Capítulo 8
Encarrilada: cuando todo el mundo decide que sabe qué es lo mejor para ti. Alerta de spoiler: no lo saben
—Ya he llegado a casa —le digo a Beckett por teléfono mientras abro la puerta de mi edificio de apartamentos. Es un tremendo agonías.
—¿Estás ya dentro de tu apartamento?
Pongo los ojos en blanco. —Eres consciente de que ahora vivo en Winter Falls.
—En los pueblos pequeños también puede haber delincuencia.
Suelto un bufido. —Un delito en Winter Falls es usar una bolsa de plástico para las cacas en lugar de una de papel biológico.
No me lo estoy inventando. El dueño de la tienda de mascotas, Unleashed, estaba repartiendo bolsas de papel en el festival de Lammas. Le he explicado a Forest que no tengo mascota, pero ha insistido en que me guardara unas cuantas «por si acaso». ¿Por si acaso qué?
—Aun así, deberías tener cuidado.
—Lo sé, Sr. Sobreprotector.
Entro en el portal y noto algo frente a mi puerta. Compruebo el resto de los apartamentos, pero nadie más tiene un paquete delante. Me habrá llegado un pedido. Como trabajo desde casa, no es inusual que reciba paquetes.
Cuando me acerco, me doy cuenta de que no es un paquete. Es un ramo de flores. Se me acelera el pulso mientras me arrodillo para recogerlo. ¿Me habrá enviado flores Phoenix?
Abro el sobre y leo: Te he encontrado. No. No, no, no. Él no. Me falta el aliento.
—¿Qué está pasando?
Estoy demasiado ocupada intentando no hiperventilar como para responder.
—Gabrielle, respóndeme o voy para allá ahora mismo.
—Estoy bien —afirmo, pero me sale un silbido al pronunciar las palabras.
—No pareces estarlo. Subo al coche ahora mismo.
—¡No! —Lo último que necesito es que Beckett se entere de lo de Patrick. Ya me trata como a una niña. Me encerraría en mi dormitorio si supiera lo tonta e ingenua que he sido.
—¿Hay alguien en tu apartamento?
—Aún no he abierto la puerta —admito antes de poder pensarlo mejor.
—Vete a casa de un vecino. Estaré allí en veinte minutos.
—Es un viaje de treinta minutos. Además, no hay nadie en mi apartamento.
Patrick no me está esperando en casa. Nunca fue físicamente violento conmigo. Este ramo de flores es simplemente una amenaza y un recordatorio. No valgo nada.
—No abras la puerta.
Oigo cómo arranca el coche. Maldita sea. No quiero a Beckett aquí. No lo entenderá. Me hará sentir estúpida por haber caído ante los encantos de Patrick. Soy estúpida por haber caído, pero no necesito que nadie me restriegue mis errores.
—No pasa nada —digo.
Me quedo mirando la puerta de mi casa. Puedo ser valiente.
Puedo entrar en mi propio apartamento sin que nadie me lleve de la mano.
Me tiembla el pulso al abrir la cerradura, pero lo consigo.
Abro la puerta de par en par y grito: «¡Hola!
», porque todo el mundo sabe que la gente peligrosa huye cuando gritas un saludo.
—¿Con quién hablas? —pregunta Beckett.
Vaya. He olvidado que aún tengo el teléfono en la oreja.
Echo un vistazo al salón. Nada parece fuera de lugar.
El libro que estaba leyendo antes de irme al festival esta mañana está sobre el sofá, y mi taza de café vacía sigue en la mesa auxiliar.
Olfateo a medida que me adentro en el apartamento.
Tampoco huele como si alguien hubiera estado aquí desde que me fui.
—No hay nadie —le digo a mi hermano—. Estoy perfectamente a salvo.
—Te he dicho que no entraras en el apartamento —gruñe.
No me molesto en recordarle que no es mi guardián. No me ha escuchado el primer millón de veces que se lo he dicho, ¿por qué iba a hacerlo ahora?
—Vuelve a casa —intento en su lugar.
—Estaremos allí en quince minutos.
¿Estaremos? ¿Quién está con él?
—Cierra y echa la llave. Vamos para allá.
Otra vez con el «nosotros». No tengo oportunidad de preguntar quién le acompaña antes de que cuelgue. Qué maleducado.
Cierro y echo la llave. No porque me lo haya pedido él, sino porque soy una mujer soltera que vive sola y no soy tonta. O, al menos, no lo soy siempre.
Dejo el bolso y el teléfono junto a la puerta antes de apresurarme a recoger mis cosas. No soy una guarra, pero trabajo en casa y, como se trata de un apartamento de un dormitorio, la mesa de la cocina se ha convertido en mi oficina. Apilo todas mis notas y papeles. Ya está. Suficiente.
Apenas han pasado diez minutos cuando llaman a la puerta.
—Soy yo. Ábreme —grita Beckett a través de la puerta.
—Somos nosotros, quiere decir.
Genial. Cassandra también está aquí. Elizabeth no andará muy lejos.
Abro la puerta y me encuentro a Beckett con el ramo de flores en la mano. Maldita sea. Me las he debido de olvidar en el rellano.
—¿Quién ha enviado esto? —pregunta mientras irrumpe en el interior con Cassandra, Elizabeth y Lilac pisándole los talones.
—Hola, Beckett. Estoy bien. ¿Tú cómo estás?
—No te hagas la graciosa conmigo. —Agita el ramo en el aire—. Alguien te ha enviado flores con un mensaje inquietante. ¿Quién ha sido?
—¿De verdad es un mensaje inquietante? —pregunta Lilac, y Beckett le lanza una mirada fulminante. Ella levanta las manos en señal de rendición—. El mensaje decía «te he encontrado». Puede que estés sacando las palabras de contexto.
Le digo gracias sin pronunciar palabra y ella me sonríe. La mirada de Beckett rebota entre las dos.
—¿Qué está pasando aquí?
En momentos así desearía saber cómo pestañear coquetamente y actuar con cursilería. Por desgracia, no heredé el gen del flirteo. Agacho la barbilla y dejo que el pelo me caiga sobre la cara.
—¡No! Se acabó eso de esconderte de mí. ¿Acaso no te has escondido ya bastante de mí los últimos dos años?
—Año y medio —corrige Cassandra.
—¿Qué? —estalla Beckett—. ¿Es que todas sabéis lo que pasa?
Recorre la habitación con la mirada y yo agacho la cabeza. Elizabeth tararea algo y evita mirarle. Lilac frunce el ceño mirando al suelo. Cassandra le dedica una sonrisa radiante.
—Explicadlo —exige.
—Es Patrick —dice Cassandra, y me quedo sin aliento. No puedo creer que me haya traicionado de esta manera.
Elizabeth se arrima a mí y me da unas palmaditas en la espalda. —Lo siento, pero ya sabías que lo contaría en cuanto pudiera dárselas de enterada ante su hermano mayor.
—¿Quién es Patrick?
—El exnovio de Gabrielle.
—Te acabas de enterar de su existencia hace poco. No actúes como si lo hubieras conocido porque no es así —interviene Elizabeth.
—Y tú. —Beckett señala a Lilac—. Pensaba que no mentías.
Ella se pone las manos en las caderas. —Ni se te ocurra decirme que no miento cuando fuiste tú quien insistió en que mintiera cuando empezamos a salir.
Nunca había oído a Lilac enfadada. Siempre es muy equilibrada. Maldita sea. No puedo dejar que ella y Beckett se peleen por mi culpa. Ya tuvieron bastantes problemas para llegar a donde están en su relación. No permitiré que mis estúpidos problemas les causen líos.
—No te enfades con ella. Yo le pedí que no te lo dijera.
—¿Que no me dijera qué?
Me encojo ante el tono airado de Beckett. Elizabeth me pasa un brazo por los hombros. —Venga. Cuéntaselo —susurra.
—No hay mucho que contar. Patrick es mi exnovio. No le hace gracia que me mudara. Fin de la historia.
—¿Por qué te envía flores diciendo que te ha encontrado?
—Porque me ha encontrado. —Ante su gruñido, me apresuro a dar detalles—. No le dije a Patrick a dónde iba cuando nos fuimos de Saint Louis. Quería romper del todo con él.
Ya está. No parezco demasiado boba, ¿verdad?
—No puedes vivir aquí sola —declara Beckett.
—¿Qué? ¿Por qué no?
—Porque el imbécil de Patrick sabe dónde vives.
—Tal vez, pero no es como si estuviera aquí en Winter Falls.
—Es cierto —tercia Lilac—. Sería el cotilleo del pueblo si hubiera un nuevo residente.
Beckett arquea una ceja. —¿Y qué pasa si anda por aquí como turista durante este festival de Lammas?
—Lammas —corrige Lilac.
—Mi argumento sigue siendo válido.
Ella suspira. —Admito que puedes tener razón.
¡Un momento! ¿Qué? Lilac está cediendo. Esto no puede traer nada bueno para mí.
—Prepara tus cosas. Te mudas con nosotros.
Retrocedo un paso. Ni hablar de que me vaya a vivir con mi hermano y su novia.
En primer lugar, qué asco. Ya los pillé una vez en medio de una sesión de besos extremadamente tórrida —se veían partes del cuerpo, por el amor de Dios—.
No me apetece entrar en la cocina para... No. No quiero ni pensarlo.
Pero ¿lo peor de todo? Beckett me asfixiaría. Oh, no lo haría a propósito. Pensaría que está siendo protector. Hasta que yo me despertara a los cincuenta años y me diera cuenta de que me he convertido en la loca de los gatos.
—Creo que debería quedarse en Winter Falls —dice Cassandra. A juzgar por la sonrisita de su cara, se guarda un as en la manga.
—No puede quedarse aquí sola —insiste Beckett.
—No he dicho que deba quedarse aquí sola. Estaba pensando que debería quedarse en una granja fuera del pueblo.
Gimo y me tapo la cara con las manos. No lo ha hecho. En serio, no me ha vendido así.
—¿Qué granja? —Beckett cae de lleno en su trampa.
—La granja de Phoenix.
Lilac se toca la barbilla. —No es mala idea. La granja está aislada. Verían venir a cualquier extraño. Además, Phoenix sabe pelear.
¿Phoenix sabe pelear? Me guardo esa información para considerarla más tarde. Ahora mismo, necesito descarrilar este tren.
—No podéis decidir que me voy a vivir con un tío cualquiera.
—No es un tío cualquiera. Es Phoenix.
El hombre que no me quiere. ¿Por qué demonios iba a aceptar que yo viviera con él?
—Ni siquiera está aquí.
Lilac saca el teléfono de su bolso. —Le llamaré. Estoy segura de que aceptará ayudar. Es al estilo Winter Falls.