Capítulo 9
Tortura: cuando la mujer que quieres pero no puedes tener vive en tu casa
Phoenix
No puedo creer que Lilac me haya convencido para hacer esto. Pero dijo: «es al estilo Winter Falls», y supe que no podría negarme. Maldita sea.
Tener en mi casa a la mujer que deseo pero no puedo tener va a poner a prueba mi control, pero no de una forma divertida como cuando le doy placer a una mujer y contengo el mío. No, va a ser una auténtica tortura con Gabrielle en mi casa.
Al menos he logrado convencer al resto de su familia para que se vuelvan a casa y no nos sigan a la casa de campo. No necesito público que presencie mi tortura.
Abro la puerta de par en par. —Hogar, dulce hogar.
Gabrielle suelta un jadeo y abre mucho los ojos mientras observa el entorno.
—¡Madre mía, es preciosa!
Yo creo que lo es. Las mujeres, sin embargo, suelen discrepar.
A mano derecha hay un comedor grande con una cocina típica de casa de campo.
Hay armarios Shaker verdes en dos paredes con un gran ventanal sobre el fregadero de la casa de campo.
La mesa está hecha con la madera que sobró después de que derribara el viejo granero.
Las sillas son desiguales, ya que aún no he tenido tiempo de cambiarlas.
Justo enfrente de nosotros está el salón. En la pared de la izquierda hay una chimenea grande que uso para calentar la casa en invierno. Rodeando la chimenea hay un sofá rinconero. No hay nada de esas tonterías de chicas como cojines decorativos y mantas.
Gabrielle ignora la cocina y el salón para acercarse al banco del ventanal en la pared del fondo. Se arrodilla sobre él mientras mira por la ventana.
—Este es el lugar perfecto para leer.
Me la imagino tumbada en el asiento leyendo mientras yo veo el fútbol en la televisión. Desecho esos pensamientos de mi mente. Gabrielle no está aquí de forma permanente. Solo se queda mientras lidia con un imbécil de exnovio.
—Aunque —comienza de nuevo y aparta mis pensamientos de pegarle un puñetazo en la cara a su ex—, no sé cuánto leería con estas vistas.
Señala por la ventana hacia las colinas a lo lejos. Suelto un bufido. Se cansará de mirar por la ventana bastante pronto. Las mujeres siempre lo hacen.
—¿Quieres el tour de los cinco dólares?
Me mira por encima del hombro y sonríe. Tengo que bloquear las rodillas para evitar acercarme a ella, tomarla en mis brazos y fundir mis labios con los suyos.
—¿Seguro que no es el tour de cincuenta dólares? Porque este sitio es la caña —suelta un gritito y se tapa la boca con la mano—. Perdona. No quería soltar una palabrota.
Es mona. ¿En serio cree que me importa un carajo que diga palabrotas? Obviamente, no me importa.
—No pasa nada —señalo hacia la cocina—. Esta es la cocina.
Se levanta de un salto del banco del ventanal y va dando saltitos hasta la cocina. Acaricia la encimera de madera maciza y, de repente, tengo envidia de una encimera.
—Es preciosa. Me encantan los azulejos españoles en blanco y negro. Combinan perfectamente con los armarios verdes.
Me quito la gorra de béisbol y me paso una mano por el pelo. —No sé si esos azulejos serán españoles. Los compré en la tienda de bricolaje de White Bridge.
Ella suelta una risita. —Se llamen como se llamen, son preciosos.
Le indico el salón. —Este es el salón.
Cuando se deja caer en el sofá, se va hacia atrás y sus piernas vuelan por el aire mientras los cojines la engullen. —¡Ay!
Corro hacia ella y la agarro de la mano para ayudarla a salir. Termina pegada a mí y aspiro su aroma a canela y manzana. Quiero hundir la cara en su pelo mientras me deslizo dentro de ella. Se me estremece el miembro ante el pensamiento.
Intento apartarla, pero ella me mira con una gran sonrisa. —Gracias. No sabía que tu sofá fuera un carnívoro ansioso por devorarme.
Gruño. El sofá no es lo único que está ansioso por devorarla. Me aclaro la garganta y me alejo antes de decidir que echármela al hombro y llevarla a mi dormitorio para cumplir todas mis fantasías carnales con ella es la mejor idea que he tenido nunca.
—Hay un despacho por aquí —la guío a la habitación que hay pasada la escalera y abro la puerta.
Se queda boquiabierta mientras recorre el espacio con la mirada. —Guau. Si tuviera un despacho como este, jamás terminaría el trabajo.
Se me calienta el corazón con sus palabras.
Reconstruí esta habitación yo mismo y estoy orgulloso de cómo quedó.
Añadí estanterías empotradas en dos paredes y barnicé la madera a juego con el suelo de parqué.
Mi escritorio, una antigüedad que usaba mi padre cuando cultivaba esta tierra, está centrado en la habitación con vistas a la granja desde las dos paredes de ventanales.
—¿Qué clase de trabajo haces?
Se muerde el labio inferior y estudia el suelo. Sus movimientos no hacen más que aumentar mi curiosidad. Maldita sea. Quiero aprender todo lo que haya que saber sobre esta mujer.
—No tienes por qué decírmelo si te da vergüenza.
Sus ojos se agrandan. —¿Vergüenza? ¿Qué clase de trabajo daría vergüenza? No es que sea una operadora de líneas eróticas por internet.
Se tapa la boca con ambas manos. —No lo soy —masculla entre las manos—. No lo soy.
Suelto una carcajada mientras le retiro las manos de la cara. —No pensaba que lo fueras.
—Soy gestora de redes sociales.
—¿Una gestora de redes sociales? —No sé qué es una gestora de redes sociales ni por qué no querría decírmelo.
Entorna los ojos y deja caer la barbilla hacia el pecho. —Nadie me cree cuando digo que soy gestora de redes sociales —murmura.
Uso mi dedo índice para levantarle la barbilla.
—Eh, vamos. No he dicho que no te crea. Simplemente no tengo claro qué hace una gestora de redes sociales, eso es todo.
Solo uso Facebook y no me molestaría en absoluto si no fuera porque el pueblo de Winter Falls tiene una página y se espera que los residentes estemos al tanto de ella.
—Ah —se aclara la garganta y retiro la mano antes de decidir acunarle la cara con ella—. Básicamente, gestiono las cuentas de redes sociales para otras empresas. Creo contenido y lo publico para ellas, respondo a los comentarios, etcétera, etcétera.
—¿Y por qué la gente no te cree cuando dices que eres gestora de redes sociales?
Pone los ojos en blanco. —Porque soy tímida.
—No estás siendo tímida ahora conmigo. Aunque a veces es dolorosamente tímida, en este momento está de lo más habladora.
Suelta un suspiro y desvía la mirada. —Porque me haces sentir segura —masculla.
La he oído perfectamente a la primera, pero le pido que lo repita de todos modos: —¿Qué has dicho?
Lanza los brazos al aire. —¡Que me haces sentir segura! —Sale deprisa de la habitación—. ¿Qué hay arriba?
No me molesto en ocultar mi sonrisa mientras la sigo al segundo piso. Mantener mis manos lejos de Gabrielle mientras viva en mi casa puede ser una tortura, pero también va a ser divertido.
—¿En qué dormitorio debería quedarme? —pregunta mientras asoma la cabeza por las puertas de los tres dormitorios.
—En el principal.
—Ni hablar. No voy a echarte de tu cama.
—No me estás echando. Ni siquiera te has movido.
Finge que me da una patada y me río. Apenas mide un metro cincuenta. ¿Qué cree que me va a hacer su patadita?
—El principal tiene baño propio —lo que significa que hay cero posibilidades de que me la encuentre caminando por el pasillo con nada más que una toalla.
Mi mente se aferra a la idea y echa a volar.
Imagino a Gabrielle caminando por el pasillo con el pelo colgando por la espalda y las manos sujetando una toalla apenas lo bastante larga para cubrirle el trasero.
Camina contoneándose y la toalla se abre un poco por delante, lo suficiente para dejarme ver una tentadora franja de su piel desnuda.
Gruño mientras mi miembro se endurece y se alarga. Imagino que me adelanto y le quito la toalla de un tirón, exponiendo su cuerpo desnudo ante mí.
—¿Estás bien? —pregunta Gabrielle.
Cierro la puerta a mis fantasías. No puede salir nada bueno de ellas. Ninguna mujer quiere vivir en una granja a largo plazo, ¿recuerdas? Especialmente una que creció fuera del pueblo de Winter Falls.
—Bien. Deja que te enseñe el principal.
Señalo la última puerta a la derecha.
—No quiero causarte molestias.
—Espera a ver el baño antes de decidirte.
—¿El baño? —Corre por el pasillo, atraviesa el dormitorio y entra en el baño principal.
—¡Madre del amor hermoso! ¡Tienes una bañera de hidromasaje!
Corre hacia la bañera y se mete dentro, con ropa y todo.
—Creo que se supone que debes desnudarte antes de meterte ahí —mi miembro oye la palabra «desnudarte» y se estremece. Me doy la vuelta e intento controlarlo.
—Creo que necesito un bañador porque esta bañera es tan grande que se puede nadar en ella —finge nadar a braza—. No esperaba que un criador de cabras tuviera una bañera tan enorme.
Frunzo el ceño. Pensé que construir este baño de lujo la convencería para quedarse. No fue así. Nada de lo que hice la hizo cambiar de opinión. La cocina a estrenar no era lo bastante «moderna». El sofá del salón era demasiado «cómodo». ¿Cómo demonios puede un sofá ser demasiado cómodo?
—Lo siento —susurra Gabrielle justo delante de mí. Debe de haber salido de la bañera mientras mi mente divagaba.
—¿Por qué lo sientes?
Baja la barbilla y el pelo le cubre la cara. Maldita sea. Ha vuelto la chica tímida.
—No quería molestarte.
Me permito retirarle el pelo detrás de la oreja, pero retiro la mano antes de que pueda desviarse a otro lugar. —No me has molestado.
—Pareces molesto.
No se equivoca, pero: —No tiene nada que ver contigo.
Hace una mueca y me doy cuenta de que soy un imbécil. Aquí estoy yo pensando en otra mujer cuando la mujer que quiero está justo delante de mí. No, imbécil. No puedes tenerla, ¿recuerdas? No se quedará.
—No lo olvides, Gabby. Estás a salvo conmigo —con suerte, de mí también.