Un dedo menos 21
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El dueño del Subaru solo iba de vez en cuando al coto. Pero es mi última oportunidad.

No está en ningún trastero; sigue vivo en Segovia. Tiene un almacén de repuestos agrícolas a la salida de Villacastín.

Un letrero en la puerta dice que este fin de semana no abre.

Buscaré un lugar seguro en los alrededores y dormiré en la camioneta.

Entro; solo hay un cliente; cuando se va, saco la pistola.

—Sal del mostrador y no hagas nada raro.

Obedece y yo cierro la puerta y le doy la vuelta al cartel. Vamos a la trastienda, que no se ve desde la calle.

—No he venido a robar ni a hacerte daño a menos que me obligues. Solo quiero saber dónde está Carlos Rivas.

—¿Quién?

—Lo sabes perfectamente, así que no te hagas el idiota conmigo. Carlos Rivas, el dueño de aquel coto de El Espinar donde tú también ibas a apostar en las peleas de perros. Tengo pruebas. Así que ¿dónde está?

—No entiendo de qué me hablas.

Me acerco más a él. Extiendo el brazo y le pego al pecho el cañón de la pistola.

—He matado ya a varios; así que uno más ni lo sumo ni me lo suman. Por última vez, ¿dónde está Carlos Rivas?

—No lo he visto en un siglo.

—¿Dónde está?

—No sé dónde está, ni remotamente, te lo aseguro.

Saco el silenciador del bolsillo de la chaqueta y empiezo a ajustarlo.

—Espera tío, joder, para ya con eso… Lo único que ahora me viene a la cabeza es que una vez, hace no sé cuántos años, le mandé una pieza que me había encargado a Las Navillas.

—¿A qué dirección?

—No me acuerdo. ¿Cómo quieres que me acuerde después de tanto tiempo?

—¿De quién era la casa?

—Ni idea; solo puse su nombre.

—No tengo que decirte que, como se te ocurra avisarle de que lo busco, llamar a la policía o contarle esto a alguien, el que no la cuenta después eres tú. O te mato yo o te mata alguno de mis chicos, que ya te tienen localizado y solo esperan una señal.

Se lo ha debido de creer, porque me acompaña rígido hasta la puerta y mientras pone de nuevo el cartel en abierto, dice:

—En la vida he sido un chivato y no voy a empezar ahora.

—Más te vale.

En aquel piso no había nada que indicara que Mateo Vallejo Fernández era el asesino de los dedos.

Pero lo era, Emilia Castro Urrutia estaba más que convencida.

El farmacéutico tenía los conocimientos científicos necesarios y sobre todo, después del suicidio de su hija, una motivación poderosa.

No había actuado en trece años, seguramente porque era más importante, más urgente, más acaparador cuidar de su familia.

Pero ahora estaba solo, y además aquel perro no solo había herido brutalmente a Esther, sino que había acabado matándola.

—Lo que está vengando ahora, Eceiza, con estos crímenes en los que trata de reproducir aquellas heridas, es el suicidio de su hija, que él debe de considerar un asesinato.

—Asesina a los asesinos de Esther.

—Eso es. Llama a Benegas. Si Vallejo ha dejado su coche en casa y puede moverse, como lo está haciendo, por media España, es porque ha comprado o alquilado otro. Hay que averiguarlo cuanto antes. Que le dé prioridad absoluta a esa búsqueda.

Y lo mismo les dijo la subcomisaria a sus colegas de Segovia:

—Tenemos que encontrar ese coche cuanto antes. Y también ir lo antes posible a Navas de Riofrío, a la casa del abuelo de Carlos Rivas. Pero no creo que sea prudente que vayamos solo nosotros. ¿Con cuánta gente podríais contar?

—¿Crees que ahí puede estar lo gordo, Emilia? —preguntó el inspector Lecea.

—Creo que Mateo Vallejo está rastreando a fondo la pista de los cotos porque los relaciona con el perro que atacó a su hija.

Y parecía lógico. Todos los informes señalaban que era un perro grande, como de presa.

¿De dónde iba a salir un animal así? Del salón de una casa o del jardín de una villa, desde luego, no.

¿Y qué mejor sitio para hacerlo desaparecer, después de la agresión, que un paraje desierto de cientos, por no decir miles, de hectáreas?

Y Emilia Castro Urrutia les contó también a sus colegas que el día en que le enseñó las fotografías del cadáver del cementerio, Ricardo Artola las había mirado sin prestar demasiada atención, sin fijarse en nada, salvo en el perro muerto.

—Un malinois, me dijo. Le pregunté si le gustaban los perros y me contestó que no especialmente. Pero es muy posible que sí le interesaran «especialmente».

—Y Sergio Artola era el dueño de ese malinois —añadió Eceiza.

—De ese malinois más que maleado según su hermano, que lo primero que pensó, por cierto, al ver la cara destrozada del muerto fue que aquellas heridas se las había provocado el perro.

—Y lo pensó porque ya tenía experiencia, porque había visto algo parecido.

—Es posible, Eceiza, pero en cualquier caso, yo creo que Mateo Vallejo relaciona, y seguramente con razón, cotos y perros. Los cotos cercanos al pueblo de El Espinar con perros de presa como el que atacó a su hija, y de los que, al parecer, nadie, ni siquiera los habitantes de por allí, sabía nada.

—Seguramente porque esos perros estaban bien guardados en esos cotos —añadió el inspector Lecea—, porque allí sus dueños hacían con ellos algún negocio.

—Algún negocio de esos que no se anuncian abiertamente y que solo conocen los iniciados.

—Sí, Emilia, un criadero de razas controladas que ellos vendían sin control, por ejemplo; o cruces o experimentos prohibidos… Y muy probablemente también peleas. Lo que explicaría la agresividad del perro que atacó a la niña.

—Y las ganas de escapar de allí que tenía aquel animal.

—Claro, eso también, Emilia.

—Y entonces decir cotos, y por lo tanto decir perros, equivale a decir Carlos Rivas Moreno, que en aquella época era dueño de varias parcelas por la zona —concluyó la subcomisaria—.

Y naturalmente eso Vallejo lo sabe de sobra, no solo porque es información de acceso público, sino porque habrá investigado muy a fondo ese mundo que le ha arruinado la vida.

Y como sabía «de sobra» a quién habían pertenecido los cotos, Mateo Vallejo estaría siguiendo, sin duda, la pista de los perros para dar con él.

Y para dar con él, la pista que tenía que seguir la policía, sin tardanza, no era la de los perros, sino la de aquella casa de Navas de Riofrío; la casa del abuelo, la única persona por la que Carlos Rivas había mostrado alguna forma de respeto y donde, al parecer, había vivido de niño.

La policía solo podía localizarle, si es que podía, en aquel lugar.

—Y esa casa tenemos que visitarla lo antes posible y bien preparados, porque a lo mejor Vallejo también la ha localizado.

—Otra de sus corazonadas, jefa.

—Otra de mis cerebradas, Eceiza. Los cotos se están quietos en su sitio y los rastros que dejan también.

Los perros, en cambio, son algo vivo y móvil; pueden llevarse de aquí para allá; y por eso, dejar huellas en muchos lugares y con mucha gente.

Lugares y personas insospechados, que nosotros no sabemos dónde se encuentran, pero que Mateo Vallejo a lo mejor sí, porque lleva trece años pensando en esos perros.

Trece años sin poder dejar, ni un solo día, de verlos en las tremendas secuelas de su hija.

El mensaje que acababa de recibir Eceiza desde San Sebastián decía que Mateo Vallejo Fernández había alquilado una Peugeot Partner blanca hacía poco más de un mes, y daba la matrícula.

—Preparamos entonces el dispositivo, Emilia —dijo Lecea—, para localizar el coche, vigilar los accesos a Las Navillas, que es como se conoce por aquí a ese pueblo; y visitar con vosotros la casa mañana muy temprano.

—Y hay que pedir una orden de registro por si al final la necesitamos.