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—Jefa, creo que hemos encontrado una pequeña aguja en el pajar de Segovia. No es un crimen, al menos no de los que nos caen a nosotros, pero tiene algo llamativo que habría que mirar de cerca.
Era el informe de un suceso de 2012: una niña de tres años, Esther Vallejo Múgica, fue atacada gravemente por un perro, descrito por los testigos como de presa, en el jardín de un chalé de El Espinar.
Aunque se realizó una intensa búsqueda, no pudo localizarse al animal y, por lo tanto, tampoco a sus dueños.
—Lo que me ha parecido interesante son las heridas: el perro le amputó el brazo derecho por encima del codo; y le arrancó la oreja y parte de la cara de ese mismo lado.
—Recuerda a las heridas que el asesino de los dedos inflige a sus víctimas. Y además en El Espinar, como los cotos.
—Sí, jefa, a lo mejor tenemos algo ahí. Porque además el padre de la niña, Mateo Vallejo Fernández, es farmacéutico.
—Alguien que sabe de drogas y del cuerpo humano… Pues vamos a irnos tú y yo a Segovia, Eceiza, para conocerlo. Se lo comento al jefe, y hablo con el juez. Tú vete preparándolo todo y llama a la policía de allí para avisarles.
Un buen día, la actividad cesó. Desmantelaron las jaulas y las casetas y se llevaron a los perros. Esa misma semana incendiaron el coto.
Vendí la casa de El Espinar y destiné el dinero a pagar detectives que los siguieran por mí, allí donde fueran. Cuando Ricardo Artola, Alejandro Oliván y Vicente Albero se asentaron, dejé de investigarles; sabría dónde encontrarles llegado el momento.
El más difícil de seguir ha sido Sergio Artola. La vida de aquellos a los que les va tan mal es caótica, impredecible. Pero mis detectives han conseguido seguirle la pista hasta el final, hasta el cementerio donde cada noche dormía en el panteón de los Artola Uriz; en su propia tumba.
De Carlos Rivas nunca hemos podido saber nada.
Los médicos no tienen explicación para el cáncer que mató a mi mujer, yo sí.
Nació de aquel perro escapado del infierno del coto; y del sufrimiento de nuestra hija: decenas de intervenciones para devolverle una oreja y una cara medianamente presentable.
Pero el brazo no. Un brazo humano no es una cola de salamandra.
Y la prótesis «no la aguanto». Y tampoco se aguanta crecer; y los espejos, sobre todo esos diminutos que la gente lleva en las pupilas, tampoco se aguantan.
Y tu padre ya no puede bañarte porque has crecido. Ni hidratarte el muñón ni hacer contigo la gimnasia facial, porque ya no quieres.
Y tu padre se alegra muchísimo cuando por fin decides irte de viaje con tus compañeros de instituto.
Un hotel al borde del mar. Una habitación en un piso alto, con unas vistas increíbles.
Y tu padre se alegra mucho de oírtelo decir, porque no sabe que tú estás pensando en otra cosa: en no fallar; cuando tus compañeras de cuarto duerman y tú saltes desde la terraza, no fallar.
A las diez menos cuarto, Roncesvalles Medrano envió un mensaje por WhatsApp con una dirección de correo electrónico que parecía creada para la ocasión:
—Estoy en un locutorio. Si abren una sesión de Zoom o de Meet, me conecto desde un ordenador.
Llevaba unos cascos con micrófono que le quedaban grandes y se le vencían hacia el lado derecho.
Eso le daba a su aspecto un aire cómico, caricaturesco, que sin embargo entristeció a Emilia Castro Urrutia porque le hizo pensar en otros cascos, los diminutos que ya llevaban incrustados en la cabeza y en los hábitos de vida el hijo de Ricardo Artola y otros muchos niños con los que se cruzaba a
diario, niños que no eran huérfanos de padres, sino huérfanos con padres.
—Ha tomado muchas precauciones, Roncesvalles…
—Ronces.
—Ha tomado muchas precauciones, Ronces, para hablar con nosotros: un locutorio, una dirección nueva de correo… ¿Tiene miedo de algo?
—Miedo no. Pero no quiero meter esta conversación en mi teléfono, es decir, en mi vida.
Hoy el móvil es un poco como de la familia.
Y tampoco quiero mentir. Si mi marido o mi hijo me preguntan dónde he estado, quiero responderles que en ninguna parte, sin mentir.
Porque un locutorio es como un no lugar, ¿no le parece?
O es como tantos lugares juntos, que acaban anulándose los unos a los otros y se quedan en nada.
—Necesitamos localizar a Carlos Rivas Moreno, ya se lo dije ayer en mi mensaje. Usted lo conoce bien, ¿no es cierto?
—Lo conocí; bien no, porque a Carlos nadie lo podía conocer de esa manera, pero lo conocí. Aunque hace muchos años que no tengo el menor contacto ni sé nada de él.
—¿Vivieron juntos?
—No, yo soy de Valencia, pero vivía entonces en Madrid, en casa de mi hermana, y él iba y venía.
Y a veces, cuando yo no tenía un trabajo urgente, lo acompañaba en sus viajes…
En realidad no eran viajes, eran un ir de aquí para allá, y dormíamos en casas de unos y de otros. Gente de paso. Todo con él era de paso.
—¿En qué trabajaba usted?
—Soy restauradora; pero siempre he sido autónoma, free lance, ya me entiende.
—¿Y él?
—Nunca supe a qué se dedicaba realmente. Alguna vez me dijo que organizaba eventos deportivos.
—¿Qué tipo de deportes?
—No sé.
—¿Algo relacionado con la caza, tal vez?
—¿Con la caza? No, no me suena. No creo.
—¿Nunca le dijo que era dueño de unos cotos en Segovia?
—No.
—¿Tenía alguna afición particular? ¿Qué le gustaba?
«Esta mujer necesita tomarse un respiro —pensó la subcomisaria cuando Roncesvalles Medrano se quitó los cascos y se arregló lentamente el pelo antes de volver a ponérselos—, así que lo que va a decirme es más duro de evocar y por eso seguramente más significativo que lo que me ha dicho hasta ahora».
—A Carlos lo único que le gustaba era ganar, en lo que fuera, ganar. Prevalecer, sí, esa es la palabra, prevalecer. Estar por encima de ti, por encima de todos.
—¿Era violento?
—Si por violento quiere decir físicamente agresivo, entonces no.
Nunca me levantó la mano, ni creo que la voz.
No rompía cosas ni hacía gestos desaforados.
Pero sí era violento, de otra manera. Ejercía sobre ti como una fuerza invisible que te doblegaba, que te obligaba a seguirle, a hacer su voluntad.
Y la subcomisaria recordó las palabras de Sandra Barrero: «Creo que era la vergüenza de haber obedecido».
—Pero usted consiguió romper esa influencia.
—Un día me llamó y me dijo que había tenido un accidente y que no iba a poder moverse en unas semanas.
Sentí que era mi oportunidad y no me lo pensé.
Y quise poner tierra de por medio, como se suele decir; mucha tierra y para siempre.
Y me vine a Alemania. Hablo alemán desde muy joven, estudié en el Deutsche Schule; y tenía una amiga también restauradora que vivía en Berlín.
—¿En qué año fue eso?
—A finales de 2013. Estuve tres años en Berlín, y luego, cuando me casé, vinimos a vivir a Múnich.
—No voy a molestarla más, solo le pido un último esfuerzo. Que trate de recordar a alguien con quien Carlos tuviera alguna relación particular, de amistad o de negocios, o de aficiones…
—Nunca señaló a nadie de una manera especial. Eran nombres y caras de paso, ya se lo dicho. Y yo los veía una vez o, como mucho, dos.
—¿Y no había nadie distinto, con quien no se tratara simplemente de prevalecer?
Roncesvalles Medrano apartó la mirada de la pantalla y la posó en algún punto del locutorio que la subcomisaria no alcanzaba a ver.
Permaneció así varios minutos… buscando, tal vez, aliviar con la visión de aquel «no lugar» la enorme tensión que los «sí lugares» que estaba imponiendo a su memoria le provocaban.
—Sé que es difícil, Ronces, y le agradezco mucho el esfuerzo que está haciendo para ayudarnos. Pero necesitamos algo, es vital que encontremos alguna pista que pueda conducirnos hasta él.
—Carlos no se ataba; solo seducía, al principio, y luego dominaba…
Pero es verdad que por una persona sí le oí expresar alguna forma de respeto; sí, de respeto, esa es la palabra, aunque me suene tan raro aplicársela a él.
La única persona por la que me pareció que mostraba algún respeto era su abuelo.
Le habían puesto Carlos por él. Creo que de niño había vivido algún tiempo en su casa, que aquel hombre le había criado.
—¿Sabe dónde vive?
—No.
—¿Es su abuelo paterno o materno?
—Materno.
Esos cuatro hombres ya no podrán ayudarse entre ellos ni ayudar a Carlos Rivas. Y aunque no han querido decirme cómo encontrarle, yo sé por dónde tengo que proseguir mi búsqueda.
Solo dos coches de los que iban al coto no han cambiado de dueño en estos trece años. Tengo los nombres y las señas.
El del Mercedes era uno de los que más acudía a las peleas. Llevo varios días esperándolo en Madrid, en el Paseo de Extremadura, a la altura del portal de su domicilio.
Por fin se acerca el coche. No ha cambiado de color y me alegro. Todo lo tengo más presente y me da fuerza.
Pero al volante va un chico joven. Cuando aparca en un vado, me subo al asiento de atrás. Se gira.
—¿De quién es este coche?
—¿Qué coño haces?
—¿De quién es este coche?
—Y a ti qué te importa. Bájate ahora mismo.
Busca el móvil. Le enseño, sin levantarla, la pistola.
—¿De quién es este coche?
—Era de mi padre y ahora es mío.
—¿Y tu padre dónde está?
—En una urna, en el trastero. ¿Quieres subir a verlo?
—No, gracias. Y si no quieres que te suban a ti también al trastero, de esta visita ni una palabra a nadie.