Un desastre de boda Capítulo Catorce
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Capítulo Catorce

LENA

Avanzamos por el pasillo demasiado deprisa para parecer despreocupados. No deja de tocarme. Sigo aferrada a su muñeca, como si temiera que desapareciera en cuanto lo suelte.

Ninguno de los dos dice una palabra.

Cuando llegamos a nuestra habitación, Logan abre la puerta, tira de mí hacia dentro y la cierra de una patada a nuestra espalda.

Logan mira la puerta. Después me mira a mí. —¿Se acabó fingir?

—Se acabó fingir.

Cruza la habitación en dos pasos.

Este beso es distinto del anterior. Más lento al principio; después, de lento no tiene nada. Le saco la chaqueta de los hombros de un tirón. Él deja que caiga. Mis dedos se pelean con sus botones, torpes e impacientes, mientras sus manos encuentran la cremallera de la espalda de mi vestido.

—Dime si quieres que vaya más despacio —dice contra mi boca.

—No quiero.

Se le corta la respiración.

Consigo desabrocharle la camisa y la abro de un tirón porque necesito piel. Necesito pruebas. Él me ayuda y luego vuelve a la cremallera de mi vestido.

La cremallera baja. El vestido cae.

Se queda inmóvil un segundo más de la cuenta.

—Logan.

—Estoy mirando —dice con la voz baja y áspera.

—Ya me di cuenta.

Alza los ojos hacia los míos. —Me he pasado el día entero sin mirar.

Se me oprime el pecho. Sonrío.

Yo lo toco primero. Los hombros. El pecho. El abdomen firme. El botón del pantalón.

Cierra la mano sobre la mía. —Lena.

—¿Qué?

Suelta una risa grave y tensa. —Me estoy esforzando muchísimo por ser decente.

—No te estoy pidiendo que seas decente.

Sus ojos se oscurecen. Sostiene mi mirada mientras le desabrocho el cinturón.

—Entonces, para ser sincero —dice—, he pensado en esto demasiadas veces para fingir que estoy tranquilo.

Se me acelera el pulso. —Bien.

Le bajo el pantalón y él me acomoda sobre su regazo, con mis rodillas a ambos lados de sus caderas. Lo noto caliente contra mí a través de la fina tela que todavía llevo puesta, y mi respiración se vuelve irregular.

Apoya las manos en mis muslos y gime contra mi boca.

Muevo las caderas contra él y sus dedos se cierran con más fuerza.

—Mierda —dice, dejando caer la frente sobre mi hombro—. Hazlo otra vez.

Y eso hago.

Su boca se desplaza hasta mi cuello. Mis manos se hunden en su cabello. La habitación se reduce a su respiración, su piel y el sonido ahogado que emite cuando vuelvo a moverme contra él.

Me besa la garganta, el centro del pecho y la curva de uno de mis pechos, y yo me arqueo hacia él porque puedo. Porque quiero. Porque esta vez no hay ningún chiste esperando en mi boca. Solo los jadeos temblorosos y entrecortados que no deja de arrancarme.

Su lengua traza círculos lentos y deliberados alrededor de mi pezón, y jadeo mientras le agarro el cabello con más fuerza.

—Ese sonido —murmura, alzando la vista hacia mí con los ojos entornados—. Déjame oírlo otra vez.

Sonrío.

Baja la cabeza y cierra la boca sobre mi pezón, rozándolo con la lengua y succionándolo con los labios hasta que me arqueo sin poder evitarlo y se me escapa el sonido que desea, ese que ni siquiera sabía que llevaba dentro.

—Perfecto —dice contra mi piel, con la voz quebrada—. Eres perfecta.

No se detiene en mi pecho. Su boca sigue descendiendo por mis costillas y mi vientre, besándome la piel, y se detiene cuando se me corta la respiración. Sus manos recorren mis costados como si intentara aprender exactamente qué me hace reaccionar.

—Dios, eres hermosa —dice mientras me besa el hueso de la cadera.

Desliza las manos bajo mis muslos y los separa. Se acomoda entre ellos y levanta la vista hacia mí. —Necesito oírte cuando te vengas para mí.

El aire se me escapa en una bocanada entrecortada. Asiento, incapaz de hablar, y me aferro a sus hombros mientras baja la cabeza entre mis muslos.

Su lengua se desliza sobre mí, lenta y segura, y mi espalda se arquea y se separa de la cama.

—Eso es —murmura, con el aliento caliente contra mi piel—. Déjate llevar por mí.

Cada pasada de su lengua es segura y cuidadosa. Justo cuando empiezo a temblar, reduce el ritmo y succiona con suavidad, arrancándome, uno a uno, sonidos cada vez más desesperados.

Me mira desde abajo por entre el cabello revuelto.

—Mierda, Lena —dice contra mí—. No tienes ni idea.

Se me escapa un gemido suplicante. —No pares.

Su sonrisa es puro pecado. —No pienso parar.

Sigue lamiendo y besando, primero con suavidad y después con más firmeza, mientras sus manos me mantienen en mi sitio.

Gimo, cada vez más fuerte.

—Logan. —Su nombre sale de mí como una súplica.

Gime y hunde los dedos en mis muslos como si necesitara esto tanto como yo.

Me retuerzo entre las sábanas, indefensa bajo la presión y el calor, y mis dedos vuelven a encontrar su cabello.

—Me encanta oírte —murmura con voz áspera y hambrienta, justo entre mis muslos—. Podría quedarme aquí toda la noche.

Sin dejar de lamerme, desliza un dedo apenas dentro de mí. La combinación hace que mis caderas se muevan contra su boca y la presión borra todos mis pensamientos.

El calor se concentra cada vez más dentro de mí.

Lo siente. Lo sabe. Lo desea.

—Eso es, cariño —dice—. Déjate llevar. Déjame sentir cómo te vienes.

Y entonces lo hago. Me vengo con fuerza, arqueando el cuerpo y cerrando los muslos alrededor de su cabeza. Él pronuncia mi nombre con voz ronca y entrecortada mientras me aferro a él y dejo que el orgasmo me recorra por completo.

Sube por mi cuerpo, esta vez con besos lentos y prolongados; tiene la boca aún mojada por mí cuando llega a mis labios.

—No tienes ni idea de lo que me haces —dice en voz baja, y siento que sonríe, con la ternura y el hambre unidas en el beso.

Cuando nos hace girar y vuelve a recostarme en la cama, estoy temblando.

Nos quita la poca ropa que todavía llevamos; sus manos están por todas partes y me tocan como si quisiera conocer cada centímetro de mi cuerpo.

—Me vuelves loco —murmura contra mi garganta—. Necesito sentirte y oír cada sonido que haces.

Me besa los nudillos y después saca un condón del cajón. Lo observo mientras se lo pone sin apartar los ojos de los míos.

Se coloca despacio sobre mí, apoyando una mano junto a mi cabeza.

—Esto no es casual —me recuerda, como si pudiera olvidarlo.

—Lo sé.

Se hunde en mí con un movimiento lento y deliberado; la presión húmeda y gradual con que me abre me deja sin aire.

No aparto la vista. Necesito verlo entero: cada destello en sus ojos, todas las formas en que se desmorona conmigo.

La mandíbula se le tensa mientras sostiene mi mirada. Siento una punzada intensa cuando se hunde un poco más, y luego otro poco, hasta quedar por completo dentro de mí.

A mí también se me tensa la mandíbula. La sensación resulta abrumadora. Sé exactamente qué significa esto. Todo lo que no dijimos por fin se vuelve real.

Se detiene, enterrado dentro de mí, inmóvil, jadeando contra el hueco de mi garganta. Sus dedos se cierran sobre mis caderas como si necesitara anclarnos a los dos. Tiene las sienes perladas de sudor.

Por un momento, solo existen la presión de nuestros cuerpos, el calor entre nosotros y el hecho de que, después de tanta espera y tanta negación, por fin estamos aquí.

Le rodeo la cintura con las piernas y las subo todo lo posible; hundo los talones en la base de su columna, instándolo a acercarse.

Lo necesito más cerca.

Más.

Siempre más.

—Muévete —digo con la voz baja y ronca.

Gime y apoya la frente en la mía. —Así me cuesta muchísimo pensar.

—Bien.

Entonces empieza a moverse.

Al principio mantiene un ritmo cuidadoso, con embestidas lentas; sus caderas se hunden un poco más a cada movimiento. Cada roce dentro de mí es tan intenso que hace que se me curven los dedos de los pies entre las sábanas.

—Dios —gime, con la voz ya a punto de quebrarse—, estar dentro de ti es increíble.

Me sujeta con ambas manos: una por detrás de la rodilla y la otra en el hombro.

Me agarro a su espalda y le hundo las uñas, trazando líneas sobre la piel resbaladiza de sudor hasta sus caderas. Necesito sentir cómo pierde el control, verlo dejar de contenerse por completo.

Cuando levanto las caderas contra él, hambrienta de más, se me escapa un jadeo agudo y él embiste con más fuerza, como si mi placer le hiciera perder el control.

Ya no tiene tanto cuidado.

El aire se llena del sonido de la piel contra la piel, de maldiciones entrecortadas y de las palabras que pronuncia entre jadeos junto a mi oído.

—Mía —dice con voz áspera—. Mierda, me encantan los sonidos que haces.

Ahora cada embestida es más fuerte, menos contenida, y sus caderas se hunden hasta el fondo. Mis manos recorren su espalda y bajan después hasta sus caderas para atraerlo más cerca.

Ya no hay nada de educado en esto. Ninguno de los dos se contiene.

Mi boca encuentra su hombro y lo muerdo. Él se estremece con fuerza y después desliza la boca por mi mandíbula con tanta intensidad que me hace jadear.

Nuestros cuerpos se enredan. Hundo una mano en su cabello mientras tiro de él hacia abajo y mis muslos rodean sus caderas. Me impulso hacia arriba para recibir cada embestida desesperada, buscando el ángulo, ávida y necesitada, ebria de la sensación de tenerlo dentro.

Entre besos profundos y desordenados, murmura elogios entrecortados contra mi sien.

—Qué bien —dice—. Mierda, Lena. No me canso de ti.

Se aparta para mirarme, me sujeta la barbilla y clava en mí su mirada oscura.

—Mírame —dice entre embestidas.

Obedezco con los ojos muy abiertos y bajo la guardia por completo.

—Dime que me deseas —dice sin que su ritmo vacile, con voz tensa y casi desesperada.

Le hundo las uñas en la piel y levanto las caderas para sentirlo más adentro.

—Te deseo —consigo decir con voz fuerte y áspera, sin una pizca de vergüenza.

Él se estremece y embiste con más fuerza. —Otra vez.

—Dios, Logan, te deseo.

Cada palabra me hace temblar de arriba abajo y aumenta la tensión.

Mueve las caderas y se hunde aún más. —No pares.

—Te deseo, Logan, te deseo...

Me corta la frase con un beso, enreda la lengua con la mía y se traga cada sonido. Después cambia el ángulo de sus caderas hasta que su pene presiona justo contra ese punto dentro de mí.

El placer estalla por todo mi cuerpo.

—Ahí —jadea, y la voz se le rompe en la palabra—. Mierda, eso es, preciosa. Justo así.

Mi cuerpo se cierra alrededor de él en espasmos frenéticos. Siento que el orgasmo se acerca. Está tan cerca que podría gritar.

Desliza una mano entre nuestros cuerpos húmedos, encuentra mi clítoris con los dedos, traza círculos y lo acaricia en perfecta sincronía con sus embestidas. He perdido la compostura. Ya no me callo: suplico y no contengo ni un solo gemido.

—No pares —jadeo al borde del abismo, con todos los músculos tensos por la anticipación.

—No lo haré. No puedo —susurra, apretando la frente contra la mía—. Vente para mí.

Me vengo con un grito, temblando debajo de él y aferrándome a su espalda mientras el orgasmo me atraviesa. Todo mi cuerpo se tensa y después se relaja, sacudiéndose bajo el suyo.

Hunde el rostro en mi garganta mientras mi cuerpo aún se sacude, sigue moviéndose, acompaña cada estremecimiento y susurra mi nombre una y otra vez.

Poco después, sus embestidas se vuelven frenéticas y sus caderas golpean contra mí hasta que se viene dentro del condón. Su voz es gutural; mi nombre suena áspero y desesperado en sus labios, como un secreto que por fin puede decir en voz alta.

Se desploma sobre mí mientras los dos respiramos con fuerza, con los cuerpos pegajosos de sudor y de todo lo que nunca dijimos.

Le acaricio el cabello con los dedos temblorosos y le recorro despacio la columna con las yemas mientras se recupera.

Por fin levanta la cabeza. Su pulgar me roza la mejilla; su mirada es suave y atónita.

—Me destrozas —dice con voz ronca.

Sonrío y tiro de él para darle otro beso.

—Bien —susurro—. Nunca voy a parar.

Suelta una risa grave, todavía sin aliento, y esconde el rostro en mi cuello.

En el silencio, por fin entiendo lo único que llevo todo este tiempo evitando admitir.

Nada de esto es casual.

Y no tengo ni idea de qué se supone que debemos hacer con esto.

Durante varios minutos, ninguno de los dos se mueve.

Entonces Logan se levanta con cuidado de encima de mí y anuda el condón. La ausencia de su cuerpo me deja fría más deprisa de lo que debería.

Se da cuenta. Por supuesto que sí.

—Quédate —dice mientras me cubre con la sábana antes de desaparecer en el baño.

Oigo correr el agua del grifo. Miro el techo y espero que llegue el pánico.

Este es el momento en que la historia suele cambiar. Los cuerpos se separan. Alguien busca la ropa. Se instala un silencio y se llena de todo lo que ambos estaban evitando.

Logan vuelve con un paño tibio y una botella de agua del minibar. Se detiene junto a la cama. —¿Puedo?

La pregunta me provoca una punzada en el pecho.

Asiento.

Me limpia con suavidad, sin convertir la ternura en un chiste. Cuando termina, deja caer el paño cerca de la puerta del baño y vuelve a meterse bajo la sábana.

—Agua —dice al entregarme la botella.

—Eres mandón después del sexo.

—Soy arquitecto. La hidratación es estructural.

Bebo porque tengo la boca seca y porque el chiste es lo bastante suave como para dejarme respirar.

Toma la botella después de mí y luego saca del cajón una barrita de proteínas que había comprado antes. Se ha derretido un poco con el calor.

—Romanticismo —digo.

—Chocolate con mantequilla de maní. El sabor oficial de las consecuencias emocionales.

La compartimos. Caen migas sobre la sábana. Logan me quita una de la comisura de la boca con el pulgar y esa intimidad casi me asusta más que el sexo.

—¿Qué estás pensando? —pregunta.

—Que deberían pagarle más al personal de lavandería del hotel.

—Lena.

Bajo la mirada hacia el envoltorio que tengo en la mano. —Estoy esperando el momento en que empiece a arrepentirme.

Su cuerpo se queda inmóvil junto al mío.

—No por ti —añado deprisa—. Porque siempre espero que aparezca la trampa —admito.

No me dice que sea irracional.

—Mi padre sufrió un infarto cuando yo tenía veintitrés años —dice.

Lo miro.

—Sobrevivió. Ahora está bien. Pero aquella noche Bennett se derrumbó, mi madre se derrumbó y yo seguí haciendo chistes en urgencias hasta que el personal de enfermería me pidió que me fuera. —Se le tuerce la boca—. Creía que, si todos se reían, nadie se daría cuenta de que estaba aterrorizado.

La confesión es tan inesperada que no puedo hacer otra cosa que escuchar.

—Todavía lo hago —dice—. Normalmente cuando algo importa demasiado. Así que, si alguna vez pensaste que a mí me resultaba más fácil abrirme, no es así. —Me roza la frente con los labios—. Solo estoy cansado de tener miedo todo el tiempo.