Capítulo 19
Error: cuando decides «tomar prestadas» las cabras de alguien durante una hora sin decírselo o, ya sabes, sin obtener su aprobación
Me muerdo el labio inferior mientras observo a mis hermanas junto con Lilac, sus hermanas y las cotillas entrar en el cercado.
—Después de todo, no creo que esto sea una buena idea.
—Tú fuiste la que lo sugirió en el club de lectura —me recuerda Cayenne.
Sí, bueno, nadie me advirtió sobre las ingentes cantidades de vino que hay en el club de lectura.
¡Dijeron que habría aperitivos! Para mí, un cuenco de pretzels no cuenta como aperitivos.
¿Y de quién fue la idea de hacer sangría?
Normalmente no me gusta el vino a menos que sea muy dulce, ¿pero la sangría?
Desafío a cualquiera a decirme que no disfruta de ese vino afrutado.
—Estará bien. No, estará mejor que bien. Será una experiencia nueva para todas. —Sueno como si intentara convencerme a mí misma. Probablemente porque es así.
Lilac frunce los labios. —No entiendo por qué se me ha ordenado asistir a esta «experiencia nueva».
—¡Actividad familiar! —gritan Ashlyn y Juniper al unísono.
Al parecer, esas son las palabras mágicas, ya que Lilac se aleja sin decir nada más.
Hago una mueca al ver que todas colocan sus esterillas en el suelo. He pasado varias horas esta mañana quitando bolitas de cabra —nombre mono aparte, no deja de ser caca—, pero está claro que no he conseguido quitarlas todas.
Sobre todo porque he abierto el cercado a las cabras hace diez minutos. He aprendido rápido que las cabras pueden ensuciarlo todo —y me refiero a suciedad de todas las formas, tamaños y niveles de hedor— en apenas sesenta segundos.
—Solo hay diez cabras. Pensaba que nos tocaría una a cada una —Ashlyn se pone las manos en las caderas y su barriga de embarazada sobresale.
Juniper observa a su hermana menor. —¿Deberías estar haciendo yoga? Estás embarazada de tropecientos meses por lo menos.
—El yoga puede mejorar el sueño y reducir el estrés y la ansiedad en las mujeres embarazadas —dice Lilac.
Juniper bufa. —Porque a esta le sobran el estrés y la ansiedad.
—Puede que no, pero me falta sueño.
Juniper pone los ojos en blanco. —Tener falta de sueño porque te estás tirando a tu marido a todas horas no es a la «mejora del sueño» a la que se refiere la investigación.
Ashlyn sonríe y da saltitos sobre las puntas de los pies. —Es verdad que me tiro a mi marido muchísimo. Pero no es culpa mía, las hormonas del embarazo me ponen cachonda.
Juniper se tapa la cara con las manos. —Tenía que haber empezado yo esta conversación, ¿verdad? Debería haberlo sabido.
Y ya he tenido suficiente de oír a la gente hablar de follar. Sobre todo porque yo no me follo a nadie. No cuando el hombre al que me quiero tirar no quiere tirarse a mí. ¡Madre mía! Miradme usando esa palabra en cada frase. Realmente no debería juntarme con Ashlyn. Menuda mala influencia.
—Escuchad —digo, pero nadie me hace caso. Por supuesto, apenas he hablado más alto que un ratón. Suelto un suspiro e intento de nuevo—. ¡Escuchad!
Cassandra se mete los dedos en la boca y suelta uno de esos silbidos tan chulos y fuertes. Ha intentado enseñarme un millón de veces, pero el único ruido que consigo hacer es un pequeño chillido.
—Nuestra anfitriona, Gabrielle, quiere decir unas palabras.
Se hace el silencio y la atención de todas se clava en mí. ¡Ay! Esto es peor que ser un ratoncito. Maldita sangría. No volveré a beberla nunca más. No me importa lo rica y afrutada que esté. Se acabó.
Me aclaro la garganta. —Ehm, n-n-no acerquéis los dedos a la boca de una cabra porque muerde, y sus dientes inferiores pueden haceros sangre.
—¡Uy! —grita Ashlyn y retira de golpe la mano de la boca de una cabra. Y yo que pensaba que la advertencia era innecesaria. Todas las advertencias son necesarias cuando ella está cerca.
—Existe la posibilidad de que una cabra haga caca o pis en vuestra esterilla de yoga.
Feather pone cara de asco. —No puedo estar sentada sobre pis o caca. Nadie comprará mis helados si se enteran.
—Nadie va a estar revolcándose en caca de cabra. Por favor. Controlaos. Estoy segura de que Gabrielle está preparada para la situación. —Elizabeth señala los botes de espray que hay a mis pies.
—Ejem. Sí. Tengo desinfectante en espray por si alguna cabra tiene un accidente.
—Mi cabra está teniendo un accidente ahora mismo. —Ashlyn señala a una cabra que se está aliviando a pocos pasos de ella—. Psst. No creo que sea un accidente.
Juniper se frota las manos mientras da saltitos. —Empecemos. Siempre he querido probar el yoga con cabras. Solo el beneficio terapéutico de interactuar con animales ya vale la pena.
—No hay mucha investigación definitiva sobre el beneficio de interactuar con animales —dice Lilac.
Juniper pone los ojos en blanco. —La gente que pasa tiempo con animales suele decir que les hace sentir mejor. ¿Cómo puedes rebatir eso?
—Yo rebatiría...
—Claro que lo harías —murmura Juniper.
—Ejem. Rebatiría que pasar tiempo con animales que son tus mascotas es muy diferente a que una cabra se te suba encima durante una clase de yoga.
—¿Las cabras se nos van a subir encima? —chilla Clove.
—¡Qué guay! —Cassandra echa a correr enseguida tras una cabra mientras le arrulla diciéndole que su espalda está disponible como percha.
Definitivamente, esto ha sido una mala idea.
—A las cabras les encanta trepar, pero no hay garantía de que se os suban encima —responde Juniper.
Menos mal. Me alivia que Juniper esté aquí hoy.
Es una amante absoluta de los animales. Obvio.
Dirige el Refugio de Fauna Silvestre. Por supuesto que ama a los animales.
Menos mal que también sabe mucho sobre ellos.
Ella puede encargarse de cualquier pregunta mientras yo intento de algún modo evitar que las cabras dejen bolitas para el grupo en sus esterillas de yoga.
—¿Empezamos? —pregunta Cayenne y todo el mundo se calma—. Empezaremos con la Tadasana.
¿La tada-qué? Menos mal que he decidido que mi trabajo hoy era pastorear cabras, porque nunca antes he hecho yoga, y no creo que el yoga con cabras sea el lugar para empezar.
—Poneos de pie con los pies juntos y los brazos a los lados. Enraizad los pies, asegurándoos de presionar las cuatro esquinas contra el suelo. —Cayenne observa a las mujeres para asegurarse de que siguen sus instrucciones antes de continuar.
—Ahora, estiremos las piernas y metámonos el coxis mientras activamos los músculos de los muslos.
Al inhalar, alargad el torso y extended los brazos hacia arriba, luego hacia fuera.
Exhalad y relajad los omóplatos alejándolos de la cabeza, hacia la parte posterior de la cintura, mientras volvéis a bajar los brazos a los costados.
Confesión: a pesar de mirar a Cayenne mientras da las instrucciones, no entiendo ni una palabra de lo que dice. No vislumbro una carrera en el yoga en mi futuro.
—¡Ah! —suelta Aspen un chillido.
Corro hacia ella y me la encuentro inclinada hacia atrás con el pelo colgando por la espalda. Por desgracia, una cabra ha pensado que este era el momento oportuno para mordisquearle los mechones.
—Cabra mala. —Le doy un toque con mi toalla, pero la hembra no suelta su trofeo.
—Vamos, chica. Suelta. Te daré una chuche. Todo lo que tienes que hacer es soltar el pelo de Aspen.
—No me hagas un mal corte de pelo, cabra. No me va a hacer ninguna gracia.
—¿Quizá puedo tirar de tu pelo?
—¡No! No tires de mi pelo. Me dolerá.
—Venga, Aspen. No seas miedica. Solo es una cabrita. No te va a hacer daño.
Aspen atraviesa a Juniper con una mirada que podría provocar un incendio. —Es fácil para ti decirlo. No eres tú la que tiene el pelo en el menú de desayuno de cabras de hoy.
—¿Qué demonios está pasando aquí?
¡Madre mía! No he oído acercarse a Phoenix.
—Oh, oh. Alguien está en problemas —canta Ashlyn, completamente ajena a la rabia que emana de Phoenix a oleadas.
—Pensaba que estabas en la subasta toda la mañana.
—Y yo pensaba que podía confiar en ti para estar en mi granja.
Ay. Me estremezco ante el desprecio en su voz.
—Puedes. Está todo controlado. Los establos están limpios. Las cabras están ordeñadas. Todo está bien.
—Excepto que una de mis cabras se está comiendo el pelo de Aspen.
Avanza a grandes zancadas y, con destreza, saca el pelo de la mujer de las mandíbulas de la cabra antes de darle una palmadita al animal en el trasero para que se mueva.
—Por qué demonios llegué a pensar que encajarías en la granja es algo que no alcanzo a comprender.
Me pican los ojos y parpadeo rápido para evitar que las lágrimas caigan ante sus palabras. Pero me niego a ser la persona débil que he sido durante el último año y medio desde que Patrick me puso las manos encima. No, me defenderé por mucho que me tiemblen las rodillas.
—Pensé que traería algunos ingresos, ya que no me dejas pagar por nada.
—¡Porque eres una invitada! ¡No eres mi compañera de piso! ¡No estás aquí para quedarte! ¡Es fingido!
Ya no tengo ninguna posibilidad de evitar que esas lágrimas caigan. Sin embargo, me niego a limpiármelas delante de él. No. No seré una tonta que lloriquea. Al menos no hasta que esté a buen recaudo tras la puerta del baño con la ducha abierta para camuflar el sonido de mis sollozos.
—Creo que vamos a tener que abrir una nueva ronda de apuestas. Alguien es más testarudo de lo que yo creía.
Casi arremeto contra Sage por sus comentarios insensibles. ¿Es que no se da cuenta de que se me está rompiendo el corazón ahora mismo?
—Creo que este no es el momento apropiado para mencionar apuestas —dice Lilac.
Me importa un bledo la obsesión de Winter Falls con las apuestas en este momento. Lo que me importa es cómo me mira Phoenix, como si lo hubiera traicionado.
—Se suponía que ni siquiera te ibas a dar cuenta.
Bufa. —¿Y eso hace que esté bien? No eres la mujer que pensaba que eras. —Y con su última flecha directa a mi corazón dando en el blanco, se marcha.
Elizabeth intenta acercarse a mí, pero no puedo soportar que me consuelen ahora. Salgo corriendo hacia la casa de campo y consigo llegar al baño antes de derrumbarme en lágrimas.
Idiota. Sé que Phoenix no me quiere como novia, pero pensaba que al menos éramos amigos. Aunque, considerando la forma en que ha arremetido contra mí, lo de amigos es mucho decir. Soy una obligación y nada más.