Capítulo 15
Cabras: alborotadoras de cuatro patas
Vale. Estoy lista. Creo. Repaso mis suministros.
Google me ha dicho que necesito una pala, una carretilla, desodorizante para establos y virutas frescas para limpiar el estiércol de los establos de las cabras.
He encontrado todos los trastos en el garaje al lado del establo de cabras.
Hmm. ¿Es correcto el término establo de cabras?
Otra cosa que tengo que buscar en Google.
Llevo viviendo en la granja poco más de una semana y me he pasado casi todas las noches buscando en Google las cosas que dice Phoenix en la cena.
No quiero parecer una ignorante, así que asiento y hago ruiditos de asentimiento cada vez que habla.
Después, corro a mi portátil para investigar.
Como él sonríe con sorna cada vez que abro el ordenador, estoy bastante segura de que me tiene calada. Sin embargo, no ha dicho nada. Así que nuestro tango continúa.
Las puertas del establo están abiertas porque Phoenix ya ha sacado a las cabras a pasar el día. Solo se quedan en el establo por la noche, ya que son cabras de pastoreo libre. Sí, yo tampoco sabía que existía ese término.
Empujo la carretilla llena de materiales hacia el establo. Para cuando llego al edificio, el sudor ya me empapa la espalda de la camiseta. Como esta mañana hace un frío de diez grados, se puede decir que el sudor es el resultado de mi filosofía de «el ejercicio es para los demás».
Entro en el edificio y arrugo la nariz. Google no me advirtió sobre el olor. En fin, ya estoy aquí y no soy de las que se rinden.
Cojo la pala y me dirijo a la esquina más alejada del establo.
Pensaba que antes estaba sudando. Me equivocaba.
Me quito el sudor de la frente con el dorso del brazo.
Estoy empezando a entender el atractivo de llevar sombrero.
Y odio los sombreros. No tengo cabeza para ellos.
Parece imposible, pero parezco aún más ridícula con sombrero.
Cuando la carretilla está por fin llena, apoyo la pala contra la pared y me dirijo lentamente hacia la puerta. No doy más de tres pasos antes de que una cabra salte delante de la carretilla.
—Vamos, pequeña.
¡Mee!
—Perdona. Perdona. Por supuesto, no eres un bebé. Mis disculpas. ¿Puedes quitarte, por favor?
¡Mee!
Supongo que eso significa que no. Inclino la carretilla para rodear a la cabra, pero vuelve a saltar delante de ella.
—¿Hablas en serio? Espera. ¿Es que quieres jugar?
Busco un juguete por la zona. Como es lógico, no encuentro nada. Phoenix quitó los juguetes ayer porque tenía intención de limpiar el estiércol del establo ayer por la tarde, pero al final no pudo, que es por lo que estoy yo aquí ayudando.
Hago lo único que se me ocurre. Meto la mano en el bolsillo y finjo que saco un palo antes de fingir que lo lanzo por el establo. La cabra sale corriendo tras el palo inexistente y vuelvo a levantar los mangos de la carretilla.
Estoy casi en la puerta cuando llega otra cabra. Bala y brinca en círculos a mi alrededor. Pronto se le une otra cabra. Y otra cabra.
Suelto los mangos de la carretilla. ¿De dónde han salido todas las cabras? Vale, no soy idiota. Me doy cuenta de que estoy en una granja de cabras, pero ¿en serio? Todas estaban fuera en los campos cuando he llegado para limpiar el estiércol de su establo.
—¿Qué voy a hacer con vosotras, chicas?
¡Mee! ¡Mee! ¡Mee!
Levanto las manos. —Ya sé que sois chicas. Es solo una forma de hablar.
Alguien se ríe entre dientes y me quedo helada. Que no sea Phoenix, por favor. Que no sea Phoenix. Miro de reojo y allí está él. Definiendo el significado de la palabra sexy mientras se apoya en la valla con los brazos cruzados sobre el pecho y masticando una pajita que le cuelga de la boca.
Gimo. Por supuesto, me ha pillado en mi peor momento. Si hubiera una competición olímpica por pillarme en mi peor momento, él sería medalla de oro. Por suerte, el comité olímpico no cree que sea necesaria semejante competición.
Saludo con la mano. —Hola, Phoenix.
Buena forma de empeorar el momento, pedazo de boba. Quizá debería preguntarle si viene mucho por aquí. Así, el círculo del peor momento de la historia estaría completo y podría coronarme como la Boba del Siglo.
—¿Qué estás tramando, Gabby?
Las mariposas de mi estómago se despiertan al oír el apodo que me ha puesto.
Él es el único a quien permito que me llame Gabby.
Me hace creer que tal vez piense que soy especial.
Las mariposas empiezan a batir las alas.
Calmaos, criaturas ansiosas. No significa nada. No quiere una relación, ¿recordáis?
Me encojo de hombros. —¿No es obvio?
Se separa del establo y camina con sigilo hacia mí. —¿Jugando al escondite con mis cabras?
—¡Ja, ja! Qué gracioso.
Él sonríe. —A mí me ha parecido divertido.
Hago lo más maduro que se me ocurre. Le saco la lengua.
—Tú, señor, no tienes ninguna gracia.
—¿Señor? —mueve las cejas—. ¿Soy tu amo ahora?
Ante su pregunta, me viene a la cabeza una visión de él atando mis manos a los postes de su cama mientras está desnudo sobre mí. Mi cuerpo siente un hormigueo y me recorre un escalofrío por todo el cuerpo.
—¿Estás bien?
—De maravilla. —¿De maravilla? ¿Quién usa la expresión «de maravilla»? Decido seguir parloteando con la esperanza de que se le pase por alto mi vocabulario de boba—. Dijiste anoche que ayer no tuviste oportunidad de limpiar el estiércol del establo de cabras y he pensado que podría ayudar.
—Sabes que no hace falta que ayudes.
—Lo sé, pero quiero hacerlo.
Se quita el sombrero para pasarse una mano por el pelo. —No sé cuánta más ayuda voy a poder aguantar.
—Oye, que no fue culpa mía que un ratón pasara corriendo y asustara a Wendy, haciendo que pegara coces mientras intentaba ordeñarla.
No hablemos de dónde acabó toda la leche. No hablemos de ello. Solo diré que los concursos de camisetas mojadas podrían usar leche en lugar de agua. El efecto es el mismo.
Su cuerpo vibra con una risa silenciosa.
—Da igual. Ya le he pillado el truco al ordeño.
Se me hincha el pecho de orgullo. Hizo falta un desastre —vale, más de un desastre, pero no me preguntéis cuántos— para entender todo el asunto del ordeño y acostumbrarme a la idea de apretar la teta de una cabra, pero al final lo conseguí.
A las cabras se las ordeña dos veces al día e intento ayudar al menos una vez.
—Excepto que arrugas la nariz cada vez que ayudas con el ordeño. Es adorable.
Un momento. ¿Ha dicho que soy adorable? O espera. ¿Se refería a mi nariz arrugada? Siento que se me arruga la nariz ante la idea. ¡Basta! No somos adorables.
—Ejem. ¿Quieres que te ayude con los establos?
Señala a las cabras, que ahora se están subiendo a la carretilla y sacando las virutas sucias. Gimo.
—¿En serio? ¿No podíais haberme hecho un favor, señoras, y comportaros durante dos actas? ¿Dos actas enteras? ¿Ciento veinte segundos era demasiado para vosotras?
Las cabras no responden a mi reprimenda. Por supuesto que no. Son cabras.
Phoenix se ríe mientras echa a las cabras al pasto, donde me fijo en un rascador a estrenar.
—Siempre pongo algún juguete nuevo antes de empezar la limpieza del establo. De lo contrario...
Levanto la mano. No hace falta que siga. Sé lo que pasa de lo contrario.
Durante la hora siguiente, trabajamos codo con codo mientras limpiamos el establo. No hablamos mucho. No hace falta hablar. Estamos sincronizados mientras terminamos el trabajo.
—Tendré que añadir esto a mi currículum. Capaz de limpiar el estiércol de un establo de cabras —digo mientras me desplomo en una silla del porche junto a Phoenix.
Me alarga un vaso de limonada. —Nunca viene mal aprender nuevas habilidades.
Levanto las manos, donde unas ampollas recientes se hacen notar con la piel roja e hinchada. —Define «mal».
Me agarra las manos. —Joder, Gabby. No me he dado cuenta de que no llevabas guantes.
Su dedo se mueve sobre la piel y las mariposas de mi estómago agitan sus alas. Me debato entre retirar la mano, porque enamorarse de Phoenix es un callejón sin salida y ya he recorrido suficiente trecho por ese camino en particular, o permitirme disfrutar de la sensación de su piel contra la mía.
La decisión me la quitan de las manos —valga el juego de palabras— cuando Phoenix tira de mi mano hasta que me pongo de pie.
—Vamos. Vamos a curar estas ampollas antes de que se infecten.
Me lleva al interior de la casa de campo, al pequeño baño de la planta baja. Me levanta y me sienta en el mueble del lavabo antes de soltarme y rebuscar en los armarios.
—¡Ajá! —dice cuando saca un botiquín de primeros auxilios de tamaño gigante.
—Vaya. ¿Por qué necesitas un botiquín de tamaño superextra?
—Es una granja —explica mientras lo apoya sobre el váter y lo abre—. Nunca se es demasiado precavido.
Me aplica vaselina en las manos ampolladas antes de cubrir las heridas con una venda de gasa antiadherente. Su tacto es suave como una pluma y me cuesta todo lo que tengo no derretirme contra él.
—Tendrás que revisar la zona todos los días por si hay infección —dice mientras guarda los suministros.
Levanto las manos. —¿Cómo se supone que voy a trabajar? Hay una razón por la que las momias no pueden escribir a máquina.
Me pone las manos en los hombros y se sitúa entre mis piernas. —¿No te mereces un día libre de vez en cuando?
Me erizo. —Me tomo días libres.
Levanta una ceja. —¿Ah, sí? Porque trabajas con el portátil los siete días de la semana.
—No hay nada de malo en trabajar duro —insisto.
—No eres la mujer dulce y suave que pensaba que eras —murmura mientras su mirada se posa en mis labios.
Contengo la respiración mientras me inclino muy ligeramente hacia delante. Bésame. Por el amor de todo lo sagrado, bésame. El teléfono de la cocina suena y el hechizo se rompe.
Él cierra los ojos y se aclara la garganta. —Será mejor que responda —dice antes de alejarse sin mirar atrás.
—Bueno. Eso ha ido bien —le digo a mi reflejo en el espejo. Nada vergonzoso.
Recordatorio: Phoenix no quiere a ninguna mujer. Quizá debería tatuarme esas palabras en el antebrazo, porque parece que se me olvidan en cuanto estoy en presencia de ese hombre.