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El dispositivo policial cubrió las dos entradas de Las Navillas y las inmediaciones de la casa.
La subcomisaria Castro Urrutia, al mando de la operación, se acercó a la puerta, acompañada del inspector Lecea y del oficial Eceiza. No había timbre y llamó con los nudillos. Como no hubo respuesta, volvió a llamar.
—¿Carlos Rivas? Somos agentes de policía y quisiéramos hacerle unas preguntas. ¿Nos abre, por favor?
Sin respuesta.
—Le hemos visto llegar, así que sabemos que está en casa. Solo queremos hacerle unas preguntas. Abra, por favor.
—Si entran, me lo cargo —gritó entonces alguien, enérgicamente, desde el interior—; a Rivas y al primero que pase por esa puerta, aunque luego me acribillen.
La subcomisaria se apartó de la entrada y sacó el arma, lo mismo que sus compañeros.
—Imagino que es usted Mateo Vallejo; yo soy la subcomisaria Castro Urrutia, de la Ertzaintza, y me acompañan varios colegas de Segovia y el País Vasco; deje salir a Rivas y luego podremos hablar tranquilamente. Estamos al corriente de todo.
Emilia Castro Urrutia pidió con un gesto a sus compañeros que se desplegaran hacia los laterales y la parte trasera de la casa para localizar una segunda entrada. Pero Vallejo, desde dentro, debió de verlo o de notar el movimiento de los policías, porque dijo:
—Y no intenten entrar por ninguna otra parte porque lo tengo pegado a mí y me da tiempo a cargármelo, por lo menos a él.
—Haced lo que os dice —gritó entonces Rivas con una voz que a la subcomisaria le pareció una vez más desfasada o falsa, una «voz peluca», como hubiera podido decir perfectamente Eceiza, que ya había vuelto a su lado.
—No vamos a entrar, descuide; pero deje salir a Rivas y salga usted. Ya sabe que no tiene escapatoria, hemos cerrado todas las salidas del pueblo. Tratemos de hacer las cosas de la mejor manera posible.
—Han matado a mi hija, inspectora, y si no es por mí, ese crimen hubiera quedado impune.
—Conocemos su historia, Mateo, y le aseguro que puedo comprender su dolor. He visto mucho sufrimiento y lo he sentido, y no solo por mi trabajo. Salga y hablaremos tranquilamente, con cercanía, de Esther y de su mujer y de todo lo que necesite que hablemos.
—Los otros ya han pagado, ¿y este, que es el peor, no va a pagar nada por todo lo que sufrió mi niña ni por su muerte?
—Abriremos el expediente otra vez, se lo garantizo. Lo miraremos todo a fondo.
—Ya sé que eso no servirá de nada y menos después de tantos años. Y el suicidio no cuenta para la ley. Esther quería por fin hacer un viaje con los compañeros de clase y yo me alegré… Ya sé que no hay expediente que valga para que este pague por lo que ha hecho…
Pero se abrió la puerta y salieron los dos hombres.
A la subcomisaria le desconcertó el aspecto físico de Carlos Rivas, de quien Roncesvalles Medrano había dicho que ejercía una fuerza que doblegaba, que obligaba a seguirle, a hacer su voluntad.
Era muy bajito, estaba en los huesos y su rostro solo expresaba debilidad, esa debilidad que tortura al orgullo.
Le volvieron las palabras que Lizar le había confiado en una ocasión: «Luego vi a uno de ellos en la televisión, durante el juicio, y tenía un físico insignificante; me dio hasta asco que quien había asesinado a mis padres, que eran altos y guapos, fuera tan birria».
Y aquella «birriez» de Rivas la acentuaba de un modo dramático la apariencia vigorosa de Mateo Vallejo.
Los policías que habían vuelto a agruparse se abrieron en semicírculo y dejaron que los dos hombres se alejaran de la puerta. Vallejo mantenía la pistola pegada a la nuca de Rivas, al que llevaba sujeto con el brazo izquierdo, por la cintura.
«Mientras lo tenga así, no va a dispararle —pensó la subcomisaria—; por la espalda, no».
—Suelte el arma, Mateo —le dijo—; le prometo que volveremos sobre lo sucedido en El Espinar, que estableceremos todas las responsabilidades.
Vallejo, sin dejar de sujetarle por la cintura, forzó entonces el cuerpo de Rivas, para hacerlo girar, situarlo frente a él; y ponerle el cañón de la pistola entre las cejas.
Los agentes no se habían movido, la subcomisaria, levantando la mano izquierda, les había dado la indicación de que no intervinieran.
Cualquier acción sería muy arriesgada, los cuerpos de los dos hombres estaban casi pegados.
Pero, además, Emilia Castro Urrutia sabía que Vallejo no iba a usar el arma; si hubiera querido hacerlo, habría disparado a Rivas dentro de la casa, sin exponerse.
Pero no iba a disparar; no iba a matar sin más, de un tiro, a Pulgar, aunque lo tuviera de frente, precisamente porque era Pulgar; porque su venganza exigía ejecutar la secuencia completa que imitaba el ataque sufrido por su hija: el degüello,
el corte subiendo por la cara hasta cercenar la oreja derecha.
Y sobre todo la amputación del dedo. En este caso, el más valioso de todos.
Porque, para Vallejo, Carlos Rivas Moreno era el jefe de aquella banda.
Y si no podía matar de ese modo a Pulgar, no iba a matarlo.
Emilia Castro Urrutia estaba convencida.
Estaban los dos cara a cara. Vallejo empezó a mover en pequeños círculos el cañón de la pistola, sin separarlo de la frente de Rivas.
—Soy el padre de Esther, la niña de El Espinar.
—Ahora le hablaba solo a él—. Ya sé que ni te acuerdas de lo que le hizo vuestro perro y que por ese ataque, del que eres el principal culpable, no va a caerte nada.
Solo ella se ha caído de un piso muy alto.
Ya sé que por su muerte tampoco vas a pagar, pero seguro que en tu vida has hecho muchas cosas por las que sí te pueden condenar.
Así que di algo ahora mismo por lo que te puedan meter en la cárcel o te pego un tiro, aunque luego me acribillen a mí, que me da igual.
—Suelte el arma, Mateo —dijo la subcomisaria—. Si este hombre tiene delitos pendientes, lo vamos a averiguar enseguida y cumplirá la pena que tenga que cumplir, se lo aseguro.
Vallejo ya no hacía girar el cañón de la pistola, solo lo apretaba con fuerza contra la frente de Rivas.
—Di algo por lo que te puedan encerrar o te mato aquí mismo. Y dilo en voz alta para que te oigan bien todos estos. Di algo o te pego un tiro.
—El atraco del banco en Briviesca.
—Más alto.
—El atraco del banco en Briviesca, hace seis meses.
—¿Cuánto le puede caer por eso, agentes?
Pero fue Carlos Rivas el que respondió:
—Bastante. Hubo dos heridos graves.
—Bien. Pues ahora ponte a llorar si no quieres que te mate; ponte a llorar alto, que yo te oiga bien, a llorar como una niña; alto, que yo te oiga muy bien. Si no quieres que te pegue un tiro.
Y mientras Carlos Rivas empezaba a emitir unos chillidos como de ave de corral, de gallina vieja diría después Eceiza, Mateo Vallejo tiró el arma al suelo y la apartó de una patada.
—Ya me encargaré yo de cobrarte como es debido lo que le hiciste a Esther cuando estemos los dos dentro. De un modo u otro, sea donde sea, lo pagarás, que no te quepa la menor duda.