Un dedo menos 18
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Pasaron semanas y luego meses y la gente se fue olvidando de lo sucedido con el perro.

Nosotros no. ¿Hacia dónde miras cuando es a la niña a la que más tienes que mirar?

Bañarla, alimentarla, consolarla; cuidarle primero las heridas, luego las cicatrices.

¿Hacia dónde mirar si ya no hay nada más que mirar en el mundo?

Yo no olvidaba, al contrario: el recuerdo me crecía como una planta trepadora dentro de la cabeza.

Y muchas noches, después de cerrar la farmacia en Segovia, me iba a El Espinar, a patrullar por los caminos, por si aquel perro volvía a aparecer; o por si yo encontraba algún indicio que me permitiera dar con él y, sobre todo, con su dueño.

Volvía a casa al alba sin haber conseguido nada.

Pero una noche, al salir de una curva, vi un poco más adelante, parado al borde de la pista, un coche con las luces de avería encendidas; llevaba un remolque como los que usan los cazadores para transportar a sus perros.

También en aquel remolque había perros que, en cuanto me acerqué, se pusieron a ladrar, no sé ni cómo describirlo, a ladrar como en otro idioma. Como si fueran perros y no perros al mismo tiempo; perros que llevaban por dentro a otro animal más salvaje.

Me detuve a su altura y bajé la ventanilla del copiloto. El conductor de aquel coche bajó la suya:

—¿Todo bien? —le pregunté.

—No pasa nada, tranquilo; mi hermano, que le ha entrado el apretón.

Y se rio mientras los perros seguían ladrando como desde el infierno; y subió la ventanilla.

Me alejé, pero supe que los había encontrado. Retuve la matrícula, y unos quinientos metros más adelante, después de una curva para que no vieran la maniobra los del coche de atrás, me metí en un pequeño entrante del camino y apagué el motor.

Pasaron de largo.

Por sus luces vi por dónde se habían desviado.

Era la entrada de un coto de caza y no quise seguirles. Anoté el punto kilométrico y, cuando volví a casa, averigüé que varios cotos de esa zona pertenecían a la misma persona: Carlos Rivas Moreno.

A primera hora de la mañana, Emilia Castro Urrutia recibió la llamada de Sandra Barrero.

—He encontrado las fotos de la boda y a todas las caras puedo ponerles nombre.

Pero, pensando en aquello, me he acordado de una cosa que pasó muy al principio de mi matrimonio y que a lo mejor les puede ayudar.

Una tarde vino a nuestra casa una mujer a recoger unos papeles que Alejandro tenía que entregarle a su amigo o novio.

Yo le abrí la puerta y creo que dijo que venía de parte de Carlos; la verdad es que no estoy muy segura y me da no sé qué afirmarlo, pero creo que dijo «de parte de Carlos».

Pero si Sandra Barrero había podido recordar aquel encuentro no era por el nombre de él, sino por el de ella. Aquella mujer que había ido a su casa se llamaba Roncesvalles.

—Era un nombre que yo no había oído nunca aplicado a una persona. No creo que mucha gente lo lleve, y a lo mejor por eso les puede ayudar a encontrar a ese Carlos.

—Eceiza, poneos a mirar cuántas mujeres en España se llaman Roncesvalles. La lista no debe de ser muy larga, así que la quiero para antes de mediodía.

Solo había una mujer con ese nombre que, por edad, hubiera podido ser la amiga o la novia de aquel Carlos relacionado con Corazón: Roncesvalles Medrano Narvarte. Estaba inscrita como residente en el consulado de España en Múnich, donde facilitaron a la policía su número de contacto.

Esa misma tarde, la subcomisaria le mandó un mensaje por WhatsApp, que ella contestó enseguida:

—No me llame, por favor; la llamo yo mañana hacia las diez.

—Mejor por videollamada.

Empecé a meterme por aquellos cotos de noche, pero también de día. Me compré unos prismáticos y un telescopio, y me saqué el carné de una sociedad de ornitología, para hacerme pasar por un observador de aves despistado si me descubrían merodeando por allí.

Exploraba el terreno desde zonas altas, lomas o cerros; me iba moviendo…, parcela a parcela…, hasta que los vi. Entonces monté, en el punto desde donde la visión era más clara y completa, una especie de campamento que, cuando me iba, disimulaba con ramaje. Algunas noches incluso dormía allí.

Tenía que dedicarle todo mi tiempo a aquella búsqueda.

Mi hermano aceptó encargarse solo de la farmacia; me quiere y comprendía por lo que estaba pasando.

A mi mujer le convenció el argumento de la justicia: teníamos que saber quiénes eran los dueños de aquel perro que había atacado a nuestra hija y buscar alguna forma de reparación.

De la venganza no le hablé; no le dije que para castigar lo que aquellos hombres le habían hecho a Esther y lo que hacían con los perros no valía la justicia ordinaria, solo la que yo iba a tomarme, algún día, por mi mano.

Lo que aquellos hombres hacían en aquel coto no era cazar; era criar perros grandes y blancos, que descubrí que pertenecían a la raza del dogo argentino. Los criaban y los vendían, pero sobre todo los entrenaban para matarse entre ellos.

Y había días en que llegaban varios coches —yo anotaba todas las matrículas para cuando me hicieran falta— y empezaba la fiesta de las peleas.

Yo estaba lejos, y el ruido, que tenía que ser infernal, no me alcanzaba; pero, a través del telescopio, sí me llegaban las imágenes.

Las bocas tan abiertas que parecían autónomas, separadas de las cabezas de los perros, capaces de morder sueltas; y sus ojos desorbitados; y los saltos y giros de sus cuerpos enganchados, que levantaban como tornados de polvo y de sangre…

Y también me llegaban, con una elocuencia repugnante, las imágenes de los hombres que disfrutaban con el espectáculo. Que reían y se desgañitaban como en una película de cine mudo. Y apostaban: yo veía cómo intercambiaban billetes antes y después de que los perros se masacraran.

Los organizadores eran cinco. Pero unos mandaban más que otros. No hace falta sonido para entender una orden y un acatamiento. Ni para comprender con claridad quién es el jefe.

Espié a esos cinco hombres, dentro y fuera del coto, durante casi un año. Fui averiguándolo todo sobre ellos.