de Colorado. ¿Acaso creía que podía encontrar algo mejor?
—Ella no quería a un granjero —digo.
—¿No sabía que eras granjero cuando os conocisteis? Esto apoya mi teoría de la ceguera. No, una persona ciega puede oír que eres granjero. ¿Era ciega y sorda?
No. Simplemente se creía demasiado buena para un granjero y para Winter Falls. Pero ya he terminado de hablar de Tina.
—¿Estamos bien?
Arruga la nariz mientras medita su respuesta.
—Ehm, no uses cubitos de hielo hoy.
Me confunde su extraña respuesta.
—¿Por qué?
—Puede que accidentalmente haya puesto caca en ellos.
Suelto una carcajada.
—¿Caca?
—No de verdad, caca de plástico.
—Supongo que si es caca de plástico, no pasa nada —digo como si entendiera de qué me está hablando—. ¿De qué estás hablando?
Juguetea con las migas de su plato.
—Estaba enfadada contigo.
—Lo sé —la insto cuando no dice nada más.
—Quería vengarme por la forma en que me humillaste delante de todos mis conocidos.
Le agarro la mano y se la aprieto.
—Lo siento.
Aquí es donde debería contarle toda la verdad.
Cómo cuando la vi haciendo yoga con las cabras, tuve un flashback de Tina.
Siempre se estaba quejando de que el hecho de que yo fuera un criador de cabras no era suficiente.
Necesitaba «expandir mis horizontes» y «explorar otras oportunidades de negocio».
Con esos recuerdos bombardeándome, vi las esterillas de yoga y las cabras y perdí los estribos al instante.
Pero no se lo confieso a Gabby. ¿Cómo podría? Ella no está en la granja de verdad. Puede que fuera un imbécil cuando dije que nuestra relación es falsa, pero no me equivocaba del todo.
Gabby se aclara la garganta.
—En fin, no tenía ningún muñequito de bebé, así que opté por lo de la caca falsa.
—¿Muñequitos de bebé?
Me hace un gesto con la mano para que lo deje pasar.
—No preguntes.
—Vale. —Me levanto y recojo nuestros platos—. Y yo tampoco usaré cubitos de hielo hoy.
—Y prometo no usar los muñequitos de bebé cuando lleguen por correo.
En serio, no quiero saberlo.
—¿Estamos bien? —Ella asiente—. ¿Ya no te esconderás de mí en tu habitación?
—No me estaba escondiendo. —Arqueo una ceja—. Vale. No me esconderé más.
—Bien. Porque tengo que ir al pueblo esta tarde y tú vienes conmigo.
—Puedo quedarme en casa. No necesito ir al pueblo.
Parece sincera y deseo con todo mi corazón poder creerla, pero no puedo.
—Qué pena. Necesito tu ayuda. —Además, tenemos que esforzarnos más en vender esta relación falsa. Pero no se lo digo. Es capaz de cerrarse en banda ante la palabra «falsa».
—Estaré encantada de ayudar.
No me está siguiendo la corriente. Ayuda en la granja todo el tiempo.
Con ella aquí, mi carga de trabajo se ha vuelto manejable por primera vez en años.
Desearía... —sacudo la cabeza—. No. Nada de desear cosas que no puedo tener.
Gabby no se quedará en la granja a largo plazo.
No es más que una novedad para ella por ahora.