Capítulo 13
Maloliente: lo que pasa cuando aterrizas en un montón de mierda. Literalmente.
—Deja de mirar por la ventana, Gabrielle —me amonesto a mí misma.
Y sí, estoy hablando en voz alta conmigo misma en una habitación vacía de una casa vacía. No puedo evitarlo. Ya son las diez de la mañana y no he hecho otra cosa que mirar por la ventana en toda la mañana. Aún no he tachado ni un solo punto de mi lista de tareas pendientes.
Esta granja es todo lo que siempre he soñado pero no sabía que quería.
Sé que parezco loca, pero es difícil de explicar.
En el momento en que puse un pie dentro de la casa, sentí que la paz se apoderaba de mí.
Por si la casa no aportara suficiente paz, puedo contemplar los verdes pastos y las colinas a lo lejos para sentir aún más paz.
No me malinterpretéis. No es que haya anhelado vivir en una granja toda mi vida.
Era perfectamente feliz viviendo en Saint Louis.
Es donde nací y viví con mis padres hasta su desafortunada y temprana muerte.
Fui al instituto y a la universidad allí.
Todos mis amigos viven allí, aunque —para ser sincera— la mayoría de esos supuestos amigos no se quedaron después de lo de Patrick.
Lo sé, lo sé. Soy yo quien dejó de devolverles las llamadas, quien no quiso quedar para tomar algo, quien dejó de ponerse en contacto con ellos.
Pero nunca he sido exactamente lo que se dice una mariposa social.
Además, solo salí con Patrick durante seis meses, aunque me parecieron más, mucho más.
¿No pudieron aguantar conmigo durante un apagón de seis meses?
Mi portátil suena con un mensaje y fuerzo la vista para apartarla del exterior y centrarla de nuevo en el ordenador. Me estoy sumergiendo en el trabajo cuando oigo una fuerte maldición.
—¡Pan, basta ya!
Miro por la ventana y descubro a Phoenix cruzando el pasto más cercano. Pan está balando y corriendo en círculos a su alrededor. Él intenta apartarla, pero ella está decidida. Le da un cabezazo en el trasero y él resbala y se cae.
—¡Maldita sea, Pan!
Suelto una carcajada ante su apuro, pero cuando no se levanta de inmediato, la risa se me muere en la garganta.
Oh, no. ¿Se habrá hecho daño? Salgo corriendo de la habitación hacia la puerta trasera, donde meto los pies en un par de botas de agua.
Abro la puerta, cruzo el porche a toda prisa y bajo las escaleras volando.
—¿Estás bien? —grito mientras corro por el campo hacia donde Phoenix sigue tendido en el barro.
Él se pone en pie y se sacude la parte delantera de los vaqueros. —Estoy bien.
Olfateo. ¿Qué es ese olor? Me acerco más a él y vuelvo a olfatear.
—¿Te has…? —Me río antes de poder terminar la pregunta. Toso e intento de nuevo—. ¿Te has caído sobre caca?
Él mira con furia al suelo, donde se ha caído. Sigo su mirada. Efectivamente. Es un gran montón de excrementos de cabra.
—Voy a matar a Pan y la voy a hacer en estofado.
Echo los brazos al cuello de la cabra. —No es culpa suya que te hayas caído en un montón de caca. —Apenas puedo pronunciar las palabras mientras la risa brota de mí.
Él da un paso hacia mí. —Te voy a enseñar qué se siente al caer en un montón de mierda.
—¡No! ¡No! —Empujo a la cabra delante de mí—. ¡Sálvame, Pan!
Él aparta a Pan de un empujón y se acerca pavoneándose hacia mí. —¿Qué? ¿No crees que huelo bien? ¿No huelo sexy?
Extiendo las palmas de las manos y retrocedo. —Tal vez si yo fuera una cabra, olerías bien.
—A las hembras les pone el olor de la orina, no el de la mierda.
¡Espera! ¿Lo dice en serio? Yo estaba bromeando. —¿Qué? —Mi libro de Cría de cabras para dummies no decía nada de que a las hembras les gustara el olor de la orina.
—Los machos cabríos —digamos que se hacen pis— por todo el cuerpo para atraer a las hembras.
¿Digamos que se hacen pis? ¿Se refiere a algo que no sea pis?
—¿Tienes algún macho cabrío?
Él arquea una ceja. —Si crees que el olor a mierda que llevo encima es asqueroso, no quieras conocer nunca a un macho cabrío.
—¿Por qué no…?
Mi pregunta se ve interrumpida por Juniper, que grita: —¡Bark Twain! ¡Indiana Bones! Volved aquí, vosotros dos.
¿Qué demonios hace la hermana de Lilac por aquí? —¿Es que Juniper vive aquí fuera?
—El Refugio de Fauna Silvestre que gestiona está al lado.
Su definición de «al lado» debe de ser diferente de la mía, ya que las tierras de labranza se extienden kilómetros y kilómetros ante mí. Oigo ladridos de perros y escudriño la zona para ver si los diviso.
—No tienes perro, ¿verdad?
Él suspira. —No. Pero apuesto a que los perros de Juniper están otra vez en mi pasto. Maldito agujero en la valla.
Los ladridos se hacen más fuertes hasta que diviso a dos perros corriendo hacia nosotros. Cuando se acercan, Phoenix se pone delante de mí. Silba y los perros frenan en seco inmediatamente.
Me asomo por detrás de él. —¿A quién tenemos aquí?
Me arrodillo y extiendo la mano para dejar que me huelan. —¿Quién es un chico bueno? —Ambos ladran en respuesta—. Rectifico mi afirmación. Los dos sois unos chicos muy buenos.
—Buenos chicos, mis narices —refunfuña Juniper al llegar. Se dobla por la cintura para recuperar el aliento.
Los perros se tumban panza arriba y yo les rasco la barriga.
—Os dije que estarían en la casa de campo.
Miro al recién llegado y me quedo boquiabierta.
Maverick Langston en carne y hueso. Juniper está prometida con la estrella de cine.
Coincidí con él un par de veces antes, pero nunca cuando no estuviéramos en un grupo grande.
De cerca y en persona puedo entender por qué las mujeres gritan y corren tras él, porque es guapísimo.
No tan sexy como Phoenix, pero definitivamente un once en una escala de diez.
Me doy cuenta de que estoy mirando al hombre famoso con la boca abierta y bajo la mirada antes de que se dé cuenta de que soy una completa tonta.
Phoenix se mueve ligeramente para bloquear mi visión de Maverick. ¿Qué está haciendo? Maverick no es una amenaza para mí. No creo que Patrick lo sea tampoco —ya no, al menos—, pero intentad convencer a este pueblo de lo contrario. Caray. Hablando de cabezotas.
Miro por detrás de las piernas de Phoenix y Maverick me guiña un ojo. Phoenix gruñe y vuelve a moverse para bloquearme la vista. ¿Qué le pasa?
Le doy un palmetazo en la pierna. —¿Qué haces? ¿Intentas ocultar las manchas de caca de tus pantalones? Porque tengo que decirte que la mancha no es ni de lejos tan mala como el olor. —Agito una mano delante de mi cara como para disipar el hedor.
Maverick suelta una carcajada antes de pasarle el brazo por el hombro a Juniper y acercarla a él. —No tiene precio. Esta. —Abraza a Juniper con más fuerza—. Ha vuelto a casa más veces de las que puedo contar cubierta de mierda. Y luego estuvo el incidente de la mofeta.
Juniper pone los ojos en blanco. —La mofeta no me habría rociado si tú no hubieras ido pisoteando los arbustos y la hubieras asustado.
—El mejor error que he cometido jamás. —La mira con fuego en los ojos.
¿Es lo de la mofeta una metáfora para el sexo? A veces es difícil entender a la gente de Winter Falls.
Juniper se aclara la garganta y le da un codazo a Maverick. —No estamos solos —le susurra. Sí. Lo de la mofeta tiene algo que ver con el sexo.
Maverick se aclara la garganta. —He oído que tienes un problemilla.
¿Problemilla? ¿Sabe lo que está pasando? Me olvido por completo de mi embeleso por el famoso al descubrir que conoce mis secretos. —¿Es que no hay nada privado en este pueblo?
—¡Ja! —Juniper suelta una carcajada—. No has vivido en Winter Falls el tiempo suficiente si piensas que el término privado existe en este pueblo.
—Y que lo digas —masculla Phoenix.
—Además —añade Maverick—, no podemos estar atentos a ese tal Patrick si no sabemos qué cara tiene.
—¡Espera! —Empiezo a levantarme, pero el pie acaba en el montón de caca en el que cayó Phoenix y me resbalo hacia delante. Antes de que pueda estamparme la cara contra el desastre, Phoenix me agarra por debajo de los brazos y me pone de pie.
—Ya no hace tanta gracia cuando eres tú la que está cubierta de mierda, ¿verdad?
Lo ignoro. Tengo asuntos más importantes que resolver que los excrementos de cabra.
—¿Cómo sabéis qué aspecto tiene Patrick? No le enseñé fotos a nadie.
Juniper tararea y aparta la mirada. Es como si hubiera gritado: no quieres saberlo.
Ahora mismo estoy que echo chispas. No me sorprendería que me saliera humo por las orejas. —¿Qué habéis hecho?
Ella levanta las manos. —Yo no he sido.
Me planto con las manos en las caderas. Se me da fatal lo de mirar a alguien con dureza para intimidarlo, pero no hay mejor momento que el presente para practicar un poco.
—Lilac revisó todos sus perfiles de redes sociales y nos descargó unas cuantas fotos —explica Maverick.
—¿Nos? ¿Quiénes somos «nos»?
Juniper arruga la nariz. —Todo el pueblo de Winter Falls.
Se me cae la cara de vergüenza hasta que mi pelo forma una cortina sobre ella. Genial. Sencillamente genial. Todo el puñetero pueblo sabe lo idiota que soy. Menudo borrón y cuenta nueva está resultando ser esto.
—Eh, vamos. —Phoenix me pellizca la barbilla y me levanta la cabeza hasta que mis ojos se encuentran con los suyos—. No tienes de qué avergonzarte.
Para él es fácil decirlo. Probablemente no haya hecho nada vergonzoso en su vida.
—Él es quien se ha equivocado. No tú.
Pero yo soy la tonta que dejó que me controlara durante tanto tiempo.
—Es que… Yo… Ya sabes…
No consigo poner mis pensamientos en orden, y mucho menos formar frases para explicarlos. Huir. Sí, huir. Eso es lo que debería hacer. Lanzo las manos al aire y doy media vuelta sobre mis talones antes de caminar pesadamente hacia la casa.
Doy exactamente dos pasos antes de resbalar. Mi pie derecho sale volando hacia delante y agito los brazos en el aire en un intento inútil de mantenerme en pie. No tengo ninguna posibilidad. Caigo de culo y uso las manos para amortiguar la caída.
Cuando bajo la mirada, me doy cuenta de que tengo las manos cubiertas de barro. No, no de barro. A juzgar por el olor, me he caído en caca. Fantástico, Gabrielle.
Y así es como acabé de nalgas en un montón de caca en un pasto de cabras junto a la casa de campo propiedad de mi novio falso.