Capítulo Trece
LENA
El cubículo apenas tiene espacio para una persona con dignidad, y mucho menos para dos con un historial de momentos inoportunos y un autocontrol aún peor.
La puerta se cierra a nuestra espalda con un clic.
Lo miro fijamente. —Esto es una locura.
—Probablemente —murmura Logan.
Está tan cerca que noto el calor que desprende, tan cerca que, si respiro demasiado hondo, percibo su colonia, el aroma limpio del jabón y algo inconfundiblemente suyo.
Fuera del cubículo, unos tacones se detienen cerca de los lavabos.
Apoyo una mano contra el pecho de Logan por puro instinto, como si así pudiera obligarlo a guardar silencio. Él baja los ojos hacia mi mano.
Siento su pecho firme bajo la palma y la camisa tersa y cálida, y de pronto soy consciente de todo a la vez.
Del poco espacio que hay entre nosotros.
De que sus hombros casi me ocultan el resto del cubículo.
De que una de sus manos, la misma con la que tiró de mí para traerme aquí, todavía me rodea la muñeca con suavidad.
De que su respiración no está más calmada que la mía.
Oigo voces de mujeres. —Dios mío, ¿viste la cara de Bennett cuando miró a Sienna?
Logan vuelve a alzar la mirada hacia mí. Ninguno de los dos se mueve.
Debería decir algo mordaz. Algo ingenioso. Algo que suene a mí y no a la mujer que ahora mismo se esconde en el cubículo de un baño con Logan Whittaker después de que él le haya dicho que le gusta.
Solo ella.
Trago saliva y susurro: —Esto es culpa tuya.
Esboza una sonrisa. —Tú huiste.
—Tú me seguiste hasta un baño.
—Parecía que estabas a punto de escapar a otro estado.
Me muerdo la mejilla para no reírme.
Las mujeres que están junto a los lavabos se ríen. Se oye correr el agua. Un bolso golpea la encimera.
Logan se inclina hacia mí. —¿Sigues intentando escapar de mí, Lena?
Odio que la respuesta se me atasque en la garganta.
No aparta los ojos de los míos. —Llevo tanto tiempo queriendo besarte que hasta me da vergüenza. Y hoy, cuando por fin lo hice, no sentí alivio porque pensabas que era algo casual.
Dejo de respirar. Trago saliva y lo miro sin parpadear. Sus ojos bajan a mi boca durante un segundo antes de volver a los míos.
Debería recordarle dónde estamos, quién hay fuera, qué ocurre mañana y qué podría pasar si alguien nota que los dos hemos desaparecido al mismo tiempo.
Pero estoy cansada de fingir que no deseo esto. Cansada de actuar como si mantenerme lejos de él me hubiera protegido.
Levanta la mano lo bastante despacio para que pueda detenerlo si quiero. Sus dedos me tocan la barbilla, apenas un roce al principio, cálidos y cuidadosos. Esa ternura casi me desarma.
—Lena —dice, y mi nombre en su boca ya no suena a advertencia ni a discusión. Suena firme. Seguro—. Antes de volver a besarte, necesito saber que entiendes que para mí esto no es casual.
Cada nervio de mi cuerpo despierta. Su pulgar se desliza una sola vez, con suavidad, por la línea de mi mandíbula.
Sigo oyendo a las mujeres de fuera, las cremalleras de sus bolsos al abrirse y cerrarse y el chirrido de un grifo.
Mi voz sale entrecortada. —Lo entiendo.
Sus ojos se oscurecen. Entonces tiro de él hacia mí.
Este beso es aún mejor que el que nos dimos en la habitación del hotel.
Su boca está cálida y segura contra la mía, y el ángulo me obliga a inclinar la cabeza hacia atrás contra la pared del cubículo. La fría mampara metálica me presiona entre los omóplatos, pero todo lo demás en mí es calor.
Su mano en mi cuello. Mis dedos se cierran sobre su chaqueta. La descarga de adrenalina, alivio y deseo que me golpea de una sola vez.
Aprieto las piernas. Le devuelvo el beso con mucha menos elegancia de la que preferiría. De inmediato. Por completo. Sin nada de la serenidad que he fingido tener toda la noche.
Apoya la mano libre junto a mi cabeza y todo mi cuerpo se despierta. Mi corazón late desbocado. A estas alturas, el labial está destrozado, sin duda, y ese pensamiento absurdo me cruza la mente justo antes de que su boca vuelva a moverse y me borre de la cabeza toda idea coherente.
El beso cambia. Se vuelve más profundo, más hambriento, como si aprendiera qué me hace acercarme y qué me corta la respiración.
Se me escapa un leve gemido contra su boca.
Su pulgar se desliza por un lado de mi cuello. Suelto su chaqueta para hundirle una mano en el cabello y, en cuanto mis dedos se enredan en él, a Logan se le corta la respiración.
Esa reacción diminuta casi me hace perder el control.
Lo hago de nuevo y esta vez él interrumpe el beso durante medio segundo, apoya la frente en la mía, cierra los ojos y respira con fuerza.
Fuera del cubículo, una de las mujeres se ríe a carcajadas.
Ninguno de los dos se mueve.
Entonces abre los ojos y algo de lo que ve en mi rostro le arranca una expresión ardiente e indefensa.
—Lena —dice, como si todavía no pudiera creer que yo le devuelva el beso.
No le doy tiempo para decir nada más.
Vuelvo a besarlo.
Su mano desciende desde mi nuca hasta mi cintura y allí abre los dedos, firmes y seguros. Me atrae hacia él hasta que ya no queda ningún espacio entre nosotros.
Ah.
Está duro.
Entonces la puerta del baño se abre y se cierra, y por fin las voces se pierden en el pasillo.
Él rompe el beso primero, como si continuar pudiera matarlo. —Te deseo tanto que voy a venirme en los pantalones, Lena —gime, todavía aferrado a mi cintura con ambas manos como si yo pudiera desaparecer.
—Así que esto es muy romántico o estamos en el peor lugar posible de la historia —digo, porque, por lo visto, soy incapaz de callarme a tiempo.
Suelta una risa suave y entrecortada, tan cerca que me roza los labios. —Un poco de ambas cosas.
Mantiene la frente apoyada en la mía mientras recobramos el aliento.
—Podemos parar aquí —dice—. Volver a la cena. Hablar después.
Le toco la cara. —No quiero parar.
Busca algo en mi mirada. —¿Estás segura?
—Estoy segura de que quiero volver contigo a la habitación.
Dos minutos más tarde, lo sigo hasta el pasillo con el labial destrozado y sin creer ya que las reglas puedan contener esto.