Un dedo menos 22
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Viven menos de quinientas personas en ese pueblo. El detective encuentra enseguida lo que busco: Carlos Moreno Landín. Murió hace más de siete años, pero la casa sigue a su nombre. Me da las señas y unas fotos sacadas de Street View.

Dejo la camioneta disimulada en un cobertizo abandonado. Solo son siete kilómetros, y de noche, sin calor, llegaré andando en poco más de una hora.

La ubicación de la casa me va a ayudar, porque no está ni muy apartada ni muy pegada al pueblo. Las fotos son malas, pero sé cual es el mejor sitio para entrar.

No hay ningún coche fuera. Eso significa que él no está. Alguien tan huidizo es muy improbable que se desplace a pie.

Entro por la parte de atrás, a través de un terreno abandonado, cubierto de hierbajos. Pienso en el jardín tan cuidado de El Espinar y se me quita la poca intranquilidad que llevaba por dentro.

La puerta cede sin esfuerzo y sin demasiado ruido.

Espero, pero no hay movimiento en el interior.

Entro con precaución aunque está claro que no hay nadie en la casa. Dentro, el aire está pringoso. No se ha limpiado ni se han abierto las ventanas en mucho tiempo.

Pero él vive aquí. Hay comida en el frigorífico y en la encimera de la cocina, un paquete de jamón vacío y restos de pan.

Y botellas de vino y whisky sobre un aparador lleno de polvo en la habitación contigua, que es una especie de sala de estar, solo una especie.

Un ambiente de película vieja de gánsters.

La guarida final del fugitivo al que ya no le quedan opciones.

Porque no le quedan opciones. He traído todo lo que va a hacerme falta para acabar con él como he acabado con los otros.

Solo que esta vez a mis anchas. Sin necesidad de tomar precauciones.

Esta casa se ve que no la visita nadie. Y, además, no me importaría que fuera el final también para mí.

Los cristales de las ventanas están repugnantes, pero la luz de la luna consigue abrirse paso y no necesito encender la linterna.

Subo con cuidado al primer piso, aunque sé que no está.

Me tumbo en una cama que no es la suya porque no tiene ni sábanas ni colcha; solo el colchón desnudo, que prefiero no mirar demasiado.

Llevo en la mochila agua y algo de comida, además de lo necesario para la ejecución. Puedo esperar lo que haga falta.

Por si me quedo dormido, dejo a un costado, al alcance de la mano, la pistola con el silenciador puesto. Sé dormir y no dormir al mismo tiempo. Lo aprendí cuando vigilaba los cotos.

Han pasado las horas sin que me diera cuenta. Ya asoma el día.

Uso el baño también sin mirar demasiado.

En cambio, a ella no podía dejar de mirarla, jugando sin un brazo en la bañerita, apretando los patitos y las ranas y las caracolas…

, entre el muñón y su pecho. Sonreía aún, porque era muy niña, de vez en cuando.

Pero luego crecen y ya no sonríen. Nunca.

Ni al abrir los regalos. Ni al ver una comedia.

Ni al jugar a esos juegos que ya eran solo, para ella, una especie de juegos.

Y recordarlo me ayuda. Me mete por dentro más rabia. Creía que ya estaba lleno, pero faltaba un poco. Ya no falta.

Como y bebo con medida lo que he traído. Tengo que racionarlo, prepararme para esperar varios días.

Pero no voy a tener que esperar.

Oigo cómo un coche avanza hasta la parte trasera de la casa y se detiene.

Me acerco a la ventana de ese lado. Es un viejo Citroën, del que sale un hombre bajito y muy delgado.

Sé que es él, reconozco su cara. Pero en el coto, de lejos, a través del telescopio, me parecía un hombre alto y fuerte.

O tal vez solo era mi imaginación, la identificación que mi mente hacía entre el tamaño de su maldad y el de su cuerpo.

Preparo el arma.

He decidido esperar a que suba…, cuando oigo un coche y luego otro que se acercan.

Y entonces bajo corriendo la escalera, él se vuelve sorprendido hacia mí y le encañono:

—No se te ocurra moverte o te mato aquí mismo.

Le pego la pistola a la espalda y con la otra mano le cacheo rápidamente. No lleva nada.