Un desastre de boda Capítulo Quince
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Capítulo Quince

LOGAN

La luz de la mañana cae sobre el cabello de Lena, que se extiende sobre mi pecho.

Está tendida encima de mí, con un brazo cruzado sobre mi cintura, una pierna enredada con la mía y la mejilla apoyada en mi clavícula. Serena como nunca la he visto. Su calor podría convertirse demasiado deprisa en una costumbre.

Durante unos minutos, me permito disfrutarlo.

Felicidad.

Una mañana tranquila.

Ella.

Entonces mi cerebro por fin reacciona.

Una parte de mí todavía espera que Lena entre en pánico. No porque anoche me diera motivos. Porque la deseo desde hace tanto que ya sé que la esperanza puede convertirme en un idiota.

Quiero más mañanas. Esa es la parte aterradora. No una hora robada más antes de la boda, sino todas las mañanas corrientes que vendrán después.

Se remueve, cambia de posición y gime cuando la luz del día le cruza el rostro en diagonal. Aun así, no se aparta.

En cambio, sus dedos trazan círculos perezosos por mi estómago y todo mi cuerpo lo interpreta mal.

Abre un ojo. —Tu cara hace mucho ruido por la mañana.

Resoplo y la acerco un poco más. —Esa no es una dolencia reconocida por la medicina.

—Debería serlo. —Sonríe, todavía adormilada. Tiene el cabello alborotado. Ya no lleva maquillaje. No tiene preparada ninguna broma mordaz. Tampoco parece estar planeando una huida rápida.

Ninguno de los dos sigue fingiendo.

Me estudia un instante y después aparta la mirada, como si intentara decidir cuánta sinceridad puede permitirse antes del desayuno.

—Lo de ayer fue agradable —dice.

Me río. —¿Agradable, eh?

Aprieta los labios. —No empieces.

—No empiezo nada. Solo me aseguro de haber oído bien. —Deslizo los dedos por su columna—. Agradable.

Pone los ojos en blanco, pero ahora tiene las mejillas sonrojadas. —Bueno, está bien. Fue el mejor sexo de mi vida. ¿Contento?

Muchísimo.

Peligrosamente.

En una puta nube de felicidad.

Le sujeto la nuca y tiro de ella hacia abajo para besarla. Emite un sonido suave contra mi boca, mitad risa y mitad rendición, y la mañana cambia de ritmo. Piel cálida. Sábanas revueltas. Su mano recorre mi pecho.

Cuando me aparto un poco, ella se queda cerca, con los labios todavía rozando los míos.

—No puedo creer que me haya perdido tres años de sexo así y que no me dijeras nada.

La miro, atónito, y suelto el aire de golpe.

Continúa: —Ahora me debes unos dos mil orgasmos.

—¿Dos mil, eh? —Sonrío, completamente rendido ante ella—. Parece una deuda seria.

—Lo es. —Apoya la barbilla en mi pecho y me mira. Todavía sonríe, aunque bajo la sonrisa asoma cierta cautela—. Pero hablo en serio. ¿Por qué no me lo dijiste?

Deslizo los dedos por su columna, más despacio ahora. —Porque hice que te resultara más fácil odiarme.

Su expresión se suaviza. —Yo no te odiaba.

Le lanzo una mirada. —Lena.

Gime y deja caer la cara sobre mi pecho. —Está bien. Disfrutaba odiándote. Hay una diferencia.

Me río y siento su sonrisa contra la piel.

Entonces vuelve a levantar la cabeza. —Pero en serio. Ni siquiera me diste una pista.

—Mis indirectas fueron malísimas.

—Coqueteabas. No es lo mismo. —Apoya la barbilla en mi pecho y ahora me observa con atención. Tiene el rostro demasiado cerca y la expresión demasiado vulnerable, y no quiero estropear esto antes del desayuno.

—Cuando te conocí, estabas con Trevor —digo—. Y al principio no me di cuenta de que me estaba enamorando de ti. Solo sabía que me fijaba demasiado en ti.

—¿Cómo que te fijabas demasiado?

—Desde la primera vez, en el cumpleaños de Bennett. Ese restaurante horrible de los cócteles azules. Tú le dijiste a un tipo de nuestra mesa que se disculpara con la camarera.

—¿Te acuerdas de eso? —Frunce el ceño—. Fue muy grosero.

—Lo fue. También pasaste treinta minutos arreglándole el pendiente a Sienna en el baño porque estaba nerviosa por conocer a la familia.

Sonríe. —Sigue.

Mis dedos recorren su columna con más lentitud. —No dejaba de repetirme que no era el momento adecuado.

Lena me observa en silencio.

—Era fácil decirlo cuando estabas con Trevor. Podía obligarme a ser decente porque había una línea clara. Tú estabas con otra persona. Fin de la historia. —Exhalo—. Después de que rompieras con él, la línea desapareció, y eso fue peor.

Frunce el ceño. —¿Peor?

—Porque entonces era yo quien elegía no decir nada. —Vuelvo a mirarla—. Ya no había ningún novio a quien culpar, y yo me habría convertido en otra cosa más de la que tuvieras que ocuparte.

Su expresión se suaviza, pero su voz sigue siendo cautelosa. —¿Creías que te vería de esa manera?

—Creía que estabas agotada. —Mi mano se inmoviliza sobre su espalda—. Pasaste demasiado tiempo gestionando el drama de Trevor. Cuando todo terminó, parecías aliviada. No quería aparecer de pronto con todo lo que sentía y convertirlo en un problema más para ti.

Traga saliva. —Tú no habrías sido un problema.

—Ahora lo sé.

—Deberías habérmelo dicho.

—Lo sé.

Me estudia otro instante y después vuelve a apoyar la mejilla en mi pecho. —Bien. Mientras los dos estemos de acuerdo en que lo hiciste mal.

Me río y la rodeo con un brazo. —Estoy aprendiendo a vivir con la vergüenza.

Siento su sonrisa contra la piel y nos quedamos exactamente así.

Sin mantener una distancia prudente.

Sin muro de almohadas.

Sin reglas.

—¿Mantenemos lo nuestro en secreto hasta después de la boda? —Levanta la vista—. Solo porque Sienna se merece un día en que nadie más se convierta en el centro de atención.

Asiento, pero una parte de mí aún necesita preguntar: —¿No es porque te avergüenza que nos hayamos acostado?

—No, Logan. —Sonríe—. Nunca imaginé que pudieras ser tan sensible.

No puedo evitar sonreír. Debería sonar como un insulto, pero, por alguna razón inexplicable, en su boca suena dulce.

Me toca la mandíbula y su pulgar roza el lugar donde nace mi sonrisa.

—Es solo que no quiero añadirle otra crisis a Sienna cuando ya está a un error tipográfico de cometer un delito grave.

Le sostengo el rostro entre las manos y la beso despacio para alargar la mañana todo lo posible.

—Deberíamos hacer un plan de verdad —digo.

Levanta las cejas. —¿Más allá de los dos mil orgasmos?

—Soy ambicioso, no imprudente. —Trazo la curva de su hombro—. Desayuno el lunes. A las diez. Hay una cafetería cerca de tu oficina con un café horrible y unos panqueques excelentes.

—¿Sabes dónde está mi oficina?

—He recogido a Sienna allí.

—Esa respuesta ha sido decepcionantemente poco inquietante. —Sonríe.

Entonces suena su teléfono.

Cierra los ojos. —De ninguna manera. —Gime, toma el teléfono y lee en voz alta—. Ya ha llegado el grupo de reemplazo. Es un trío de jazz llamado The Nuptial Trombones, los Trombones Nupciales. —Mira la pantalla. Después, a mí—. Son cinco. Ninguno toca el trombón.

Nuestra risa llena la habitación y hace que me resulte aún más difícil dejarla marchar.

—¿Salvar una boda —dice mientras se incorpora y busca su bata— o quedarme en la cama contigo?

—Si te vas —digo, sujetándola por la muñeca—, quizá tenga que presentar una queja formal por crueldad emocional.

Se inclina y besa el punto justo debajo de mi mandíbula. —Sobrevive a la boda, Whittaker. Después podrás quejarte todo lo que quieras.

Se mete en el baño y la observo marcharse. Por primera vez en mi vida, la mañana siguiente no parece un final.

Parece el primer día del resto de mi vida.