Un dedo menos 20
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—Carlos Moreno Landín, jefa, ese es el nombre del abuelo de Rivas. Bueno, era, porque murió en 2018.

—¿Y el domicilio?

—En Navas de Riofrío, Segovia.

—Eso está cerca de El Espinar, ¿no?

—Sí, a poco más de veinte kilómetros. Y la casa sigue a su nombre.

—Pues primero visitamos al farmacéutico y luego nos damos una vuelta por Riofrío. ¿Ya has avisado a los colegas de Segovia de que vamos de camino?

—Sí. Nos están esperando.

A los policías vascos les acompañó a la farmacia Vallejo Fernández el inspector Javier Lecea, de la Policía Judicial de Segovia.

Como había bastantes clientes cuando llegaron, esperaron en la calle a que se despejara el interior antes de entrar.

Les atendió Julián Vallejo, hermano de Mateo y dueño también de la farmacia.

—Últimamente me ocupo yo solo; con los auxiliares pero sin mi hermano, quiero decir.

Condujo a los policías hasta la rebotica para que pudieran hablar más tranquilos.

—¿Para qué le están buscando? ¿Le ha pasado algo?

—No se preocupe, señor Vallejo —respondió la subcomisaria—; solo necesitamos hablar con él en el marco de una investigación que está en curso. No le puedo decir más, pero no se preocupe, solo necesitamos hacerle unas preguntas. ¿Sabe dónde podemos encontrarlo?

—No sé dónde está, ojalá lo supiera. Mi hermano siempre ha sido especial; siempre ha estado, cómo decirlo, un poco ido, metido en un mundo aparte; y lo entiendo, claro, cómo no lo voy a entender, conociendo su vida. Pero la muerte de Esther lo ha rematado.

—Esther… ¿Se refiere a su hija? —preguntó Emilia Castro Urrutia.

—Sí, se suicidó hace tres meses. Se tiró por la ventana de un hotel durante un viaje con el instituto. Eso le ha rematado, aunque siempre han tenido una vida de infierno.

Y les cuenta lo que ya saben. El ataque del perro, las lesiones terribles.

—Al poco tiempo enfermó mi cuñada. Y él no se movió de su lado en años.

Y también cuidaba de la niña como no se pueden imaginar.

De la cara no había quedado tan mal; lo único, el brazo.

Le hacía sufrir mucho. Aunque le diseñaban unas prótesis estupendas.

La última era una maravilla, pero ella decía que no la soportaba, que le hacía daño.

Aunque yo estoy seguro, y más ahora, después de lo que ha hecho, de que lo que Esther no soportaba era la diferencia, no ser como los demás.

Es lo que quieren todos los adolescentes, ¿no?

, parecerse entre ellos. Y ella no se parecía a nadie, claro.

—¿No se le ocurre adónde ha podido ir su hermano?

—No, subcomisaria. Hace más o menos un mes que ni siquiera me coge el teléfono ni responde a mis mensajes.

No sé adónde ha ido, porque además su coche sigue en el garaje.

Yo voy a su casa a menudo para coger el correo y ocuparme de las plantas.

Estoy muy preocupado, pero no me he decidido a denunciar su desaparición.

Me parece violar su intimidad y sus decisiones, ya me entienden; tengo miedo de herirle más todavía si intervengo.

—¿Tiene alguna residencia secundaria donde haya podido instalarse?

—Tenían un chalé en El Espinar, pero después de lo del perro lo vendieron.

—¿Y usted?

—Un piso en Cantabria, pero allí sé que no ha ido, porque unos vecinos tienen llave y miran constantemente. Allí no ha ido.

—¿Tendría inconveniente en que visitáramos el piso de su hermano? Con usted, naturalmente.

—No, en absoluto; me organizo un poco en la farmacia y los acompaño.

—Y también necesitaríamos que nos pasara alguna fotografía reciente de Mateo.

—Sí, claro, me alegro de que lo estén buscando. Seguro que ustedes tienen más suerte que yo.

«Puede alegrarse aún —pensó conmovida Emilia Castro Urrutia— porque desconoce el verdadero motivo de nuestra búsqueda, porque la cree aliada de la suya».